La estrategia diabólica

 Hay quien pretende atribuir a esta gente una inteligencia superior capaz de llegar al fondo de las cosas. 

 No hay tal. Es el mismo hombre cuya lectura de cabecera es el Marca el que ha implementado esta canallesca estrategia.

 Él ni siquiera fue capaz de inventar esa infame idea de que todos los hombres somos esencialmente desiguales, se la copió, y él mismo lo reconoce a Luis Moure Mariño y a nada más y nada menos que a Gonzalo Fernández de la Mora, el mentor de Franco, 2 ultrafascistas convictos y confesos.

 Trataremos de resumir el ideario del joven Tërles, digo Rajoy:

 -Constituye una prueba irrefutable de la falsedad de la afirmación de que todos los hombres son iguales, de las doctrinas basadas en la misma y por ende de las normas que son consecuencia de ellas.

 -era un hecho objetivo que los hijos de “buena estirpe”, superaban a los demás-
 -La desigualdad natural del hombre viene escrita en el código genético, en donde se halla la raíz de todas las desigualdades humanas: en él se nos han transmitido todas nuestras condiciones, desde las físicas: salud, color de los ojos, pelo, corpulencia…hasta las llamadas psíquicas, como la inteligencia, predisposición para el arte, el estudio o los negocios. Y buena prueba de esa desigualdad originaria es que salvo el supuesto excepcional de los gemelos univitelinos, nunca ha habido dos personas iguales, ni siquiera dos seres que tuviesen la misma figura o la misma voz”.

 Este pobre hombre, desde el punto de vista de la naturaleza, en todos los otros, es uno de los más ricos de España y “lo que te rondaré, morena”, el registro de Santapola es una auténtica mina de oro, que pedía que, para ser presidente de gobierno en este país, se exigiera algo más que ser español y mayor de edad, no ha sido capaz de comprender nunca nada, lo que seguramente es el mayor de los méritos que él exige a un presidente de lo que sea, porque esa exigencia de igualdad para todos los seres humanos se fundamenta precisamente en el concepto moral, ahí le duele al sr. Rajoy, de que hay que procurar, como sea y a costa de lo que sea, que todos los hombres del mundo, por el mero hecho de su nacimiento, sean lo más iguales posibles.

 Y hemos dicho que se trata de un concepto moral, pero queríamos decir ético.

 Desde la Etica a Nicómaco, sabemos que todo lo humano debe de estar impregnado de una exigencia ética que configure todas las leyes bajo el intento de hacerlas igualitarias.

Como decía, este pobre hombre, licenciado en Derecho, no ha comprendido nada de lo que éste significa, Derecho viene del latín “directus”, lo que apunta directamente hacia la resolución de los problemas. “Rectus”, recto, la distancia más corta entre dos puntos, pura geometría. 

Es precisamente esa desigualdad esencialmente injusta que lastra a los seres humanos desde el mismo momento de su concepción, la que ha motivado que los más egregios componentes de la estirpe humana se hayan empeñado en la más titánica de las luchas para erradicarla. 

 Por supuesto que Rajoy y sus cómplices no tienen nada de egregios sino de absolutamente miserables, porque es de miserables profundos luchar encarnizadamente para aumentar dicha desigualdad, cuyo aumento se produce, como en casi todos los casos cuantitativos, de una manera exponencial, de tal manera que ahora la millonésima parte de la humanidad posee el 100×100 de la riqueza mientras el resto se debate en lo más profundo de la peor de las miserias.

 Esto es lo que defendía, defiende y defenderá, porque la va en ello su propia vida, el acérrimo lector del Marca y para conseguir sus deleznables fines ha echado mano de una de las más comprobadas leyes marxistas: todo no es más que puñetera, jodida, economía: si yo ahogo aún más en la miseria a esta gentuza, si los oprimo hasta la extenuación, si hago que todo aquello a lo que tendrían derecho por ser hombres, sólo por haber nacido, lo paguen a precio de oro, no tendré nunca que utilizar la fuerza bruta de nuestros cipayos, de esa gente a los que hemos podrido extirpándoles antes el cerebro, así, de este modo, si yo exijo a sus hijos, desde el principio de sus puñeteras vidas que, para seguir alentando, tengan que pagar lo que no tienen, lo que nunca tendrán porque nosotros no se lo vamos a permitir, es decir, si para sobrevivir han de pagar en todas las instancias en las que forzosamente participen de tal modo que desde las guarderías a las universidades el precio que les exijamos no lo puedan sufragar, está claro que no sólo no podrán acudir a las aulas universitarias sino tan siquiera a las más modestas de las guarderías, o sea que van a estar, seguro, fuera de los centros en que se imparte una instrucción cada día más necesaria para andar por la vida, pero es que incluso vamos a hacerlos más débiles aún de lo que serían con arreglo a las leyes de Mendel, tan caras para nosotros, puesto que no van a tener, desde el principio de sus vidas, lo suficiente para comer, de manera que el hambre será por siempre su habitual compañera, porque habremos descubierto la cuadratura del círculo: si quieren ir a clase habrán de pagar en los colegios una cuota para asistir a los comedores y si no pueden hacerlo pagarán también por llevarse la mísera comida desde sus casas.

 Y para intentar inútilmente preservar su salud, pagarán también, y para obtener una justicia, que haremos todo lo necesario para que les sea inalcanzable, les exigiremos pagar tanto que no podrán hacerlo y sólo verán las togas cuando la tv retransmita le inauguración del año judicial en los tribunales.

 O sea que haremos todo lo posible para que las desigualdades naturales no sólo se mantengan sino que aumenten hasta un grado tal que ya no sea necesario utilizar las porras eléctricas de nuestros aguerridos gendarmes.
O sea que el jodido Orwell, como se ve, se quedó muy corto en sus predicciones, el mundo podrá ser mucho peor aún si nos esforzamos suficientemente.