La fuerza bruta y la compasión

 Rajoy=Florentino=Aznar=Acebes=Arriola
 Sociológica, políticamente, no hay compartimentos estancos, quiérese decir que el hombre, el microcosmos, y la sociedad que es respecto a él una entidad superior, su macrocosmos, no se dividen en una serie de departamentos completamente independientes entre sí, entre los cuales no existe ninguna clase de comunicación, sino que son entidades absolutamente orgánicas, completamente integradas de manera que todo lo que sucede en ellas repercute, se transmite al resto por una especie de movimiento irreprimible que puede tardar más o menos tiempo.
 La fuerza es, en este caso, el ministerio de Interior, que tiene el privilegio del ejercicio legal, que no legítimo, de la violencia.
 Y un grupo de seguidores del islamismo radical, exacerbado su odio por la conducta de Aznar en relación con la guerra de Irak, atenta en Atocha contra una serie de trenes en los que viajan los trabajadores a sus destinos laborales.
 España se halla en período electoral y Arriola le dice a Rajoy: “hay que imponer la idea de que el atentado es obra de Eta y ganamos las elecciones, si prospera la verdad, que el atentado es consecuencia de la conducta de Aznar, las perdemos”.
 Arriola, como buen ultraderechista, es un genio sociológico pero esencialmente malévolo, como hombre político no busca el bien público sino el mal, él quiere que gane el mal, pretende engañar al pueblo.
 Y, para ello, a través de Acebes, utiliza la fuerza social, aunque es Aznar en persona el que llama a todos los directores de diarios de España para “recordarles” que ha sido Eta y no los islamistas los que han perpetrado el criminal atentado. Y actúa igualmente cerca de las embajadas y de los corresponsales de prensa extranjeros.
 La táctica, ¿o es la estrategia?,es técnicamente perfecta,  sobre el papel. El inspirador es el prototípìco manipulador nazifascita, Goebbels, el ministro de propagando del Führer: una mentira mil veces repetida se convierte en una verdad incontrovertible: son los jodidos etarras, favorecidos secularmente por la izquierda, los culpables de la horrible matanza.
 Pero a veces la verdad es tan evidente que es absolutamente imposible manipularla.
 Estaba escribiendo esto cuando mi yerno me ha recabado para que fuéramos a hacer la compra. En el trayecto me ha contado cómo su hermano, que vive en Berlín toda la vida, era la oveja negra de la familia y había pasado por todas las experiencias, hippi, beaknick, anarquismo, para acaba en el nihilismo. Y cómo le había recordado, en una reciente visita, la llegada del Hitler al poder y cómo éste, al principio, encarnaba el ideal de todos los alemanes. Y cómo el político ideal, que resolvió todos los problemas alemanes de la 1ª postguerra, acabó quemando judíos en los hornos crematorios de sus campos de concentración. O sea, el genuino imperio de la fuerza bruta.
 Esto me ha inducido a cometer el mismo error de siempre, a creer que podía leerle todo lo que había escrito hasta ese momento, con la muy molesta oposición de mi hija que me tiene prohibido que hable con él de política, “como no lo hace conmigo mi suegra que, cuando voy a su casa, no dice ‘ahora voy a ajustarle las cuentas a esta puñetera rojilla’”. Y la cosa ha degenerado en una discusión sobre si existe o no la objetividad, de modo que yo no he tenido más remedio que recurrir a la clásica definición de la verdad como “adequaetio rei et intellectus”, o sea, la adecuación entre el intelecto o la razón y la cosa”.
 “Es evidente”-les dije-“que hubo un atentado en Atocha, y más evidente aún porque se encargaron de publicitarlo y Aznar no lo desmintió que éste se dirigió telefónicamente a todos y cada uno de los directores de diarios para remacharles que Eta era la autora de los atentados, como hizo también con todas las representaciones diplomáticas, incluso con la Onu, y los corresponsales de prensa extranjeros, intentando frenéticamente cambiar la realidad, “ergo” la realidad era ésa precisamente que él, Aznar, intentaba cambiar”.
 Pero estoy empezando a irme por los cerros de Úbeda, aquello, lo que bajo el influjo de Arriola, intentaron desesperadamente hacer Acebes y Aznar, no fue sino el empleo de la formidable fuerza que detenta cualquier gobierno en el mundo. La fuerza pura y dura, la fuerza bruta, que intentaba desesperadamente retener el poder.
 Pero ganó la compasión. “Cum patere”, sufrir con, sufrir con los otros, sufrir con todos los que sufren.
 Ahora, España entera se ha transformado en una Atocha gigante, todo el país sufre el más salvaje de todos los atentados de su historia y no es cierto, como pretenden todos los aznares, todos los acebes, todos  los rajoys del país, inducidos, otra vez, por ese goebbels de bolsillo que es Arriola, que la culpa, que los autores de éste, el mayor atentado de toda nuestra historia, lo estén cometiendo los malvados integrantes de la izquierda sino esa ultraderecha pura y dura que nos gobierna sin ninguna clase de compasión y que está condenando al hambre, la miseria, el desamparo, el desahucio y el suicidio a todos los españoles que no forman parte de su cuadrilla, porque es una auténtica cuadrilla de malhechores la que ha cumplido, al fin, el sueño malhadado del más canalla de todos los españoles cuando pergeñó una constitución para que se cumpliera para siempre el propósito infame del taimado capo de todos los mafiosos del mundo cuando dijo aquella máxima horrorosa: es preciso que todo cambie para que todo siga igual.