Unos nuevos idus

He repasado miles de paginas de Google, buscando algo que seguramente no se puede encontrar: una fotografía de Anguita, Aznar y Pedro J.  juntos, por eso no la he traído a aquí.

De veras, me cansa ya un poco todo esto, porque a mi edad resulta ya ciertamente pesado volver a decir todo esto que vengo repitiendo desde siempre:

Nunca pasa realmente nada, todo sigue igual porque no sólo no aprendemos sino que tampoco queremos hacerlo.

De pronto, como si el tiempo no hubiera pasado o, peor, como si lo hubiera hecho completamente en balde, de nuevo me encuentro con uno de los peores hombres de toda mi vida.

Adelanto que, con él me sucede como con el Real Madrid, porque yo también, al principio de mi loca carrera hacia la nada, lo confieso, perdonadme, como si fuera un Gil de Biedma cualquiera,-“yo nací, perdonadme, en la época de la pérgola y del tenis-“, como siempre, estoy citando de memoria,  fui del Real Madrid, RM.

Estoy hablando de Anguita, Julio.

Era verdadera locura lo que yo sentía por este hombre, un recio marxista, una comunista de pelo en pecho, donde los hubiera, y sin embargo….

Cuando subía a la tribuna del Congreso, yo me repantigaba en mi sofá de plástico y me bebía todas y cada una de sus palabras que nunca, nunca, nunca, hasta un determinado momento, me defraudaron.

Comprendo pero no perdono que nunca nadie ha tenido más motivo para odiar al otro que el que este Anguita tuvo para odiar a ese que ahora todo el mundo sabe que es un perfecto capullo, el jodido Felipe Gonzáles que siempre, siempre, siempre, que subía al podio del hemiciclo lo primero que hacía, el muy cabrón, era dedicar unos minutos a desprecia de la peor de las maneras posibles al referido Anguita.

Es por eso que yo llegué a odiar al tal Felipe casi tanto como lo hizo el propio Anguita.

Pero una cosa es el odio por muy africano que sea y otra muy distinta el deber que como político tiene un tío que ha decidido ejercer como tal.

Anguita andaba como loco por devolverle al jodido Felipe todos aquellos insuperables desprecios que el malnacido sevillano le arrojaba a la cara todos los días. Tiene que ser duro de verdad soportar todos los días que un canalla semejante suba a la más alta tribuna de la nación y lo 1º que haga es demostrar al mundo entero el desprecio que dice que siente por ti.

Si un tío tan despreciable te desprecia tanto a ti, ¿qué coño de piltrafa infruahumana tienes que ser tú?

Y este hombre que ahora parece tan pausado, que no lo es lo proclaman todos esos accidentes cardíacos que no sólo ha sufrido sino que seguramente, ojalá me equivoque, sufrirá, esperó impacientemente sentado en la puerta de su casa que pasara el cortejo del entierro de su enemigo.

Aznar y el que seguramente es el peor sujeto que en mucho tiempo ha dado este país, el famoso Pedro J., le ofrecieron al cordobés el plato quizá no demasiado frío de la venganza.

Y el marxista-comunista se lanzó sobre la pitanza y la devoró con absoluta fruición.

Nunca sabremos si los idus de marzo hubieran sido de todos modos tan crueles con el sevillano como en realidad lo fueron, si el cordobés no hubiera hecho todo lo que estuvo en su mano y más para que el hombre que despreciaba a Marx, este tío tan estúpido como para decir que estaba preocupado porque empezaba a pensar que moriría de éxito, se fuera a tomar por el mismísimo culo.

Fuera como fuese, el caso es que estos 3 heterogéneos personajes, Anguita, Aznar y el ahora defenestrado director de El Mundo, sic transit gloria mundi, cimentaron una mala amistad porque una amistad semejante no puede ser buena mirese desde donde se quiera.

Y la prueba irrefutable de lo buena que no era  reside en su secreta permanencia.

