El miedo

 

Hace poco, tuve el más amistoso de los debates con Xavier Traité, un historiador de pro, que mantiene la tesis de que la historia nos lleva adonde todas las personas decentes queremos ir y se apoya en teorías tan recientes e innovadoras como la física cuántica y la doctrina de los fractales, si no recuerdo mal, que todo es posible a esta jodida edad que voy teniendo.

El caso es que él sostiene una tesis muy parecida a la de nuestro futbolín, si no la misma, que el tan canallesco como criminal dominio de la derecha no tiene más remedio que finalizar por mor de una rebelión siquiera sea pacífica de las masas, como ya hace tanto que pronosticara Ortega.

A mí, que estoy ya tan lejos de todo, cuanto más de la ciencia histórica, es decir que carezco de los métodos y conocimiento profesionales que utiliza Traité, me pareció entonces, y me sigue pareciendo ahora, que es imposible, absolutamente imposible, que esta gente que tiene “las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado”, en sus canallescas manos se deje ganar una partida que no es que la tenga ya ganada es que ni siquiera se ha planteado, que no se puede siquiera iniciar porque dónde están nuestras mesnadas, nuestros cañones para enseñárselos a ellos cuando nos digan, ¿dónde están vuestros poderes?

Al Cardenal Cisneros le fue muy fácil, sólo tuvo que abrir las ventanas de su despacho, pero es que nosotros, ahora, ni siquiera tenemos despacho en esos inalcanzables edificios en los que siempre se refugia el poder.

Así lo pensaba, lo pienso, yo hasta que de pronto me he topado con el miedo.

El miedo es un indicativo de primera magnitud. El miedo siempre tiene un motivo. ¿Cuál es el motivo que ha infundido el miedo a esta asquerosa y repugnante derecha que no nos gobierna sino que nos machaca?

Primero fue en Burgos, en el Gamonal, donde uno de esos detestables alcaldes que dirigen la administración local de este deleznable país,el que se confabuló con el más poderoso de los personajes de la zona para enriquecerse mutuamente más allá de cualquier límite, proyectando una reforma de la zona construyendo un bulevar y un aparcamiento subterráneo y dejando sin posiblidad de aparcar gratuitamente a todos los habitantes de aquella parte de la ciudad.

El pueblo es así, y seguramente Xavier Traité, que ha estudiado hasta el agotamiento el transfondo de las revoluciones históricas, sepa por qué el mismo pueblo que soporta impávido el hambre, la miseria, el desahucio y la muerte por suicidio del vecino de al lado, no toleró de ninguna manera que algún otro vecino no tuviera ya sitio libre en la puñetera calle para aparcar y la revolución estalló como una granada de fuego y el alcalde y el plutócrata, después de intentarlo todo, tuvieron que dar marcha atrás.

O sea que fue el miedo, el puñetero, el jodido miedo el que hizo que el pueblo, canalleado hasta el paroxismo, se echara a la calle y convenciera al alcalde y al plutócrata de que allí no habría nunca marcha atrás.

Y fueron ellos, alcalde y plutócrata, los que huyeron del problema.

Eso fue, como decimos, en Burgos, en el Gamonal, pero ahora ha ocurrido lo mismo en Barcelona con los ocupas de Can Vies.

Después de echarles encima a los ocupas cientos de policiás de todo tipo, el puñetero Trías Segner, el alcalde de Bareclona, al comprobar que cada guardia más, cada ciudadano detenido y encarcelado producía el inaudito portento de que su puesto se ocupara por otros diez o cien, de modo que no han tenido más remedio que rendirse ante la evidencia de su derrota.

La pregunta que yo planteo es: ¿los sucesos del Gamonal y Can Vies  han convencido a la canallesca ultraderecha de que el pueblo, el pueblo llano, el pueblo mártir ya no puede aguantar más y con cualquier motivo, por muy fútil que parezca está dispuesto de echarse a la calle y, si es preciso, a morir matando?

¿Es esto lo que me anunciaban futbolín y Xavier Traité y yo no fui capaz de entender?