Cuba, China, Venezuela. Por qué soy comunista (II)

 Paulus, comentando mi post de ayer en WordPress, titulado “Cuba, China, Venezuela. Por qué soy comunista (I)”,noviembre 17, 2012 en 1:48 am, dice:
“Quizá me confundo, pero no logro entender del todo la relación entre el título y el post. Supongo que habrá que esperar a una segunda (o tercera parte). No creo en lo de Cuba, no por comunismo sino porque no tengo claro si realmente la gente lo que quiere es igualdad (como tampoco creo que sea la felicidad lo que realmente la gente quiere y busca). Y para que hubiera igualdad en realidad tampoco haría falta un Estado que la generase, si realmente hubiera vocación de igualdad en la gente, sería la misma gente quien practicaría esa igualdad, sin necesidad de que un Estado duramente coactivo la forzase. El comunismo quizá estaría más acertado si no pusiera al margen ciertas dinámicas humanas”.
 Bueno, al fin, alguien, que yo recuerde, pierdo memoria a pasos tan agigantados que, a veces, no recuerdo lo que acabo de escribir y otras no sé si es mañana o tarde o si he comido o he cenado. Pero esto no parece todavía demasiado grave, entra decididamente en el fondo de un de mis jodidos post, lo que me obliga repensarlo.
 Amigo Paulus, claro que no te confundes, pero sí que lo haces también.
 Mi manera de escribir es así, absolutamente anárquica. Cuando ayer comencé a hacerlo, pensaba pergeñar una especie de “Tractatus cuasi philosophicus”, a la manera de Wittgestein, sobre cómo Cuba, China y Venezuela practican, han practicado y practicarán el comunismo, cada una de ellas a su manera, porque lo que induce a error a todos los comentaristas anticomunistas, la mayor parte de ellos absolutamente interesados en arrimar el ascua a sus sardinas, es que el comunismo, como el cristianismo, es una ideología absolutamente dogmática, cerrada, hermética, pasando por alto la evidencia de que estas 3 concreciones históricas, perfectamente comunistas, marxistas, son tan distintas entre si como un huevo, una castaña o una de mis propias gónadas. “E pur si mouve”.
 Dilucidar aquí, en 2 folios, cómo y por qué se puede afirmar categóricamente que Cuba, China y Venezuela son regímenes absolutamente comunistas sería un intento tan enajenado como inútil si yo no estuviera tan loco como, por lo menos. intentarlo.
 Vaya por delante que soy el comunista más atípico del que tengo noticia. A veces, pienso si no será que no soy comunista sino el creador de una nueva secta política que se podría llamar palazonista.
 El caso es que, para mí, lo que determina la esencia de los regímenes políticos es lo que quieren conseguir no los métodos pragmáticos con los que quieren conseguirlo.
 Por eso incluía como abrupta introducción en mi post anterior sobre este mismo tema lo que yo llamo “imperativo categórico marxista”, lo repito: “ da todo lo mejor de ti mismo a la comunidad y sólo recibe de ella lo suficiente para atender a tus necesidades”.
 Castro, los emperadores marxistas de China y el jodido Chávez, si yo tuviera que elegir forzosamente uno, me quedaría con éste, son tan comunistas como yo pero sus circunstancias, coño, Ortega, les han obligado a ellos a intentar cumplir el imperativo categórico marxista de distinta manera.
 No es lo mismo practicar el comunismo casi a un tiro de piedra del canallesco Washington, con un bloqueo de mil pares de cojones y para unos poquísimos millones de personas, que hacerlo para 1.500 millones poblando un puñetero continente con toda clase de condiciones territoriales, étnicas y sociales, que hacerlo con un maná petrolífero cayendo del cielo a tutiplén todos los puñeteros días.
 Algún día, dentro de unos cientos de años, cuando se escriba una historia verídica de lo que ahora está ocurriendo, y ya no sean los Usa los titulares del imperio, o sea, que se pueda escribir contra ellos con absoluta libertad, la gente no podrá creer lo que ha hecho Castro porque parece absolutamente imposible, es el más grande de los milagros, muy superior a aquel de los panes y los peces, que Cuba esté ahí, tan lejos de Dios y tan cerca de los EE.UU., y pueda todavía contarlo.
 En cuanto a los jodidos emperadores chinos, ¿qué se puede decir?
Si es difícil sobrevivir a un canallesco imperio, capaz de hacerlo todo absolutamente todo y que te odia a muerte desde el otro lado de un pequeño charco, ¿qué se puede decir de unos tipos amarillos que a mí me parecen todos exactamente iguales y que tienen que alimentar y albergar ni más ni menos que a 1.500 millones de bocas hambrientas?
1.500 millones de bocas, se dice pronto, ¿no?
