La inmanencia en la política y en el fútbol

  Cuando un tío tan esquivo, tan huraño como Valdés se deja hacer fotos como ésta con su mujer es porque necesita mucho el dinero. Tal vez esto lo explique todo.

    Thiago Alcántara cuando era jugador de las categorías inferiores del Barcelona.

Que conste que soy plenamente consciente de que el concepto de inmanencia que yo uso no es el clásico sino uno que yo he extraído de su propia derivación.

Para mí, inmanente viene de “in”, prefijo que significa “en” y “manente”, de  verbo latino “maneo, manes, manere”, que significa permanecer,  de donde inmanente es, para mi, aquello que permanece o se manifiesta o produce en sí mismo.

Supongo que muchos de ustedes ya me tenían por loco y yo estoy seguro que con razón, porque hay que estarlo para conjugar en una misma persona, en un mismo y jodido tipo, al incrédulo más grande que ha parido madre y a un tío, coño, que cree en una justicia inmanente.

Y es que yo puedo ser el tío más racionalista que pisa esta asquerosa tierra y plantear y resolver un sistema de ecuaciones con “n” incógnitas antes de ir a mear y no orinar si no lo resuelve y, por otra parte, un gilipollas que ve una mano, una jodida mano natural que le da a la gente que se lo merece un buen trompazo en todos los morros.

Y esto a propósito de Valdés y de Thiago Alcántara. No sólo no es justo ni mucho menos necesario que estos 2 tíos hayan explotado al Barça hasta el límite, viviendo a expensas de él toda sus puñeteras vidas, logrando, gracias a él, el 1º, llegar a ser considerado como uno de los mejores porteros del mundo y, el 2º, convertirse en el sucesor natural y paciente del que es, seguramente, el mejor futbolista español de todos los tiempos.

Ay, amigos, como diría un gitano, el maldito parné. ¿Será por eso? Sí, es por eso. El 1º se va a jugar si es que puede volver a hacerlo, al puñetero Mónaco, que juega sus partidos ante 5.000 personas y el otro se ha ido al todopoderoso Bayern donde va a tener, a no dudarlo, la competencia más dura del mundo, pero eso, sí, cobrando 7 u 8 millones de euros limpios al año.

Pero, amigos míos, y aquí viene lo de la jodida inmanencia, a los 2 les ha llegado la justicia en forma de la misma lesión, la terrible rotura de los ligamentos cruzados de la rodilla, algo que si no te echa a patadas del fútbol, te marca ya para siempre.

Con la agravante en el caso de Thiago de que la lesión se le ha reproducido, coño, en el mismo momento en que iba a ir con España al mundial. Más inmanente no puede ser.

 Y ya que escribimos de inmanencia, pasemos a la actualidad política.

Tal vez, el libro más profético que se haya escrito nunca es La traición de los intelectuales, de Julien Benda.

Pero nadie lo ha sabido interpretar.

Este gentuza, ¿o es canalla?, de intelectuales que nos ha tocado sufrir piensa, cree firmemente que no lo va a pagar, y muy caro.

Hay multitud de sentencias de la sabiduría que este gentuza está obviando olímpicamente, como esa que dice: “la verdad es la verdad, la diga Agamenón o su porquero”.

Pero a mí, la que más me gusta es la clásica: “veritas est adequatio rei et intellectus”, la adecuación, la concordancia de la inteligencia con la realidad. 

Y todo esto a propósito de ese asesinato de una jefa PP de León por unas camaradas suyas que se han sentido maltratadas reiteradamente por ella.

 Yo no conozco de la personalidad de la asesinada más que lo que se ha publicado, se trata de una vieja partidaria del PP con una larga carrera política, tan larga que el propio Rajoy dice que ella siempre le ayudó mucho.

¿A qué?

Todo lo que ha hecho Rajoy es malo. O, si lo prefieren, y, desde luego, suena más científico, Rajoy es un tipo que siempre hace el mal.

Pero ¿qué es el mal?

Así, al primer toque, lo contrario del bien, pero ¿qué es el bien?

Hacer lo que se halla de acuerdo con la naturaleza de las cosas.

Y el Estado se creo, políticamente, para impedir que los poderosos devoraran literalmente a los débiles.

Todo lo contrario de lo que hace Rajoy, “ergo”, como decíamos, lo que hace Rajoy, es, siempre, en todo momento, el mal, está aprovechando su dominio del mecanismo coercitivo del Estado para asesinar a los débiles y potenciar hasta el máximo el poder de los fuertes.

