Carta abierta a mi gran amigo futbolín:

 Mi querido amigo: Te escribo a ti, en lugar de a Xavier Traité, porque estoy seguro de que tú sí vas a leer esta misiva, que a lo peor él no leerá nunca, y porque tú, no recuerdo ahora con qué motivo, te erigiste en su portavoz, además, tú eres un tipo tan extraordinario que a lo mejor consigues que él también la lea.
Decía Manrique que “nuestras vidas son los ríos que va a dar a la mar, que es el morir”.
Casi todos los días, cuando me acuesto, pienso que a lo peor no amanezco y hago un examen de conciencia seglar y no quedo muy contento.
 No sólo no me gusta, nada, lo que yo hago sino que todavía me agrada menos lo que hace la mayoría de los coetáneos que tengo.
 Acabo de leer el post que me has traído de Narbona y he quedado hecho polvo porque creo que ya empieza a cumplirse el terrible pronóstico que realicé cuando me opuse a vuestra teoría (tuya y de Traité) optimista sobre el curso de la Historia.
 Narbona es un enfermo mental, tan cojonudo que no sólo no oculta su enfermedad sino que la esgrime como una bandera.
 No es para menos, muchísimos de los más grandes genios de la historia fueron, o son, también enfermos mentales: Niestzche; Hórderlin, Francis Ford Coppola, John Carrol Nash, Isaac Newton, Beethoven, Edgar Allan Poe, van Gogh….
 El caso es que, para mi, todo lo que escribe este hombre es como una absolutamente decisiva revelación.
 En el post suyo que tú me has aportado, Narbona dice, después de haber merodeado por los restos de la manifestación del 22M:
 “Cuando me despedía de mis amigos vascos, un agente de la UIP nos fulminó con la mirada. Su reacción –automática, instintiva- surgió al atisbar que uno de nosotros llevaba un pañuelo palestino. Afortunadamente, yo no llevaba a la vista un pin que me habría costado un disgusto. Es fácil reírse de los que aún se atreven a invocar el viejo lema anarquista, que invita a la lucha. La consigna “¡A las barricadas!” parece un triste e ingenuo arcaísmo. Me encantaría pensar que la no violencia y la resistencia pacífica derrotarán a ese nuevo Minotauro llamado capitalismo o economía de mercado, pero creo que esas formas de lucha son tan ineficaces –e irracionales- como el perverso mandato evangélico de amar a nuestros enemigos. Herbert Marcuse afirmó que “en el curso de cualquier movimiento revolucionario surge el odio, sin el cual no es posible ninguna revolución ni liberación”. Eso sí, nunca debe convertirse en brutalidad o crueldad, lo cual no elimina la necesidad de “oprimir a los opresores, pues éstos, desgraciadamente, no se reprimen a sí mismos” (Hebert Marcuse, El final de la utopía, Barcelona, Ariel, 1968, pp. 41, 43). Cuando ya solo volvía hacia mi casa circulando en moto por la carretera de Burgos, no experimenté la ebriedad de un comienzo y, menos aún, de una victoria, sino un amargo sentimiento de derrota”.
 La genialidad de este hombre estriba en su capacidad de extraer, de la realidad que lo rodea y asume, cosas que los demás no somos capaces siquiera de atisbar pues en las tertulias a las que acudí el día después de esa maravillosa marcha me encontré con 2 posturas acérrimas: los que las celebraban entusiásticamente y las que la denigraban a muerte. Unos, porque veían en ella un gran motivo de esperanza, los otros, porque temían que aquello prosperara y fuera el comienzo de una auténtica rebelión popular.
 Yo estoy, como siempre, con Narbona y por razones que él indudablemente conoce pero que no ha creído oportuno siquiera mencionar: España es una península de Crimea sólo que usaniana. Es el inmenso portaviones que junto don Marruecos tiene la llave ni más ni menos que del Mediterráneo, somos ya base fundamental de su escudo antimisiles. O sea, algo así como un Estado más de los Usa.
 Nunca, nunca, nunca el Gran Gendarme toleraría que aquí se implantara un régimen como el que todos nosotros soñamos.
 Pero no era de todo esto de lo que yo quería hablarte, hoy, amigo futbolín. Para mí, ese optimismo histórico que tú y el amigo Traité profesáis es algo que me lleva hasta el estupor porque no veo ni una sola señal en el que pueda basarse.
 Verás, hubo un tío magnífico en el que concurrían varias caracteristicas absolutamente maravillosas, era un judío alemán que eligió para firmar sus escritos el seudónimo de Walter Benjamín y que acabó suicidándose en la frontera francoespañola cuando tuvo la seguridad de que, al fin, iba a ser capturado por la Gestapo.
 Una de sus obras, Tesis de filosofía de la historia, fue una obra de lectura obligada en la famosa Escuela de Francfort, (Horkeimer, Adorno, Marcuse, Habermas) porque siendo de honda raigambre marxista aportaba al análisis materialista de la historia la impronta de uno de los espíritus más brillantes que ha dado la humanidad.
 Para defender mi postura, y la de Rafael Narbona, voy a transcribir el pie de la letra algunas de las tesis de Benjamin:
“Tesis 6:
Articular históricamente lo pasado no significa conocerlo «tal y como verdaderamente ha sido». Significa adueñarse de un recuerdo tal y como relumbra en el instante de un peligro. Al materialismo histórico le incumbe fijar una imagen del pasado tal y como se le presenta de improviso al sujeto histórico en el instante del peligro. El peligro amenaza tanto al patrimonio de la tradición como a los que lo reciben. En ambos casos es uno y el mismo: prestarse a ser instrumento de la clase dominante. En toda época ha de intentarse arrancar la tradición al respectivo conformismo que está a punto de subyugarla. El Mesías no viene únicamente como redentor; viene como vencedor del Anticristo. El don de encender en lo pasado la chispa de la esperanza sólo es inherente al historiador que está penetrado de lo siguiente: tampoco los muertos estarán seguros ante el enemigo cuando éste venza. Y este enemigo no ha cesado de vencer.
