De jueces, fiscales y registradores, que son desiguales no sólo por naturaleza sino también por su propio esfuerzo y el de sus padres, naturalmente

 Por las misma razones que dije cuando comenzó el asunto Garzón que éste era hombre muerto, digo ahora que no hay que preocuparse por Dívar.

 A Dívar no es que no se le pueda condenar por malversación de caudales públicos es que ni siquiera se le va a enjuiciar porque el Ministerio Fiscal no hallará causa para ello.

 En mi lucha, perdida, con el lenguaje intentando decir todo lo que pienso, siento como se agolpan en mi cabeza y en los dedos de mis manos, sobre el teclado, montones de palabras, la mayoría de las cuales desecho porque me parece que no sirven para nada. O sea, aquello de “quién supiera escribir” porque el tema exige el dominio del lenguaje de un Cicerón.

 El caso es que yo he pasado los mejores años de mi vida, en el sentido de la madurez del conocimiento, rodeado de jueces. Y creo que, por ello, es el sector profesional que mejor conozco. Lo he dicho ya muchas veces y de mil maneras pero no me satisface lo que escribo.Lo intentaré otra vez. 

 Un juez es un contrasentido viviente. Cualquier persona con una mínima capacidad de reflexión ha comprobado en sí misma que el ser humano tiene una capacidad casi infinita de autocomplacencia y una absoluta incapacidad de autocrítica y tal vez tenga que ser así porque, si no, casi todas nuestras vidas acabarían en el suicidio, de tanto asco como sentiríamos.

 Un día, en el chat de Saco, escribí que todos nosotros, absolutamente todos, nos prostituimos varias veces al día y la reacción que se produjo fue unánime, nadie lo admitió, todo el mundo se autoconsideró absolutamente impoluto. Joder, qué cinismo.

 Prostituirse, para mí, es algo más que vender sexo por dinero, es mucho más que eso y mucho peor. Prostituirse, para mí, es cometer toda esa serie de pequeñas grandes canalladas que nos permiten sobrevivir con el mínimo esfuerzo.

 No atender debidamente a los que acuden a nosotros con motivo del ejercicio de nuestra profesión, abusar continuamente de la misma para enriquecernos ilícitamente, sobrepasarlos cuando acudimos a un servicio público de mala manera, despreciarlos olímpicamente cuando nos solicitan ayuda, cerrarle la puerta en las narices cuando da la hora, etc., tantas y tantas desatenciones diarias a tantos y tantos congéneres nuestros que nos convierten cada día más, sin que nos demos cuenta,  en una especie de bestias insensibles.

 Para qué hablar de esos otros grandes actos de prostitución como es, por ejemplo notorio, el de ser registrador cuasi efectivo de la propiedad, cobrando de una manera absolutamente indebida la mitad de los honorarios de tu registro y dedicarte libremente al ejercicio de la política consiguiendo de esta manera no sólo un enriquecimiento fabuloso absolutamente indebido sino también induciendo con tu presión política a que dicha situación abusiva no sólo se permita sino que prolifere, convirtiendo de esta manera el ejercicio de la función pública en una verdadero acto de latrocinio.

 Pues lo que hace un juez todos los días es mucho peor de tal manera que podría ser ejemplo del peor de los cinismos. Un juez es un señor que no sólo juzga a los otros sino que, además, los condena. He convivido profesionalmente con jueces que iban a su juzgado a las 12 del mediodía sólo para recoger al secretario e irse a jugar al casino.Y este mismo señor, a la sazón magistrado del trabajo, declaraba procedente el despido de un obrero por llegar tarde a su puesto varias veces.

 Este juez podría ser muy bien el padre del mejor defensor de la desigualdad que yo haya visto nunca, que era precisamente no ya  juez sino presidente de otros jueces, el hijo es ese tipo que sostiene que los hombres no sólo no son iguales por naturaleza sino que no deben de serlo de ninguna manera, porque la igualdad es la muerte de la justicia y del estímulo no sólo para el desarrollo personal, individual, sino de toda la comunidad social.

 Y a este tipo, no al juez padre, sino al registrador hijo, lo hemos hecho el jefe supremo, de tal manera que se considera absolutamente autorizado para tomar todas las medidas necesarias para que él y los suyos sean completamente desiguales a todos nosotros, los que no hemos sido hijos de jueces, registradores, abogados del Estado, notarios, diplomáticos, de tal manera que cada uno de ellos, por ser él, precisamente él, se considera autorizado a ir de larguísimas vacaciones semanales absolutamente suntuosas, pagadas por todos nosotros, mientras que en los enormes suburbios de nuestras ciudades y en los surcos improductivos de nuestros campos, la gente desigual se muere absolutamente de puñetera hambre.

 Y ambos, el juez supremo y el jefe supremo de todos nosotros, son esencialmente religiosos, cofrades de una religión que ellos han ido conformando cuidadosamente a través de los siglos para que les permita pacificar sus asquerosas, sus canallescas conciencias, si es que tienen acaso puñetera idea de lo que es eso.

No quiero terminar este maldito post sin avanzar cómo se va a resolver el asunto Dívar: éste, por su condición de Presidente del Consejo General del Poder Judicial, tiene facultades inspectoras sobre todos los Tribunales de España, de modo que puede muy bien suceder que no sólo no sea un malversador de fondos cualquiera que se iba todos los fines de semana de suntuosas vacaciones a Marbella sino que acudía a la provincia malagueña en viajes de inspección a los distintos juzgados que él consideraba pertinente, por lo que, en realidad, lo que hacía es echar un montón de horas extraordinarias a favor del mejor funcionamiento de los juzgados de aquella región.