De “Tempestad sobre Washington” a Grande Marlasca

 La homosexualidad ¿es una neurosis o, al menos, una perversión? ¿Es natural la homosexualidad, son normales para la práctica del sexo los órganos  que utilizan los homosexuales?

 Aquilino Polaino, el psiquiatra del Opus, y los obispos, leñe, los obispos, que si no son homosexuales todos les falta poco, se empeñan en considerar la homosexualidad como una enfermedad y tratan, por lo tanto, de curarla, pero yo creo que es una postura esencialmente interesada porque ya se sabe que la principal finalidad expresa de la Iglesia es fomentar la natalidad y los homosexuales no pueden engendrar hijos con sus parejas.

 Truman Capote, Tennesee Williams, Lorca,  pero, sobre todo Leonardo, ¿hay gente más normal que Leonardo?

 El concepto de normalidad deriva de norma y, por tanto, deberíamos considerar normal todo aquello que es de uso corriente en cualquiera de las actividades humanas, en tal sentido, la homosexualidad no puede considerarse normal pero sí frecuente, pero tampoco es normal la genialidad y nunca se nos ocurriría perseguir a muerte a los genios.

 La pulsión sexual lo que realmente busca a través de la posesión del otro es la facultad de 
matar, de modo que el Eros tiende siempre a implicar al Tánatos

 ¿Se puede uno abstraer de la pulsión sexual? ¿Es la carencia de una definición sexual normal un elemento condicionante?

 Si uno regresa lo suficientemente en su infancia, a lo mejor se encuentra una sorpresa en relación con la sexualidad. Hay un momento en nuestras vidas en el que el sexo hace acto de presencia y en el que, ante cualquier tipo de dificultades para alcanzar su satisfacción, no es muy exigente en cuanto a la obtención de su pareja.

 Acaso sea éste el tema más complejo y peliagudo de todos los que he tratado literariamente en toda mi puñetera vida. El sexo, el sexo bueno y el sexo malo, normalidad sexual y anormalidad sexual, los supermachos árabes casados con innumerables parejas y esos 2 tipos del mismo sexo que se besan apasionadamente en la boca ante los fotógrafos de la prensa. El sexo, el sexo, siempre el sexo.

 Pero ¿qué dice de este problema el Sumo Pontífice, o sea, el puñetero Freud?

 ”La homosexualidad no es, desde luego, una ventaja, pero no hay nada en ella de lo cual avergonzarse: no es un vicio, ni un envilecimiento y no podría calificársela de enfermedad; nosotros la consideramos como una variación de la función sexual provocada por una interrupción del desarrollo sexual. Muchos individuos sumamente respetables, de los tiempos antiguos y modernos, fueron homosexuales, y entre ellos encontramos a algunos de los más grandes hombres (Platón, Miguel Angel, Leonardo da Vinci, etcétera). Perseguir la homosexualidad como un crimen es una gran injusticia, y también una crueldad.”

 “Con estas palabras, Sigmund Freud trataba de tranquilizar a una mujer norteamericana que le había enviado una carta en 1935, angustiada por la homosexualidad de su hijo, y a quien lejos de ilusionarla con la posibilidad de “desarrollar los marchitados gérmenes de heterosexualidad presentes en todo homosexual”, le dejaba en claro que si algo podía hacer el psicoanálisis por él era disipar las inhibiciones que pudiera tener en su vida social, pero no revertir una situación en la que no había nada que fuera de por sí patológico”.

 Y, entonces, ¿por qué traumatizamos, significamos y separamos como auténticos apestados a todos los homosexuales aunque, socialmente, se vayan imponiendo poco a poco las ideas de Freud, que yo comparto absolutamente?

 Escribía yo el otro día de Freud versus Marx y hoy tengo que hacerlo al revés, Marx versus Freud, no es por casualidad que en los países oficialmente comunistas la homosexualidad haya sido perseguida.

 Un homosexual, sexualmente, es un tipo absolutamente distinto, no sigue la norma general y esto provoca una esencial alteración en su comportamiento al respecto.

 Y la esencia del marxismo, y, por ende, del comunismo es la tendencia a la más exigente de las igualdades: todos somos iguales sobre la faz de la Tierra y, entonces, viene un tipo y nos dice: “no, yo, no, yo no soy igual que tú ni mucho menos, a mí, a pesar de ser tan hombre como tú, lo que realmente me gusta, desde el punto de vista sexual, son los hombres”.

 Es evidente que una condición tal rompe, destruye, el concepto de igualdad puesto que exige admitir unas condiciones especiales para este tipo de hombres, o mujeres, que se sienten atraídos sexualmente por individuos de su mismo sexo. Y esta ruptura de la monotonía sexual implica lógicamente un cierto desorden puesto que habrá que admitir una serie de situaciones que escapan a la generalidad de las conductas sociales corrientes.

 Y, entonces, llega un juez como el tal Calamita y pospone, retrasa indefinidamente, sin ninguna razón legal la solicitud de autorización que le formularon 2 lesbianas para adoptar legalmente un niño y lo hace tan empecinadamente que el propio poder judicial  no tiene más remedio que separarle de la judicatura.

 Pero dentro del propio poder judicial tenemos el ejemplo contrario, el juez Grande Marlasca no sólo es homosexual y lo reconoce sino que incluso lo exhibe como una especie de bandera, ha contraído matrimonio con su pareja y aspira denodadamente a todo cargo que se le ponga a tiro en la carrera de la judicatura.

 Y, ahora, parece, sólo parece porque él no ha tenido el arrojo de Grande Marlasca, de reconocerlo, que Dívar es de la misma condición.

 ¿En donde queda entonces la raíz fundamental de aquella película que rodó Preminger, Tempestad sobre Washington, en la que un aspirante a Secretario de Estado se suicida porque se descubre su condición de homosexual?

 ¿Qué postura va a prevalecer, al fin, la de G. Marlasca, que hace ostentación de su homosexualidad o la de Dívar, que la esconde tenazmente, si es que la tiene?

 No parece que, hoy día, la condición homosexual, sea un gran obstáculo para ejercer cualquier clase de carrera, y el ejemplo lo tenemos con Rajoy, cuyas dudas sobre su condición sexual han sido aireadas por sus enemigos políticos, tanto más acerbamente cuando más cercanos eran a sus posiciones ideológicas: “maricom-plejines” le llamaban continuamente ese prodigio de periodista imparcial que es Jiménez Losantos, y ahí lo tenemos, como primera magistratura electa del Estado español.