 Tesis 7:
 Pensad qué oscuro y qué helador es este valle que resuena a pena.
Brecht: La ópera de cuatro cuartos.
 Fustel de Coulanges recomienda al historiador, que quiera revivir una época, que se quite de la cabeza todo lo que sepa del decurso posterior de la historia. Mejor no puede calarse el procedimiento con el que ha roto el materialismo histórico. Es un procedimiento de empatía. Su origen está en la desidia del corazón, en la acedia que desespera de adueñarse de la auténtica imagen histórica que relumbra fugazmente. Entre los teólogos de la Edad Media pasaba por ser la razón fundamental de la tristeza. Flaubert, que hizo migas con ella, escribe: «Peu de gens devineront combien il a fallu étre triste pour ressusciter Carthage». La naturaleza de esa tristeza se hace patente al plantear la cuestión de con quién entra en empatía el historiador historicista. La respuesta es innegable que reza así: con el vencedor. Los respectivos dominadores son los herederos de todos los que han vencido una vez. La empatía con el vencedor resulta siempre ventajosa para los dominadores de cada momento. Con lo cual decimos lo suficiente al materialista histórico. Quien hasta el día actual se haya llevado la victoria, marcha en el cortejo triunfal en el que los dominadores de hoy pasan sobre los que también hoy yacen en tierra. Como suele ser costumbre, en el cortejo triunfal llevan consigo el botín. Se le designa como bienes de cultura. En el materialista histórico tienen que contar con un espectador distanciado. Ya que los bienes culturales que abarca con la mirada, tienen todos y cada uno un origen que no podrá considerar sin horror. Deben su existencia no sólo al esfuerzo de los grandes genios que los han creado, sino también a la servidumbre anónima de sus contemporáneos. Jamás se da un documento de cultura sin que lo sea a la vez de la barbarie. E igual que él mismo no está libre de barbarie, tampoco lo está el proceso de transmisión en el que pasa de uno a otro. Por eso el materialista histórico se distancia de él en la medida de lo posible. Considera cometido suyo pasarle a la historia el cepillo a contrapelo.
 Tesis 8:
La tradición de los oprimidos nos enseña que la regla es el «estado de excepción» en el que vivimos. Hemos de llegar a un concepto de la historia que le corresponda. Tendremos entonces en mientes como cometido nuestro provocar el verdadero estado de excepción; con lo cual mejorará nuestra posición en la lucha contra el fascismo. No en último término consiste la fortuna de éste en que. sus enemigos salen a su encuentro, en nombre del progreso, como al de una norma histórica. No es en absoluto filosófico el asombro acerca de que las cosas que estamos viviendo sean «todavía» posibles en el siglo veinte. No está al comienzo de ningún conocimiento, a no ser de éste: que la representación de historia de la que procede no se mantiene.
 Tesis 9:
 Tengo las alas prontas para alzarme, 
Con gusto vuelvo atrás, 
Porque de seguir siendo tiempo vivo, Tendría poca suerte.
Gerhard Scholem: Gruss vom Angelus.
 Hay un cuadro de Klee que se llama Angelus Novus. En él se representa a un ángel que parece como si estuviese a punto de alejarse de algo que le tiene pasmado. Sus ojos están desmesuradamente abiertos, la boca abierta y extendidas las alas. Y este deberá ser el aspecto del ángel de la historia. Ha vuelto el rostro hacia el pasado. Donde a nosotros se nos manifiesta una cadena de datos, él ve una catástrofe única que amontona incansablemente ruina sobre ruina, arrojándolas a sus pies. Bien quisiera él detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo despedazado. Pero desde el paraíso sopla un huracán que se ha enredado en sus alas y que es tan fuerte que el ángel ya no puede cerrarlas. Este huracán le empuja irreteniblemente hacia el futuro, al cual da la espalda, mientras que los montones de ruinas crecen ante él hasta el cielo. Ese huracán es lo que nosotros llamamos progreso.
 Tesis 10:
Los temas de meditación que la regla monástica señalaba a los hermanos tenían por objeto prevenirlos contra el mundo y contra sus pompas. La concatenación de ideas que ahora seguimos procede de una determinación parecida. En un momento en que los políticos, en los cuales los enemigos del fascismo habían puesto sus esperanzas, están por el suelo y corroboran su derrota traicionando su propia causa, dichas ideas pretenden liberar a la criatura política de las redes con que lo han embaucado. La reflexión parte de que la testaruda fe de estos políticos en el progreso, la confianza que tienen en su «base en las masas» y finalmente su servil inserción en un aparato incontrolable son tres lados de la misma cosa. Además procura darnos una idea de lo cara que le resultará a nuestro habitual pensamiento una representación de la historia que evite toda complicidad con aquella a la que los susodichos políticos siguen aferrándose”.
Repito la cita de Narbona:
 “Cuando ya solo volvía hacia mi casa circulando en moto por la carretera de Burgos, no experimenté la ebriedad de un comienzo y, menos aún, de una victoria, sino un amargo sentimiento de derrota”.

