La posible cercanía del Apocalipsis

 “Y cuando el ángel levantó el 7º sello se hizo un silencio como de media hora”.

 Así comienza “El séptimo sello” del genio sueco Ingmar Bergman, que no hace sino recoger el comienzo del último libro de los evangelios que según algunos San Juan tituló Apocalipsis.

 No sé por qué extraño mecanismo mental he asociado todo esto que lleva dormido en mi cerebro decenas de años con lo que nos está sucediendo en estos momentos.

 Sí, es cierto que cada día que pasa todo va a peor y que la sucesión de los desastrosos acontecimientos parece ciertamente imparable pero ¿no será demasiado pesimista traer a aquí y ahora la visión apocaliptica del fin del mundo y del juicio final? 

 Además todo el texto apocalíptico tiene un maravilloso estilo prodigioso que nos habla de una subyacente esperanza en medio de los mayores desastres aunque el genio sueco terminara su cinta con el aquelarre de la Muerte llevándonos a todo a no se sabe dónde, bajo una sombría lluvia sobrenatural.

 Y todo esto me lo ha sugerido, me lo está sugiriendo el texto de Manuel Castell que el puñetero Futbolín nos trajo ayer a estos lares.

 El formidable análisis del economista catalán se puede resumir en esta frase sin duda absolutamente apocalíptica: cegada a  cal y canto toda posibilidad de recuperación económica por la obligada descapitalización de una sociedad moribunda que ciega radicalmente la apertura de nuevas vías de emprendimiento por la falta total de financiación, no hay otro futuro que el endeudamiento general de todas  las naciones que se irán devorando más rápidamente de lo que parece unas a otras mediante sucesivos empréstitos que devendrán impagables por falta de producción, de modo que la economía universal se convertirá en una especie de hidra de mil cabezas que se devorará a sí misma prestándose, exigiéndose, perdonándose , en una inmensa rueda de la fortuna que dará frenéticas vueltas, buscando una solución que ella ha hecho imposible con su loca avaricia.

 Díganme si esta pintura de nuestro porvenir no es absolutamente apocalíptica a la par que inevitable, de modo que también aquí, fuera de la película de Bergman, el caballero, o sea, nosotros estamos perdiendo a pasos agigantados la vital partida de ajedrez que sostenemos con La Muerte, mientras esos locos agentes de su propia destrucción se aprietan las clavijas a sí mismos al propio tiempo que nos las aprietan a nosotros.

 Ya sé, ya sé que Krugman, Stiglizt, Navarro, López, Garzón y otra larga serie de economistas sostienen no sólo que la situación no es tan desesperada como parece sino plenamente recuperable si sus tesis se aceptaran al fin, pero esto es precisamente lo que me desanima totalmente.

 Estos economistas que circulan a contracorriente porque sus tesis contrarían frontalmente lo que le conviene que se haga al establishment internacional no tienen ninguna clase de predicamento más allá de estos círculos esotéricos de internet de tal manera que sus dictámenes y análisis sólo los leemos 4 locos que andamos por aquí buscando algo a lo que agarrarnos para no sumirnos en la más completa desesperación, pero estoy seguro de que los que tienen algo que ver con las finanzas y economía públicas no sólo no los leen sino que si lo hicieran pensarán de ellos que son unos perfectos enajenados mentales o que buscan simplemente la notoriedad saliéndose del sistema.

 Y mientras tanto la rueda infernal sigue girando en esta especie de vacío y nuestras esperanzas disminuyen cada día que pasa al contemplar cómo todas esas ilusiones que se nos ofrecían desde todos los ángulos oficiales terminan en estruendosos fracasos que nos llevan irremediablemente a una mezcla terrorífica de asombro y desesperanza.

 Y ante esta situación se estrellan indefectiblemente los esfuerzos que aparentemente al menos están realizando los que tienen en sus manos nuestras posibilidades de salvación, salvación cuya presencia no aparece hasta ahora por ninguno de los confines de este mundo que resulta cada día más apocalíptico.