Pequeña historia de una gran infamia

 Gallardón sabe que ya nunca podrá cumplir su sueño: ser presidente de gobierno español por eso quiere despedirse a fondo de su actividad política, primero, dando rienda suelta a sus instintos y convicciones fascistas y, segundo, dejando inscrita en la historia universal de la infamia una de las actuaciones más rastreras que se conocen.
Lo que, para mi, caracteriza a los más grandes canallas es su soberbia, están tan convencidos de hallarse en posesión de la verdad que no dudan en arrostrar la más completa de las impopularidades.
Como esos otros fascistas integrales que fueron su padre y su suegro que ahora convive con él, y como el maestro de todos los fascistas de España, Fraga, su gran mentor, siente un profundo desprecio por toda idea que aporte un átomo de libertad al ser humano.
 El hombre, y la mujer, para estos esencialísimos canallas, no tienen otra misión que servir como esclavos a esa casta de individuos superiores que son precisamente ellos, los fascistas.
 Su postura les lleva directamente a negar lo que es la esencia de la humanidad, de la hombriedad, la capacidad de pensar y de elegir entre las opciones que, en cada momento, les ofrece la vida.
 La mujer, así, no tiene otra misión o función, que ser una especie de máquina esencial para el ejercicio de la procreación que perpetuará esta raza de eficientes esclavos que, para ellos, deben de ser los humanos.
 Y el hombre o es una pieza de esa inmensa maquinaria creadora de riqueza que es la producción liberal capitalista o carne de cañón para sus guerras de opresión o de conquista.
 En ningún caso, ninguno de ellos tiene, no debe ni puede tener ninguna clase de libertad para apartarse de estos roles. 
 ¿Entonces?
 El mundo, en general, y cada una de nuestras vidas en particular, no tiene otra función que obtener la mayor gloria de Dios y de la Patria.
 Y esta ideología absolutamente canallesca, mutiladora, castrante y, por lo tanto, monstruosa, que debería de repugnar instintivamente a cualquier hombre, por un efecto cuya comprensión a mi, por lo menos, se me escapa, es la que más prosélitos consigue en el género humano.
 El caso es que Gallardón, ministro a la sazón de justicia, ha consagrado todo su esfuerzo a 2 logros: impedir como sea que las mujeres puedan interrumpir sus embarazos y hundir en la más profunda de las miserias a la gran nación catalana.
 Dejando aparta, ahora, la persecución a muerte que este homínido ha desencadenado contra las mujeres y que no comprendo cómo ha sido admitida con la mayor naturalidad por las féminas de su partido, trato de enfocar el punto de mira en lo que está haciendo con el Barça.
 En los últimos días lo hemos repetido hasta la saciedad, Vázquez Montalbán, un hombre lúcido donde los haya, describió al Barça como el ejército desarmado de Catalunya y Gallardón y Rajoy piensan que la mejor manera de destruir para siempre el ansia independentista de esta nación es la de hundir el que es el mejor de sus emblemas, el que según todos los catalanes es más que un club de fútbol, la representación más eficiente y poderosa de su propia esencia.
 Así las cosas, ya tiene explicación todo lo que está sucediendo.
 La más feroz y universal de una campaña mediática sin precedentes se ha desatado, demonizando a este símbolo hasta extremos realmente inconcebibles.
 Messi, cuyos asesores fiscales parece que no son muy buenos, no ha hecho más que lo que todo el mundo hace, lo que todo el mundo pretende, pagar a Hacienda lo menos posible y sin embargo ha sido demonizado con la más feroz de las campaña que puede producirse sobre todo si se compara con otros hechos mucho más deleznables que simultáneamente concurrían en el ámbito futbolístico, el enjuiciamiento penal de un jugador del Real Madrid, RN, ni más ni menos que por corrupción de menores; el presidente del Barça ha tenido que dimitir forzado por otra campaña de prensa en la que ha sido presentado como un encarecedor del mercado futbolístico por haber pagado por Neymar 57 millones de euros, siendo así que simultáneamente, otro presidente de club ha pagado 101 millones por otro jugador mucho menos mediático sin que ni siquiera se le haya presentado jurídicamente ninguna cuestión; y, por último, hundidos en el fango, su figura cumbre, Messi, y su propio presidente,  elegido democráticamente por una mayoría história de votantes, al que se se ha perseguido incluso por delitos cometidos en Brasil, de los que ahora parece que ha sido absuelto, mientra que otros presidentes están sometiendo a una extensa región del país al riesgo mortal del desencadenamiento de una serie indomeñable de movimientos sísmicos en aras de obtener el mayor de los enriquecimientos personales, inmisericordemente hasta obligarle a retirarse a lo más profundo de las tinieblas exteriores, y ya, por fin, el colmo de los colmos, el cénit de todas las infamias, de todos los cinimos, Gallardón, como jefe superior de todos los fiscales, carrera de la que, por cierto, él mismo es parte integrante, ordena a su íntimo compañero y amigo, el Fiscal General del Estado, que culmine toda esta ignominia acusando al propio Barça, una indiscutible persona jurídica sin entidad personal física, es decir, sin posibilidad de delinquir por sí misma como autora del delito de defraudación fiscal.
 ¿Qué más se pude hacer contra esta hermosa gente que ha llevado el mejor fútbol que ha visto la historia por todo el mundo, 8 o 9 de cuyos jugadores, ¡sobre 11! han integrado esa selección nacional que lo ha ganado todo y de la que todos los jodidos españoles, incluso los madridistas dicen sentirse tan orgullosos?

