Rajoy y el comunismo igualitario

El pueblo, ese pueblo que ha votado en masa, en 2 elecciones consecutivas a la ultraderecha española hasta el punto de hacerle ganar en ambas por una amplia mayoría absoluta, es como esa aperreada prostituta que quiere a su chulo tanto más cuanto peor la trata.

Por supuesto que el instinto de propiedad es innato en el hombre, pero en todos los hombres, no sólo en Rajoy, de modo que el afán propietario de Rajoy debería coexistir en condiciones de igualdad con el de todos sus coetáneos, pero no lo hace porque el pillo del registrador dedicó lo mejor de sus años mozos a cargarse la igualdad, para Rajoy, en El Faro de Vigo, la igualdad es el mismísimo demonio al que hay que perseguir a muerte, dice que no sólo no existe en ningún rincón de la puñetera naturaleza sino que tampoco debe de existir. 

Y estamos hablando de un tipo que dedicó los mejores años de su vida a estudiar Derecho, y el más grande, y el más viejo, y, por lo tanto, el más sabio de los jurisconsultos romanos, la esencia misma del manantial del Derecho, Ulpiano, nos dijo, y nadie lo ha contradicho hasta ahora, explícitamente por lo menos, que la justicia, o sea, el puñetero Derecho, no es otra cosa que el arte de “suum cuique tribuere”, que en el jodido lenguaje de todos los días significa “dar a cada uno lo suyo”, así que la cosa se defiere a ver qué coño es lo propio de cada uno.

Y aquí es donde comienzan las dificultades porque los hay, qué jodidos, que piensan, afirman y defienden, incluso con las armas, incluso con la puñetera bomba atómica, que lo propio de cada uno es aquello de lo que se ha apoderado por las buenas, oponiéndose con todas sus fuerzas, o mejor, con toda su irresistible fuerza a que todo lo que hay en el mundo pertenezca por igual a todos los que lo habitamos.

Es una cosa no sólo paradójica sino también contradictoria, parece que, para estos jodidos tipos, todo lo que tienen pasa a ser de sus puñeteros hijos precisamente por eso, por el mero hecho de su jodido nacimiento, o sea que es el hecho de haber nacido el que les confiere su derecho intangible a esa propiedad que acumularon sus padres, pero entonces ¿por qué a mí, que también he nacido ahora y aquí, se me discrimina ferozmente respecto a la propiedad de una tierra que originariamente no era de nadie y cuyo derecho de propiedad exclusiva y excluyente se basa sólo en una prioridad de apropiación?

Esto, esta cosa, esta tierra, este agua es mía porque yo la vi antes, es ni más ni menos que el fementido principio del “prior in tempore, prius in iure”, el primero en el tiempo es el primero también en el derecho, pero esto ¿debe de ser siempre así, no se contradice con otros principios apropiatorios tan relevantes como el de esto es mío porque lo he hecho yo con mis propias manos?

O sea el principio de prioridad y el principio de elaboración como base de la propiedad. O sea la propiedad como derecho eminentemente conservador basado en circunstancias fortuitas e injustificables o como derecho derivado de lo único que sí que es propiedad inalienable del hombre: su trabajo.

Si el nacimiento, la cercanía y la prioridad son el fundamento del derecho de propiedad, nos hallamos en presencia de un derecho que sólo lo es de nombre porque no está de acuerdo con aquella definición de la justicia que hiciera Ulpiano.

Porque el nacimiento es un hecho absolutamente involuntario y no puede basarse en él ninguna clase de mérito como propugnará, como  luego veremos, Rajoy.

Pero, no nos equivoquemos, precisamente por eso, por el hecho de su involuntariedad, por el hecho de suponer una condena a vivir que nos es impuesta por los otros, tenemos todo el derecho del mundo a estar en relación de igualdad con todos los otros alienados en él, todos los desterrados, los hijos de Eva, dice una de esas oraciones cristianas que, a veces, por casualidad dan en el clavo.