No quiero dejar pasar una ocasión como la que ahora se me ofrece de hablar de nuevo de la inmanencia de todas nuestras conductas. No sé, no puedo saberlo, que tal es Anguita como padre, por eso no aventuraré lo que este hombre ha tenido que sufrir viendo como su amistad con el tipo del sostén negro y el látigo de cuero más exuberantes, condujo directamente a su hijo a morir encamado creo que se llama a los que acompañan a los soldados en los carros de combate en medio de las batallas más injustas y salvajes.

Yo, que también soy padre y que tengo un hijo cuya muerte él mismo me anunció pero que luego, gracias al Cielo, no llegó a consumarse, sé cómo saben esta clase de lágrimas.

El caso es que Anguita ha tenido mucho tiempo para meditar sobre el extraño destino de los hombres.

Y lo ha hecho con tanta precisión y hondura que ahora parece que sí que ha aprendido que la unión de los politicos de una misma ideología es lo mejor que puede suceder para los ciudadanos que están pendientes de sus actos.

Tal como ahora algunos no nos hemos cansado de decir a los indignados partícipes de los 15M y de la DRY que teóricamente pensaron que lo importante era contemplar desde la neutralidad, la equidistancia y la imparcialidad cómo la extrema derecha se hacía con el poder gracias a su pasividad, de tan mala manera que ahora, tal como nosotros predijimos, mofidicarán las leyes electorales para que unas nuevas elecciones victoriosas para la izquierda sean realmente imposibles no sabemos por cuantos miles de años.

Un intento de análisis de un trozo de historia

 No soy stalinista pero creo que si Stalin no se hubiera unido a los aliados, rompiendo o traicionando sus pactos iniciales con Hítler, hoy, quizá, todos seríamos hitlerianos. Lo que, en cierto modo, sería igual porque ahora todos somos merkelianos, o sea; unos jodidos alemanes de 2ª o 3ª clase. “Deutschland, Destuschland über alles”, Alemania, coño, Alemania, sobre todo.

 Ahora, soy barcelonista, pero en mi juventud fui madridista, primero, porque aún no tenía uso verdadero de razón y, segundo, porque yo estaba obsesionado por la práctica del fútbol, quería ser futbolista profesional a pesar de que mi padre, entrenador de dicho deporte, me había dicho que no tenía nada que hacer y el Madrid, en aquellos tiempos de piedra, era el equipo que mejor jugaba al fútbol.

 Pero la vida me fue jodiendo lo suficiente, cada día, para que en mi dura mollera de hierro entraran unas, pocas, ideas: 1) la vida es una lucha a muerte entre el Bien y el Mal, entre Dios y el Diablo, entre cartagineses y romanos, entre éstos y los bárbaros, entre Napoleón y el resto de Europa, entre alemanes y japoneses contra el resto del mundo, entre rusos y americanos y entre éstos y los chinos.

 O sea que la vida no es más que una asquerosa lucha a muerte por el puñetero poder en la que nadie, quiéralo o no, puede quedarse al margen porque, entre otras cosas, esa jodida guerra a muerte se produce también por él.

 Es por eso por lo que me produce tanto asombro cuando me topo con esos estúpidos casi inconcebibles: los imparciales, los neutrales, los equidistantes pero, coño, ¿es que estos jodidos imbéciles son incapaces de comprender que esa lucha a muerte que no cesa ni un instante se producirse, se libra también por él?

 Son tan imbéciles que son capaces de protagonizar aquel maravilloso cuento que yo siempre he atribuido a mi admirado Bertold Brecht pero que algunos furibundos enemigos del genio inventor del teatro épico, ahora atribuyen a un tal Niemeyer, bueno, el resultado es el mismo, en él se refleja la insuperable estupidez de la mayoría del género humano.

 -Un día, las SS o la Gestapo, es igual, vinieron a por el vecino del 4º, porque era judío y yo dije, bueno, a mi, qué, yo no soy judío. Otro dìa vinieron por el vecino del 3º, porque era polaco y yo dije, bueno, a mi, qué, yo no soy polaco, y otro lo hicieron para llevarse al del 2º porque era ruso o magyar y yo continué diciendo lo mismo: a mí, qué coño me va en esto si no soy ruso ni magyar y, luego, se llevaron al del 1º porque el puñetero era turco y yo, erre que erre, no tengo nada que ver con eso porque no soy turco, hasta que los jodidos SS o la puñetera Gestapo vinieron a por mi porque era, soy y serè comunista y, como sucedió en todos los otros casos, nadie movió un sólo dedo por mi, porque en aquella puñetera casa no había nadie que fuera comunista.

