El socialismo como epígrafe general, frente al pesoímo, socialdemocracia, comunismo, marxismo, maoísmo, castrismo, etc. (I)

 Poco a poco, con esa inexorable lentitud de los fenómenos telúricos, la historia, esa vieja prostituta, me está dando la razón.
Sostengo, desde que adquirí consciencia social, hecho que no logró situar exactamente en el tiempo, que la vida de los pueblos, que es la que realmente interesa, se concreta en una lucha a muerte entre dos de los impulsos esenciales de la naturaleza humana: el de supervivencia y el de dominio.
Es por ello que Schopenhauer habló del mundo y de la vida como voluntad o representación:
 “La cosa en sí de Kant, la realidad última de las cosas, está representada para Schopenhauer por un principio metafísico general que gobierna el universo, una fuerza omnímoda que Schopenhauer denomina voluntad (Wille), o voluntad de vivir (aquí se inspirará Nietzsche para su “voluntad de poder”), y que no debe interpretarse en el sentido corriente del término, más que metafóricamente: nuestra voluntad, deseo o pulsión no es más que una proyección insignificante de esa Voluntad con mayúscula, de la cual la representación es mero fenómeno o apariencia. La voluntad no se encuentra sujeta a las formas del fenómeno, es decir, a la causalidad, el espacio y el tiempo. Tampoco, por tanto, al principium individuationis, es decir, que no se objetiva en los seres individuales (en consecuencia, dichos individuos no tienen existencia real como tales), sino en la suma de los mismos: la voluntad integra toda la naturaleza y el universo con la totalidad de entidades y seres que contienen. La voluntad, así, es una fuerza que obra sin motivo, irracionalmente; es como el motor ciego de la historia. Todas las energías de la naturaleza son expresivas de la Voluntad, incluyendo lo mismo las fuerzas naturales de todo signo (luz, gravedad, magnetismo), como las motivaciones, los instintos y tendencias, tanto animales como humanos”. (Wikipedia).
 El instinto de supervivencia no sólo hace al hombre nadar cuando cae al agua sino que lo impulsa a trabajar para poder seguir viviendo, mientras que al empresario lo impulsa a adquirir cada día más capital,  o sea, poder, para seguir dominando.
 Luego, vino Marx y esta teoría, cierta, pero muy idealista o sea muy kantiana, muy platónica, se objetivizó, a mi juicio acertadamente, y esos dos instintos esenciales constituyeron la base del motor de la historia bajo las formas de las tendencias progresivas y retrógradas que luchan enconadamente a lo largo de la historia por imponerse, es lo que él, y sus seguidores, entre los que me encuentro, han llamado  materialismo dialéctico: la materia es lo que hay, el ser en sí, platónico, pero, en modo alguno permanece inmutable, todo lo contrario, se halla en perpetuo movimiento dialéctico, hegeliano, tesis, antítesis, solución más o menos ecléctica, es por eso que alguien ha creído que esta materia cambiante y creadora era lo que se ha dado en llamar Dios, pero únicamente es precisamente eso, el motor de la historia, por eso es tan salvaje la teoría de Fukuyama, el profesor universitario mezcla de Japón y los Usa, que se ha atrevido a afirmar que hemos llegado al final de la historia, cuando seguramente está comenzando otra vez en ese eterno ritornello del que hablaba Vico.
 Porque el hecho de que el capitalismo haya acabado por estrellarse ante su propio muro de las lamentaciones y se esté autoconvenciendo de que no puede dar ya un paso más y que el socialismo, que los supremos ignorantes confunden con algunas de sus concreciones históricas, por ejemplo el Psoe, parezca definitivamente derrotado, es ignorar de una manera definitiva no sólo todo la dialéctica hegeliana que ya empezó a formularse con el “panta rei”, todo fluye, del genial Heráclito, sino lo que es totalmente aberrante, el materialismo histórico, que es algo más, mucho más que la interacción de la dialéctica dentro del inexorable devenir de la historia, que no es que se haya acabado sino que apenas si comienza ahora, cuando se ha comprobado, al fin, que el ánimo de lucro sólo conduce no a una lucha noble por sobrevivir sino a la pura y simple rapiña.
 De modo que, de pronto, vemos cómo, simultáneamente, alguien tan poco sospechoso de psoismo como Alvárez Solís escribe, en “insurgente”, ayer:
 “Creo que es urgente que quienes aspiran a un futuro socialista aclaren el contenido que pretenden dar al socialismo, porque el socialismo constituye un destino próximo pese a todos los avatares que ha padecido. El término socialismo ha sufrido un desgaste profundo desde que lo secuestró la socialdemocracia. Pero eso no es más que un fenómeno temporal cuyas causas hay que analizar rigurosamente. El socialismo constituye el único camino posible hacia el futuro ya inmediato. Sectores muy populosos de la sociedad actual reclaman el socialismo de cara a un futuro que solamente puede edificarse con conceptos socialistas. Claro que frente a esos sectores una también amplia masa de ciudadanos que se acomodan en el sistema capitalista alegan que el socialismo se ha destruido en sus intentos de realizarse mediante revoluciones que han naufragado. Esto último, la lectura del fracaso, conviene abordarlo a fondo. Hagamos, por tanto, una primera pregunta: ¿esos aireados fracasos han destruido la médula del socialismo o solo han afectado a una inicial fase revolucionaria del mismo? ¿Hasta qué punto una revolución puede considerarse asegurada en sus primeras realizaciones? ¿Y hasta qué punto la conciencia revolucionaria debe considerarse disuelta tras su inicial intento histórico, aunque ese intento haya acabado en un aparente fracaso?…….La colectividad en pleno, como sujeto social, cultural y económico, es lo que constituye el socialismo aceptable y vigoroso. Ese socialismo ha de declarar bienes no apropiables por los individuos como tales todos aquellos que se caractericen por constituir la infraestructura de los pueblos y de sus libertades: las riquezas naturales, la tierra, las energías, las materias estratégicas o de alto y reconocido contenido social, como la enseñanza, la sanidad, el gran transporte y sus redes… Ese socialismo ha de fomentar las formas societarias constituidas por los trabajadores. Un socialismo que dote al ejercicio empresarial de la calidad de oficio social. Un socialismo que devuelva al dinero su estricto sentido de signo intercambiario y que convierta en bien nacional el aparato financiero. Un socialismo que rediseñe la política como un ejercicio básico y cotidiano de los ciudadanos, lo que exige su reducción a un ámbito de cercanías, evitando la globalización que convierte en caricatura la soberanía de los ciudadanos.
El socialismo precisa un gran debate social para restaurar su dignidad ideológica y su vitalidad creadora. Ese debate contiene ya la esencia del socialismo. Decir estas cosas puede parecer simpleza o arbitrismo, pero la historia enseña que únicamente las sencillas formas de proceder aparejan la liberación. Cada ciudadano ha de implicarse en estas acciones si aspira realmente a serlo”.