Es por eso que la postura de Rajoy, un notable estudioso del Derecho positivo español es tan canallesca por injusta.

El tío es un apóstol de la desigualdad y trata de apoyarse en su defensa en el hecho pretendidamente natural de que no hay, no ha habido, nunca habrá dos personas exactamente iguales.

Es una de las falacias más grandes que nunca se haya oído. Que un jurista defienda la desigualdad precisamente apoyándose en el hecho canallesco de su puñetera existencia clamaría al cielo si este cínico personajes creyera realmente en él.

El Derecho, la Justicia, no tienen otro objeto precisamente que el de corregir las desigualdades humanas, que eso y no otra cosa suponen las violaciones del derecho civil y del derecho penal.

No hay un sólo precepto en ninguna de las sociedades realmente civilizadas que restrinja o suprima el derecho a la igualdad. Incluso una Constitución tan retrógrada y partidista como la nuestra no tiene más remedio que consagrarla en su artículo 14: todos los españoles son iguales ante la ley, no admitiéndose ninguna clase de excepciones.
Entonces ¿qué es lo que ocurre en la mente de un jurista como Rajoy cuando defiende a muerte la desigualdad?

Que no defiende la justicia ni el derecho sino su puñetera situación personal, demostrando de esta manera que está totalmente inhabilitado no ya para ser presidente del gobierno sino tan siquiera concejal del más perdido y lejano de los pueblos de España porque todos ellos tienen que jurar y cumplir su juramento de someterse a la Constitución.

Entonces, ¿qué es lo que ha ocurrido para que un tipo como éste gane unas elecciones legislativas generales en un país que se autotitula democrático?

 Este hombre es un retrógrado integral como hemos demostrado, y el pueblo, el puñetero pueblo, lo sabe.

Este hombre es un ventajista nato, se aprovecha de todas las circunstancias que se hallen a su alcance para sacar provecho de ellas, ha aprovechado su permanente cercanía al poder para, como un Berlusconi cualquiera, promover una legislación que proteja su asqueroso aprovechamiento de circunstancias de ninguna manera admisibles, porque no es admisible que prive a otro ciudadano español del puesto de trabajo que supone su registro de la propiedad, manteniéndolo como suyo, siendo así que debería de ser totalmente incompatible con su puesto de presidente del PP, por el que cobra sus buenos dineros, y, ahora, incluso con el de presidente de gobierno, de modo que ahora este execrable individuo cobra tres emolumentos: el de presidente del PP, el de presidente del gobierno y el de registrador de la propiedad de un registro que no atiende pero en el que le suple respecto a la firma, lo único que realmente hace personalmente el registrador, un compañero cercano, con el que se reparto los honorarios.

¿Como no va a defender este tío el derecho a la desigualdad, acaso él no se ha matado preparando las oposiciones a registrador, no se ha esforzado bravamente en defender los derechos de todos los conservadores españoles trabajando como una fiera al frente del PP, y, ahora, por fin, no se ha ganado a pulso ser el presidente de todos los españoles, cómo no va a defender su derecho a la desigualdad?

El derecho a la igualdad, como él dice en sus famosos artículos de El Faro de Vigo, sólo es defendido por aquellos rácanos rojos que pretende ser iguales a él sin dar un puñetero palo al agua, que no han hecho, que no harán nunca nada por  merecer el pan que se comen, el agua que beben ni el aire que respiran. Joder, pero que rácanos parásitos son todos estos comunistas igualitarios que sólo se merecen lo que el tal Pedo Duarte, director de no sé qué publicaciones del Real Madrid, dijo: que los maten, que los acuchillen, que los fusilen a todos de una puñetera vez  y que, luego vaya el Froilán de los cojones, ese nieto del Rey tan aficionado al uso de las armas como su abuelo, a poner una bomba en sus sedes, para que no quede de ellos ni siquiera el rastro.