Respondiendo a Futbolín

Para leer las contestaciones a mi carta abierta a Futbolín y a Patrick Bateman acudir a los comentarios de mi ultimo post con dicho título.

Carlos, pero qué buen “discutidor” eres, capaz de encontrar razones que la razón no entiende.

Verás, hasta ahora, yo sólo había utilizado argumentos prestados por esos 2 aprendices que son Aristóteles y Marx, pero ahora, estimulado por tu brillante ejemplo, voy a tratar de utilizar algunos propios.

El hombre, el cochino, el indecente hombre no es sino lo que quiere ser. Por supuesto que hay culés que son tan de ultraderechas como el más feroz de los nazifascistas madridistas, creo que el cuñado de Laporta era uno de ellos, presidente, ni más ni menos que de la Fundación Francisco Franco lo que compartía con un puesto directivo en el Barça.

El problema, la cuestión a resolver es: ¿cuál de las 2 personalidades del cuñado laportiano era realmente la suya propia, la franquista o la barcelonista?

Que Franco y el barcelonismo son antagónicos es otro de esos axiomas que no necesitan demostración y, sin embargo, la historia lo ha demostrado hasta la más perfecta saciedad.
O sea que, en el fondo del alma del cuñado de Laporta y de ese tal señor Carlos de Zaragoza, se debate una feroz lucha interna, entre su simpatía por unos colores, provocada por la excelencia del juego del equipo y por su comportamiento histórico, y su identificación sociopolítica con el canallesco franquismo.

Por eso te hablaba yo de los compartimentos estancos de los submarinos. Éstos, para tener más defensa en casos de la apertura de vías de agua, tienen todos sus compartimento absolutamente estancos, sin ninguna clase de comunicación entre sí, de modo que la corriente de agua nunca podría producirse entre ellos.

En el hombre, sí, en el hombre todas las corrientes, todos los fluidos pueden, ¿y deben? pasar de una a otra parte de su estructura sin demasiadas dificultades, incluso cuando las corrientes son en sí mismas esencialmente contradictorias.

Verás, Carlos, si un tipo es, como yo era ya entonces, esencialmente progresista porque lo había mamado en mi experiencia vital, habiendo sufrido que cuando, a mi padre lo juzgaba un consejo de guerra, casi nada al aparato, y el fiscal le pedía pena de muerte por haber dirigido una función teatral a favor del Socorro Rojo Internacional, algo así como la Cruz Roja española, pero en comunista, a mí, que apenas si tenía 10 años, mis queridos compañeros de juegos fueron a buscarme a mi casa, me ataron las manos a la espalda con una se esas cadenas de persianas enrrollables y me juzgaron y me condenaron y me escupieron muchas veces en la cara una cantinela: “1, 2, 3 y 4, ya tienes Franco ‘pa’ rato.”

De modo que, luego, estudiante en Madrid, amigo íntimo de un madridista acérrimo que, una vez, me salvó la vida, viendo jugar con muchísima frecuencia a aquel Real Madrid de Di Stéfano, uno de los más grandes equipos de la historia, si no el más grande, a un alma juvenil como la mía que, además, quería ser futbolista, la fascinación la indujo a un madridismo exacerbado.

Pero aquella misma alma fascinada fue madurando sociopolíticamente, de manera que un día me encontré analizando, casi sin darme cuenta, que aquel maravilloso equipo ganaba siempre los partidos no sólo porque era muy bueno técnicamente sino también porque, cuando lo necesitaba, los árbitros, como ahora, hacían todo lo necesario para que ganara.

Y mi simpatía, el cariño que yo les tenía a aquellos formidables jugadores, entre los
cuales llegaron a estar, en la media, 2 murcianos, uno, Narro, y otro, jovencísimo de cuyo nombre no me acuerdo, no resistió los durísimos embates de aquella incipiente ideología mía a la que repugnaba decisivamente los continuos abusos que se grababan en mi corazón con la misma lacerante sangre con que lo hizo la cadena de la persiana.

Y grité: “No, no le prestaré mi afecto a un club ladrón y prepotente que no tiene sentido ni de la verdad ni de la justicia” y, dentro, muy dentro de mí, comenzó a incubarse un odio irresistible hacia aquel equipo que a lo peor técnicamente era insuperable, que seguramente lo era, pero que ética y moralmente era absolutamente despreciable y que encarnaba todo lo que aquel franquismo político representaba, la opresión, la prepotencia intolerable, la más feroz de las tiranías.