 Entonces, la Gestapo o las SS, no eran sino el Poder. O el Bien, o el Mal, o los cartagineses o los romanos, o los franceses o el resto de Europa, o los jodidos alemanes y los japones o aquellos asquerosos aliados que, cuando creyeron que era oportuno, arrojaron las bombas atómicas sobre Hirosima y Nagasaki, o estos usanianos de ahora que, porque los irakíes tuvieron la desgracia de vivir sobre ingentes yacimientos de petróleo, reclamaron la ayuda sólo moral, porque la material no la necesitaban, de los ingleses de Blair y de los españoles de Aznar para cometer uno de los más grandes genocidios de la Historia que todavía hoy sigue ensangrentando casi todos los días aquel desdichado país.

 Pero, como siempre, creo que me he ido demasiado lejos. Estaba tratando de decir que la Historia no es sino un continuum dialéctico en el que luchan a muerte las fuerzas del Bien y del Mal, o sea de los poderosos y los desposeídos, un continuum constituido por sucesivos episodios en cada uno de los cuales a cada uno de nosotros se nos presenta en gran dilema: ¿de parte de quién hemos de situarnos inexcusablemente, porque hay que hacerlo, no valen ni el voto en blanco ni la abstención, porque a las fuerzas del jodido mal no las vamos a detener sólo con el desprecio, será, como siempre, necesaria la fuerza, la violencia?

 Y tampoco las vamos a detener con esos asquerosos remilgos de conciencia, de pureza, decía el que es tal vez el mayor de mis maestros que las jodidas y limpias manos hay constantemente que ensuciárselas, coño, metiéndolas en el puñetero fango tantas veces como sea necesario, como hizo Stalin traicionando a su aliado Hitler, cuando comprendió que éste y no Rooselvet y Churcill era el verdadero, el inmediato peligro y, luego, cuando Hitler fue historia, revolviéndose contra sus nuevos y perversos aliados.

 Porque la vida, también, es una lucha continua.

 Y todo esto a propósito de Anguita y del 15M y de la DRY.

 He dicho antes que “in illo tempore” fui madridista, hasta que mi aparato cognitivo logro el suficiente desarrollo para comprender que el RM no es sino la encarnación futbolística del Mal.

 Igualmente, en otro tiempo pasado pero menos lejano fui anguitista, de  Anguita, porque Julio encarnaba todo mi ideario hasta que un día contemplé asombrado cómo este hombre que representaba mi deseo indesmayable de derrotar en todo momento al poder de la ultraderecha, o sea, al jodido, al auténtico, al canallesco poder, enfurecido porque uno de los personajes más nocivos de la historia española se cebaba continuamente con él, haciéndolo objeto continuo del mayor de sus desprecios, no dudó un instante en aliarse con Aznar, bajo los auspicios del inefable Pedro J., para derrotar a su odiado Moloch, el canallesco Felipe Conzález, que era nefasto e inmoral pero que comparado con lo que Aznar era y pretendía, representaba no sólo el mal menor sino también el único dique, la única barrera que nos separaba de la invasión maléfica del auténtico PODER, así con todas mayúsculas, lo que significó el principio de este desastre que ahora nos ha llevada a la pérdida, en unos pocos, años de todo lo que habíamos ganado en siglos de la más sangrante y dolorosa lucha.

 Enel mismo sentido, el 15M y DRY consintieron,alentaron, ayudaron con su falsa e hipócrita teoria de la imparcialidad, la neutralidd y la equidistancia a que esta 2ª y quizá definitiva ola de la reacción, barra ojalá no sea para siempre hasta los últimos vestigios de los avances que el marxismo propició sobre esta desolada Tierra.