El infierno de Sartre o la jungla de Preminger

 Desde que leí Las palabras, mi fascinación por Sartre es total. 
Luego, mientras dirigí los programas literarios de Radio Popular de Alicante, lancé a las ondas A puerta cerrada, Huis clos, en la que el genio bizco expone su tesis de que el infierno son los otros.
Llevo un par de meses viviendo un auténtico infierno.
La enfermedad de mi mujer, alzhéimer, ha hecho crisis, convirtiendo mi vida en un suplicio insoportable y mi hermano menor se ha roto una cadera y le han descubierto, ¿cómo no?, el dichoso alzhéimer, una diabetes, una polineuritis y qué se yo más, que lo han trasformado en una especie de masa sangrienta que yace de mala manera en una cama de los 3 hospitales que están peloteando con él.
Pero esto no es lo peor, lo horrible es que con este motivo he descubierto que los hospitales se han transformado en aquella terrible jungla de la que nos hablaba Otto Preminger, con empresas y direcciones que sólo buscan el jodido beneficio como sea, de manera que han suprimido hasta el límite el personal que atiende a los enfermos y han dado entrada a las mafias que se han hecho dueñas de todo.
 Los servicios que se prestan a los enfermos disminuyen día a día siendo usurpados casi violentamente por una serie de mujeres casi todas extranjeras que ejercen por los pasillos de los hospitales una nueva prostitución que adopta la forma de sanitaria. Y, sobre ellas, están los chulos o las chulas que deciden tiránicamente cómo funciona todo.
 O sea, la alcantarilla de Sartre o la jungla de blanco de Preminger, un mundo canallesco que explota a fondo el dolor y la enfermedad de los viejos y de los enfermos españoles ante la pasividad de las autoridades sanitarias.
 Mi hermano me grita cada vez que voy a verle, que no son tantas como yo quisiera: “José, sácame de aquí”, pero cada movimiento que hacemos nos hunde más en un terreno fangoso donde sólo se trata de extraer hasta el último céntimo de estos pobres pensionistas, 943 euros es la pensión de mi hermano, que ahora nos han dicho que su nuevo destino a casi 200 kilómetros de su pueblo, ambiente y amigos, se quedará íntegramente con ella, no restándoloe, como dice él, ni para pipas.
 Y yo, que estoy intentando ayudarle desesperadamente, me he visto denunciado ante la policía nacional ni más ni menos que por tráfico de trabajadoras extranjeras.
 No tengo la capacidad de expresión suficiente para contar todo lo que estoy viendo aquí y ahora, pero la sensación que todo esto me produce me hace llorar casi las 24 horas, tanta es la sensación de dolor e impotencia.
 El jueves próximo lo llevan a una residencia de ancianos o de enfermos, que yo ya no sé, que se halla en Hellín, a 200 kms del que ha sido el ambiente de toda sus vida y creo que allí se morirá a solas, como un perro.
 Y, para desengrasar, llego a casa y tengo el problema de mi mujer con 3 cuidadoras que no se ponen de acuerdo sobre los turnos y yo he perdido ya cualquier facultad de razonar y decidir, de manera que vivo a expensas de lo que los que me rodean quieran hacer.
 No sé si todo esto lo debía de contar aquí, a lo peor, los pocos que vienen salen huyendo al leer tanta desgracia y desolación, pero es lo que tengo ahora que ofrecer y que ya no son hermosas teorías sobre cómo se debe de organizar el mundo para que funcione mejor sino la brutal y directa comunicación de cómo está funcionando ahora mismo, entre nosotros, delante de nuestras narices con gente de arriba y de abajo que lo ha transformado en un auténtico infierno o en una jungla en la que los menesterosos nos estamos devorando unos a otros.