De la obscenidad de Casillas y de la prostitución de la prensa

Obsceno es todo aquel que exhibe sus desnudeces, se prostituye todo aquel que vende su decencia  para vivir mejor. Observese que he evitado cuidadosamente escribir “para sobrevivir”, porque, para esto, tal vez esté permitido todo, dejando a fuera de todo esto al heroísmo.

 Volvemos, otra vez, con la humilde aritmética.

 Máximo goleador es aquel que marca más goles, o sea el que ha demostrado ser el mejor artillero.

 Mínimo goleado es aquel que ha encajado menos goles, o sea el que ha demostrado ser mejor portero.

 Pues, no, señores, la aritmética, esa ciencia tan embustera, nos ha vuelto a mentir y en este caso lo hace descaradamente:

 Máximo goleador es aquel que ha merecido marcar más goles porque goza con el favor de todo el madridismo, o sea, Cristiano Ronaldo, porque no sólo es el más guapo, el mejor dotado por la naturaleza sino también el más rico y si no ha marcado más goles ha sido por causas completamente ajenas a su voluntad, por pura mala suerte y porque los puñeteros árbitros no le han pitado el suficiente número de penaltis, ¿o no?

 En cambio al enano hormonado, así lo llama el madridismo, que no sólo es el más feo de todos sino que apenas si llega al 1’69 estatura, coño, los jodidos árbitros no hacen otra cosa que darle facilidades, un penalti, coño, todos los partidos, incluso a veces, 2, apenas se acabó la liga, los jodidos sinvergüenzas para disimular que al Madrid se los habían pitado por un tubo, a favor, y ninguno en contra durante ni más ni menos que un año, o sea, 365 día de vellón.

 Esto es, precisamente, lo obsceno, la exhibición de lo indecente, mostrar públicamente nuestras sexuales desnudeces, en un afán absolutamente perverso de que la gente admire nuestros órganos reproductores, una actitud no sólo de locos sino de esencialmente corrompidos.

 Y esto clamorosamente propagado por sus peores voceros, esos tipos que porque Sergio Ramos le da una alevosa patada a un contrario dicen “pero qué cojones tiene este tío, más grandes que los del caballo de Espartero”, el mismo tipo que, arrobado, proclamó santo a Casillas porque le rebotó un balón involuntariamente en los pies.

 Y estos tíos se autodenominan periodistas, que no son sino aquellos que tienen como profesión informar verazmente al público de lo que ocurre en realidad. O sea que, cuando mienten, cuando venden su decencia por poco más que un plato de lentejas, teniendo como tienen un sueldo asegurado, no hacen otra cosa que prostituirse de la peor de las maneras.

 Y así estamos, por un lado, un tipo que sabe que no es siquiera el mejor de España porque hay por lo menos otro portero al que le han marcado menos goles que a él, lo que aritméticamente demuestra que éste es mejor guardameta, y de otro, una hatajo de prostituidos reporteros que obedecen mansamente al director del Circo, el inefable Flo, el Dios Supremo, el Ser Superior, el nunca bien pondero Conseguidor, que se ha propuesto no convertir en Balón de oro a uno de los suyos, eso sería casi normal, sino impedir que otro jugador del equipo que aborrece con toda su alma, lo sea.

 Creo que a estas virtudes que atesora el Dios merengue las llaman odio y envidia, las más características de un dios.