Arcángeles, capitulo 1

Patrick Bateman en noviembre 9, 2012 en 5:57 am dijo: Editar
“@Don José…..
Pd.Espero y deseo que algún día decida animarse a dar a conocer “Arcángeles”.Estoy seguro de que es una obra maestra.Y que se convertiría en algo de culto,como este blog”.
Si una de mis debilidades personales, mi gran amigo Patrick, me pide algo, yo tengo forzosamente que concedérselo.
He decidido publicar aquí, en estos blogs, trozos, los que yo considere más interesantes de mi novela, eh, señores, mi novela, se trata de una obra de ficción, Arcángeles, en la que se narra la lucha a muerte entre 2 clases de personajes arcangélicos, los que se consideran con derecho a matar y los que se creen con derechos a juzgar. Yo no tomo partido, que conste, me he limitado como un conato de cronista a narrar algunas secuencias que son totalmente imaginarias y cuya semejanza con posibles personajes reales será mera coincidencia, como decían hasta hace muy poco los títulos de crédito de las películas.
Sinopsis: Un miembro de una banda terrorista, llamada Esa, “Ejército subversivo anticapitalista”, asesina al presidente del Tribunal Constitucional y es designado para su defensa el protagonista de la novela, cuya presentación voy a tratar de exponer a continuación transcribiendo algunas páginas de la misma:
La familia
     -Tenías tú razón, se trata de un profeta.
   -Quizá, pero de un profeta que, ya, no es, al propio tiempo, un santo.
   -¿Y tú, qué piensas-le preguntó su mujer, mientras conducía de ese modo suicida en que ella lo hace-, se trata realmente de un profeta?
  -En cierto modo, sí-le contestó-. Pero de un profeta diabólico. Piensa que nos está corrompiendo a todos. Tal vez, sea ésa la verdadera destrucción de que habla.        
 -A mí no me destruye de ninguna manera-dijo ella.
    -No estés tan segura.
  -Físicamente, estoy casi intacta y moralmente no tengo necesidad de pecar porque yo no necesito para nada robar y matar, como él dice que hace.
     -Tú y yo robamos, como todos, sólo que de otra manera.
   -No me vengas con cuentos, yo no puedo robar porque no hago nada.
   -Precisamente, ésa es tu manera de robar. Ya sabes todo eso de la comisión por  omisión. Robas a través de mí, y con la mayor impunidad, porque si a mí, un día, me cogen, a ti no te podrán hacer nada.
     -¿Y cómo robas tú?
     -Si sólo fuera robar.
    -¿De modo que también haces otras cosas? No te hagas el interesante, cuéntame.
   -¿Qué quieres que te diga que tú ya no sepas? Robo a todos mis clientes, cobrándoles minutas exorbitantes, la mayor parte de las veces, por no hacer nada, por adherirme a lo que dice el Ministerio Fiscal.
  -Pero tú no tienes la culpa de que el mundo sea así. Tú no has hecho las leyes.
     -Ese es el problema, ¿quién hace realmente las leyes?
     -Así, a primera vista, parece que los diputados y a éstos los elige el pueblo, luego, tú eres el tío más demócrata que pisa la tierra.
 -Un demócrata que colabora decisivamente en que los traficantes de droga salgan de la cárcel antes de que sus víctimas mueran.
  -Tú sólo cumples con tu misión de defender, como el Fiscal con la de acusar, en todo caso, serían los jueces, o los legisladores, los culpables de aplicar o de hacer las leyes.
     -Yo, además de defender a los traficantes, soborno a los jueces.
    -Para que hagan lo que dicen las leyes.
   -Las leyes pueden interpretarse y aplicarse de distintas maneras.
        -En la duda, a favor del reo, no lo olvides.
     -¿Aunque el reo sea el mayor traficante de drogas de la historia? ¿Aunque directamente sea el culpable de esa pobre prostituta que ayer murió de sobredosis?
     -No tan directamente. Ella empezó a drogarse porque quiso.
   -¿Tú crees? Yo sé que fue su chulo el que la inició, para tenerla sometida íntegramente, para que siempre dependiera de él.
     -O sea, que ella era como yo, que dependo totalmente de ti, bandido.
     De modo que, por asociación de ideas, no tuvo más remedio que decirle que, el jueves, probablemente, le haría el gran regalo.
     -¿La gargantilla de diamantes?
     -Eso no es un regalo sino una inversión.
     -¿Y a qué esperas, entonces, para hacerla?
