Pedraz y los diputados

De vez en cuando, un juez pierde la cabeza, quiero decir que actúa como una persona normal, porque, no me cansaré nunca de decirlo: los jueces no son personas normales, no pueden serlo, no puede ser normal un hombre que está aprendiendo o ha aprendido ya que sus decisiones son incuestionables, ¿os lo imagináis, os imagináis vosotros que vuestras decisiones, que vuestras opiniones fueran indiscutibles, por ejemplo, en vuestra casa?


Al respecto, puede ser muy útil comprobar lo que les ha pasado, lo que les está sucediendo, lo que les ocurrirá a los genios: a la hija de Paul Auster, le preguntaron en una entrevista, cuál era la mejor novela de su padre y contestó rápido, “no tengo ni idea porque no he leído ninguna de ellas”, para la hija de Auster, su padre, no sólo no es un genio sino que, a lo peor, le parece un pobre hombre, al que le huele el aliento o los pies, o porque no sabe bien cómo se maneja uno de estos malditos teléfonos portátiles.

Un juez, o sea un tipo como el tal Dívar, puede permitirse el lujo de decirle a un diputado del PP, o sea, a uno de los suyos, que había pretendido restarle importancia a la firma de los jueces, “mucho cuidado, amigo, que la firma de uno de esos señores que usted tan poco aprecia puede mandarle a v. a la cárcel para toda la vida”, porque todos ellos son plenamente conscientes, a lo peor se lo inculcan en los cursillos de la Escuela judicial, de esa facultad única que la sociedad ha puesto en sus manos de hacer lo que no debiera de hacer nadie: enjuiciar penalmente a otro ser humano, porque no es que yo esté de acuerdo con eso de que el que esté libre de pecado tire la 1ª piedra porque entonces no la tiraría nadie y hay muchas piedras, billones de ellas que tirar, sino que creo que la facultad de condenar a otro ser humano siendo uno tan humano o más que él es un agravio a la más elemental de las éticas.

Y conste que estoy hablando de las auténticas condenas, de esas sentencias con tal fuerza coactiva que arroja al que las recibe al peor de los infiernos imaginables, las cárceles, porque de las otras condenas, las morales, no sólo no las critico sino que, por el contrario, las echo mucho de menos.

Pero estábamos hablando de Pedraz, que yo tengo la impresiòn, seguramente equivocada, de que es un juez más conservador que otros, porque yo soy de los que piensan que todo juez, incluso esos que forman parte de Jueces para la democracia, son eminentemente conservadores porque, si no, se quitarían las togas de encima y las arrojarían al mar.

Y casi ninguno de ellos lo hace.

El caso es que Pedraz, según nos cuenta esta prensa que padecemos, ha hecho dos cosas aparentemente contradictorias: una, solicitar al Congreso las actas de las sesiones celebradas durante el cerco que el pueblo de España había decidido efectuar sobre él, a fin de comprobar si las sesiones habían resultado afectadas por dicha presiòn, en cuyo caso, parece que hubiera considerado que los manifestantes, especialmente los más activos, eran reos de delitos contra las altas instancias del Estado; y otra, declarar tajantemente, como ha hecho, que archiva la causa contra ocho de los promotores de la protesta por no creerla constitutiva de ningún delito y considerar que la reacción popular estaba plenamente justificada por decadencia de la clase política.

Nunca, en los más de 60 años que llevo escuchando muy atentamente a los jueces, no sólo cuando hablan desde los estrados sino, lo que resulta mucho más interesante para conocerlos, en sus conversaciones particulares, había oído a un juez decir algo así, siendo como es la más evidente realidad de la vida, los políticos profesionales son la hez de la sociedad, la prueba está en que la protesta contra Pedraz no sólo ha salido de las filas del PP, ese tipejo del Hernando, sino que, parece, que ha sido secundada por el tal Simancas, aquel personaje al que la cólera de Dios arrebató de tan mala manera la presidencia de la Comunidad de Madrid.

Que los políticos profesionales son, hoy día, la peor de las plagas que sufre la humanidad es tan evidente que hasta un juez tan conservador como Pedraz se ha atrevido a denunciarlo para justificar su auto de archivo de las diligencias incoadas contra los màs activos manifestantes ante el Congreso, pero a este juez tan atrevido en tantos aspectos, le ha faltado la audacia necesaria para extender la dureza de sus críticas a su propio cortijo.