Freud versus Marx, Habermas versus Freud (II)

Jurgen Habermas
 Dicen los clásicos que el hombre no es sino un microcosmos, o sea, un mundo pequeño y a mí no me cabe la menor duda de que esto es cierto, de tal manera que todo lo que puede predicarse del hombre puede decirse también del mundo.

 El hombre enferma con tanta frecuencia que puede afirmarse que lo  que llamamos salud es un estado esencialmente transitorio, lo que ocurre es que nos hemos acostumbrado a esta situación de enfermedad de tal modo que ya nos parece natural. Y la peores enfermedades son las psíquicas porque, al afectar, a los órganos de conocimiento, nos hacen perder, a veces, totalmente, la posibilidad de alcanzar la realidad.

 Lo queramos admitir o no vivimos completamente alienados, es decir fuera de lo que realmente somos nosotros y esta situación ha adquirido hasta tal punto carta de naturaleza que dicha alienación nos parece ya nuestro estado natural. Pero no lo es. Y por eso vivimos completamente fuera del mundo real, creyendo que lo hacemos de la mejor manera posible por lo que la alienación se convierte en nuestro estado natural.

 Dicho de otro modo, no sólo estamos profundamente enfermos sino que creemos que la enfermedad es nuestro estado natural, o sea que no somos sino unos puñeteros psicópatas. Y lo que es peor, que lo somos todos, es una especie de enfermedad psíquica universal a la que hemos sido inducidos por todos estos condicionamientos sociopolíticos en los que nos vemos envueltos desde que nacemos.

Ya sé que todo esto, expuesto así, parece una locura pero no lo es.