Lo quieran o no es política y, en algunos casos, de la buena

 A veces, muchas más de lo que yo quisiera, me acometen las dudas sobre todo lo que ha sido mi vida y si el sentido que yo ahora le atribuyo no está esencialmente equivocado, si esta idea fundamentalmente marxista que yo le atribuyo a todo no es sino el más grande de todos mis errores, que no es que sean muchos, es que son demasiados.
 Lo digo porque el otro día, me sentí totalmente alborozado porque oí a algunos de esos 150 subsaharianos que, al fin, consiguieron penetrar en Melilla, gritar “Barça, Barça, Barça”, con más intensidad aún que por esos campos de Dios se grita “así, así, así gana el Madrid”.
 Yo soy marxista-comunista por la gracia de Dios, quiero decir que me he ido haciendo marxísta poco a poco y porque no he tenido más remedio, porque hubiera sido el peor de los sacrilegios no serlo, después de todo lo que me ha pasado.
 Si yo no hubiera sido marxista después de haber sido atado con cadenas por los que yo creí que eran mis amigos, si no hubiera tenido que tragarme todos los días que aquella desalmada gente de mi pueblo no sólo me persiguiera a muerte como a un perro rabioso sino que además me lo gritara en plena cara, acercándose tanto que, a veces, tuve que secarme sus babas de mi rostro: “uno, dos, tres y cuatro, ya tienes Franco ‘pa’ rato”, si no me lo hubieran negado todo hasta el aire para respirar, teniendo como sólo tenía 10 años, si luego no hubiera tenido a Tierno Galvañ como profesor de Derecho político, si mi lectura favorita no hubiera sido “Triunfo” de Eduardo Haro Tecglen y de Sixto Cámara, hubiera sido entonces el más imbécil de todos los individuos o el más perfecto de todos los canallas.
 Pero no fui una cosa ni otra. Cuando me di cuenta, respiraba marxismo, me sentía penetrado por esa maravillosa ideología que preconiza que demos a los demás todo y lo mejor de nosotros mismos y no les pidamos sino lo estrictamente necesario para sobrevivir.
 Hubo quien intentó convencerme de que aquello no era marxismo sino cristianismo pero yo lo negué. Es cierto que el mensaje del Nazareno se parece demasiado al marxismo pero se distinguen en que mientras  uno se halla transido por la idea de la ira y de la rebelión, el otro lo  fía todo a la paciencia y a la resignación por eso ha tenido, y tiene, tanto apoyo por aquellos que detentan inexorablemente el poder y pretenden la más servil de las esclavitudes: bienaventurados los pobres porque de ellos será el reino de la Tierra, bienaventurados los mansos porque ellos verán a Dios, bienaventurados los que sufren persecución por la justicia porque de ellos será el Reino de los Cielos.
 No, coño, no, lo que hay que preconizar y gritar tan alto como nos dejen hacerlo es “proletarios de todos los países, uníos”, porque si nos unimos y luchamos hasta la última gota de nuestra sangre, tal vez algún día seamos dignos de ser hombres.
 Terencio casi estuvo a punto de decirlo, “homo sum et nihil humanum me alienum puto, “soy hombre y nada humano pienso que me es ajeno, pero hubo que esperar a que un barbado pensador judío pusiera al fin de manifiesto que no se pude descansar ni un sólo instante si antes no hemos arreglado este jodido mundo en el que los ricos seguirán bebiendo la sangre de los pobres hasta dejarlos exhaustos y que no se puede ser digno de llamarse hombre si uno no hace todo lo que esté en su mano para remediar esta situación.
 Pero iba diciendo que los subsaharianos que invadieron el otro día Melilla gritaban “!Barça, Barça, Barça¡”, ¿qué significado tiene este grito? ¿Es simplemente la muestra de su admiración por un equipo de fútbol o, más simplemente aún, el infantil deseo de congraciarse con los habitantes del país en el que pretenden insertarse?
 Esto sería una manera, por cierto muy común, de rebajar a estos hombres a un nivel inferior al de las bestias: “estos hombres no son tales sino una especie de imbéciles que se han dejado hipnotizar por algunos de sus ídolos, Eto’o, Drogbá, Canuté, etc”.
 Yo me resisto a admitir esta interpretación: esta gente sabe, porque lee todo lo que cae en sus manos que se refiera a este país en el que quieren integrarse, que el Barça es la encarnación de una aspiración irrenunciable, el deseo de convertirse en Estado ya que ya son pueblo o nación, o sea que es poco más o menos lo mismo que ellos pretenden: encontrar un lugar en el mundo donde poder ser realmente libres y dignos, sin que se les persiga, se les desprecie o se les denigre, por eso el Barça es más que un club, o, como decía Sixto Cámara que no es sino ese personaje egregio por catalán que aceptaba este título con todas sus consecuencias, Manuel Vázquez Montalbán, “el ejército desarmado de Catalunya”.