Y todos los que lo siguen, al nivel que sea, son por lo tanto, si no coautores del mal, por lo menos cómplices.

Y esto es lo que explica, que no justifica, definitivamente por qué y cómo ha ocurrido este asesinato.

La víctima ostentaba ni más ni menos que la friolera de 10 o 12 cargos. Sí, han leído muy bien, 10 o 12 cargos.

¿Puede una persona, por muy capaz que sea, desempeñar bien una tarea que coincide con aquélla que hizo tan famoso a Hércules?

Evidentemente, no, por eso es precisamente prototípica la tarea de Hércules, pero el poder, dijo lord Acton, corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente.

Y el hombre, y la mujer, por supuesto, tiende por su propia naturaleza  a la corrupción, incluso, los filósofos pesimistas, Nietzsche y Schopenhauer, llegan a proponer que el hombre vive sólo para la corrupción, que nuestras vidas, nuestra moradas, nuestros locales de trabajo sólo son porquerizas en las que cada uno se revuelca en su propio fango. Algo de esto pensaban también el gran filosofo inglés Hobbes cuando dijo aquello de que “homo homini lupus”, el hombre es un lobo para el hombre y el Doctor Angelicus, casi nada, lo llamó simplemente desfalleciente.

Frente a esto, ¿qué podemos hacer nosotros? Tener mucha piedad de las 3, a pesar de que sean del PP. A pesar de que, que se sepa, a lo peor hay también otras cosas aún más sucias, a mi me chirría un poco que por 18 o por 20.000 euros una persona mate a sangre fría a otra, después de haberlo planeado un par de años, el caso es, o así parece que una, al principio, prohijó a la hija de la otra fervientemente apoyándola no sólo en su carrera política sino también en la profesional, colocándola estupendamente en uno de los miles de empleos de los que disponía como si fueran suyos, y, luego, los malos vientos, vete tú a saber por qué, enfriaron aquellas estupendas relaciones y la prohijada no sólo cayó en desgracia sino que fue furiosamente perseguida hasta su propia guarida en otra localidad leonesa.

Esto ya sí que me parece, sólo desde el punto de vista de la psicología como ciencia que estudia el funcionamiento del alma humana y de sus pasiones, una explicación capaz de asumir un asunto que a primera vista parece enteramente desproporcionado, sin que esto suponga en modo alguno justificar los hechos en ningún sentido.

14 comentarios en “La inmanencia en la política y en el fútbol

  1. Rebelion. La traición de los intelectuales

    La traición de los intelectuales

    Chris Hedges
    Truthdig

    Traducido para Rebelión por Sinfo Fernández

    La reescritura que de la historia hacen las elites en el poder se hizo penosamente evidente cuando la nación marcó el décimo aniversario del comienzo de la Guerra de Iraq. Algunos afirmaron que se habían opuesto a la guerra cuando en realidad no había sido así. Otros, los “idiotas útiles de Bush”, sostuvieron que simplemente habían actuado de buena fe en función de la información de que disponían; que si hubieran sabido entonces lo que saben hoy, nos aseguraron, habrían actuado de forma muy diferente. Esto, por supuesto, es falso. Los promotores de la guerra, especialmente los “halcones liberales” –que incluían a Hillary Clinton, Chuck Schumer, Al Franken y John Kerry, además de académicos, escritores y periodistas como Bill Keller, Michael Ignatieff, Nicholas Kristof, David Remnick, Fareed Zakaria, Michael Walzer, Paul Berman, Thomas Friedman, George Packer, Anne-Marie Slaughter, Kanan Makiya y el difunto Christopher Hitchens- hicieron lo que siempre habían hecho: embarcarse en actos de supervivencia. Oponerse a la guerra hubiera sido un suicidio político. Y ellos lo sabían.