El fracaso de la Historia


Cumbre del club Bildelberg
 Antes de leer mi post, hay que leer el artículo original sobre el que versa:
 Nunca entenderé por qué un escritor como Antonio Alvarez Solís ha sido desplazado hasta ese rincón de la península en el que se publica “gara”. Aunque, lo reconozco, sólo allí se puede escribir en esta España tan dolorosa, dirían los del 98, los acerados y acertados textos que produce la que es, para mí, sin duda una de las mentes más claras de nuestro tiempo, aunque no sé por qué incide también en esa especie de optimismo impostado que hace tan poco he criticado aquí en Enzensberger y no recuerdo ahora mismo en quién más.
 Alvarez Solís comparte conmigo el concepto materialista de la Historia porque él, como yo, es marxista.
 El materialismo histórico piensa que la Historia, el devenir histórico, la puñetera, la jodida vida que llevamos, no es sino el resultado de las luchas económicas que se producen inevitablemente entre unas clases esencialmente opresoras como las que forman parte del capitalismo, bajo diversos nombres y apariencias, impuestos por las circunstancias y otras menos cambiantes porque tienen pocas oportunidades de mutar, que llamamos oprimidas que son las que producen únicamente, en una dolorosísima labor exclusiva, toda la plusvalía lícita que tiene lugar en el mundo.
 Y tengo la sospecha de que esta definición que acabo de improvisar aquí quizá no se ajuste demasiado a la ortodoxia, sobre la que tan bien nos podía ilustrar mi querido amigo ausente ALIENADO, pero, como no me cansaré nunca de defenderme de los ataques de la ortodoxia marxista, yo no puedo pensar sinceramente con otra cabeza que no sea la mía.
 Es por eso que, después de limpiarme la saliva que ha salido abundantemente de mi boca mientras leía el texto de Alvarez Solís, no sé si asombrarme de que una mente tan lúcida y con tanta habilidad dialéctica incurra en el error fundamental del optimismo porque si bien éste es admisible como estrategia política, desde el punto de vista científico es absolutamente inadmisible ya que si bien aparentemente parece que la historia progresa se trata de una mera ilusión óptica puesto que a cada avance virtual de las conquistas sociales sigue, como el propio Alvarez Solís constata, una desmedida y contundente reacción de la ultraderecha que no sólo anula el progreso logrado sino que implica un considerable retroceso que no hace sino preparar otro mayor y continuado.
 En realidad, todo el admirable texto pergeñado por este genio no hace sino reflejar, al pie de la letra, la historia interminable de nuestra explotación por las negras fuerzas de ese fascismo que hasta ahora se manifiesta como absolutamente invencible y cuyas aparentes derrotas no son sino las mutaciones que adopta para cumplir con esa máxima histórica que tan bien plasmara el genio maléfico de Lampedusa cuando expuso, resumida, la que, sin duda, es la táctica definitiva que está llevando a la regresión al triunfo definitivo en la Historia.
 La regresión triunfará siempre no sólo porque así se halla inscrito en el devenir de la propia economía, cuyos ciclos son, o parecen, absolutamente incoercibles, sino porque también se halla inscrita en el fondo rastrero del alma humana esa inmanente tendencia destructiva a negarse a trabajar por altruismo, ese instinto carnívoro a sacrificar y abusar de los demás.
 Ser optimista en una materia como ésta y con un sujeto de la historia como es el ser humano es un rasgo de absoluta irracionalidad que los poetas de la ciencia ficción no se cansan de denunciar: el mundo acabará, una vez más, como dicen que ya ha concluido otras muchas veces, de ahí que los precavidos construyan sus refugios, para encerrarse en ellos cuando las cenizas atómicas cubran por completo un mundo que no será otra cosa que un inmenso cementerio.
 Y ya se sabe que los poetas son los únicos que, de vez en cuando, se aproximan a la realidad.