Ahora, que lo pienso mejor, esta justicia no es tan inmanente ya que también la sufren los hambrientos


 Ahora ya sabemos de qué se reía tanto el jodido Montoro, del que la prensa siempre nos los presentaba haciendo chistes sobre la situación o riéndose muy contento, el hijoputa cabrón.

 Una parlamentaria canaria nos lo acaba de contar: “Estoy deseando de que esto se hunda de una vez para que luego vengamos nosotros a levantarlo”, decía el muy cabrón, sin parar mientes en los miles de millones de niños hambrientos, de ancianos obligados a robar alimentos en Mercadona, del hambre y de la miseria que representaba una tan triste victoria que además no se ha producido porque ahora, que gobiernan ellos, los jodidos taumaturgos, es precisamente cuando nos están interviniendo, si serán cabrones estos malditos hijos de puta.

 Por eso aprovecho la ocasión para decirles a mis queridos amigos izquierdistas que añoraban la más dulce de las derrotas, aquella que les hacía pronunciar aquello de cuanto peor mejor, porque no es cierto, desgraciadamente, ni para los cabrones ni para nosotros, que el hambre, la miseria y la más completa de las desesperaciones sea nunca buena para nadie porque el sufrimiento humano tiene un valor insuperable del que es la peor de las canalladas aprovecharse para prosperar. Malditos sean, coño, todos los que se benefician de esto.

 Está claro que en la propia esencia del asqueroso tipo de derechas de toda la vida se halla la alegría por esa escalofriante desgracia humana que sume al hombre en la miseria pero que eleva el rendimiento de sus negocios hasta cimas de otra manera inalcanzables, de modo que, ahora, el único problema que aflige a esta gentuza es “¿dónde meto yo todo este montón ingente de dinero que gano?”, juro por la salud de mi mujer y la mía propia, que la frase es absolutamente literal.

 Pero hasta en esto hay grados: el jodido Botín y su familia, toda su asquerosa familia, ganan ya tanto dinero con esos Bancos tan ruinosos que todos los días precisan que les insuflemos capital de la peor de las maneras, gravando a las generaciones futuras de este asqueroso país mediante la deuda pública, que no saben qué hacer con él y, desconfiando de sus colegas de los paraísos fiscales, han jugado a distraerlo en la Banca suiza con tan mala fortuna que un tipo raro, jugando a no sé qué, afloró unas terribles y largas listas de grandes depositarios en sus Bancos.

 De modo que nuestra adorable Inspección de Hacienda, sí, hombre, los subordinados del inefable Montoro, se vieron obligados a actuar todo lo suavemente que pueden hacerlo, no con esa dureza con la que le exigen al pobre padre de familia que acaba de comprarse, al fin, el piso en el que vive tantos años que pague inicuamente el máximo, revalorizando la finca hasta los extremos más increíbles, no, para Botín, la ley y sus aplicadores son tan gentiles que, oh, milagro, el Tribunal Supremo, sí, ése que preside ni más ni menos que el ambiguo  Dívar, ha sobreseído libremente la querella contra el amo del Santander ya no recuerdo siquiera con qué pretexto de tan fútil como resulta.

 Pero el problema que a mí realmente me atormenta es qué coño hace Rajoy con esa pala de millones que gana, y esto de “gana” es sólo una manera de escribir porque ganar lo que se dice ganar, gana muy poco el pobre, si nos atenemos a los resultados.

 ¿Dónde coño está metiendo el dinero este hombre? A lo mejor está haciendo las cosas como manda la Ley y su amigo y subordinado Montoro recibe todos los años la mejor de las declaraciones de la renta del mundo, en cuyo caso los ojos de aquellos por los que pasa dicho documento no cesarán de hacerse garabitas.

 Pero es que si las cosas se están haciendo bien, ahora mismo, el ínclito Rajoy debe de ser una de las primeras fortunas del país, no me atrevo, la verdad, a decir una de las mayores fortunas del mundo porque no he leído por ninguna parte que, al fin, haya sido inscrito en las famosas listas de Forbes, pero por ahí debe de andar el hombre que, como vemos, con el mayor de los motivos, no querría nunca ser igual que los demás españoles y por eso se convirtió en el mayor apóstol de la desigualdad, en sus 2 famosos artículos en El Faro de Vigo.

 Pues, ahí los tenemos, en esas tristes manos estamos, o como decía el inefable Cicerón mucho mejor que yo: “¿ubinan gentium sumus, in qua urbe vivimus?”, que, en el jodido español de todos los días, se lee: entre qué gente estamos, en qué ciudad, país, vivimos.

 ¿Dónde hay que firmar?