     ¿Cómo puede ser tan interesada? Quizá sea por eso que la quiero, sólo me interesa lo que se me escapa, y desprecio, siempre he despreciado lo que poseo de verdad, a ella nunca la he tenido realmente, siempre ha estado en otro sitio, incluso cuando se acuesta conmigo y finge un orgasmo, tal vez sea esto lo que le sucede a todo el mundo. El coche de delante se detuvo de pronto, como si hubiera pinchado la rueda delantera. Sólo me ha dispensado, a veces, sus favores, sin que yo sepa muy bien por qué pues no soy demasiado bueno en la cama. Y ella, como siempre, comenzó a pitar, “dejalo, le dije, vas a quedarte sin batería”, pero ella siguió pitando, nunca sabrá siquiera lo que es la batería. El conductor del otro coche descendió y vino hasta mi ventanilla, ¿no podría usted hacer algo para que dejara de pitar?, no, dijo ella, él no tiene cojones para eso, ni usted tampoco, y el tipo aquel dio la vuelta a nuestro coche y se encaró con ella, está claro que él no tiene cojones puesto que no le hace callar pero yo sí los tengo y si quiere se lo demuestro, cómo, le preguntó ella, como tú quieras, nena, enseñándotelos ahora mismo, y se llevó la mano a la bragueta, o en la cama, así que tuve que abrir la guantera y coger la pistola, oiga, le dije, ya está bien, o es que está usted tan loco como ella, aparte ese juguete si no quiere que le abra la cabeza, dijo el energúmeno, de modo que no tuve más remedio que disparar al aire y fue como mano de santo, el tío se fue a su coche y comenzó a hacer lo que debía, cambiar la rueda, y yo entré en el mío y le dije a ella, vamos, coño, arranca, no quería pensar en lo que hubiera sucedido si aquel cabrón no se acobarda y le hubiera tenido que disparar.
     -¿Crees que llegaremos a tiempo para la comida?-me preguntó, como si nada hubiera pasado.
     -Es igual, ya sabes que no me agrada mucho comer allí, todo sabe a pescado.
     -O a huevo.
     -Es que a Tony no le queda mucho tiempo para fregar.
     -A nadie le gusta mucho hacer eso.
     Sobre todo a ti, pensé, pero tú eres limpia por naturaleza, uno de esos seres superiores, cuyas secreciones, cuyos excrementos no producen asco, en cambio, en Sonia, todo me repugna al propio tiempo que me atrae. Es una sensación de repugnancia y atracción que llega a obsesionarme.
     Mientras, había comenzado a llover y la conducción se hizo mucho más peligrosa y le dije a Kina que tuviera cuidado, es mejor conductora que yo, mucho más segura porque tiene más práctica, en realidad conduce desde la infancia, su padre tuvo uno de los primeros coches de la región, parece como si formara parte de la máquina, en su piel, tersa y brillante, se reflejaban las luces del salpicadero.
     -¿Cómo estará tu madre?-me preguntó.
     -Seguramente peor-le contesté.
     -Sí, es como una vela que se consume.
     Pero no fue así, incluso nos reconoció y sus ojos se llenaron de lágrimas, la última vez no lo hizo a pesar de que retuve sus manos mucho tiempo entre las mías para darles calor.
     -¿Quién soy yo, mamá?-le dijo ella.
     -Kina-le contestó mi madre.
     -¿Y él?
     -Mi José.
     Era casi perfecto, verla allí, sentada, en su silla de ruedas, con la cara curtida por el sol y los ojos llenos de lágrimas de alegría.
     -¿Y Cristina?-nos preguntó.
     Kina también se puso a llorar.
 -Está en Granada, mamá, haciéndose ingeniero informático-le contestó.
     -Dile que venga a verme.
     -Vendrá.
   Y mi madre cerró los ojos, tras sus pestañas mojadas. Y a mí me entraron las prisas por regresar. Al fin y al cabo, la misión estaba ya cumplida.
  -¿Llamas misión venir a ver a tu madre?-me reprochó mi mujer.
     -Una de estas alegrías puede incluso matarla.
     -Sería una buena manera de morir.
     -No existe una buena manera de hacerlo.
  Ella se concentró en la conducción y yo en mis pensamientos.
   -No es fácil morir-dije-. Le está constando mucho trabajo.
  -Violeta dice que no se quiere morir, que tu madre, en uno de sus ratos de lucidez le dijo que está muy bien ahí, con su hijo y sus nietos.
     -Gracias a Dios que los tiene a ellos.
     -¿Es un reproche?-me preguntó.
     -No, ya sabes que yo soy el primero que no hubiera soportado que mi madre viviera con nosotros. Por eso, precisamente, digo que es una suerte que mi hermano Jesús la quiera tanto.
     -Es una buena persona. El que más se parece a ella, que es una santa.
     -Como yo-bromeé-.          
      -No-rechazó-, tú no te pareces a ella en nada.
     -Ella dice que sí, que soy el más dócil.
    -Cualquiera es dócil para ella, incluso una especie de berrendo como tú.
     -Ni yo soy tan malo ni ella era tan buena, recuerda que un día me rompió una jarra de leche en la cabeza.
     -Habría que ver lo que habías hecho.
     Ya era noche cerrada y la larga fila de coches, circulando en dirección contraria, parecía interminable.
     -¿Sabes?-le pregunté-. Es terrible lo que me ocurre.                
     -¿Qué?
    -Si quitas el cansancio que me produce tanto trabajo, no queda nada.
     Llegamos a casa y ella comenzó a cambiarse para la cena, ante los tres espejos de nuestro dormitorio. Estaba tan hermosa como el primer día y le dije que viniera a la cama ya que, luego, no podíamos hacerlo porque nos acostamos a distintas horas, y nos poseímos mutuamente con ardiente determinación. Yo creo que es esta plena y perfecta sincronía sexual lo que hace que perdure nuestro matrimonio, que es absolutamente morganático y en el que, cada día estamos más separados síquicamente,
     -Es que el hombre no es más que un pijo y la mujer, su vaina.
