Brevísimo discurso sobre la historia

 Que la Historia se repite cíclicamente no lo voy yo a descubrir ahora.
 Eminentes historiadores lo han demostrado suficientemente.
 Lo que yo no sé ciertamente es si estos grandes historiógrafos han desentrañado el motivo, el fin, el impulso que determina el curso de la misma.
Yo sólo soy el más pequeño de los aprendices, lo único que sé con cierta certeza es que no se nada y ni siquiera en este proposición soy original, pero voy a intentar pergeñar una pequeña teoría que trate de explicar de alguna manera todo lo que está sucediendo.
Hay, hubo, y seguramente habrá gente muy estudiosa que se preocupe de este mismo tema: ¿por qué sucede todo lo que está ocurriendo?
 En mi opinión no es sino como consecuencia de la lucha de dos principios que algunos han llamado el bien y el mal, Ormuz y Arhiman, el ying y el yang, Dios y el Diablo, cartagineses y romanos, alemanes y japoneses contra los aliados, Usa y Urss, y ahora se inicia una Usa  y China.
 Dos ratones de biblioteca, dos estudiosos de la Historia hasta la saciedad, nos han dejado sintéticamente dos frases que por sí solas explican todo lo que está sucediendo: Marx: proletarios de todos los países, uníos; y Lampedusa: es preciso que todo cambie para que todo siga igual.
 Desde Marx, una corriente incontenible de liberación laboral recorre el mundo. 
 Él se encargó de demostrar de una manera irrefutable no sólo que todo es economía sino que ésta es la que dirige los destinos del mundo.
 Si dejamos, la inmensa multitud de los trabajadores, que el capital, o sea, los empresarios campen a su antojo, el mundo se configurará como actualmente es: un inmenso, universal, campo de concentración y de trabajo, en el que los trabajadores no pintamos absolutamente nada, de manera que la revolución, cualquiera que sea su forma, es absolutamente no ya necesaria sino imprescindible.
 Y esta idea cuajó en una serie de instituciones como los sindicatos, las comunas, las cooperativas, etc., pero, sobre todo, en el ideario que movía a pensadores políticos, filosóficos, científicos y artistas, lo que produjo, de una manera que parecía irreversible, su propagación.
 Esto preocupó y mucho a los pensadores reaccionarios que encontraron al fin la formula de contrarrestar el formidable alegato marxista: un oscuro hombrecillo, un ratón de biblioteca italiano la formuló concretamente en diez palabras: es preciso que todo cambie para que todo siga igual.
 Es absolutamente genial: ante el empuje arrollador producido por la autoconsciencia de las clases trabajadoras de la criminal explotación que sufrían el mejor de los diques que podría oponérsele es la más radical de las hipocresías: “hagamos”, dice el italiano, “como que cedemos a este empuje, construyamos una teoría científica que propugne la liberación de las masas trabajadoras, digamosles de mil maneras que tienen razón, montemos aparatos del Estado que parezca que atienden todas sus exigencias, hagamos que se conciba como la tarea fundamental de dicho Estado la redistribución de la riqueza nacional de mil maneras y, luego, nos apoderaremos del mismo, mediante aparatos que afirmaremos rotundamente que son esencialmente democráticos, Cortes, Parlamentos y Senados, a los que se accederá mediante elecciones generales universales, directas y secretas, con un pequeño e imperceptible truco que ya nos encargaremos nosotros de que parezca oculto siempre: mantener a las masas electoras en la total ignorancia, en la más profunda de las inculturas de manera que siempre nos elegirán a nosotros que seremos dueños absolutos de los medios de información y creación de la opinión pública, para ello haremos de la instrucción pública una auténtica falacia y les someteremos a las más altas dosis de lo que se ha dado en llamar opios del pueblo, fútbol y otros deportes en los que se encarne un nacionalismo absolutamente embrutecedor”.
 Y así estamos, en manos de los discípulos de Lampedusa, que han aprendido perfectamente la lección, mientras que los de Marx pierden la mayor parte de sus energías en luchas fratricidas.