Respondiendo a Futbolín

Para leer las contestaciones a mi carta abierta a Futbolín y a Patrick Bateman acudir a los comentarios de mi ultimo post con dicho título.

Carlos, pero qué buen “discutidor” eres, capaz de encontrar razones que la razón no entiende.

Verás, hasta ahora, yo sólo había utilizado argumentos prestados por esos 2 aprendices que son Aristóteles y Marx, pero ahora, estimulado por tu brillante ejemplo, voy a tratar de utilizar algunos propios.

El hombre, el cochino, el indecente hombre no es sino lo que quiere ser. Por supuesto que hay culés que son tan de ultraderechas como el más feroz de los nazifascistas madridistas, creo que el cuñado de Laporta era uno de ellos, presidente, ni más ni menos que de la Fundación Francisco Franco lo que compartía con un puesto directivo en el Barça.

El problema, la cuestión a resolver es: ¿cuál de las 2 personalidades del cuñado laportiano era realmente la suya propia, la franquista o la barcelonista?

Que Franco y el barcelonismo son antagónicos es otro de esos axiomas que no necesitan demostración y, sin embargo, la historia lo ha demostrado hasta la más perfecta saciedad.
O sea que, en el fondo del alma del cuñado de Laporta y de ese tal señor Carlos de Zaragoza, se debate una feroz lucha interna, entre su simpatía por unos colores, provocada por la excelencia del juego del equipo y por su comportamiento histórico, y su identificación sociopolítica con el canallesco franquismo.

Por eso te hablaba yo de los compartimentos estancos de los submarinos. Éstos, para tener más defensa en casos de la apertura de vías de agua, tienen todos sus compartimento absolutamente estancos, sin ninguna clase de comunicación entre sí, de modo que la corriente de agua nunca podría producirse entre ellos.

En el hombre, sí, en el hombre todas las corrientes, todos los fluidos pueden, ¿y deben? pasar de una a otra parte de su estructura sin demasiadas dificultades, incluso cuando las corrientes son en sí mismas esencialmente contradictorias.

Verás, Carlos, si un tipo es, como yo era ya entonces, esencialmente progresista porque lo había mamado en mi experiencia vital, habiendo sufrido que cuando, a mi padre lo juzgaba un consejo de guerra, casi nada al aparato, y el fiscal le pedía pena de muerte por haber dirigido una función teatral a favor del Socorro Rojo Internacional, algo así como la Cruz Roja española, pero en comunista, a mí, que apenas si tenía 10 años, mis queridos compañeros de juegos fueron a buscarme a mi casa, me ataron las manos a la espalda con una se esas cadenas de persianas enrrollables y me juzgaron y me condenaron y me escupieron muchas veces en la cara una cantinela: “1, 2, 3 y 4, ya tienes Franco ‘pa’ rato.”

De modo que, luego, estudiante en Madrid, amigo íntimo de un madridista acérrimo que, una vez, me salvó la vida, viendo jugar con muchísima frecuencia a aquel Real Madrid de Di Stéfano, uno de los más grandes equipos de la historia, si no el más grande, a un alma juvenil como la mía que, además, quería ser futbolista, la fascinación la indujo a un madridismo exacerbado.

Pero aquella misma alma fascinada fue madurando sociopolíticamente, de manera que un día me encontré analizando, casi sin darme cuenta, que aquel maravilloso equipo ganaba siempre los partidos no sólo porque era muy bueno técnicamente sino también porque, cuando lo necesitaba, los árbitros, como ahora, hacían todo lo necesario para que ganara.

Y mi simpatía, el cariño que yo les tenía a aquellos formidables jugadores, entre los
cuales llegaron a estar, en la media, 2 murcianos, uno, Narro, y otro, jovencísimo de cuyo nombre no me acuerdo, no resistió los durísimos embates de aquella incipiente ideología mía a la que repugnaba decisivamente los continuos abusos que se grababan en mi corazón con la misma lacerante sangre con que lo hizo la cadena de la persiana.