     -Tal vez sea una buena definición pero resulta algo simple.
     -Como toda definición, que viene de definir, señalar los límites.
     -¿Tú crees que el sexo tiene límites?
     -Si no se le estimula convenientemente, sí.
     -Pero las drogas pueden acabar dañándonos.
   -¿Tú que prefieres, una vida larga y aburrida o una corta y feliz?
     -¿No es posible lograr ambas cosas?       
-Parece que no. Tenemos que chapotear, intentando sobrevivir, en este inmenso océano de mierda. Y no tienes otra salida que el suicidio. Porque nadie puede vivir sin comer y sin guarecerse del frío y no encontrarás nada que comer ni sitio donde guarecerte si no transiges y una vez que comienzas a transigir te dices “¿y por qué voy a detenerme aquí, perdido por uno, perdido por ciento?”, y en lugar de coger uno coges mil de ese montón que está allí sólo para que caigamos en ese enorme océano de mierda, porque es imposible nadar en la mierda y no mancharte y oler a mierda y no acabar por convertirte tú también en mierda y formar parte de ese océano. Verás, yo, cuando empecé, quise resistirme a la mierda, vino Marín, el abogado que me inició y me dijo, toma estas cien mil pesetas, ve al Secretario, y dáselas, dile que se reparta el pleito a él y que nos lo despache en 24 horas, de veras, te juro que quise resistirme, que me negué a hacerlo, pero él, Marín, que cría malvas en el cementerio  y que, en el fondo, era una buena persona, me dijo, “pero, coño, es que eres tonto, si tú no pides que haga nada injusto, que nos dé la razón aunque no la tengamos, tú lo único que quieres es que la justicia que merecemos porque ese tío, el demandado, le debe ese dinero a nuestro cliente, se haga rápidamente, es efectividad y rapidez lo que pides, porque ni nuestro cliente ni tú ni yo tenemos la culpa de que la justicia sea un desastre”. E  incluso parecía, a primera vista, todo aquello razonable, pero, ahora lo sé, aquella buena persona de Marín, no era sino la apariencia que en aquel momento asumía el demonio, porque, yo, entonces, no me di plena cuenta, no me di ninguna clase de cuenta, ni siquiera se me ocurrió pensar que lo que estaba haciendo era decirme simplemente que el fin lícito de que nuestro cliente cobrara pronto y bien justificaba los medios de cohecho por nuestra parte y de prevaricación por parte del Secretario porque nosotros estábamos sobornándolo para que actuara a nuestro favor y él estaba prevaricando puesto que estaba lesionando la justicia al cometer el agravio de adelantar nuestro pleito a  otros más antiguos que, por lo tanto, tenían mejor derecho, o sea que delito, lo había, por nuestra parte y por la suya, los medios, por tanto, no eran buenos aunque el fin sí que lo fuera, pero esto sólo fue al principio, luego, un día el dinero se lo ofrecimos y él lo aceptó para que prosperara una suspensión de pagos y una suspensión de pagos no es más que una estafa legal por la que un tío listo no sólo no paga a sus legítimos acreedores sino que se queda con todo lo que les ha pedido en los últimos días cuando ya su abogado estaba preparando la suspensión, el mismo Marín me lo decía, “al principio, cuando le propones hacer la suspensión, el tío protesta, dice que él es un honrado comerciante que sólo atraviesa una mala racha, luego ni siquiera quiere pagar la factura de la farmacia”, el ser humano es así, desde ese pobre mendigo que esta noche ojalá pueda dormir en la boca del Metro y que sería capaz de todo, absolutamente, por librarse de su miserable condición y que todo lo que hiciera para ello, incluso robar y matar, no sólo estaría justificado por aquello que nos decían en la Facultad de la eximente famélica sino que, además, sería una especie de vindicación frente a una sociedad tan injusta que le ha obligado a él, un ser tan humano como los demás, a degradarse hasta ese extremo, y, así, poco a poco, paulatinamente, sin darme cuenta, te lo juro, fui resbalando hacia abajo, tan despacio, que ni yo ni nadie hubiera podido percibirlo, porque esa degradación que, por un lado, termina con el pordiosero durmiendo en la boca del Metro, acaba con nosotros los que, aparentemente, sobrevivimos empujándole a él, sin que lo percibamos siquiera, para que se hunda cada día un poco más, porque, de pronto, un día, Marín y yo comenzamos a pagarle al Secretario para que decretara una fianza suave, barata, para que el narcotraficante saliera de la cárcel en libertad provisional, y el Magistrado-Juez, que llegaba al juzgado a las doce del mediodía sólo porque necesitaba al Secretario para que completara la partida en el Casino, firmaba, al principio, todo lo que el otro le ponía, pero, luego, ni siquiera tenía que firmar porque Ginés, el eterno meritorio, que sustituía a aquella señora que era la titular de la plaza y que se murió sin que nosotros llegáramos a conocerla, aprendió a falsificarle la firma tan bien que fueron las suyas las que acabaron siendo las auténticas y las del Magistrado, si es que ponía alguna, las falsas, hasta que, un día, el Magistrado, que era un lince, pidió participación en el negocio y el precio por aquella libertad provisional que se transformaba en definitiva unas veces porque el narcotraficante, que era extranjero escapaba hacia su nación de origen, otras, porque la sentencia era tan benigna, porque legalmente podía serlo, que al procesado le bastaba para salir en libertad desde la propia sala de la audiencia el brevísimo tiempo que teóricamente había estado en la cárcel y, una vez que caes tan