La condición humana

El otro día, comentaba yo, de pasada, por aquí, algo sobre Stalingrado y el propio Stalin.
Como también insisto, de vez en cuando, en poner en valor todo lo que está haciendo China por todos nosotros.
Y soy plenamente consciente de que a muchos de vosotros, los que me leéis, no os hace gracia mis elogiosas menciones, en ambos casos.
Y como aquel alcalde que tan bien interpretaba Pepe Isbert en Bienvenido, míster Marshall, del inolvidable Berlanga, creo que os debo una explicación y, como amigo vuestro que soy, esa expllicación que os debo os la voy a pagar.
Líbreme Dios de intentar convenceros de que sois vosotros los que estáis en el error y de soy yo el que, en este caso, acierta.
La cuestión es más difícil de lo que parece a primera vista.
Sé muy bien que, para el Doctor Angélico, soy un hombre desfalleciente, que, para el notabilísimo Hobbes, un hambriento lobo para el hombre y que, para mí mismo, soy el más grande de todos los hijos de puta que pisan la Tierra.
No sólo lo sé sino que lo afirmo. No sé ni creo que valga la pena intentar saberlo los millones de segundos que tiene un día.
Pues, bien, soy plenamente consciente de que cada uno de ellos éste que os quiere, Bartolo Escopeta, que ni os quiere ni se llama Bartolo, comete un repugnante y asqueroso pecado ¿o es mejor crimen? de canallesca insolidaridad.
Y esta cuenta es tan escueta porque ya me he aprendido el truco y la inmensa mayoría de la veces hago lo necesario para no percibir tan claramente la pequeña, la insignificante, la asquerosa canallada que estoy cometiendo. ¿Os tengo que citar una para que os sirva de muestra? Ahí va: no tomar las necesarias e insignificantes precauciones para que los demás no tengan que soportar el fétido olor que en estos tiempos de calor expide mi cuerpo. Parece cosa de risa, pero no lo es. Se trata de ducharme todos los días y usar un desodorante, pero no lo hago, por pereza o qué sé yo por qué.
Y todo esto a propósito de la URSS, de Stalin y de China.
La URSS y Stalin acabaron en Stalingrado, hoy y ayer, San Petersburgo, con la más seria de las amenazas fascistas que ha conocido el mundo.
Y Stalin era muchas cosas y ninguna buena pero no tonto. Sabía como si lo estuviera previendo por sus malignos ojos lo que iban a hacer los americanos y los ingleses una vez abortado el peligro alemán, constituirse ellos mismos en el máximo peligro mundial, mucho más taimado e hipócrita pero no por ello menos canallesco y cruel.
Ya en Yalta cuando los 3 canallas, como siempre en la Historia, después de la victoria se repartían ferozmente el botín, Stalin tuvo la certeza de que la próxima “víctima” sería él, porque así lo establece la ineluctable marcha de una historia que se somete más aún que la materia a las inflexibles reglas del materialismo dialéctico.
Hitler, Stalin, Churchil y Rooselvet no era sino los simples peones de unas fuerzas que los sobrepasaban ampliamente y yo creo que alguno de ellos era plenamente consciente de ello.
Por eso fueron todavía mucho más duros en la postguerra de lo que lo habían sido mientras duró el conflicto bélico.
Sólo sabemos lo que hizo el diabólico Stalin, porque no sólo estaba destinado a ser el malo de la película sino porque seguramente también lo era vocacionalmente.
Ni los Usa ni el Reino Unido han tenido todavía su Arthur Koestler que escribiera sus respectivos El cero y el infinito, pero yo estoy dispuesto a jurar sobre un montón de Biblias que la única diferencia entre Stalin y los otros es que éstos no tenían la soberbia, por diabólica, sinceridad de aquél.
Pero para corroborar mi tesis sólo voy a citar dos nombres: Hirosima y Nagasaki, un cuadro que deja a todos los relatos sobre la esencia del infierno en el más ingenuo de los juegos de niños.
No voy a defender, no estoy defendiendo en ningún aspecto, de ninguna manera a Stalin, pero si se trata de enjuiciar desde el punto de vista de la canallesca naturaleza humana los crímenes que cometieron él y ese camisero que ocupó la presidencia de los Usa con el nombre de Harry Truman, yo creo que es peor, mucho peor condenar a miles de personas a morir de un nuevo cáncer atómico que encerrar a otros miles de seres humanos en las heladas prisiones del Gulag.
En cualquier caso, como decía nuestro Pablo Iglesias a propósito de Eta, explicar científicamente cómo y porqué surgen estos monstruosos fenómenos históricos y cómo hay hombres capaces de cometer tan atroces crímenes, no es justificarlos sino explicar al resto de los seres humanos qué hemos hecho, que hicieron sus coetáneos para darles el inaceptable pretexto para cometerlos.
Tres folios, cansancio, en los dedos y en la cabeza. Stop.