Y grité: “No, no le prestaré mi afecto a un club ladrón y prepotente que no tiene sentido ni de la verdad ni de la justicia” y, dentro, muy dentro de mí, comenzó a incubarse un odio irresistible hacia aquel equipo que a lo peor técnicamente era insuperable, que seguramente lo era, pero que ética y moralmente era absolutamente despreciable y que encarnaba todo lo que aquel franquismo político representaba, la opresión, la prepotencia intolerable, la más feroz de las tiranías.

Dentro de mí, como dentro de cualquier otro hombre, no había, no hay compartimentos estancos, seguramente porque no estamos construidos como los submarinos, dentro de mí había algo que me hacía aborrecer a muerte la mentira y la injusticia que cometía casi continuamente aquel deslumbrante equipo, al que yo seguía yendo a ver en medio de las mayores dificultades, bajo la lluvia torrencial el día que jugaron en Elche y Puskas metió el que seguramente es el mejor gol que yo he visto en mi vida, recibiendo el balón de Di Stéfano, en el saque de centro y regateando uno tras otro a todos los jugadores contrarios hasta meterse con el balón en la portería.

Y, un día, no sé cuándo, cómo ni por qué, dejé de ver aquella insuperable belleza técnica que animaba a aquellos jugadores y comencé a ver únicamente las canalladas, las tropelías que cometía diariamente aquel equipo que protegía con todas sus fuerzas el tirano execrable, ésas que dieron origen a que en todos los campos de España le cantaran aquello de “así, así, así gana el Madrid”.

O sea que aquella adoración irreprimible se había convertido como por arte de magia en un odio todavía más irreprimible aún porque la actuación de dicho club encarnaba, representaba, constituía, promovía, propalaba, contribuía a que todo lo que yo odiaba en el mundo, como progresista, la mentira y la injusticia, siguieran rigiendo en este desdichado país.

Y esto no es un hecho aislado que se ha producido en mi pobre corazoncito sino en el de todas aquellas personas que sientan tan profundamente como yo un ansia irreprimible de verdad y de justicia, que no otra cosa es ser progresista, ser de izquierdas.

De manera que a mí no me entra en la cabeza que Rubalcaba, por ejemplo, acuda al Bernabéu, un día, vea como le roban el partido a la víctima de turno, y no sienta en lo más profundo de su alma progresista una indignación tal que le haga abominar para siempre de un club que practica esta política como estrategia habitual, no sólo con la aprobación sino con el entusiasmo de las gradas.

La solución al dilema no es, no puede ser otra que la de que Rubalcaba no siente realmente en lo más profundo de su corazón ese ansia infinita de verdad y de justicia en que consiste la auténtica pasión de un hombre progresista, porque una de las características del auténtico progresismo es su imposiblidad de contemporizar con la mentira y la injusticia, sin hacer lo que acabé haciendo yo, abjurando para siempre de mi madridismo.

Y todo esto puede predicarse, sólo que al revés, del barcelonismo, la verdad y la justicia. Un nazifascista vocacional, integral, no puede convivir pacíficamente con una posición deportiva que aspira a la verdad y la justicia por encima de sus propios intereses. De modo que el cuñado de Laporta y este tal Sr. Carlos o no son nazifascistas convencidos sino simplemente circunstanciales, o no son barcelonistas de verdad porque deberían de sentir entonces una repugnancia visceral por todo lo que tal sentimiento significa.

Como tú has citado de pasada, Vázquez Montalbán dijo una verdad como un castillo: el Barça es el ejército desarmado de Catalunya, el que defiende pacíficamente las ansias de libertad de un pueblo que se siente esencialmente oprimido, de muchas maneras, una de ellas la futbolística, con toda la razón del mundo.

También has citado a Julián Marías, hijo del discípulo predilecto de Ortega y dicen que buen escritor, yo no lo sé porque no lo he leído nunca porque me constaba su condición madridista. Bien, el tal Marías ha escrito por ahí abominando de Mourinho, pero es un error porque Mou personifica el auténtico espíritu del madridismo, mentiroso, tramposo, ventajista, chulesco, macarra, matón, no puede ser que un hijo de filósofo y escritor haya tardado tanto en descubrir la esencia del madridismo y, sobre todo, qué coño va a hacer ahora un tipo que escribió un libro que tituló “Corazón tan blanco”.

En cuanto a lo que va a suceder con otro desencantado accidental del RM, Carlos Boyero, crítico de cine de El País, no lo sé pero ya hay por ahí miles de fervorosos madridistas que piden su cabeza y no es una metáfora.