hondo ya no te puedes levantar porque es demasiado  peso el que gravita sobre tus hombros de tal modo que es una tarea imposible pero es que tampoco tú te quieres levantar porque aquí, abajo, se vive de puta madre, es una vida magnífica en la que no sólo tienes todo lo que se te antoja sino que, además, ya no hay normas, ninguna clase de normas ni morales ni jurídicas que cumplir, o sea que has conseguido la libertad absoluta, ésa que muy pocos alcanzan en este mundo porque no sólo tienes los medios para hacer lo que te da la gana sino que, también, tienes detrás de ti, como un gran manto protector para todo lo que hagas, sea malo o bueno, toda esa inmensa estructura de la justicia profesional a la que tú te has encargado de corromper. O sea, y al fin, la libertad, toda la libertad que en este mundo es posible, pero también, claro, la mierda, esa mierda en la que todos los que nos dedicamos a esto, a uno y a otro lado de las mesas de la justicia, chapoteamos porque no hay nadie que se libre de la mierda ni siquiera esos pocos que no cobran, no sé, tal vez porque no tienen ocasión, si es que hay realmente alguno que no haya puesto la mano nunca porque hay una forma tan sutil de cobrar, de aprovecharse de esta situación que sólo consiste en no trabajar o en hacerlo menos, casi no hacerlo y que consiste en tolerar la corrupción de todos los que están debajo de nosotros y que sí cobran y que nosotros lo sabemos pero que, además de hacer su trabajo realizan también el nuestro de modo que nosotros no cumplimos la tarea que debíamos hacer y tenemos tiempo para dedicarnos a otras cosas que nos lucran o que simplemente nos benefician con el ocio, de modo que ése que se halla tan alto que parece que no toma parte en la corrupción también participa en ella por omisión porque no se atreve a impedirla ya que ello supondría que los de abajo se le plantaran y decretaran una simple huelga de celo, se dedicaran simplemente a hacer lo que la ley dice que es su tarea y no hicieran también la que según esa misma ley compete al juez o al secretario, así que ésta es, por lo menos, la forma en la que ellos, los de arriba participan en la corrupción, incluso los que están muy arriba, casi en la cúpula o en la cúpula misma, yo lo sé porque, en uno de esos ataques de locura que de vez en cuando me dan, he acudido a ellos a denunciarlo y ellos me han convencido para que allí, delante de ellos tirara mi denuncia adonde necesariamente, en un país como éste, una denuncia de la corrupción debe de estar, en la papelera, porque la corrupción no sólo impera en la administración de justicia sino en todos los órganos de la administración del Estado, en todos los órganos de la sociedad, como por ejemplo en la administración financiera donde mis enemigos hicieron socio gratis a la jefa de la inspección de Hacienda y luego me denunciaron para que yo aflojara a mi vez en la única denuncia de tipo social que me había atrevido a hacer en toda mi vida profesional, así que todo es corrupción a todos los niveles y ante todos los órganos y si no hay aún más corrupción es porque es necesario que cierta corrupción, que una parte de la corrupción salga a la luz, se denuncie, se admita e incluso se persiga y castigue como coartada y como justificación de esos mismos que luego la promueven, para que puedan decir “¿que yo no he perseguido durante mi mandato, que yo no persigo la corrupción, entonces cómo es que destapé el caso Matesa, el caso Redondela, el caso Ruiz Mateos, el caso Juan Guerra, el caso Naseiro y Palop, el caso Filesa, Malesa y Time Sport, el caso de la especulación de terrenos por la Renfe, el caso de las obras fraudulentas de la Comunidad Autónoma de Castilla?, todos estos casos de corrupción han salido a la luz porque uno o varios locos se han visto perdidos y han hecho acopio del valor suficiente para acudir a los de la oposición que están dispuestos a todo para llegar, para volver a ese poder absoluto que, cuando ellos lo ocuparon, los escándalos de corrupción ni siquiera podían darse porque no había esta falsa libertad de prensa que ahora hay para los que tienen el dinero suficiente para publicar un periódico, montar una emisora de radio o de televisión, ahora hay esta clase de libertad porque a ellos, los auténticamente poderosos, les conviene, porque están en la oposición para criticar abiertamente una política hecha por los que también teóricamente se hallan a su izquierda y dicen, sólo lo dicen, que tratan de propugnar una cierta igualdad, una cierta libertad social, entonces, viene un Maxwell, un Murdoch, un Berlusconi, un Conde de vía estrecha y monta o compra un periódico o una cadena de ellos y se dedica a hostigar al Gobierno pretendiendo derribarlo sólo para sustituirlo y hacerlo todavía peor, si es que ello es posible en lo que se refiere a corrupción, porque la sociedad, las estructuras, la Administración, el Estado no pueden corromperse más, entonces, sólo se trata de aprovecharse, ellos únicamente como hasta hace muy poco, de esa corrupción que ahora critican en los otros, en los que gobiernan,  hace falta todo el cinismo del mundo para criticar  la corrupción, cuando ellos son la corrupción misma y no han hecho, no están haciendo y no harán nunca otra cosa que corrupción porque no saben porque no pueden porque no quieren porque creen  que no se puede que no se debe que no es lícito ni bueno que perjudica de un modo definitivo irreversible a la sociedad combatir la corrupción, hacer algo limpio verdaderamente.
