Replicando a Adrián Massanet sobre el elitismo y el comunismo

 De vez en cuando, uno comete sus grandes errores y uno de ellos es el que acabo de cometer yo: ni más ni menos que despertar a la bestia.
 Y la bestia, en este puñetero caso no es ni más ni menos que un genio.
 Un genio es un tipo que ve muchasmás cosas que los otros y que además las ve de otra manera que, qué jodidos tipos que son, da la puñetera circunstancia que es como las asquerosas cosas son de verdad, o sea, coño, que te da hostias por todas partes menos por una que se llama ismo. Y, si no te las da también por aquí es porque no quiere, porque el jodido tipo además es generoso.
 El caso es que yo, envalentonado con otros pequeños diálogos que he tenido con él, el otro día fui y le llamé un par de cosas, elitista, y anarquista, por lo menos.
 Y él, cuando ha tenido tiempo, me ha contestado: http://cuadernoaudiovisual.wordpress.com/2012/09/20/elitismo/ dejándome a la altura que yo merezco.
 Entre otras cosas el jodido Adrián dice:
 “Me gustaría responderle a mi QJC (Querido Jodido Cascarrabias) que una simple debilidad, una tendencia o una pasión no definen a ninguna persona. Tanto en el hecho de que a cualquiera le guste el tenis como que algún despistado sea forofo del Real Madrid. Estoy completamente de acuerdo en que el club de Florentino Pérez ( y Palazón es responsable en gran parte de que finalmente este pensamiento se haya adueñado de mí) sí define en gran medida a la sociedad española. Y estoy de acuerdo, ya lo he dicho, en que el tenis es un deporte para niños mimados. Pero no hay que pecar de excesivo romanticismo. No hay que aspirar a la perfección o en su defecto a la Nada. El mismo Thoreau, al que antes aludía, probablemente uno de los escritores más admirables, tanto en lo humano como en lo estético, de los últimos doscientos años, presumía mucho de haberse ido dos años, dos meses y dos días a vivir en plena naturaleza, decisión que luego inmortalizaría en su obligado ‘Walden’, pero en realidad ocupó una punta del terreno enorme que poseía su amigo filósofo Emerson, y recibió bastantes visitas en su exilio. Terrence Malick, uno de los poetas más eminentes del cine, y por cierto que gran parte de su obra está inspirada sin duda por el espíritu de Thoreau, viene de familia de ricos petroleros y tuvo la suerte de no sufrir en sus carnes muchas de las vicisitudes que por ejemplo sí sufren sus protagonistas de ‘Días del cielo’.
 ¿Esto les convierte en falsos, en traidores, en engañifas? No. Un hombre es aquello que persigue. Aquello que sueña, que anhela.
 Que Rafa Nadal, en su vida cotidiana, sea seguidor del Real Madrid es propio de un chaval y de sus intrincados placeres. A mí, la verdad, me parece que carece por completo de importancia. Por mí como si los fines de semana se va de putas. Me trae sin cuidado. Es su aportación al deporte de este miserable país lo que a mí más me interesa. Lo único, en realidad, que me interesa de él. No creo que las millones de personas que le siguen sean elitistas, aunque habrá muchos que quizá lo sean sin saberlo. Simplemente disfrutan con un espectáculo único cuando este chaval extraordinario sale a competir en una pista de tenis. Cuando gana y también cuando pierde. Sí, probablemente sea un niño mimado que no sabe lo que es la vida y que está más guapo calladito, pero es que él habla con su cuerpo, con su raqueta y con su lucha. Lo mismo sucede con Thoreau, el padre de todos los anarquistas del mundo. Me trae sin cuidado el elevado concepto que tenía, a menudo erróneo, de sí mismo. Me enamoran ‘Walden’ o ‘Desobediencia civil’. Me la suda que Malick sea un snob que vive en su mundo, porque luego dirige ‘La delgada línea roja’ o ‘El nuevo mundo’”.
 Todo esto está tan bien escrito y es tan fácil de leer que corremos el peligro, sus lectores, de creer que es verdad lo que leemos y no es así:
 No es verdad, ni mucho menos que:
 A) “¿Esto les convierte en falsos, en traidores, en engañifas? No. Un hombre es aquello que persigue. Aquello que sueña, que anhela…….El comunismo, como el socialismo, parte de una enorme falacia. Que además es muy aburrida. Que todos somos iguales. Ni lo somos ni lo seremos nunca. Esto puede parecer una enorme crueldad, pero es así. No es malo ni bueno. Es. A todos nos iguala el sufrimiento y la enfermedad y la muerte. Esto sí que es una gran verdad. Pero en nuestras capacidades y, lo que es más importante, en nuestros méritos, somos brutalmente diferentes. Todos y cada uno de los seres humanos que habitamos este desgraciado planeta Tierra. No significa, sin embargo, que una trágica desigualdad condene a unos al hambre y a la desesperación y a otros al lujo y a la vida fácil. Ni mucho menos. Siempre he creído, aún cuando ni siquiera sabía que lo creía, que el sufrimiento es injusto. Tanto en una persona humilde y honesta como en una abyecta y destructiva (que seguramente lo es porque sufre o ha sufrido mucho más). De todos los trillones de quintillones de copos de nieve que han caído desde el principio de los tiempos no hay ni uno solo que comparta con otro la misma forma geométrica…”.
