La falsificación de la realidad o la imposición de la mentira

 Vuelvo a mis clásicos: si la verdad es la entera adecuación de nuestra inteligencia a la realidad, si evitamos que esto se produzca, engañaremos totalmente a la sociedad y dominaremos el mundo.
 Ayer, la asamblea madrileña, aprovechando su mayoría absoluta, aprobó la privatización de la sanidad pública y ésta respondió terminando la huelga.
 La pregunta se impone: ¿qué es lo que ha ocurrido dentro de las mentes de todas estas gentes que votaron en masa para que los gobernaran sus propios verdugos, qué clase de instrucción se les da que los hace incapaces de saber realmente qué es lo que están haciendo cuando acuden en masa a votar su propia destrucción?
 Ahora, con Wert y Rouco al frente del ministerio de Educación una losa de invencible ignorancia pesará para siempre sobre las mentes de nuestros hijos y el panorama desde el puente será absolutamente pavoroso.
 Decía el gran canalla con un insuperable cinismo que los médicos no operaban simplemente porque no querían.
 Y el jodido juramento hipocrático ha hecho el resto.  Un médico bien constituido por dentro no puede consentir que un enfermo muera por falta de atención, de modo que se trataba de una batalla perdida como van a serlo todas las que se planteen contra este gentuza que tiene incluso a la realidad de su parte.
 Y mientras la falsa izquierda, que se titula cínicamente socialista, sólo se preocupa de conservar-ojo, a la palabra-las mínimas opciones que le permitan, en el más lejano de los horizontes, una nueva reelección.
 De modo que todo está perdido para siempre y se ha demostrado el craso error de todos aquellos que deseaban que todo fuera a peor porque, decían, que, una vez tocado fondo, el pueblo reaccionaría.
 Pero el pueblo, tal como lo entiende la teoría política, ni siquiera existe sino una inmensa masa aborregada incapaz de pensar en otras cosas que no sean la belenes esteban y los cristianos ronaldos, porque los wert y los roucos han realizado perfectamente una labor que, además, no era muy difícil.
 Y ahora las más conscientes de las víctima se arrojan por las ventanas porque, como le sucediera a Boabdil, nadie ha sabido defender como seres humanos los derechos que millones de grandes personas con su sangre, su sudor y sus lágrimas habían ganado para ellos.
 De modo que el Estado del bienestar se ha convertido, de repente, en todo lo contrario, ya no hay más que un espantoso, un irresistible sufrimiento por todas partes, la gente anda como loca porque no sabe adonde ir.
 Y ellos desde sus despachos de los grandes rascacielos se ríen de todos nosotros, la pobre gente, los miserables, mientras piensan en una nueva manera de oprimirnos más.
 Todo esto me hace llorar inútilmente. El panorama que contemplo desde mi último puente es tan desolador que me entran ganas de acabar de una vez con este tan triste espectáculo.
 Si no lo hago es por mi familia, mi mujer y dos de mis hijos tan gravemente enfermos que no sobrevivirían de ninguna manera si mí.
 Ganivet, Larra, Arthur Koestler, Stefan Zweit, Walter Benjamín tuvieron más valor o estaban aún más desesperados.
 Que Dios nos libre, pero es terrible contemplar cómo ganan ya las batallas sin siquiera luchar, porque esa masa informe les ha entregado mansamente todo el poder, por eso se ríen de esa infame manera de todos nosotros.
 Por eso aborrezco tanto a la prensa, porque es la culpable de todo lo que nos pasa.