No hay solución

                            John Forbes Nash, jr. Nobel de economía 1.996, por 7 folios sobre la teoría de los juegos y protagonista de Una mente maravillosa.
 Como se ve, estoy en plena racha pesimista, ayer decía que estamos todos castrados y hoy afirmo que no hay solución y lo peor es que tanto ayer como hoy tenía razón.
John Forbes Nash, protagonista de Una mente maravillosa,  ganó el Nobel de economía con un trabajo de apenas 7  folios sobre la teoría de los juegos, imponiéndose a autores de obras con miles de páginas. Pero es que Nash era un prodigioso matemático, esquizofrénico perdido, pero un gran matemático, quizá las matemáticas, en este mundo de hoy, sean el camino más rápido y seguro hacia la esquizofrenia.
Hoy, yo, también, voy a escribir de pura matemática.
La doctrina democrática tal vez se haya impuesto ya para siempre.
Desde el punto de vista de la ética política y, sobre todo, de la moral social, parece realmente irrebatible eso de que todos somos iguales, aunque le pese al fariseo Rajoy, de tal modo que, políticamente, cada hombre es igual a un voto y la mayoría de los votantes determina inexorablemente quién debe de gobernar.
Ay, amigos, que aquí está precisamente el origen de todos nuestros males. Si Rajoy, el apóstol, el profeta, el mesías de la desigualdad gobierna hoy en España es porque nadie ha leído, con la suficiente atención, sus teorías expuestas en El Faro de Vigo. De haberlo hecho, nadie, seguramente, hubiera ido a votar porque resulta realmente el más grande de los sacrilegios que el voto de él, de Rajoy, seguramente uno de los hombre más serios e inteligentes del mundo si es realmente cierto eso de que sólo lee el Marca, valga exactamente igual, políticamente hablando, que el de un patán de esos que sólo sabe destripar terrones, aunque también su única lectura sea el jodido Marca, cuando lo puede leer, si es que sabe, en la jodida tasca a la que va a emborracharse, por la noche, cuando deja de cavar. 
Es absolutamente canallesco, es para maldecir al cielo o a quien sea, en cualquier idioma, coño, incluso en arameo, que el más jodido de los tíos que no creen en la igualdad de los hombres, el canallesco apóstol, el mesías de la desigualdad, ahora nos gobierne a todos, como borregos, precisamente por eso, porque las jodidas leyes que nos impuso su padre intelectual, aquel maldito Fraga que le ordenó que para triunfar políticamente como lo ha hecho, se casara ya, de una puñetera vez, para acabar con los rumores, lo han permitido, estableciendo una normas electorales que impiden al pueblo votar a quien realmente le representa.
Pero el hecho decisivo, fundamental, ni siquiera es éste. Me duelen ya los dedos de tanto escribirlo: el hombre no es que sea un puñetero ser desfalleciente como nos decía ni más ni menos que el Doctor Angélico, ni tampoco ese lobo para el hombre que propugnaba Hobbes, ni el animal político de Aristóteles, sino lo que yo vengo diciendo ya tanto tiempo sin ningún éxito quizá porque suena muy mal y huele mucho peor: una puñetera mierda seca pinchada en un palo.
Si el hombre no fuera una mierda no se dejaría engañar miserablemente por todos esos jodidos, por falsos, flautistas de Hamelin, que dirigen todos los medios de comunicación del mundo, por gentes tan absolutamente despreciables como los Murdoch, Berlusconis, Laras, Condes de Godo, y el canallesco tipo ése de Intereconomía que, ahora mismo, no recuerdo como se llama, 
Y no votarían en masa, que no es sino echarse de cabeza al río exactamente igual como los niños que seguían al siniestro flautista,a  esos canallas y cínicos individuos que los van a llevar directamente al hambre, la miseria, la desesperación y la muerte.
Pero lo es, es una puñetera mierda, que no sabe realmente leer ni oír, que no es capaz de discernir a un hombre honrado de un jodido y detestable mentiroso, que, en su suprema ignorancia, no enteramente culpable porque en las escuelas, los colegios y las universidades en lugar de aclararle el alma se la han emponzoñado con las peores ideas del mundo, los auténticos dueños del cotarro, esos que tienen como por castigo, los miles de millones que se necesitan para lanzar al aire una emisora de radio o tv, o editar uno de esos canallescos diarios que sólo se proponen engañarnos a todos y que lo consiguen con la mayoría, y contra los que no se puede luchar porque los miserables, los parias de la Tierra, la famélica legión, si no tiene siquiera para comer, cómo va a tener nunca para editar un diario.
O sea, que, matemáticamente, no hay solución, otra solución que no sea la de quemarse a lo bonzo, o tirarse por un cejo, como decía la santa de mi madre.
Y estoy seguro que por esto que acabo de escribir a mí no me van a dar ningún premio Nobel ni siquiera éste que le acaban de dar al inicuo Vargas Llosa, aquél al que tuvo los cojones de renunciar Sartre.