    Sin embargo, estos apologistas actuaron no sólo como animadores de la guerra; en la mayoría de los casos ridiculizaron e intentaron desacreditar a todo aquel que cuestionó el llamamiento a invadir a Iraq. Kristof, en The New York Times, atacó al cineasta Michael Moore tildándole de teórico de la conspiración y escribió que las voces contra la guerra estaban sirviendo para polarizar lo que denominó como “cloaca política”. Hitchens dijo que aquellos que se oponían a atacar a Iraq “no creen en absoluto que Sadam Husein sea un chico malo”. Llamó “antiguo hippy descerebrado o vociferante neo-estalinista” al típico manifestante antibelicista. Una década después, los desganados mea culpa de muchos de estos cortesanos evitan siempre mencionar el papel más pernicioso y fundamental que jugaron en la preparación de la guerra: acallar el debate público. Aquellos de nosotros que nos manifestamos contra la guerra, enfrentados a la embestida de los “patriotas” de derechas y sus apologistas liberales, nos convertimos en parias. En mi caso, no importó que yo hablara árabe, no importó que hubiera pasado siete años en Oriente Medio, incluyendo varios meses en Iraq, como corresponsal en el extranjero. No importó que conociera cuáles eran los objetivos de esa guerra. Las críticas de que fuimos objeto tanto yo como otros opositores a la guerra, nos convirtió en sujetos despreciables por parte de una elite liberal que quería cobardemente demostrar su propio “patriotismo” y “realismo” respecto a la seguridad nacional. La clase liberal fomentó un odio rabioso e irracional hacia todos los críticos con la guerra. Muchos de nosotros recibimos amenazas de muerte y perdimos nuestros empleos, en mi caso en The New York Times. Diez años después, esos liberales belicistas siguen ignorando tanto su bancarrota moral como su mojigatería empalagosa. Pero tienen en sus manos la sangre de cientos de miles de seres inocentes.

    Las elites en el poder, especialmente la elite liberal, han estado siempre dispuestas a sacrificar la integridad y la verdad a cambio de poder, ascenso personal, becas de fundaciones, premios, titularidades de cátedras, columnas, contratos de libros, apariciones en televisión, conferencias dotadas de generosos honorarios y estatus social. Saben lo que tienen que decir. Saben a qué ideología tienen que servir. Saben qué mentiras hay que contar: la mayor de las cuales es que asumen posturas morales sobre temas que no son precisamente inocuos o anodinos. Llevan mucho tiempo auspiciando esos juegos. Y, si sus carreras lo requirieran, nos venderían alegremente de nuevo. Leslie Gelb, en la revista Foreign Affairs, explicaba después de la invasión de Iraq: “Mi apoyo inicial a la guerra fue sintomático de las desafortunadas tendencias dentro de la comunidad de la política exterior, es decir, de la disposición e incentivos para apoyar las guerras a fin de conservar su credibilidad política y profesional”, escribió. “Nosotros, ‘los expertos’, tenemos mucho que reflexionar sobre nosotros mismos, aunque ‘pulamos’ a los medios de comunicación. Debemos redoblar nuestro compromiso con el pensamiento independiente, y acoger, en vez de desechar, opiniones y hechos que atacan la sabiduría popular, a menudo equivocada. Eso es al menos lo que nuestra democracia necesita”. La cobardía moral de las elites en el poder es especialmente evidente en lo que se refiere a la trágica situación de los palestinos. De hecho, se utiliza a la clase liberal para marginar y desacreditar a quienes, como Noam Chomsky y Norman Finkelstein, tienen la honestidad, integridad y coraje de denunciar los crímenes de guerra israelíes. Y la clase liberal se ve recompensada por ese sucio papel de ahogar el debate.

    “Para mí, nada hay más censurable que esos hábitos mentales de los intelectuales que inducen a evadirse, a ese alejamiento característico de la postura difícil y con principios, que sabes que es correcta pero que decides no asumir”, escribió el difunto Edward Said. “No quieres parecer demasiado político; tienes miedo de parecer polémico; quieres mantener una reputación de ser equilibrado, objetivo y moderado; estás esperando que vuelvan a invitarte, a consultarte, a pertenecer a una junta o comité prestigioso, y por eso permaneces dentro de la corriente dominante establecida; porque esperas conseguir algún día un grado honorario, un gran premio, quizá incluso una embajada”.

    Para un intelectual, esos hábitos mentales son corruptos por excelencia”, seguía Said. “Si algo hay que puede desnaturalizar, neutralizar y finalmente acabar con una apasionada vida intelectual, ese algo es la internalización de esos hábitos. A nivel personal, me he topado con ellos en una de las más complicadas de todas las cuestiones contemporáneas: la cuestión palestina, donde el temor a hablar claro sobre una de las mayores injusticias de la historia moderna ha coartado, ofuscado y amordazado a muchos que conocen la verdad y están en posición de servirla. Porque, a pesar del maltrato y denigración sufridos por cualquier claro defensor o defensora de los derechos y autodeterminación palestinos, merece la pena decir la verdad y que un intelectual compasivo y valiente la represente”.