     Y, entonces, ella, como siempre, me atacó:
     -Pero tú, lo acabas de decir, también estás corrompido.            
     Y yo le contesté:              
-Claro que sí, si no lo estuviera no estaría vivo, aquí, hablando contigo de la corrupción y tú también lo estás como lo está ese tío que se halla allí, tan arriba, que cree que no se corrompe porque no participa directamente en la corrupción, porque no amasa con sus propias manos toda esta mierda, pero no hace nada, todo lo contrario, la promueve proponiendo a través de su partido minoritariamente mayoritario las leyes que o bien la permiten o la planifican, no consintiendo que se constituyan comisiones para la investigación de la corrupción, tú también lo estás porque comes, vistes, hablas por teléfono y sobreproteges a tus hijos, tienes coches, joyas y criadas, que trabajen por ti, gracias a mi corrupción, a esa corrupción que a lo mejor a ti incluso te da asco, como también seguro que se lo da a ese pobre pensionista que lee todo esto sobre la corrupción en el kiosko de la esquina, sin comprar el periódico, o que lo ve o lo oye por la radio o por una de esas emisoras de televisión que ahora ha montado la derecha y en las que sólo se habla de la corrupción del gobierno cuando ellas mismas no son sino un ejemplo de corrupción puesto que no hablan de su propia, de su eterna corrupción, de esa corrupción que están cometiendo cuando critican duramente en los demás lo mismo que ellos están haciendo en ese instante, abusar del poder, de una clase, de una parcela, de un instrumento de poder, más o menos limpio, más o menos untado de mierda, para arrimar el ascua a su asquerosa y maloliente sardina, quizá vuestra corrupción incluso sea más maloliente, esté mas untada de mierda, sea más mierda puesto que aparentemente es mucho más aséptica puesto que parece que no os mancháis las manos y nos obligáis a nosotros a que lo hagamos en vuestro favor.
      -Es muy difícil que yo me manche si no hago absolutamente nada, yo no puedo mancharme de mierda si estoy tan lejos de la mierda que ni siquiera sé que la mierda existe es por eso por lo que me niego a que vengas a aquí a contarme todas esas miserias tuyas, nunca te he dicho que debas robar para mí y mis hijos, tú lo has hecho sólo para ti, lo que ocurre es que, para que puedas aprovecharte de ese hurto, de esa corrupción también tienes que robar y corromperte por nosotros, porque sin nosotros tú no puedes vivir tal como quieres, tú me eres fiel, si es que realmente lo eres, por tu hipocondría, porque tienes miedo a enfermar, porque eres físicamente incapaz de acostarte  siquiera con una de esas putas de lujo por miedo a contagiarte de sida, entonces, para joder con seguridad me necesitas a mí, de la misma manera que los necesitas a ellos para no sentirte tan sólo como estarías si no tuvieras a nadie con quien hablar, a los que atreverte a contar todo esto, con los que justificarte ante ti mismo y ante la sociedad, sobre todo ante ti mismo porque tú, ahora, lo que estás haciendo es decirte a ti mismo, si yo robé, si yo me corrompí fue por ti y por tus hijos y eso no es verdad, si uno es capaz, si tiene los cojones suficientes para hacerlo, hay sitios, puestos de trabajo, en los que se puede sobrevivir sin corromperse como en una fabrica o una empresa de servicios pero lo que nunca se logrará allí es la posibilidad de comprarse un coche de lujo cada año o uno de esos yates. Lo que yo no acabo de entender de ti es ese complejo que tienes. A veces, oyéndote hablar, das la sensación de que eres uno de esos superhombres, y, de pronto, te comportas como el hombre más frágil del mundo, como un verdadero chiquillo.