Que yo estoy alienado, por lo menos para mí, es una evidencia puesto que:

 A) creo que todo este mundo que me rodea es natural, o sea, que no sólo es tal como yo lo veo sino que además no puede ser de otra manera, o sea que es natural, es decir que es como es debido que: a)yo sea deudor a una sociedad que se ha constituido de tal modo que yo se lo deba todo a ella y ella no me deba nada a mí, siendo así que debería de ser completamente al revés: puesto que yo no he hecho voluntariamente nada para merecer mi existencia y, sin embargo, existo, porque dos personas me engendraron, no se me puede hacer responsable a mí de algo que me fue absolutamente involuntario; de manera que yo no puedo ser deudor de nada sino precisamente acreedor de todo y es en esta absoluta inversión de responsabilidades en la que probablemente reside la clave de todo: me están obligando a vivir como deudor siendo como soy esencialmente acreedor, es por esto, precisamente, por lo que me considero absolutamente justificado para ser como soy: injusto, innoble, asquerosamente interesado, esencialmente cobarde, porque soy una víctima absolutamente inocente de este complot que es la sociedad en la que se me está obligando a vivir.

 B) esto, a nivel individual, porque, a nivel social, todavía es mucho peor; la sociedad es el más grande de los fraudes que puede concebirse; ya desde Aristóteles, se comenzó a engañarnos y de qué manera: el hombre es un “zoom politikon”, si esto es así, todo lo que yo haga que pueda considerarse antisocial, antipolítico, no sólo es antinatural sino pecaminoso, delictivo; pero nuestra jodida existencia no es más que una lucha a muerte entre yo y los otros; y se nos exige de la manera más coactiva posible que nos sometamos enteramente a los otros, de los que, desde el punto de vista epistemológico, incluso tendríamos derecho a dudar; o sea que se nos obliga a vivir de un modo que a nosotros no nos apetece, sometiéndonos en todo momento a un conjunto de normas sociales que lógicamente nos alienan; de modo que nuestra vida no sólo no es real sino que es horrible; ¿puede criticarse entonces que hagamos todo lo posible por escaparnos de ella?; o sea que la alienación no sólo se nos impone sino que la buscamos nosotros desesperadamente como la única posibilidad real de sobrevivir, de ahí la raíz etimológica del verbo divertirse, salir de uno mismo, verterse en algo que nos sea totalmente ajeno, alienación, coño, todo deviene al mismo sitio, la jodida alienación;

 C) y el problema, el jodido problema es que los mercachifles de esta puñetera historia se han percatado de ello, “estos gilipollas de ciudadanos lo que realmente ansían es alienarse, escapar como sea de su miserable condición, démosles, por tanto, alienación a manos llenas” y nuestra vida se ha llenado de pasajes ficticios que, a la larga, nos han hecho olvidarnos de nuestra verdadera condición y yo, ahora, cuando me contemplo, lo que veo es una especie de canalla que sólo se preocupa de aquello que más y mejor me ayuda a escaparme de un mundo en el que me siente esencialmente incómodo, de manera que falsifico inconscientemente todo lo que vivo y así, todos.

 Por eso le falló el invento a Marx, porque aunque supo y pudo percibir perfectamente el estado de alienación del hombre, creyó que esto se solucionaría sólo con proporcionarle mejores circunstancias económicas cuando el mal, el mal real, el verdadero infierno, anida en el fondo de nuestro propio corazón: estamos esencialmente enfermos porque nos consideramos acreedores esenciales de todos y un enfermo así necesita el más difícil de todos los tratamientos, el jodido psicoanálisis, algo en lo que Marx no podía pensar porque Freud todavía no lo había descubierto.

 Al hombre había que decirle, que gritarle, “eh, pequeño loco, que todo eso que sientes no es sino el más jodido de los resentimientos, o sea una puñetera neurosis, admite esta verdad y entrarás en el camino de tu curación”, pero quién le pone el cascabel al gato, qué coño es la verdad y el jodido Marx vino y nos dijo aquello de que todo no es más que puñetera economía y los liberales nos dijeron “claro que sí, por eso no tenemos otra cosa que hacer que favorecer el funcionamiento de los puñeteros mercados porque ellos son la segura mano de Dios, de modo que todos, si trabajamos lo suficiente y en donde debemos, acabaremos siendo todos ricos”, sí, coño, el becerro de oro, otra vez, y así acabó de joderse el invento porque ya todos no somos capaces de otra cosa que de correr tras el dinero y no sólo la moral sino la ética se han ido a hacer leches, mucho más allá del horizonte, de modo que la alienación se ha hecho no ya total sino realmente insuperable de manera que creo que ya no hay vuelta atrás, porque, como dice Habermas, ni el propio Freud se dio cuenta de que él también se alienaba, cuando creyó, o hizo como que creía, que con un buen psicoanálisis se solucionaba todo.