    Julien Benda sostenía en su libro publicado en 1927 “La Trahison des Clercs” [La traición de los intelectuales], que esto sólo se produce cuando no nos implicamos en la búsqueda de objetivos prácticos o ventajas materiales que nos puedan servir de conciencia y correctivo. Aquellos que trasladan sus lealtades a los objetivos prácticos del poder y a las ventajas materiales se castran a sí mismos intelectual y moralmente. Benda escribió que en otro tiempo se suponía que los intelectuales eran indiferentes a las pasiones populares. “Que eran un ejemplo de compromiso puramente desinteresado con las actividades de la mente y que generaron la creencia en el valor supremo de esta forma de existencia”. Se les veía “como unos moralistas que estaban por encima del conflicto de los egoísmos humanos”. “Predicaban, en nombre de la humanidad o de la justicia, la adopción de un principio abstracto superior y directamente opuesto a esas pasiones”. Esos intelectuales, reconocía Benda, no eran capaces, con demasiada frecuencia, de impedir que los poderosos “anegaran toda la historia con el ruido de sus odios y sus matanzas”. Pero, al menos, “impidieron que los legos establecieran sus acciones como religión, les impidieron que pensaran de ellos mismos que eran grandes hombres cuando perpetraban esas actividades”. En resumen, afirmaba Benda, “la humanidad hizo el mal durante dos mil años, pero honró a los buenos. Esta contradicción era un honor para la especie humana y creó la grieta por donde la civilización se deslizó en el mundo”. Pero una vez que los intelectuales empezaron a “jugar el juego de las pasiones políticas”, aquellos que habían “actuado como freno sobre el realismo de la gente empezaron a actuar como sus estimuladores”. Y es por esta razón por la que Michael Moore tiene razón cuando culpa a The New York Times y al establishment liberal, incluso más que a George W. Bush y Dick Cheney, por la guerra de Iraq”.

    “El deseo de decir la verdad”, escribió Paul Baran, el brillante economista marxista y autor de “The Political Economy of Growth” [La economía política del crecimiento], es “sólo una de las condiciones para ser intelectual. La otra es el coraje, la disposición para emprender investigaciones racionales te lleven donde te lleven… resistiéndote… ante la cómoda y lucrativa conformidad”.

    Aquellos que desafían tenazmente la ortodoxia de las creencias, que cuestionan las pasiones políticas dominantes, que se niegan a sacrificar su integridad para servir al culto del poder, son empujados a los márgenes. Son denunciados por las mismas gentes que, años después, afirmarán a menudo que estas batallas morales son las suyas. Pero son sólo los marginados y los rebeldes los que mantienen vivas la verdad y la investigación intelectual. Los que ponen nombre a los crímenes del Estado. Los que dan su voz a las víctimas de la opresión. Los que formulan las preguntas difíciles. Y más importante, los que exponen a los poderosos, junto a sus apologistas liberales, por lo que son.

    Chris Hedges, pasó casi dos décadas como corresponsal extranjero en Centroamérica, Oriente Medio, África y los Balcanes. Ha informado desde más de cincuenta países y ha trabajado para The Christian Science Monitor, National Public Radio, The Dallas Morning News y The New York Times, para el que estuvo escribiendo durante quince años.

    Fuente: http://www.truthdig.com/report/item/the_treason_of_the_intellectuals_20130331/

    1. Pero qué grande que es mi futbolín. El día que yo menciono de pasada a Julien Benda y su maravillosa obra La traición de los intelectuales, él nos trae un artículo en el que se narran algunas de las susodichas recientes traiciones, de una de las cuales, la de Irak, con nuestro Aznar en 1ª persona, no se habla nunca en este asqueroso país, cuando lo 1º que habría que hacer cuando este hombre abriera la boca es decirle, todos, “u. a callar que es uno de los genocidas de Irak”.

  2. Gracias,por el cumplido Pepe, aunque Aznar no se le puede considerar demasiado intelectual, la intelectual es su Botella, jajaja, un abrazo.