 Me lo temía. Este concepto no es más que idealismo puro y duro. A todos nos gustaría venir, “en el cinto la espada y en la mano el azor” como el feliz caballero que adora a la bella durmiente sin verla y “que viene de lejos, vencedor de la muerte, a encenderle los labios con un beso de amor” como expresara ese romántico incurable,  esencial, empedernido que fue Rubén Darío en sus Prosas profanas.
 Pero, coño, es que ya no hay, no puede haberlas, bellas durmientes y caballeros mucho menos porque han tenido que vender todos sus sueños, todos sus anhelos, solamente para poder sobrevivir, de modo que si reducimos la esencia de cada uno de los hombres, de todos los hombres a lo que soñaban o anhelaban ser, se jodió el invento y todos no somos sino esta jodida, puñetera mierda que somos, o, por lo menos, que soy yo.
 Porque yo quería, anhelaba ser Shakespeare o Cervantes y sólo soy este emborrona pantallas que, como decía el otro día Futbolín, apenas si puedo hacer una o con un canuto.
 ¿Entonces?
 No sé quién es Malick ni he visto sus películas porque hace ya mucho años que no voy al cine, estoy ya en otra realidad más real, en la que ya no hay tiempo que perder si quieres hacer algo realmente aunque sólo sea para ti mismo, aunque sólo sea mascullar para ti mismo en la casi absoluta soledad ese concepto tan denostado que hemos dado en llamar comunismo, de algún modo había que llamarlo, y que ha venido a ser para los malintencionados una especie de excusado ideal en el que se vierten todas la frustraciones humanas, siendo, como yo lo veo, todo lo contrario: un desideratum ideal.
 Porque el comunismo no es más que dos sencillísimos preceptos: entrega a la sociedad todo lo que tienes, incluso eso que guardas en lo más íntimo de tu corazón, lo mejor de ti mismo, y sólo exige a la sociedad aquello que realmente necesitas.
 Éste que yo llamo el imperativo comunista, similar al famoso imperativo categórico kantiano, es el auténtico comunismo y no tiene que ver con ninguna de sus aberrantes concreciones históricas: Stalin,  Mao Tse Tun, Pol Pot, etc.
 No sé si con este simple enunciado es suficiente para derivar de él consecuencias tales como la de que, bajo ese imperio, el caso de Rafa Nadal no se hubiera dado porque en China, Rusia y Cuba, todo los jodidos hijos de vecino son eso que a tí, Adrián, parece que te repugna tanto, iguales, de manera que el vedettismo, el elitismo, el narcisismo, no pueden prosperar porque allí, la selección de los atletas no se lleva a cabo por el jodido dinero que tienen sus puñeteras familias sino por la aptitud y la actitud demostrada por el atleta.
 En el mundo no comunista, no, todo lo que cada individuo va a ser se halla absolutamente determinado por lo que su familia, su circunstancia, ya es.
 De modo que en la familia de Rajoy, nuestro querido presidente, hay, creo, otros dos registradores de la propiedad más y otro tipo que es notario por lo menos, mientras que en los suburbios de Madrid y de Barcelona, estoy absolutamente seguro de que no hay una familia que pueda ofrecer un ranking semejante.
 B) “El elitismo, además, es un concepto engañoso, que induce a error. Un elitista puede parecer un individuo que mira hacia abajo con desprecio. Que se cree distinto a los demás porque su talento, su inteligencia o su físico le colocan a otro nivel. Pero no estoy muy seguro de que tal apreciación sea justa. Al menos en todas las ocasiones…..
 En la vida salvaje, un clan o familia está gobernado por la fuerza y el carisma, porque es la única forma de sobrevivir. En la sociedad “civilizada” hemos aprendido que podemos sobrevivir sin emplear necesariamente la fuerza o el carisma. Esto no establece una superioridad moral. Lo bueno y lo malo son conceptos morales, hipócritas. Ahora sabemos que tenemos la capacidad de lograr lo mismo sin despedazarnos unos a otros, aunque raramente no lo hagamos. Tenemos una nueva capacidad”.
