Un intento de análisis de un trozo de historia

 No soy stalinista pero creo que si Stalin no se hubiera unido a los aliados, rompiendo o traicionando sus pactos iniciales con Hítler, hoy, quizá, todos seríamos hitlerianos. Lo que, en cierto modo, sería igual porque ahora todos somos merkelianos, o sea; unos jodidos alemanes de 2ª o 3ª clase. “Deutschland, Destuschland über alles”, Alemania, coño, Alemania, sobre todo.

 Ahora, soy barcelonista, pero en mi juventud fui madridista, primero, porque aún no tenía uso verdadero de razón y, segundo, porque yo estaba obsesionado por la práctica del fútbol, quería ser futbolista profesional a pesar de que mi padre, entrenador de dicho deporte, me había dicho que no tenía nada que hacer y el Madrid, en aquellos tiempos de piedra, era el equipo que mejor jugaba al fútbol.

 Pero la vida me fue jodiendo lo suficiente, cada día, para que en mi dura mollera de hierro entraran unas, pocas, ideas: 1) la vida es una lucha a muerte entre el Bien y el Mal, entre Dios y el Diablo, entre cartagineses y romanos, entre éstos y los bárbaros, entre Napoleón y el resto de Europa, entre alemanes y japoneses contra el resto del mundo, entre rusos y americanos y entre éstos y los chinos.

 O sea que la vida no es más que una asquerosa lucha a muerte por el puñetero poder en la que nadie, quiéralo o no, puede quedarse al margen porque, entre otras cosas, esa jodida guerra a muerte se produce también por él.

 Es por eso por lo que me produce tanto asombro cuando me topo con esos estúpidos casi inconcebibles: los imparciales, los neutrales, los equidistantes pero, coño, ¿es que estos jodidos imbéciles son incapaces de comprender que esa lucha a muerte que no cesa ni un instante se producirse, se libra también por él?

 Son tan imbéciles que son capaces de protagonizar aquel maravilloso cuento que yo siempre he atribuido a mi admirado Bertold Brecht pero que algunos furibundos enemigos del genio inventor del teatro épico, ahora atribuyen a un tal Niemeyer, bueno, el resultado es el mismo, en él se refleja la insuperable estupidez de la mayoría del género humano.

 -Un día, las SS o la Gestapo, es igual, vinieron a por el vecino del 4º, porque era judío y yo dije, bueno, a mi, qué, yo no soy judío. Otro dìa vinieron por el vecino del 3º, porque era polaco y yo dije, bueno, a mi, qué, yo no soy polaco, y otro lo hicieron para llevarse al del 2º porque era ruso o magyar y yo continué diciendo lo mismo: a mí, qué coño me va en esto si no soy ruso ni magyar y, luego, se llevaron al del 1º porque el puñetero era turco y yo, erre que erre, no tengo nada que ver con eso porque no soy turco, hasta que los jodidos SS o la puñetera Gestapo vinieron a por mi porque era, soy y serè comunista y, como sucedió en todos los otros casos, nadie movió un sólo dedo por mi, porque en aquella puñetera casa no había nadie que fuera comunista.

 Entonces, la Gestapo o las SS, no eran sino el Poder. O el Bien, o el Mal, o los cartagineses o los romanos, o los franceses o el resto de Europa, o los jodidos alemanes y los japones o aquellos asquerosos aliados que, cuando creyeron que era oportuno, arrojaron las bombas atómicas sobre Hirosima y Nagasaki, o estos usanianos de ahora que, porque los irakíes tuvieron la desgracia de vivir sobre ingentes yacimientos de petróleo, reclamaron la ayuda sólo moral, porque la material no la necesitaban, de los ingleses de Blair y de los españoles de Aznar para cometer uno de los más grandes genocidios de la Historia que todavía hoy sigue ensangrentando casi todos los días aquel desdichado país.

