Atado y bien atado, es preciso que todo cambie para que todo siga igual

 Llevo siglos diciendo que esto de España no es una democracia sino una partitocracia muy especial.

 Una canallesca trampa electoral, fraguada, de Fraga y sus compinches, nos trajo una falsa Constitución que no era sino el señuelo para cumplir con el axioma de Lampedusa, es preciso que todo cambie para que todo siga igual, de modo que el más leal de todos los fieles servidores de los Principios Fundamentales del Movimiento franquistas se puso a la tarea de convertirlos en una puñetera Constitución que los perpetuara para siempre y lo consiguió, porque su prestigio como pensador, al lado del de  esos jóvenes universitarios que lejos de sacar todo el partido posible a las clases de su “alma mater”, habían dedicado todo su tiempo a conspirar, si es que puede denominarse así a lo que hacíamos los que andábamos entonces por nuestras universidades, de manera que el líder más aventajado de la izquierda no ocultaba su admiración por un tipo que era de ultraderecha, sí, pero que según el propio González tenía todo el Estado metido en su cabeza.

 El terrible problema que todavía sufre España es qué clase de Estado era el que el jodido Fraga tenía en su cabeza. Por supuesto que no era éste que se autodefine como superliberal cuando resulta que funciona como absolutamente totalitario ya que según la más ideologizada de sus cabecillas, la que yo denomino Cólera de Dios, o sea, la Aguirre,  está tratando de privatizarlo todo, no porque considere que la administración privada funciona mucho mejor que la pùblica, lo que no resultó cierto al menos en la Inglaterra de la Thatcher, que dejó todos los servicios públicos hechos un auténtico desastre, sino porque cuando se privatizan los servicios resulta que todos los buenos negocios del país quedan en manos de ellos y de sus amigos.

 Pero decíamos que esto no es ni mucho menos una democracia porque, según la acertada definición de Lincoln, no es un gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, sino la tiranía de una clase partitócrata sobre un pueblo cada vez más oprimido.

 Esta es la canallesca faena de Fraga y sus cómplices que han conseguido maniatar a los electores, obligándoles a estar no sólo silenciosos sino también inmóviles, haciéndoles firmar un contrato absolutamente leonino ya que les entregan el poder por 4 largos años intangibles, aunque luego se compruebe fehacientemente que los contratantes partidarios no cumplen ni una sola de las obligaciones que firmaron en sus programas cuando se los ofrecieron al pueblo.

 Como trató de demostrar Rousseau, en su Contrato social, la gobernación se pacta entre los futuros gobernantes y el pueblo que se compromete y cumple su promesa a estar inmóvil durante un tiempo a cambio de que sus dirigentes cumplan con su principal obligación de hacer realidad las promesas que les llevaron al poder, pero ¿qué sucede cuando, como ahora hace Rajoy no sólo no cumple ninguna de las promesas comprendidas en su programa electoral sino que encima trata de basarse en la mayoría que le ha sido concedida, para legislar de tal manera que desaparezca para siempre la posibilidad de que una democracia, por lo menos formal, siga funcionando ya que, como acaban de decir él mismo y su alter ego la mujer cuasi fatal que nos mostrara El Mundo, lo que la oposición debería de hacer es callarse, traicionando así su función esencial y desde luego no salir a la calle a manifestarse porque esto, en realidad, puede resultar muy molesto.

 Si esto fuera realmente una democracia y no una ficción urdida por los discipulos de Lampedusa a fin de que todo siguiera por siempre y para siempre igual, nuestra maravillosa Constitución debería de haber consagrado un procedimiento efectivo, y no precisamente esa ridícula farsa de los mociones de censura, para que el gobernante que no cumple el núcleo duro de sus promesas electorales pueda ser desposeído del poder que usurpa ilegítimamente, ya que no cumple con las obligaciones principales que asumió voluntariamente cuando planteó su pacto al pueblo. No sería sino un caso más de rescisión del contrato por manifiesto incumplimiento del mismo, que es lo que ocurre en todos los otros ámbitos del Derecho.

 Pero no sólo no sucede así, sino que estos señores con vocación fascista y totalitaria, cuando acceden al poder, utilizando los procedimiento que una democracia formal pone a su alcance, utilizan precisamente los mecanismo democráticos para cargarse el propio sistema desde dentro, legislando de manera irreversible, mediante Constituciones trucadas, para que se vuelva a establecer aquel antiguo y ominoso régimen que uno de los 3 fascistas más famosos de la historia nos impuso durante 40 interminables años.
 O sea que, por lo menos, aquí, en España, se ha cumplido al pie de la letra el famoso desideratum de Lampedusa puesto que son los franquistas enquistados en todas las instituciones del país los que nos siguen gobernando, como no tuvo inconveniente alguno en proclamar el propio autor del sistema cuando nos dijo aquello de que todo quedaba atado y bien atado para cuando se fuera él.