 De modo, Adrián, que lo bueno y lo malo son conceptos morales, hipócritas.
 Macho, acabas de cargarte, de un teclazo, ni más ni menos que lo mejor que ha creado el espíritu humano.
 Si lo bueno y lo malo son conceptos morales, hipócritas, apaga y vámonos, porque no hay otra cosa en el mundo que pueda justificar nuestra jodida existencia.
 El bien y el mal son los conceptos básicos de toda la convivencia humana, si los apartáramos de un manotazo, cosa que no se ha atrevido a hacer todavía nadie, despojaríamos al ser humano de ésta su propia condición y el aforismo hobbessiano, “homo homini lupus”, el hombre es un lobo para el hombre, se haría aún más realidad de lo que es.
  Y el nazifascismo de Aznar, Rajoy, Aguirre, Oreja, Mas, Florentino “et alteri” se impondría sin obstáculos, al menos formales, sobra la faz de la Tierra y la vida perdería para siempre su apariencia y condición humana, mientras Rafa Nadal, Fernando Alonso, Contador y Gassol servirían de coartada, canallesca coartada, para que el siniestro espolio y el consiguiente exterminio siguieran perpetrándose sobre este asqueroso planeta. 
 Es por eso que yo no tengo tiempo que perder en ir al cine o ver los partidos de Nadal y Gassol, ni las carreras de Contador y Alonso, los falsos ídolos justificantes de una civilización tan embrutecedora como la neroniana y sus circenses.
 C) “Los artistas son elitistas por definición…. Es decir, todos somos en verdad anarquistas, un espíritu que no alimenta absolutismos como sí lo hace el comunismo, porque el segundo parte de una gran idea, falsa en el fondo, pero tremendamente ingenua y quebradiza, voluntariosa, con lo cual es cultivo para el control de los fanáticos, de los controladores de lo ajeno. Sin embargo lo primero, el anarquismo, mucho mas antiguo que el comunismo, tan antiguo como la propia Grecia, donde no había bombas con las que destruir lo que no te gusta, es devolver al hombre el lugar que merece.
 Lo bello se halla encerrado en lo terrible, y lo terrible en lo bello. Las buenas intenciones, la ingenuidad, la inocencia, es lo que puede corromperse. Y por eso se corrompe siempre. Lo tremendo y lo hermoso siempre caminan unidos, y no pueden corromperse, porque participan de lo eterno. Del eterno círculo de lo ambivalente. No hay absolutos. Ni dogmas. No hay moral. No hay buenos ni malos. Todos somos buenos y malos, y todos disponemos de eternas oportunidades. Porque no hay un final, ni un objetivo. En el espejo está la deformada respuesta a las preguntas que nunca hicimos. Y el principio es el final es el principio. Porque no hay principio ni final. No hay victoria posible. Ni redención. Ni paz. Ni conquista”.
Este último párrafo es uno de esos que a mí me hubiera gustado escribir porque en él hallo la sublime remembranza del mejor Rilke, aquel que nos decía aquello de “todo ángel es horroroso”, otros lo traducen precisamene por “terrible”.
No en vano antes Adrián ha citado a Wilde, aunque él prescinde, seguramente por su condición de heterosexual del blandismo del gran Oscar, hay un nihilismo moral absoluto, todo se reduce al imperio de la estética, y la ética, lo más excelso del ser humano, la envía de un puñetero raquetazo a la puñetera mierda, dice que “ No hay absolutos. Ni dogmas. No hay moral. No hay buenos ni malos. Todos somos buenos y malos, y todos disponemos de eternas oportunidades. Porque no hay un final, ni un objetivo. En el espejo está la deformada respuesta a las preguntas que nunca hicimos. Y el principio es el final es el principio. Porque no hay principio ni final. No hay victoria posible. Ni redención. Ni paz. Ni conquista”.
 Pero Adrián da un paso más que Wilde que se atrevió física, biológica, social y políticamente con todo, pero que siguió admitiendo el imperio de la ética cuando, en El retrato de Dorian Gray, realiza esa genial transposición de su vida a la de la figura del cuadro, que va asumiendo la desintegración moral del personaje hasta provocar su ira ciega, su destrucción y por lo tanto su propia muerte.
 De modo que Adrián se ha situado más allá del bien y del mal, en un espacio intemporal, sin principio ni fin, en el que no hay victoria posible, dice él, ni redención, ni paz, ni conquista. Nihilismo total, del más puro.
 O sea que, tal como le acusábamos nosotros, su elitismo llega hasta el paroxismo: no se puede ir más allá.