Una nueva plaza de Tiananmen, La cobarde brutalidad de la peor canalla del mundo o la historia nacional de nuestra infamia

 Es la misma historia que se repite eternamente. Decía Hobbes, sin gritar demasiado, al fin y al cabo, era un filósofo, que “homo homini lupus”, que el hombre es un lobo para el hombre y que la vida no es sino la historia de una guerra de todos contra todos.
  Y esta frase tira de esta otra shakespeariana: la vida es una historia llena de ruido y de furia, narrada por un idiota, que el maravilloso William Fualkner hizo suya como título de la que, a lo mejor, es la más de todas sus novelas, que ya es decir, tratándose del autor del Villorio y Santuario.
 El  otro día, escribía yo, por aquí, que este asesinato que se está realizando con España, con los españoles, con todos nosotros, sí, incluso con ellos mismos, quedará absolutamente impune.
 Porque el más sangriento de todos los asesinatos, el más vil, el más canallesco, el más ruin, el más detestable, el imperdonable, el insoportable, el más repugnante, el más alevoso, el más premeditado, es éste que se está cometiendo ahora mismo con todos nosotros, cuando se nos silencia, cunado se nos oprime, cuando se nos extrae hasta la última de gota de sangre desde ese poder ostentoso, canalla y cobarde, que no sólo extermina sino que además hace la más clamorosa ostentación de todo ello.
Hay ingenuos, almas cándidas, que todavía creen que las fotografías de la infamia difundidas en primera plana por toda la prensa mundial, al propio tiempo que las 2 cabezas más visibles de nuestro Estado visitan la capital del imperio, donde el New York Times titula algo así como el hambre y la miseria de España, van a avergonzar a nadie como si fuera posible que se avergüencen los que carecen de cualquier tipo de esta capacidad, cómo va a avergonzarse el que se va de caza de elefantes, porque ya no hay otro animal más grande, con la amiga, mientras el que él llama su pueblo pasa las peores hambres, cómo va a sentir eso un tipo baboso, cuyos hilos de baba no son sino la más perfecta expresión de toda la inmundicia que llena su corazón, si es que lo tiene porque no es posible que lo tenga un tipo que no sólo teoriza torpemente sobre esa perfecta justicia que supone la desigualdad sino que se empeña, con todas las fuerzas de su canallesco corazón, en que todo el universo sepa  cómo tratamos aquí a ese pueblo que no sólo es desigual sino también canalla.
 Esta mañana, con el desayuno, se les ha servido por su lacayos a esta manada de hienas cobardes, las mejores fotografías que han visto en su vida puesto que representan la consagración mundial no ya de su ignominia sino de su espantoso poderío. No sólo tienen el poder teórico, ése que dicen que dan unas urnas convenientemente amañadas, porque el amaño puede ser no sólo físico sino todavía aún más ruin, jurídico, aprobando, en su día, con nocturnidad y alevosía una Constitución que impedirá para siempre que el pueblo llegue a ellas en condiciones de igualdad porque ésta, ya lo hemos dicho, repugna esencialmente a estos canallescos esbirros del peor de los emperadores de la historia.
 Ya no hay varias clases sociales sino sólo dos: explotadores y esclavos, explotadores vampíricos que nunca se saciarán de sangre y esclavos anémicos que ni siquiera tendrán fuerza ya para respirar de tanto como se les ha oprimido.
 Todo esto es gigantescamente doloroso, tanto que se me antoja una blasfemia intentar reflejarlo aquí, con palabras que no sean una continua maldición, sé que ellos también van a morir y que su muerte será como la nuestra, espantosa y terrible, aunque suceda en los mejores sanatorios, pero no me consuela que esta gente canalla muerda también el polvo sin haber sufrido nunca una infinitésima parte de todo lo que hemos padecido nosotros, los que habitamos este infierno que ellos cuidan tan amorosamente para que no tengamos nunca un sólo instante de paz, de ahí, esa feroz sentencia pronunciada por una de los suyos cuando se votó en esa infame asamblea una ley que condenaba al hambre a sus odiados siervos: “que se jodan”, porque nos odian como el más canalla de los asesinos aborrece al que es víctima del más espantoso de sus crímenes, porque no aceptamos resignadamente nuestra crucifixión y tratamos de llegar hasta allí, en donde ellos fingen que legislan y gobiernan cuando sólo tratan de oprimirnos, de exterminarnos de la peor manera.
 Ojalá que se ahoguen con sus propias lenguas, con esas con las que mienten tan descaradamente, con las que saborean los mayores placeres y que ese momento desesperado en el que les falta el aire se eternice para que así sufran eternamente lo que nos hacen sufrir a nosotros.
 Malditos sean por asesinos, cobardes y canallas, por victimarios sin atisbo de ninguna clase de compasión, por ser peores que las peores bestias, malditos sean sin ninguna clase de posibilidad de perdón.