Vampiros

 Decía Jaime Gil de Biedma, un poeta catalán homosexual, que murió de sida, que un día descubrió que la vida iba en serio.
 Gil de Biedma era, fue un tío afortunado porque era rico, tenía posibles y si descubrió un día que la vida va en serio y lo contó es porque, indudablemente, durante mucho tiempo vivió dulcemente, pero hay tipos como yo que aprendimos eso de que la vida va en serio a los siete u ocho años, coño, de modo que, ahora, cuando un día te dicen que el electrocardiograma que te acaban de hacer dice que has sufrido un infarto de miocardio inferoposterior y que te van a hacer un análisis de sangre con atención especial a los marcadores tumorales porque has perdido 15 kilos y puedes tener un cáncer, ya no te sorprendes demasiado porque, como digo, desde mi infancia, aprendí, con sangre, sudor y lágrimas, muchas lágrimas, por mí y por los otros, que la jodida vida va en serio.
 Como tampoco te sorprendes, después de casi 50 años de actuar profesionalmente ante los tribunales, de todo lo que me está ocurriendo con las 16 multas que el Ayuntamiento de Cartagena me ha puesto por tener el coche de mi hija, gravemente enferma, estacionado en la puerta de mi casa, teniendo como tiene licencia para hacerlo en la zona de residentes, que es donde estaba aparcado.
 Un alcalde con gancho, creo que se llama Pedro Pacheco, dijo que la justicia española es un cachondeo y la frase indudablemente hizo mucha fortuna pero es radicalmente errónea, en mi concepto, el cachondeo es una especie de broma y algo que es principal, esencialmente sangrante, no es, no puede ser una broma.
 Si, creo que van ya casi un millón de desahucios en España, y, si no, pronto los habrá, no se puede hablar ni mucho menos de cachondeo sino de una inmensa tragedia.
 El mundo, la vida, se ha deshumanizado. Esto que hacemos todos por aquí no es vivir ni Cristo que lo fundó. Que yo esté ahora, aquí, ante el jodido ordenador escribiendo todo esto mientras que casi 5 millones de personas, gente de la misma sangre y de la misma carne que yo, esté ahora en la puta calle, sin un techo bajo el que refugiarse, sin luz, sin agua, sin los mínimos servicio domésticos, pero, sobre todo, sin nada para comer, con la gente, sus amigos, sus parientes, sus conocidos, huyéndoles porque les da vergüenza no atreverse a hacer nada por ellos, aprendiendo, por tanto, esa nueva forma de soledad insoportable que a muchos los llevará indefectiblemente al suicidio, perdida ya para siempre no ya la confianza en la gente, en la humanidad, sino también en ese fluido que parece que nos impulsa a todos a algún sitio y que ellos ya saben que no los va a llevar a ninguna otra parte que no sea el más espantoso e irremediable de los infiernos.
 Decía Gil de Biedma, el primo de Esperancita Aguirre, conocida por algunos, entre los que me encuentro, yo por La cólera de Dios, feo, católico y homosexual, que murió joven todavía de un sidazo, que la vida iba en serio a pesar de ser rico, muy rico, por su casa y tener todo  el tabaco del mundo gratis, porque ése era, no sé si todavía es, el negocio de la familia, si ya no lo es será otro, porque esta gente de fortuna si les falla el negocio pronto encuentran otro que les vaya mejor, si no, que se lo pregunta a La cólera.
 A los que no les va a volver nunca a ir bien en la vida es a esos casi un millón de desahuciados que, con un promedio de 5 personas por familia, son casi, pues, 5 millones de personas, y no les va a ir bien porque no puede irles, porque, a partir de ahora, son unos jodidos apestados para todos los que de alguna forma tengan relación con ellos, para la gente de Cáritas y esas otras ongs, que son tan cojonudos, que luchan y lucharán hasta el límite de sus fuerzas para ayudarles a sobrevivir, si es que pueden hacerlo, después de este inhumano desastre, pero que, pasado, cada día, un determinado momento, cada uno de ellos es un problema espantoso con cuya presencia ellos, los caritativos, tampoco pueden ya vivir.
 Los que sí que pueden hacerlo son todos esos canallas que tienen la culpa de esta situación: los banqueros, los terratenientes, los plutócratas, toda esa gentuza que se ha acostumbrado a vivir a expensas de la sangre de esta pobre gente, exactamente como lo que son, auténticos vampiros, pero, más que nadie, los políticos, unos tíos que hacen profesión de trabajar para el bienestar de los ciudadanos de este país y no sólo toleran sino que colaboran en esa tarea inicua y vergonzosa de exprimirle la sangre a los que son y serán siempre sus hermanos, por muy desheredados que estén, por muy desesperados, aunque la única solución que ven ya sea la de escapar de este asqueroso mundo cuanto antes y de la mejor de las maneras.