La cuestión catalana (II)

 Los filósofos políticos alemanes construyeron la teoría del “volksgeist”, el espíritu del pueblo, en orden a establecer categóricamente que cada pueblo que lo es realmente tiene sus propias características étnicas que se basan en el color de la piel, en su propio lenguaje, en su manera de ser, en sus costumbres más o menos ascentrales.
 Aunque esto ha sido combatido no sólo a fondo sino, a lo que parece, triunfalmente por Levi Straus y sus seguidores que, desde Tristes trópicos, han luchado bravamente por demostrar que todos somos realmente iguales, incluso desde el punto de vista étnico, a mí, modestísimamente, me parece también que no sólo cada uno de nosotros, como personas individuales, tenemos nuestra propia identidad sino que algo muy parecido sucede con los pueblos, no en el lenguaje mayestático de las grandes aglomeraciones que se autodenominan naciones sino incluso desde mi pequeño villorrio, Mula, a cuya gente yo veo unas caracterísiticas singularísimas, alguna de ellas nada encomiables.
 Pues, bien, para bien o para mal que de toda clase de opiniones está plena la viña del Señor, si hay un pueblo en España, además del vasco y del gallego, que tenga características propias bastante acusadas, es el catalán y si es así es más por el rechazo, la crítica y la opresión de toda clase que vienen soportando desde tiempo inmemorial.
 Y a mí, que soy murciano y que considero y he considerado siempre que los catalanes se equivocan cuando acentúan sus diferencias como pueblo e incluso tratan de imponerlas por las bravas a los que allí no han tenido más remedio que ir a buscarse la vida, los famosos charnegos, no me duelen prendas de admitir paladinamente que más acre es aún la opresión, el rechazo, el odio y el afán de venganza que en el resto de España sufren los catalanes.
 El problema no es, como casi siempre, que fue antes si el huevo o la gallina. El problema es que la cuestión está ahí y que cada día se presenta peor, de manera que el partido mayoritario de los españoles se lía la manta a la cabeza y va por todo el resto del país montando una especie de mesas petitorias pidiendo poco más o menos la cabeza de esos ingratos tipos, los catalanes, que se han votado un Estatuto que a ellos, los centralistas autoritarios del PP, no les gusta, por lo que, no contentos con eso, lo recurren a esa tercera cámara legislativa que ellos se han montado “ad hoc” para cargarse todas aquellas leyes aprobadas por el Congreso que  no les gustan.
 Y a todo esto se une algo muchísimo peor: todos los órganos de formación de la opinión pública, tv, radios y periódicos organizan una campaña permanente de menosprecio a estos jodidos catalanes que nos odian tanto porque nos envidian por lo que para que aprendan debemos someterlos a un boicot y no volver a comprar nunca más productos catalanes, para que aprendan estos jodidos polacos de mierda.
 Y aquí es donde los platillos de la balanza se desequilibran definitivamente y ya nadie se plantea ya el tema del huevo y de la gallina.
 Los catalanes, serán o no un pueblo, pero todos los que viven en Catalunya y pretenden hacerlo respetados y con dignidad, dicen que quieren romper una baraja en la que los otros siempre juegan con las cartas marcadas.
 Y, por si fuera poco, irrumpe con una enorme fuerza, inusitada, la cuestión futbolística.
 Hostigados, jodidos, perseguidos, los catalanes han depositado casi todo su orgullo en un club de fútbol, al que ellos llaman el “Barça” y desde hace mucho dicen que éste es más que un club porque representa la única manera que les dejan de expresar su enorme personalidad.
 No fue en balde que uno de sus escritores más notables, que a mí no se por qué se me antoja que tiene raíces muy profundas en mi tierra murciana, Manolo Vázquez Montalbán, el creador de un célebre detective y de la no menos célebre Capilla Sixtina de la revista Triunfo, llamó al Barça el ejercito desarmado de Catalunya, porque pensaba que éste era entonces la única manera que se le dejaban a ellos, los catalanes, de tener una bandera propia, algo plenamente suyo, que los distinguiera definitivamente del resto de España.
 Y la cosa fue mucho peor porque entonces, los poderes fácticos se empeñaron en hundir este símbolo de aspiración a la independencia y los palos, las trampas, las ofensas y las putadas al dichoso Barça se suceden una tras otra. 
 Y los catalanes lo ven, lo saben y lo sufren con una casi infinita paciencia.