Respondiendo a mis amigos Futbolín y Joan Martí

Mi querido amigo Joan: tú si que eres una auténtica máquina: el otro día, nos decías, a las 4 de la mañana, que no tenías mucho tiempo para comentar porque a las 9 tenías que estar en Alicante seguramente para participar en un juicio.

 Inicias tu comentario a mis 2 últimos artículos sobre el Barça, Pep, el Madrid y Mourinho, diciendo que lo sientes mucho pero que crees que el jodío Futbolín es el que está en lo cierto cuando afirma que el Barça y Pep han hecho lo debido ante la canallesca actuación del RM y de su indeseable entrenador.

 Y yo, después de utilizar hasta la saciedad los argumentos racionales, ahora, voy a intentar convenceros con argumentos emocionales, sí, eso tan de moda ahora de la inteligencia emocional.

 Comienzo con una sencilla pregunta: vosotros ¿a qué coño creéis que se viene a este jodido mundo, a que te den por culo y tú, luego, hacer el triste oficio de palanganero, a que te machaquen, te saquen la bilis por la boca de tanto exprimirte, se rían de ti, destruyan todo lo que tú has hecho con el máximo esfuerzo, te denigren, te insulten, te deshonren a ti y a toda tu descendencia por los siglos de los siglos, y tú, encima, como el mayor de los cornúpetos, les felicites por su espléndido trabajo, y digas así, en voz baja, apenas si un susurro, “oye, bueno que sí, que habéis ganado con todo merecimiento pero que aquí han pasado algunas cosas raras gracias a nuestro silencio?”. Absolutamente patético.

 Joder, pero qué hatajo de cabrones son todos estos. Encima de cornudos “apaleaos”, me viene ahora mismo a la memoria aquella requisitoria de la madre del cobarde Boabdil a su canallesco hijo, que lloraba a las puertas de Granada, cuando la abandonaba para siempre, “sí, hijo, sí, llora como una jodida mujer lo que no has sabido defender como un verdadero hombre”.

 En lo único que tal vez tengáis algo de razón es en el telón de fondo que pintáis: en un país tan podrido como éste quizá la solución más racional sea la huida, pero por muy racional que sea es una solución de cobardes, impropia de gentes que se visten por abajo.

 Veréis mis queridos amigos, apenas hace unos días que escribíamos por aquí de esas 2 obras absolutamente inmortales del arte cinematográfico: Sin perdón y Blade Runner.
Coño, ¿ya se os han olvidado sus lecciones?

 William Munny no era más que un borracho al que su alcoholismo impelía con demasiada frecuencia al asesinato, de tal manera que se había hecho acreedor al título del más canallesco y prolífico de los asesinos de aquel salvaje Oeste, era una mierda tan grande que vivía absolutamente aplastado por el peso de sus remordimientos, haciendo lo único que un tipo como él podía hacer en un mundo semejante, criar cerdos.

 Pero, un día irrumpe en su vida una pobre prostituta a la que unos fascistas rufianes la han privado de su medio de ganarse tan tristemente la vida destrozándole la cara con un cuchillo.

 O sea, una puta ya desahuciada incluso para tan triste oficio y el más famoso de los asesinos que ha tenido que dedicarse a limpiarle la mierda a los cerdos. ¿Hay quién dé más o es hay quien dé menos? Es absolutamente genial porque no se puede superar una situación semejante.

 ¿Qué valores, que ética, qué sentido de la verdad y de la justicia, de la equidad puede quedar en un mundo semejante?

 “E pur si mouve”: estos 2 desechos humanos, hombre y mujer, en su profunda y tristísima abyección, continúan siendo todavía eso, 2 seres humanos, con su absoluta miseria pero también con su insuperable grandeza.

 La puta, ¿oís bien, mis queridos Futbolín y Joan?, la indigna puta de aquel asqueroso e infecto poblacho perdido en el desierto del Oeste americano, guarda en el fondo de su ser, yo no sé bien en qué sitio, un reducto de la humana dignidad y piensa que lo que le han hecho a ella aquellos esbirros del capital ganadero, que festejaban el final de su trabajo, no tiene perdón y como no lo tiene hay que hacer justicia, que es, coño, como tú sabes tan bien, Joan, todo lo contrario del perdón, que no es sino la suprema injusticia, de modo que reúne todo el dinero que ha conseguido ahorra a lo largo de toda su triste vida y el que sus compañeras de tan triste profesión le aportan generosamente y va y busca al forajido retirado y se lo ofrece para que le haga justicia.

 Sí, coño, habéis leído bien, justicia, si hay en el mundo algo por lo que realmente vale la pena luchar es por la jodida justicia que, como tú sabes muy bien, Joan, no es sino darle a cada uno lo suyo, según el viejo y venerable Ulpiano, o sea que había que hacer allí, en aquel poblacho, entonces, y ahora, aquí, en este jodido y más que podrido país, todo lo absolutamente posible para castigar a los canallas fascistas que allí le rajaban la cara a las indefensas prostitutas sólo por el capricho de injuriarlas aún más y aquí, el jodido jefe de prensa del Real Madrid, éste tal Pedro Duarte, no sólo  quería que acuchillaran a todos los sindicalistas para así dejarnos indefensos a todos los trabajadores para siempre, sino que, para que no quedara rastro de ellos, enviar al Froilán de los cojones, el nieto del Rey, a poner una buena bomba en sus respectivas sedes.

 Por eso me sorprende tanto, insuperablemente, vuestra postura, porque os consideraba mucho más revolucionarios que yo, que no es sino más amantes de la verdad y de la justicia que yo, entonces, que admitáis siquiera por un instante que William Munny no debió de aceptar el encargo de la pobre puta y tolerar la suprema injusticia de dejar sin castigo la canallada suprema de que el Pedro Duarte de aquel jodido pueblo del Oeste, el canallesco Gene Hackman, teóricamente encargado de la justicia en aquel villorrio, no sólo hiciera la vista gorda ante la tropelía de los empleados de su amo, sino que los defendiera a muerte, tal como hacen en nuestro caso la Federación, los árbitros y los comités, ante la pasividad de un asqueroso pueblo de cobardes, pero Munny, el viejo pistolero borracho, vuelve a beber para sentirse capaz de hacer justicia, esa pobre y triste justicia sí, pero la única a su alcance, y la hace, aunque le cueste la vida de su mejor amigo. Qué lección, coño, qué insuperable lección.

 Pues un razonamiento emocional semejante puede hacerse con Blade Runner, el hecho de que sea seguro que los cazarecompensas mercenarios vayan a acabar triunfando no empece que los androides, los pobres replicantes a los que su asquerosos creadores pergeñaron de mala manera y otorgaron una pobre vida por muy poco tiempo, se empeñen en una lucha estando completamente seguros de que la van a perder, pero les impulsa a ello su instinto justiciero.

 Entonces, mis muy queridos amigos, ¿cómo se puede defender la absoluta pasividad ante tan groseras injusticias, desoyendo el formidable consejo de Hamlet, o sea, no tomando armas contra la injusticia para acabar con ella, o, por lo menos, intentarlo, que era lo que la criatura más famosa de Shakespeare nos dijo?

De cualquier modo, muchas gracias por aparecer por aquí. Abrazos.