Dentro de mí, como dentro de cualquier otro hombre, no había, no hay compartimentos estancos, seguramente porque no estamos construidos como los submarinos, dentro de mí había algo que me hacía aborrecer a muerte la mentira y la injusticia que cometía casi continuamente aquel deslumbrante equipo, al que yo seguía yendo a ver en medio de las mayores dificultades, bajo la lluvia torrencial el día que jugaron en Elche y Puskas metió el que seguramente es el mejor gol que yo he visto en mi vida, recibiendo el balón de Di Stéfano, en el saque de centro y regateando uno tras otro a todos los jugadores contrarios hasta meterse con el balón en la portería.

Y, un día, no sé cuándo, cómo ni por qué, dejé de ver aquella insuperable belleza técnica que animaba a aquellos jugadores y comencé a ver únicamente las canalladas, las tropelías que cometía diariamente aquel equipo que protegía con todas sus fuerzas el tirano execrable, ésas que dieron origen a que en todos los campos de España le cantaran aquello de “así, así, así gana el Madrid”.

O sea que aquella adoración irreprimible se había convertido como por arte de magia en un odio todavía más irreprimible aún porque la actuación de dicho club encarnaba, representaba, constituía, promovía, propalaba, contribuía a que todo lo que yo odiaba en el mundo, como progresista, la mentira y la injusticia, siguieran rigiendo en este desdichado país.

Y esto no es un hecho aislado que se ha producido en mi pobre corazoncito sino en el de todas aquellas personas que sientan tan profundamente como yo un ansia irreprimible de verdad y de justicia, que no otra cosa es ser progresista, ser de izquierdas.

De manera que a mí no me entra en la cabeza que Rubalcaba, por ejemplo, acuda al Bernabéu, un día, vea como le roban el partido a la víctima de turno, y no sienta en lo más profundo de su alma progresista una indignación tal que le haga abominar para siempre de un club que practica esta política como estrategia habitual, no sólo con la aprobación sino con el entusiasmo de las gradas.

La solución al dilema no es, no puede ser otra que la de que Rubalcaba no siente realmente en lo más profundo de su corazón ese ansia infinita de verdad y de justicia en que consiste la auténtica pasión de un hombre progresista, porque una de las características del auténtico progresismo es su imposiblidad de contemporizar con la mentira y la injusticia, sin hacer lo que acabé haciendo yo, abjurando para siempre de mi madridismo.

Y todo esto puede predicarse, sólo que al revés, del barcelonismo, la verdad y la justicia. Un nazifascista vocacional, integral, no puede convivir pacíficamente con una posición deportiva que aspira a la verdad y la justicia por encima de sus propios intereses. De modo que el cuñado de Laporta y este tal Sr. Carlos o no son nazifascistas convencidos sino simplemente circunstanciales, o no son barcelonistas de verdad porque deberían de sentir entonces una repugnancia visceral por todo lo que tal sentimiento significa.

Como tú has citado de pasada, Vázquez Montalbán dijo una verdad como un castillo: el Barça es el ejército desarmado de Catalunya, el que defiende pacíficamente las ansias de libertad de un pueblo que se siente esencialmente oprimido, de muchas maneras, una de ellas la futbolística, con toda la razón del mundo.

También has citado a Julián Marías, hijo del discípulo predilecto de Ortega y dicen que buen escritor, yo no lo sé porque no lo he leído nunca porque me constaba su condición madridista. Bien, el tal Marías ha escrito por ahí abominando de Mourinho, pero es un error porque Mou personifica el auténtico espíritu del madridismo, mentiroso, tramposo, ventajista, chulesco, macarra, matón, no puede ser que un hijo de filósofo y escritor haya tardado tanto en descubrir la esencia del madridismo y, sobre todo, qué coño va a hacer ahora un tipo que escribió un libro que tituló “Corazón tan blanco”.

En cuanto a lo que va a suceder con otro desencantado accidental del RM, Carlos Boyero, crítico de cine de El País, no lo sé pero ya hay por ahí miles de fervorosos madridistas que piden su cabeza y no es una metáfora.