 Estos jodidos nuevos emperadores chinos son capaces de hacer el más prodigioso encaje de bolillos, con Shangai en un extremo y la más rudimentaria y pequeña tribu perdida en los inmensos espacios de un inhóspito continente. Por supuesto que existe la más flagrante de la injusticias entre ese nuevo supermillonario chino, el más grande quizá de todos los supermillonarios del mundo, y el jodido “coolie” que hace de taxista con una puñetera bicicleta que mueve todavía con sus pies descalzos, pero, ojo, Paulus, el año pasado o el otro, a mí, esto del tiempo se me escapa a raudales, los jodidos chinos matricularon más de 15 millones de automóviles, más que los EE. UU., coño, ¿cómo han podido hacerlo? 15 millones de tíos chinos se compraron un coche, casi la mitad de los jodidos españoles.
 Por supuesto que hay muchos más millones trabajando en condiciones infrahumanas en cuchitriles de los que no salen a la calle en años. Porque el más jodido de todos los chinos dijo un día aquello que, luego, le copió el tal González: “gato blanco o gato negro es igual, lo importantes es que cace ratones”.
 Cazar ratones, ayer leí no sé dónde, pero te juro, Paulus, que lo leí que en 2.016, pasado mañana, los chinos serán la 1ª potencia mundial y acaso puedan ya los jodidos comprarse 30 o 40 millones de los jodidos coches americanos o japoneses, que hace, nada, un rato, se reían de los chinos porque sus taxis utilizaban como fuerza motriz los jodidos  gemelos de sus conductores.
 Ojo a China, señores, cuya Constitución se declara marxista hasta las cachas, y una constitución política es la base de toda la legislación de un país y la legislación es el esqueleto del Estado y el Estado, eso que tanto aborrecen los liberales, es lo que ampara y protege al pueblo. Ojo. Esto es comunismo, para mí. Y si para conseguirlo hay que hacer ejercicios malabares sobre una cuerda floja, se hacen, “gato blanco, gato negro, es igual, lo importante es que cace ratones”.
 Y me queda escribir un poco sobre el gorila rojo. Tiene que ser muy importante el tío, históricamente, para que los enemigos esenciales del marxismo-comunismo lo hayan considerado su diablo, por encima de Castro y Hu Jintao.
 Y es que el tío se hizo con el poder utilizando esa jodida mentira que enarbolan los falsos demócratas, los puñeteros votos. Si será por votos. Cada pueblo es cada pueblo.
 Por qué en Venezuela el pueblo sabe muy bien lo que hace y en España, no, no lo sé. Pero allí el pueblo echó a patadas a los oligarcas que se mamaban todo el petróleo y puso a un tío que cuando se sienta al lado de Castro, los refrescos que se toman se sitúan sobre un jodido taburete porque no tienen !mesas¡, coño, es una austeridad mucho más grande aún que la franciscana, “y recibir de la comunidad sólo lo imprescindible para atender las necesidades”.
 Ya sé, ya sé que ahora los falsimedia de todo el mundo, cumpliendo con la misión para la que fueron creados, dicen que todos esos nuevos emperadores chinos que se renuevan cada 10 años se hacen enormemente multimillonarios.
  Yo respondo a estas acusaciones transcribiendo una vez más la celebérrima misiva de Dulles, jefe de la Cia, a sus muchachos: “sembrando el caos en la Unión Soviética sustituiremos sus valores, sin que sea percibido, por otros falsos, y les obligaremos a creer en ellos. Encontraremos a nuestros aliados y correligionarios en la propia Rusia. Episodio tras episodio se va a representar por sus proporciones una grandiosa tragedia, la de la muerte del más irreductible pueblo en la tierra, la tragedia de la definitiva e irreversible extinción de su autoconciencia. De la literatura y el arte, por ejemplo, haremos desaparecer su carga social. Deshabituaremos a los artistas, les quitaremos las ganas de dedicarse al arte, a la investigación de los procesos que se desarrollan en el interior de la sociedad. Literatura, cine, teatro, deberán reflejar y enaltecer los más bajos sentimientos humanos. Apoyaremos y encumbraremos por todos los medios a los denominados artistas que comenzarán a sembrar e inculcar en la conciencia humana el culto del sexo, de la violencia, el sadismo, la traición. En una palabra: cualquier tipo de inmoralidad. En la dirección del Estado crearemos el caos y la confusión. De una manera imperceptible, pero activa y constante, propiciaremos el despotismo de los funcionarios, el soborno, la corrupción, la falta de principios. La honradez y la honestidad serán ridiculizadas [como] innecesarias y convertidas en un vestigio del pasado. El descaro, la insolencia, el engaño y la mentira, el alcoholismo [y] la drogadicción, el miedo irracional entre semejantes, la traición, el nacionalismo, la enemistad entre los pueblos y, ante todo, el odio al pueblo ruso; todo esto es lo que vamos a cultivar hábilmente hasta que reviente como el capullo de una flor, sólo unos pocos acertarán a sospechar e incluso comprender lo que realmente sucede. Pero a esa gente la situaremos en una posición de indefensión, ridiculizándolos, encontrando la manera de calumniarlos, desacreditarlos y señalarlos como desechos de la sociedad. Haremos parecer chabacanos los fundamentos de la moralidad, destruyéndolos. Nuestra principal apuesta será la juventud. La corromperemos, desmoralizaremos, pervertiremos…”.