Desengáñate, Fukuyama, éste no es el final sino el principio de la Historia o el cuento de la buena pipa.

 El otro día, terminaba yo así mi post:
 “Y así fue como Garzón incluso pudo llegar a pensar que hacía justicia alguna vez, incluso que sabía realmente qué era la justicia, de manera que se convirtió en el más equivocado de todos los hombres.
 Ahora, quizá lo sepa ya, tal vez conozca el envés de la trama, pero está cogido por los mismísimos cojones y no puede dar marcha atrás, o sea, subirse a lo más alto de alguna montaña y entonar el más terrible de los actos de contrición y Assange, el pobre hombre, no puede hacer otra cosa que darse cabezadas contra la pared de la embajada por haber sido tan estúpido para pensar que podía luchar contra la esencia del imperio, que no es otra que la ocultación de la verdad real.
 Entonces, ¿qué es lo que se puede hacer?
 Todavía no lo sé pero estoy dispuesto a intentar averiguarlo en el próximo post”.
 Así que vamos a intentarlo:
 Vaya por delante que las verdaderas reglas del juego no están escritas en ningún sitio y que contra lo que realmente estamos luchando es contra el sacro imperio romano-germánico y que la guerra está definitivamente perdida aunque de vez en cuando ganemos alguna batalla en Venezuela o en cualquier otra parte de Sudamérica, antes de que Dios cambiara su nombre por el de Rockefeller, porque los jueces nunca hacen justicia.
 No se asusten todavía que esto no es más que un programa.
 Las auténticas reglas del juego nunca las sabremos porque Assange ellos han hecho ya todo lo posible para que sólo haya sido uno y a ti te encontré en la calle, de modo que nunca volveremos a saber nada de lo que no debe saberse.
 Así que sería la mayor de las falsedades por mi parte ponerme ahora a elucubrar por aquí sobre cuáles son las cosas que ellos nos ocultan con tanto cuidado que o envenenan a uno con plutonio, ¿es plutonio o cualquier otro material radioactivo cuyo nombre no recuerdo? o rebuscan lo suficiente en el pasado de cualquiera hasta hallar a un par de suecas que se han acostado contigo   y entonces les hacen decir que fue a la fuerza como si alguien pudiera forzar a un par de esas vikingas que te dan una hostia y te rompen la cara para siempre.
 O sea que el jodido Fukuyama lo que expresaba sólo era un deseo, que todo esto que está sucediendo no fuera otra cosa que el final de la historia, pero yo creo que es todo lo contrario, que la historia apenas si acaba de empezar y que lo que estamos haciendo es ensayar, una y otra vez, la misma partitura, o ¿es que no jugamos, de nuevo, con el mismo artilugio, con el mismo juguete?, ya lo hemos dicho, el sacro imperio romano germánico, por lo menos, aquí, en Europa, con un emperador alemán, al que se le han caído por algún sitio los jodidos cojones, y anda por ahí repartiendo hostias escondiendo sus fláccidas mamas bajo una chaqueta y haciéndose llamar Angela pero ojo que, además, Merkel, que viene de mercado como todo el mundo no va a tener más remedio que saber.
 Pero es que Roma, que ya no está en Roma, se halla ocupada por otro alemán, de voz tan meliflua que más bien parece él la dama, pero no debemos dejarnos engañar nunca por las jodidas apariencias porque  el tipo no era sino el encargado de cargarse a todo aquel que se atreviera a cometer el pecado de pensar o sea que quieren dominarnos hasta en nuestras puñeteras conciencias.
 Pero hemos dicho, como de pasada, que Roma ya no está en Roma, y no es más que una jodida verdad, ahora no es en la ciudad del Tíber donde se dictan los dogmas sino allí donde habita el Fondo Monetario Internacional, dominado por otra fémina mucho más dura que la del Merkado, que lo 1º que hace cuando se levanta es tomar unas buenas dosis de rayos uwa porque ella sabe que la apariencia es el principio y el fin de todo.
 De modo que no queríamos caldo y nos han dado 3 tazas.
 Sí, pero ¿cuál es la tercera taza?
 La 3ª taza era un jodido mulato cuyo discurso de investidura me hizo incluso llorar pero el llanto me ha durado muy poco: hasta que ha mandado asesinar a un tipo que estaba escondido en una pequeña casa de Pakistán, rodeado de una cohorte de esposas porque el tío en lugar del peor de los terroristas del mundo parecía más bien un auténtico picha brava.