-Es que lo soy. Yo sigo siendo aquel chiquillo de nueve años que adquirió el uso de razón en la postguerra, en aquellos tiempos signados por el hambre y la insolidaridad. El mundo se dividía, también entonces, en dos grandes bandos, los vencedores y los vencidos, que eran, ahora lo sé, los mismos bandos de siempre, sólo que, entonces, la guerra había sido una guerra de verdad, con cañones y proyectiles, con muertos y mutilados. Los historiadores, siempre que escribían sobre ella, la llamaban guerra civil, lucha fratricida y otras simplezas semejantes, como si hubiera otras guerras que no fueran civiles, que no fueran fratricidas.  Y aquella guerra, como todas, la ganaron ellos, los que tenían el poder, los que tenían el dinero. Yo, la perdí, como he perdido desde entonces, todas las guerras en las que he participado menos una, la perdí sin haber tomado parte en ella, sin haber acudido al frente puesto que, cuando se inició, tenía apenas siete años. Uno pierde todas las guerras en las que participa, aunque sea involuntariamente, si no tiene medios para defenderse. Yo, entonces, no los tuve porque era hijo de un visionario, de un artista. Mi padre era hijo varón único. Tenía dos hermanas y muy pronto quedó huérfano de padre y una caída de bicicleta le originó una lesión que le produjo una cojera definitiva, muy elegante. Su condición de huérfano prematuro, de hijo único varón y el haber pasado la mayor parte de su infancia y su juventud enfermo y en la cama, dedicando su forzado ocio a la lectura, le hicieron objeto de una especial predilección por parte de su madre y de sus dos hermanas que le adoraban y que, desde siempre, se dedicaron a trabajar por y para él, de modo que él nunca creyó, ni siquiera cuando se casó y engendró seis vástagos que tuviera ninguna clase de obligación respecto a su mujer y a sus hijos. Lo único que hizo, de vez en cuando, y muy bien por cierto, fue montar comedias con los aficionados locales que se estrenaban con gran éxito en el teatro del pueblo. Esto y aficionarse definitivamente por toda clase de juegos de azar, lo que acabó llevando a la ruina para siempre a toda la familia no sólo a la suya sino también a la de mi madre, de modo que, al final, él acabó subsistiendo de las ayudas que le prestaban sus amigos y del tanto por ciento que obtenía de éstos por sustituirles en las interminables partidas de póker que ininterrumpidamente se jugaban en el casino, cuando éstos tenían que levantarse para ir a comer o a descansar, proporcionándonos a todos los que, de alguna manera dependíamos de él, dependencia que él en modo alguno llegó a admitir nunca, una existencia absolutamente azarosa puesto que se basaba en la suerte que él o sus amigos hubieran tenido la noche anterior. Así que todos hubimos de acostumbrarnos a esperar que, al mediodía se despertara para saber si aquella jornada íbamos a comer o no, porque jamás entregó a mi madre ni a mi tía, en los períodos alternativos en que vivía con una o con otra, de un día para otro el dinero de la comida.  Era un hombre de muy pocas palabras pero de una inteligencia excepcional que su defecto físico había seguramente exacerbado y al que sus inmejorables lecturas le habían proporcionado una visión que, ahora, veo que era perfecta de la vida. Entonces, siempre le consideré fundamentalmente equivocado, le culpé de todas nuestras desgracias y por ello creí que le odiaba. Porque en un medio casi rural como el nuestro, en una sociedad supercristiana y mojigata como era la de nuestro pueblo, la conducta de mi padre, que implicaba el más absoluto desprecio por todas la convenciones, que pensaba y actuaba en consecuencia como si él fuera la única persona a la que debía algún tipo de consideración y de respeto, acabó por granjearle la animadversión y el desprecio de todos, incluso de aquellos amigos que económicamente le ayudaban. Ahora, que estoy tan cerca de la muerte que casi la toco con los dedos, ahora que estoy de vuelta de todo, sé que él tenía razón, que siempre la había tenido, que la más profunda de las sabidurías que este mundo nos puede proporcionar es la de vivir, aún dentro de esta mierda de sociedad que nos rodea, de la manera más próxima a como lo hacen  los que debieran ser nuestros maestros, los animales. Nunca respetó ninguna norma moral, siempre despreció todos los convencionalismos sociales, no tuvo nunca ningún reparo en aprovecharse de todas esas mujeres que siempre le rodearon y las que, todas sin excepción, sintieron por él la mayor consideración, el mayor respeto que yo he visto nunca a ellas sentir por un hombre. A pesar de toda la cultura que acumulaba, o precisamente por ello, jamás se dejó influir por algo que no fuera la pasión o el instinto, el amor o la naturaleza pero ambos en su sentido más primitivo. Amaba todo lo heroico, todo lo esforzado, todo lo que escapaba a las normas de alguna manera, despreciaba la vulgaridad y la rutina. Que yo sepa, sólo dos veces intentó vivir como una persona normal y, a través de sus amigos, consiguió dos empleos, uno en la Recaudación de Hacienda y otro en una fábrica de harinas, como contable, pero no pudo resistirlo más de unos meses. Ya no volvió a intentarlo nunca. Se concentró en lo que siempre fueron sus grandes pasiones, el juego y las mujeres. Gracias a ellas, pudo vivir la más azarosa de las vidas que yo he conocido pero fue profundamente feliz porque ésta era la clase de vida que a él le gustaba. Aún me cuesta mucho darle ahora la razón. Ha sido el gran fracaso que representa mi vida, como hombre, padre y esposo, el que me ha convencido de que él la tenía, cuando no se dejó esclavizar por esos vínculos que