Proceso por la sombra de un burro, o, en este caso, de un coche

 El otro día, decía yo por aquí, y todo el mundo menos joan martí lo tomaría en broma, que el Derecho es el quicio sobre el que gira toda nuestra vida y que, sin él, sería imposible sobrevivir un sólo instante. ¿A que no, a que cada uno de vosotros, los que no habéis sido profesionales del Derecho nunca o no habéis perdido años de vuestra existencia en los claustros de una Facultad de Derecho, no os lo creéis? Pero es una jodida verdad. Tú, fermosa fembra, sales a la calle y no te asaltan hombres excesivamente libidinosos porque existe el delito de violación, una puñetera creación jurídica, y a ti, jodido presumido, que  tanto te gusta hacer ostentación de tu rólex de oro, te sucede lo mismo, no te asaltan los amigos de lo ajeno porque existe el delito de robo. Pero, hasta este puñetero momento, en el que yo os he obligado a pensar en ello, no erais conscientes de que es el Código penal, puro y duro Derecho, el que os permite vivir normalmente en este mundo tan civilizado.
 Pero no es verdad, coño, no es verdad o, por lo menos, no es enteramente verdad. El Derecho, el Derecho auténtico, ése que está inscrito en la propia naturaleza de las cosas, de las relaciones naturales y de las humanas, de las sociales, de la políticas, es una jodida entelequia porque, para conseguirlo, hace falta la intervención de esos puñeteros animales que llamamos hombres y aquí es donde comienza a estropearse el invento.
 Llevo siglos despotricando contra esos hombrecillos vestidos de negro, joder, qué ocurrencia, como si fueran enterradores, porque pienso, creo, sinceramente que no sólo no están capacitados para ejercer la justicia técnicamente sino también porque no tienen, no pueden tener por su extracción social, por su formación, por su procedencia la ecuanimidad necesaria para dictar justicia.
 Ya lo he expuesto por aquí alguna vez, aquel célebre diálogo entre 2 de las mejores cabezas que ha dado nuestra especie en el que Sócrates, ni más ni menos, le pregunta a Platón, casi nadie, “sí, eso  está muy bien, pero ¿quién juzgará a los jueces?” y el jodido Platón no tuvo más remedio que responder: “los propios jueces”, y, como eran tan listos, los 2 supieron inmediatamente que esa no era ni mucho menos la solución porque yo no sé si ya había hecho fortuna el célebre adagio de “perro no come perro”, pero ellos sabían perfectamente que los jueces no serían nunca imparciales juzgando a otros jueces, unas veces por exceso y otras, por defecto, que se lo pregunten a Garzón.
 De modo que los países más civilizados del mundo han intentado resolver la aporía encargando a los jueces que supervisen el proceso técnicamente pero dejando que sea el pueblo, coño, sí, democracia, pura y dura, el que decida el fondo del asunto.
 A mí, después de 50 años entre jueces, me parece, genial pero es que, además, éstos no deben de ser nombrados entre los memoriones capaces de aprenderse las leyes de memoria, no, de ninguna manera, sino entre aquellos que han demostrado su inteligencia en el arte de buscarlas, entenderlas, exponerlas y aplicarlas, o sea, los jodidos abogados.
 O sea que soy furibundo partidario del sistema anglosajón que considera que la justicia es algo demasiado importante para dejarla en manos de puñeteros empollones que, además, heredaron el puesto de su padre o de los amigos y compañeros de su padre, en lugar de haber sido elegidos por los electores de cada distrito libre y democráticamente.
 Si esto fuera así, tal como yo digo que debería de ser a mí no me sucedería lo que me está ocurriendo. Sufro lo que un genio de la literatura y por lo tanto del derecho porque una buena cabeza lo es para todo lo que sea necesario, escribió aquello tan maravilloso de proceso por la sombra de un burro.
 Obra de teatro de Dünremant que es casi tan buena como El círculo de tiza caucasiano de Brecht pero que no llega tampoco a la genial sentencia de Salomón con fama de ser el más sabio de los hombres, que atribuyó la maternidad de la criatura en disputa a aquella mujer que se horrorizó cuando determinó que la solución era partir al niño por la mitad y dar a cada pretendida madre la suya.
 Descubrir el Derecho aplicable al caso no es cuestión de erudición sino de inteligencia, de inteligencia pura, de discreción y de talento.
 La juez que lleva mi caso de las 16 multas de tráfico por el estacionamiento de mi coche en la puerta de mi casa, en virtud del contrato que para el estacionamiento de vehículos en la zona de residentes tengo contratado con el Ayuntamiento, se ha equivocado decretando que son tantos actos como días estuvo el coche estacionado allí porque se ha basado en una aplicación del Derecho absolutamente mecánica, si el Ayuntamiento ha multado 16 veces son 16 actos los que yo tengo que juzgar, dice la juez, y no es así, precisamente ese enfoque previo es el que ha desencadenado mi ira porque le da la razón al Ayuntamiento antes de entrar siquiera a conocer del asunto, mi hija, la propietaria real del coche a la que yo me traje de Murcia, su residencia habitual, porque ha enfermado tan gravemente que la Mutualidad de la Abogacía la he declarado pensionista por incapacidad total para el ejercicio de dicha profesión, estacionó allí su coche con carácter definitivo, como en una plaza de garaje, y allí ha estado sin moverse todo este tiempo, esto no es una serie de actos que coinciden en su producción con el paso de cada día sino un sólo acto y esto es así que hasta el propio Ayuntamiento lo reconoce en su ordenanza para la regulación del servicio de la Ora, en la ciudad, distinguiendo entre el aparcamiento por horas computadas por parkímetros y el estacionamiento de residentes en el que los artículos 3 y 4 establecen que en este servicio no se tendrá nunca en consideración el factor tiempo. Pero la juez sí que lo tiene porque entiende, inducida por la conducta del Ayuntamiento, que, al retrasarme yo involuntariamente en el pago de la tasa anual del servicio de estacionamiento, éste automáticamente se convertía en aparcamiento, cambio de naturaleza que ni admite la Ley ni en ningún caso se podría producir unilateralmente por decisiòn de una de las partes del contrato, porque lo prohíben terminantemente varios preceptos de nuestro ordenamiento jurídico.
 Pero esta sombra del burro o del coche no es percibida siquiera por la juez porque nunca fue abogada antes que magistrada, porque nunca fue cocinero antes que fraile.