  3. ¡FELIPE GONZÁLEZ DICE LA VERDAD!
    Luis García Montero

    La campaña electoral se parece mucho a un bombardeo de consignas, declaraciones, descalificaciones, promesas, polémicas, rumores, demagogia y fuegos artificiales. Europa queda bajo los escombros del bombardeo. Falta por saber si aparecerá viva o muerta, si es ya cadáver o hay posibilidad de salvarla. No cabe duda: por muchos escombros, por muchas distracciones y manipulaciones que se acumulen, Europa está debajo.
    Pongo un solo ejemplo, porque creo que es un acontecimiento histórico que ha sucedido en la última semana: Felipe González ha dicho una verdad. Desde que tengo uso de razón, y por edad me tocó la razón ante que la democracia, no había oído nunca a Felipe González decir una verdad. De hecho es un ejemplo acabado del cinismo político que configura la razón de Estado posmoderna.
    A los ciudadanos concebidos como niños, se les puede tratar con mentiras piadosas. Aunque las formas exigen la representación electoral, el verdadero poder, el que conviene, el que sabe, el que lleva el timón, no puede dejarse en manos del pueblo. Está bien donde está: en las altas esferas. Por eso es necesaria la rutina del engaño.
    Felipe González vivió momentos de gloria con el asunto de la OTAN. Fue una obra de arte utilizar en 1982 el no a la OTAN para conseguir un Gobierno que tenía como una de sus tareas prioritarias el sí a la OTAN. La manipulación mediática que se volcó más tarde sobre el referéndum de 1986 fue un curso acelerado de degradación democrática. Pero si dejamos a un lado las actuaciones estelares, podremos valorar la importancia de la rutina: la mentira como equipaje imprescindible del Gobierno. Hizo escuela en la Moncloa y en esas seguimos.
    Que Felipe González era partidario de una gran coalición entre PSOE y PP resultaba previsible. De hecho llevaba tiempo trabajando en este proyecto con el apoyo de algunos grandes nombres del periodismo y la banca española. Parece lógico, se trata de un capítulo más de la fascinación de Felipe González por el mundo del dinero y de su desprecio por cualquier izquierda que no acepte ser un brazo político del Banco de Santander. Quiere un PSOE que no mire a la izquierda, sino que se dedique a consolidar el sistema.
    La gran coalición evidencia así que el PSOE, según Felipe, tiene más que ver con el PP que con IU. Las soluciones a la crisis deben venir de una reafirmación de votos con el mundo del dinero, el abrazo que caracterizó el glamour de sus gobiernos y que ha definido después su jubilación y sus viajes por el ancho mundo y por los consejos de administración.
    Así que no es raro que Felipe González sea partidario de la gran coalición. Lo verdaderamente significativo es que lo diga, que no tape su trabajo hacia el sí con un no para andar por los mítines. En otros tiempos, Felipe hubiese hecho como Elena Valenciano, hubiese pedido el voto para detener las privatizaciones, ocultando con una sonrisa el historial del PSOE en el afán privatizador y en el desmantelamiento del Estado.
    No sé si hace falta decir que el PSOE y el PP no son iguales. Y si bajamos a la militancia de base, las diferencias son claras. La lógica del bipartidismo no consiste en que sean los mismos perros con distinto collar, sino en que sean distintos perros con un mismo collar: el predominio del poder económico heredado del franquismo. Las mentiras de Felipe González y su responsabilidad de Estado han servido por tradición para encadenar el voto socialista a las élites financieras.
    Si ahora dice la verdad, no es por un descuido. Si ha disparado a la línea de flotación de la campaña electoral de su partido, es porque le interesa que no tenga un buen resultado, que no se vea a sí mismo como alternativa de Gobierno, que la tan cacareada renovación no signifique un cambio de rumbo, sino una vuelta al espíritu de la Transición. El gran pacto entre el PSOE y el PP es la versión en el siglo XXI de la Transición, un gesto esperado por el rey y la banca.
    La polémica desatada por Felipe González forma parte de los escombros de esta semana. Pero un escombro bien leído nos lleva al cuerpo sepultado. ¿Es que esta Europa de la desigualdad no es la gran obra de un pacto entre conservadores y socialdemócratas? No hablo de coyunturas, sino de la creación de una dinámica política y financiera para liquidar la soberanía popular y los Estados en favor de la impunidad especulativa.
    Así que el pacto PSOE-PP no supone alterar el debate europeo con asuntos de política nacional. Supone poner el dedo en la llaga, hablar de la política que nos ha hecho desde Europa más pobres y menos dueños de nuestro destino.
    http://blogs.publico.es/luis-garcia-montero/1054/felipe-gonzalez-dice-la-verdad/

  4. La impunidad del piquete empresarial y el castigo del piquete sindical. Isaac Rosa
    http://www.eldiario.es/zonacritica/piquete_sindical_huelga_6_260433983.html
    ¿Cuántos piquetes empresariales fueron detenidos en las últimas huelgas generales? ¿Cuántos miembros de esos piquetes empresariales han sido juzgados, cuántos condenados? ¿Cuántos han recibido penas de cárcel?

