La grandeza inversa (II)

 Tal vez no haya encontrado la expresión adecuada y no sea realmente grande nada que se refiera a la ruindad, pero es forzoso convenir que de alguien que ha conseguido aglutinar a su alrededor a toda esa caterva de tipos que, siendo esencialmente fascistas, se envuelven en la túnica de la derecha progresista, no se puede predicar nada con el adjetivo “pequeño”, porque tanto canalla suelto indudablemente son demasiados.

 Es un  tipo realmente curioso, una mezcla de todos eso mitos que adoró en los Usa, pretende ser uno de aquellos directores norteamericanos que, detrás de los tirantes, tenían una auténtica consciencia política. El, no la tiene, y sus tirantes hacen aún más irrisoria la comparación. El no es más que un arrivista que ha tenido la suerte de tropezar con unos epígonos de Berlusconi, gente que piensa que el éxito aunque sólo  sea económico,  circunstancial y efímero merece la pena.

 Yo, todavía tengo la duda de si su desliz fue tal o sólo se trataba de una maniobra publicitaria urdida seguramente por esa mente tan extravagante que es su compañera, pero ha resultado genial que todo el país se empeñara en hacer de aquella exuberante exhibición de corrupción sexual un arquetipo.

 En todo caso, comienza a justificarse aquello de la grandeza inversa.

Porque es una inversión de su naturaleza, e incluso de su realidad, fijarse en una negra para que lo azote. Que yo sepa, nunca este tipo ha sido antirracista, todo lo contrario, en su periódico actúan, no me da la gana de decir “escriben”, individuos que han presumido ostensiblemente de vejación racial, hablando de joder a chinitas impúberes, y el que motiva, hoy, estas líneas se jacta de follar vejando a una socialista lo que seguramente, para él, también resulta una raza  aparte.

 Como se ve, hay un fuerte contenido erótico en sus columnas casi siempre porque, como todos los impotentes reales, sueñan con una inalcanzable plenitud sexual, por eso recurren obsesivamente a intentar poseer a parejas extrañas que a la gente normal seguramente repugnarían.

 En este caso, los repugnantes son precisamente ellos.

 En el más importante de los casos, es un jinete pálido el que intenta penetrar en el oscuro mundo de una raza pletórica, madre seguramente de la humanidad, cuya posesión de haberse consumado plenamente hubiera atribuido al impotente un aura casi divina de profanación, pero sólo se quedó en un pobre intento que dio la vuelta al mundo subrepticiamente y que de tratarse de un tipo normal quizá le hubiera impulsado al suicidio.

 En cuanto a 2º de los casos se trata de un pretendido intelectual que intenta presumir de haber ido mucho más allá de cualquier límite, cuando el pobre siquiera se ha movido de una mala biblioteca.

 Y, por último, un feo fantasmón, gordo, grasiento y tan repelente que si alguna vez ha logrado disfrutar del sexo ha tenido que pagarlo abundantemente para neutralizar esa profunda repugnancia que inspira su sola presencia.

 No es, pues, casual que en un sólo diario concurran tantos invertidos, entendiendo por tales gentes que ha cambiado los papeles voluntariamente o no, porque las pulsiones que sufren les impulsan continuamente a referirse al sexo como una solución a sus auténticos problemas, cuestiones eróticas que para la gente normal forman parte de la vida corriente por lo que no merecen el rango de lo periodístico.

 Lo que sí que parece claro, ya, a estas alturas de la película pornográfica, es que todos ellos, para alcanzar algo que se parezca al auténtico sexo necesitan de una estimulación especial que buscan en lo racial, en lo infantil o simplemente en lo escatológico.

 Es por eso por lo que aunque la gente corriente no lo comprenda, a la primera, todo ello no es sino la consecuencia inevitable de la vieja máxima que reza que los iguales siempre acaban por juntarse con los que son sus iguales.