representan la paternidad y el matrimonio. Siempre la tuvo incluso cuando perdió aquella guerra en la que él creyó que nosotros no habíamos participado. En las guerras, en cualquier guerra, sea cual fuere el campo en el que se desarrolla, se participa siempre. Y él lo hizo de tal manera, dirigiendo una función de teatro a favor del Socorro Rojo Internacional, una adaptación de El idiota, de Dostoiewski, que lo primero que hicieron sus amigos, los aristócratas del pueblo, cuando obtuvieron la victoria, fue encarcelarle y juzgarle. Seguramente sólo fue un intento de escarmiento puesto que lo absolvieron y lo volvieron a emplear de esa misma manera mezcla de “croupier” y de alcahuete en el que siempre lo utilizaron. Ahora estoy seguro de que  aquellos encarcelamiento y proceso sólo sirvieron para enaltecerlo más no sólo ante sí mismo sino ante aquellos sus despreciables amigos. A sus otras muchas aureolas de intelectual, de maldito, de izquierdista y de proxeneta, se unió, al fin, la de mártir de una concepción de la vida que los otros ni siquiera lograban comprender, lo que, paradójicamente, le proporcionó una extraña respetabilidad que nunca nos alcanzó a nosotros. Tal vez era que nuestra vida se desenvolvía fuera, más abajo, por así decirlo, del nivel al que actuaban mi padre y sus malditos amigos, que eran el juez, el registrador, el notario, los médicos y los demás titulares de todas esas otras profesiones que, no sabemos por qué, hemos dado en llamar liberales. Nosotros siempre fuimos, todavía somos, los hijos de “El Conde” y esta expresión se hallaba cargada con todo el odio, con todo el desprecio que en un ambiente casi rural despierta todo lo que se eleva o desciende por debajo del nivel medio, todo lo que los mediocres no son capaces de entender. De modo que nosotros, los hijos de “El Conde” también perdimos la guerra pero de una manera especial, derivada de nuestra peculiarísima condición de ser hijos suyos.  Nadie fue capaz nunca, ni siquiera los sacerdotes, de echarle en cara o de recriminarle a él, personalmente, el género de vida que llevaba. Todo el mundo parecía sentir por él una especie de temor o de respeto que, al incrementar su aversión y su odio, hacía que éstos se revolvieran contra nosotros con mayor virulencia. De modo que tuvimos que aprender a subsistir en medio de tales sentimientos, además de las penurias económicas que, desde siempre, supuso el modo de vida de nuestro progenitor, incrementadas entonces con la escasez que había provocado la guerra. La vida se nos hizo tan difícil que tuvimos que hacer de todo para sobrevivir, desde ponernos a trabajar muy jóvenes, en realidad casi niños, hasta aprender a robar y a prostituirnos. Hay muchas clases de latrocinio y de prostitución. Y las peores no son las que acaban con el ladrón o con la prostituta en la cárcel o en el prostíbulo. El ladrón o la prostituta acaban por adquirir de sí mismos una idea que implica cierta dosis de vindicación, al suponer la violación de las normas que otros intentan imponerles infructuosamente. Si yo me hubiera dedicado entonces a lo que ahora hago no sólo no me hubiera despreciado a mí mismo tanto como entonces lo hice sino que no me hubiera envilecido de aquella manera porque estuve a punto de echarme a perder para siempre a consecuencia de aquella sensación, de aquel sentimiento de inferioridad que se apoderó de mí casi totalmente. Por ser hijo de mi padre, de aquel padre que no era como el de los demás, yo tuve que pedir perdón, todos los días, a todos los que se dignaban alternar conmigo, no sólo en la escuela, luego, en el colegio y, después, en la Universidad, sino en los juegos y en las diversiones, infantiles y juveniles. Seguramente, fue aquella sensación, aquel sentimiento de culpa cuasi original, lo que me ha marcado para siempre con esta sensación de ilegitimidad, de culpabilidad, de pecado, que me ha hecho aceptar todo lo malo, todo lo innoble, todo lo deshonesto de la vida como una consecuencia insuperable de mi condición de hijo de aquel hombre. Pero, como por otra parte, yo no era más que un niño que necesitaba vivir, dentro de lo posible, como lo hacían, en aquel maldito pueblo, todos los demás y no podía hacerlo por sus propios medios, comencé a cometer pequeños hurtos, realmente insignificantes ya que les sustraía a mis compañeros de estudios y de juegos, todo lo que podía y que no era sino algunos céntimos, revistas infantiles, caramelos o esos juguetes que ellos desechaban y que abandonaban en cualquier sitio. Fue así como me hice un ladrón, pero un ladrón vergonzante y miserable que sólo robaba lo que los otros ya no querían, lo que los otros despreciaban, lo que los otros habían abandonado. Pero no sólo robé sino que también me prostituí. A cambio de una merienda, o de que me dejaran jugar con ellos, consentí que todos, sin ninguna excepción, se rieran de mí, me despreciaran por tener aquel padre, o sea, que vendí mi propia dignidad por aquellas migajas de su maldita compañía. Es terrible el daño que unos sentimientos semejantes puedan originar en la niñez. Yo, entonces, estaba sometido a una doble presión. Por un lado, la enseñanza, la formación general a que me hallaba sometido, en los colegios y en la iglesia, en la que se me inculcaba una religión y una moral que no estaban de acuerdo con lo que yo veía en mi casa, lo que me hizo adquirir un complejo de diferencia y de inferioridad que todavía no he superado. Aún, hoy, cuando soy yo el triunfador, el que ha conseguido superarlos en la conquista del único valor que ellos admiten, el dinero, creo que ellos me miran de la misma manera que antes. Yo, por lo menos, me los imagino, luego, cuando salen de mi despacho diciéndose unos a otros, coño, cómo ha progresado el hijo de “El Conde”, de aquel magnífico sinvergüenza. Y vuelvo a sentir sobre mí el inmenso, el insoportable peso de su desprecio. Sin que me sirva de nada el insuperable desprecio que yo siento por ellos, que vienen ahora como corderos a pedirme favores a mí. Fue por esto que yo, que nosotros, porque este sentimiento es común a todos nosotros, sus hijos, perdimos la guerra, y sobre todo la posguerra, mucho más que cualesquiera otros. Fue entonces cuando aprendimos para siempre que no hay ninguna clase de valor, de virtud, que todo no es más que una inmensa mentira, un inmenso océano de mierda en el que todos chapoteamos.  