Por qué se quiere ir Catalunya.

                                               El misterio Sixto Cámara

                 prólogo por Manuel Vázquez Montalbán a

                           La capilla sixtina

                                                     de Sixto Cámara, editado por Kairós, Barcelona, 1974


    “Cuando leí la primera Capilla Sixtina telefoneé a César Alonso, uno de los dos redactores-jefes de Triunfo y le pregunté quién era Sixto Cámara.

-Él asegura ser el mismisimo Sixto Cámara.

-¿Una reencarnación del socialista utópico?
-No. El mismísimo socialista utópico.
-¿Qué edad aparenta?
-Unos cuarenta años.
Aproveché mi primer viaje a Madrid para pedir a mis compañeros capitalinos que me presentaran al nuevo fichaje. No voy a describir físicamente al personaje porque él lo ha eludido sistemáticamente en sus propias capillas, pero sí diré que me pareció un profesor de literatura de instituto de Enseñanza Media, machadiano, casi una reencarnación de Juan de Mairena……”.

Por lo mismo que yo también me quiero ir, junto con eddie y otros muchos millones de españoles.

Yo aprendí casi todo lo que sé leyendo Triunfo y asistiendo a clases de Derecho político del hombre más culto e inteligente que ha tenido este país.

Triunfo era una revista única en el mundo. Porque estaba escrita por comunistas en el país más fascista de la Tierra. ¿Cómo Franco, el fascista más acérrimo de todos, toleraba que se publicara aquello? Su director era nada más y nada menos que Eduardo Haro Tecglen, que junto a Enrique Tierno Galván considero yo que son mis maestros.

Aparte los editoriales que firmaba Haro, la sección que devoraba con verdadera fruición era la Capilla Sixtina, que firmaba, bajo seudónimo,  una de las plumas más atractivas que he leído nunca: Sixto Cámara.

Sixto Cámara, era en realidad Manuel Vázquez Montalbán, el hombre que dijo aquello tan esencialmente profundo como que el Barça es el ejército pacífico de Cataluña.

El honor, eso que algunos llaman “honra”, es lo único que de verdad posee el hombre. El honor es eso tan insignificante en apariencia que nos hace estar contentos con nosotros mismos, seamos lo que seamos.

Yo, por ejemplo, me considero, ya lo he dicho,un auténtico “outsider”, un auténtico fuera de juego, de hecho, mi novela del mismo título fue seleccionada para el premio Planeta en 1968, pero, sobre todo, un “loser”, un perdedor, cuya única salida noble siempre pensé que era el suicidio, con cuyo título, mi comedia fue finalista del premio Arniches, del Ayuntamiento de Alicante, ese mismo año, premio que ganó Carlos Perez Dann, con su obra “Mi guerra”.

Yo quería ser escritor, o sea, no hacer otra cosa que escribir, vivir de ello, como un puñetero monje, pero sobrevivir, en este asqueroso mundo de hojalata que es la sociedad española. Pero no pude hacerlo y yo pienso, seguramente para consolarme, que fue porque no formaba parte de uno de esos clanes, de esos grupos que dominan la literatura española.

Pero siempre me quedará el honor. El honor es la valoración que uno hace de sí mismo y sin cuyo resultado positivo uno no puede realmente sobrevivir con cierta dignidad.

Pero el hombre, otra vez Aristóteles, es un animal político, “zoon politikon”, y no puede vivir sin los otros hombres, sin esos otros animales que dan sentido a su vida. Tú podrás ser un hombre digno realmente pero si el entorno te rechaza tal vez llegues a dudar de ello.

Si los que conviven contigo piensan de ti, y, además, lo dicen que no eres más que un asqueroso pesetero capaz de venderlo todo, incluso de prostituir a tu madre y a tu hija por una puñetera peseta, ¿qué es lo que realmente debes de hacer?

Durante todos estos larguísimos años de oprobio, el honor de los catalanes se ha refugiado en un club de fútbol, lo acabo de escribir, eso que Sixto Cámara, o sea, Vázquez Montalbán, llamó el ejército pacífico de Catalunya, que así no tuvo más remedio que convertirse en algo más que un club, pero ha sido un intento profundamente inútil.

Porque esta tansposición de personalidades lo que ha conseguido es agravar aún más la situación, ahora, el Barça se ha convertido en el perfecto muñeco para que los anticatalanes ejerciten con fruición el arte del vudú.

Si se derrota al Barça, si se le humilla, se derrota y humilla al catalanismo, y esto se ha convertido en la meseta en una auténtica religión, a la que se supedita absolutamente todo.
Si hay que robar, se roba, si hay que matar, y no es sólo en sentido figurado, se mata, si hay que falsearlo todo, incluso la realidad, ésa que contemplan asombrados todos los otros pueblos del mundo a través de tv, se falsea radicalmente la realidad: se dice que el Barça es un equipo desleal y teatrero porque se duele de las patadas que le pegan, que gana los partidos, no porque ha logrado reunir la que quizá sea la mejor generación de futbolistas de la historia, sino porque ha comprado a los árbitros que le pitan 2 penaltis en contra en un mismo partido mientras que al equipo rival no le pitan ni uno nada menos que en todo un año, que la Federación, ocupada por fanáticos seguidores madridistas, [desde el conserje de la puerta principal hasta su presidencia, pasando por todos, absolutamente todos los que allí pintan algo, son radical, obtusa, fanáticamente, madridistas] no hace sino lo que quiere el jodido Barça de todos los cojones.

O sea que se pretende que los catalanes vivan contentos en la peor de las ignominias, en medio del mayor de los desprecios, esto no lo resistiría nunca nadie ni siquiera un pueblo que fuera realmente como los meseteros dicen que es el catalán, de modo que no sólo es justo que se quieran ir, es mucho más que eso, se tienen que ir si quieren poder vivir algún día con esa dignidad a que, como pueblo, ellos saben que tienen derecho.