Catalunya, tierra de "outsiders" y "losers"

He dicho algunas veces, que Lluis Bassets es uno de mis articulistas preferidos.

 

Ve las cosas con una claridad meridiana y las expone aún mejor.

 

No es fácil en estos tiempos convulsos, en los que todos estamos buscando la luz en medio de tantas tinieblas, hallar un tipo que tiene los conceptos tan claros.

 

El problema catalán, o el problema español, depende del ángulo en que se mire, no es fácil de enjuiciar y mucho menos aún de resolver porque en él intervienen, sobre todo, los sentimientos y éstos no son nunca razonables.

 

Es un poco lo que me sucede a mí: soy catalanista, es decir, acérrimo partidario de la libertad de un país, creo   que Catalunya tiene muchos más motivos que nosotros, los que nos llamamos españoles, para considerarse a  sí misma como constitutiva de una nación, de un país, que se siente no sólo explotado por la metrópoli sino, lo  que es mucho peor,  despreciado, odiado, vilipendiado por nosotros.

 

En estas condiciones, no veo por qué intentamos obligarles a que se queden con nosotros si tanto desean marcharse, ello contraría la esencia de la libertad no ya sólo como pueblo, yo creo en los pueblos, sino también a  nivel de sus componentes individuales.

 

Es lo que yo he pensado siempre y, ahora, me encuentro con que Bassets, con su artículo, como casi siempre,  ilumina mi pensamiento ¿o es mi sentimiento?

 Siempre he pensado que soy esencialmente dos cosas: un “outsider” y un “loser”, un fuera de juego y, además, un perdedor, no resulta, pues, demasiado extraño que me sitúe junto a los que se siente fuera de juego en España y, además, son indiscutiblemente unos perdedores:

 “Cataluña ya está en el mapa. Era uno de los primeros objetivos. Artur Mas ya no es un desconocido. La eventualidad de que España se rompa en dos está en estudio en las embajadas y cancillerías. Todos aquellos que saben algo del asunto, en Pekín y en Londres, en Washington y en Brasilia, son requeridos con urgencia por sus superiores para que lo expliquen.
Contribuyó y mucho la Diada. No es frecuente la noticia de una manifestación tan multitudinaria, pacífica y tranquila, pero también clara e inequívoca en su petición. Ha remachado el clavo esta semana la disolución anticipada, los mismos días en que aumenta la presión sobre Rajoy, en la calle contra los recortes sociales y en el escenario internacional para que pida de una vez el rescate. No nos hagamos los olvidadizos: Cataluña ya estaba en el foco de atención internacional desde finales de julio, cuando Andreu Mas-Colell se adelantó en la BBC a pedir el rescate.
El razonamiento que sitúa a Cataluña en el eje decisivo es su peso y tamaño respecto a la economía española. Si Cataluña cae, cae España, y si España cae, cae el euro. Ahora tras la Diada, el órdago de Mas y la convocatoria de elecciones con intenciones plebiscitarias y constituyentes, la cadena adquiere una energía política demoledora. Cataluña es la Alemania de España pero está en la situación de Grecia: tiene su lógica que busque un lugar en el norte riguroso cuando se halla anclada en el sur malgastador.
La disolución parlamentaria es un fracaso político sin paliativos. Para Rajoy, claro. Estamos hablando de una amenaza a la integridad del país de la que Rajoy es responsable y de un socio parlamentario del PP que le hace la cama en el peor momento posible. No lo es para Artur Mas, al contrario, aunque difícilmente se le puede atribuir otra virtud política que no sea un sutil y educado maquiavelismo. Tiene las arcas vacías, bajo perfusión directa desde Madrid. Se halla propiamente con su administración intervenida. Ha efectuado los recortes más drásticos y rápidos de toda España. No se le conoce balance de sus dos años de Gobierno. Y ha conseguido imponer, en cambio, la agenda nacionalista sobre la agenda social y económica que las circunstancias exigen. Estos milagros políticos son infrecuentes.
La apuesta es muy alta. Una auténtica aventura. Para evitar equívocos ya ha tomado la vacuna: una vez cumplida la misión abandonará. Creo que fue Jean-Pierre Vernant quien definió al emperador como un aventurero que ha triunfado. Mas ya ha dicho que no quiere ser emperador. También lo ha dicho para convencer a quienes temen a los caudillos: se irá en cuanto toque el cielo. Con la fuerza que tiene detrás es inevitable que piense en este momento sublime y que aleje, en cambio, la idea y la imagen de la derrota. Sabemos muy bien cuál es el destino de los aventureros derrotados”.
 Cataluña internacional