Y, en medio de la mierda, no se puede hacer más que ensuciarse y cuanto más mejor. Hay que dejarse penetrar por ella de tal manera que ella y nosotros seamos una misma cosa porque sólo entonces deja uno de sentir su insoportable hedor. Y, una vez, en el fondo de la ciénaga, si uno mira bien, descubre aliviado que allí se encuentra casi todo el mundo.Y, sin embargo, yo no soy un inmoralista. Creo que incluso en el fondo de la ciénaga hay una moral, sólo que ésta no es la corriente. La moral que yo respeto, que yo admito ahora y aquí, en el fondo, o en la cima, que nunca se sabe, es la moral de la subversión, de la revolución, de las únicas subversiones, revoluciones, que la historia, esa historia que, según Fukuyama, ha terminado, hace hoy posibles.Yo no he hecho el mundo así. Era así mucho antes de que yo naciera y, si Dios y nosotros no lo remediamos, como sea, incluso destruyéndolo, va a seguir siendo así por siempre y para siempre. Y, si el mundo es así, tan ruin y despreciable, que sólo admite como únicos valores el poder y el dinero, se trata entonces de adquirir todo el dinero y el poder que te sea posible para, desde dentro, combatirlo con sus propias armas. Es la moral del “kamikaze”, del piloto suicida. Hay que despreciar de tal modo el mundo contra el que se lucha que se te haga admisible la idea de morir destruyendo al propio tiempo ese mundo que odias. Y no importa que también mueran unos pocos que de cualquier modo también iban a morir. Se trata de dañar irremediablemente el portaviones enemigo para que no tenga ya más remedio que hundirse, aunque nosotros muramos en el intento. Así, a primera vista, parece la misma moral que practicaba mi padre, pero sólo es una apariencia. Mi padre era un luchador solitario, estaba predestinado a ello por su formación. No tenía ningún sentido social. Para él, el mundo empezaba y acababa en sí mismo. Es todo lo contrario, yo soy su antítesis, su antagonista esencial. En cierto modo, y como dice mi mujer, yo actúo así como reacción contra él. Ya lo he dicho antes, mi padre perdió la guerra civil, como también la perdimos todos, pero él lo hizo de una manera especial puesto que incluso fue encarcelado y juzgado, aunque sólo fuera moralmente, simbólicamente. Y él, que estaba muy por encima de sus jueces, no sólo lo consintió sino que lo admitió públicamente en su oración defensiva ante el tribunal. Yo abomino de esta parte de su conducta. No se puede luchar sólo por uno mismo. Si él, de alguna manera, lo hubiera hecho además de por sí mismo por todos nosotros, yo no estaría ahora, aquí, delante del ordenador escribiendo esto. En este aspecto, él, que en otros fue tan valiente, fue un gran cobarde. Porque se dejó vencer sin lucha por unos enemigos indignos de su talla. El no debió aceptar públicamente, en aquel juicio, una culpabilidad que, internamente, no sólo no admitía sino que despreciaba. El nunca se sintió culpable no sólo de aquella infecta guerra ni de aquella asquerosa posguerra que tanto nos ensució a todos sino de nada, absolutamente. Uno sólo es culpable de aquello a lo que se somete, de aquello que realiza sólo por temor. Yo sólo me siento culpable de todo lo que he dejado de hacer por temor a sus consecuencias. Sólo el miedo nos hace culpables y él tuvo miedo aquella única vez. Luego, cuando le absolvieron, volvió a vivir de la misma manera que siempre lo había hecho, sin respetar siquiera una sola de sus normas, de sus costumbres. Yo he sentido miedo muchas veces y cedido ante él demasiadas y estas cesiones jalonan mi vida como un rosario de negras cuentas. He sentido miedo a perder esa sucia felicidad que proporciona cumplir con todo lo que la sociedad nos exige. He temido que mi mujer y mis hijos me abandonaran por no ser como ellos quieren que sea. He temido que la sociedad acabe por atreverse a asumir la verdad y reniegue de todo lo que hasta ahora ha hecho, de que se transforme en lo que dice que es, en un vehículo de perfección y no de envilecimiento. He sentido miedo de que los gobernantes lo hagan de acuerdo con lo que dicen que guía sus cavilaciones, de acuerdo con ese bien común, que propugnaron los filósofos, y no en su propio beneficio y en el de sus familiares, amigos y cómplices. He tenido miedo de que los sacerdotes suban a los púlpitos y prediquen la verdad. De que los médicos cumplan el juramento hipocrático, de que los jueces juzguen y condenen a los verdaderos culpables y no a los pordioseros y a los enfermos, he temido como al juicio final que el mundo fuera como debe ser porque entonces todo lo que he hecho, todo lo que hago carecería de sentido y yo no sería sino lo que ellos dicen que soy, de labios para fuera y no lo que yo me considero en mi interior, una especie de justiciero, un vengador que les devuelve toda la mierda que ellos han acumulado sobre mis hombros, uno de los que intentan dinamitar este paraíso que ellos han creado a base de corrupción y perversión.