    Sí, han leído bien: he dicho “piquetes empresariales”, no sindicales. En cada huelga general los primeros actúan con toda la violencia de que son capaces, pero nunca los vemos. Son discretos, no van por ahí gritando, con silbatos y megáfonos, poniendo pegatinas, como sí hacen los piquetes informativos de los sindicatos.

    Los piquetes empresariales, que a diferencia de los sindicales no han sido reconocidos por el Constitucional ni por ninguna forma de legalidad, actúan en cada huelga. Coaccionan a muchos trabajadores para que acudan a sus puestos de trabajo, obstaculizan la actuación de los representantes sindicales, y a menudo recurren al esquirolaje, como el caso reciente de Coca Cola.

    En las últimas huelgas generales los piquetes empresariales se emplearon a fondo. Sé de muchos trabajadores que no pudieron ejercer su derecho de huelga por miedo al despido o la no renovación del contrato, después de que el jefe de turno pasase lista los días previos para ver quién iba a hacer huelga. Esa es la versión sutil, la de quienes preguntan y dicen que lo hacen por necesidades de organización. Luego está la versión más burda, los que directamente amenazan de despido a quien se le ocurra hacer huelga.

    ¿Cuántos de esos violentos piquetes fueron detenidos en la jornada de huelga? ¿Y en los meses posteriores? ¿Contra cuántos cargó la policía? ¿Cuántos han sido condenados? ¿Para cuántos de ellos pidió el fiscal la pena máxima de tres años de cárcel por delito contra los derechos de los trabajadores?

    Busco y rebusco, y solo encuentro unas pocas sentencias contra empresas por vulnerar el derecho de huelga en las dos generales de 2012. Y en todos los casos no ha ido más allá de sanciones económicas, y ni siquiera la máxima posible.

    Ahora veamos qué sucede con los piquetes sindicales. Sin hacer ningún tipo de simetría entre unos y otros, pues estos sí están autorizados, son parte del derecho de huelga. No es delito ir a una empresa para informar a los trabajadores durante una huelga, siempre que no haya coacción. Incluso si se trata de una empresa donde el piquete empresarial ha coaccionado previamente a los trabajadores para que permanezcan en sus puestos.

    En las últimas dos huelgas generales, las de 2012, cientos de miembros de piquetes fueron detenidos en la misma jornada. Y otros muchos recibieron la visita policial o la citación judicial en meses posteriores. La justicia lleva sus ritmos, y ahora vamos sabiendo de los primeros juicios y condenas. Y en todos los casos, de manera sistemática, el fiscal pide la pena máxima por delito contra los derechos de los trabajadores (artículo 315.3 del Código Penal): tres años de prisión. A los que siempre se suman otros delitos, atentado contra la autoridad o lesiones, para acabar pidiendo más años de cárcel, y multas elevadas.

    En la mayoría de los casos se repite el mismo relato de los hechos: un piquete informativo que llega a un centro de trabajo (una cafetería, por ejemplo) que está abierto y con trabajadores dentro. El piquete quiere entrar a informar de sus derechos a los trabajadores, y así comprobar si ya ha actuado el piquete empresarial de turno. Entonces se produce el típico encontronazo sin consecuencias: gritos, pegatinas en la fachada, tensión, llegada de la policía, empujones, carga y detenidos. Luego viene la denuncia, y el parte hospitalario del policía que siempre se luxa un dedo. Conozco varios casos así, como el de los miembros de UGT José Manuel y Rubén, para quienes el fiscal pide siete años de cárcel para cada uno por un incidente como el relatado, durante la huelga del 29 de marzo de 2012. O el caso de Carmen y Carlos en Granada, pero hay muchos otros, y muy similares.

    Este tipo de incidentes vienen ocurriendo en huelgas desde los primeros años de esta democracia. Pero hasta ahora primaba el derecho de huelga por encima de otras consideraciones, y aunque había denuncias y sanciones, era raro el caso en que se pedían penas de cárcel por sucesos sin gravedad. Hasta ahora, que la justicia ha decidido ser ejemplarizante. Impunidad para el piquete empresarial, mano dura contra el piquete sindical. Está claro el mensaje para futuras huelgas.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s