 Pero, como siempre, creo que me he ido demasiado lejos. Estaba tratando de decir que la Historia no es sino un continuum dialéctico en el que luchan a muerte las fuerzas del Bien y del Mal, o sea de los poderosos y los desposeídos, un continuum constituido por sucesivos episodios en cada uno de los cuales a cada uno de nosotros se nos presenta en gran dilema: ¿de parte de quién hemos de situarnos inexcusablemente, porque hay que hacerlo, no valen ni el voto en blanco ni la abstención, porque a las fuerzas del jodido mal no las vamos a detener sólo con el desprecio, será, como siempre, necesaria la fuerza, la violencia?

 Y tampoco las vamos a detener con esos asquerosos remilgos de conciencia, de pureza, decía el que es tal vez el mayor de mis maestros que las jodidas y limpias manos hay constantemente que ensuciárselas, coño, metiéndolas en el puñetero fango tantas veces como sea necesario, como hizo Stalin traicionando a su aliado Hitler, cuando comprendió que éste y no Rooselvet y Churcill era el verdadero, el inmediato peligro y, luego, cuando Hitler fue historia, revolviéndose contra sus nuevos y perversos aliados.

 Porque la vida, también, es una lucha continua.

 Y todo esto a propósito de Anguita y del 15M y de la DRY.

 He dicho antes que “in illo tempore” fui madridista, hasta que mi aparato cognitivo logro el suficiente desarrollo para comprender que el RM no es sino la encarnación futbolística del Mal.

 Igualmente, en otro tiempo pasado pero menos lejano fui anguitista, de  Anguita, porque Julio encarnaba todo mi ideario hasta que un día contemplé asombrado cómo este hombre que representaba mi deseo indesmayable de derrotar en todo momento al poder de la ultraderecha, o sea, al jodido, al auténtico, al canallesco poder, enfurecido porque uno de los personajes más nocivos de la historia española se cebaba continuamente con él, haciéndolo objeto continuo del mayor de sus desprecios, no dudó un instante en aliarse con Aznar, bajo los auspicios del inefable Pedro J., para derrotar a su odiado Moloch, el canallesco Felipe Conzález, que era nefasto e inmoral pero que comparado con lo que Aznar era y pretendía, representaba no sólo el mal menor sino también el único dique, la única barrera que nos separaba de la invasión maléfica del auténtico PODER, así con todas mayúsculas, lo que significó el principio de este desastre que ahora nos ha llevada a la pérdida, en unos pocos, años de todo lo que habíamos ganado en siglos de la más sangrante y dolorosa lucha.

 Enel mismo sentido, el 15M y DRY consintieron,alentaron, ayudaron con su falsa e hipócrita teoria de la imparcialidad, la neutralidd y la equidistancia a que esta 2ª y quizá definitiva ola de la reacción, barra ojalá no sea para siempre hasta los últimos vestigios de los avances que el marxismo propició sobre esta desolada Tierra.

 

 

8 comentarios en “Un intento de análisis de un trozo de historia

  1. Muy bueno futbolín, lo de Elpidio es fantástico y el resto no le va a la zaga..

    1) Después de las roboluciones árabes, Siria, Ucrania, Venezuela, vale todo, la partida geoestratégica continúa…
    http://hablandorepublica.blogspot.com.es/2014/02/supuestas-fotografias-de-venezuela-y-la.html?m=1

    2)15 NEGRITOS. Antón Losada
    http://www.eldiario.es/zonacritica/negritos_6_229637039.html

    3) http://www.espiaenelcongreso.com/2014/01/27/rajoy-ha-hecho-millonarios-32-parientes-y-amigos-gallegos-todos-los-nombres/

  2. CUENTOS CAPITALISTAS DE ILUSIÓN Y MIEDO (MATRIX)
    http://www.diario-octubre.com/2014/02/17/cuentos-capitalistas-de-ilusion-y-miedo/
    Vivimos de historias, relatos y cuentos narrados por el poder establecido. La vida es un cuento, una historia que suena bien, un relato plagado de imágenes que nada tiene que ver con la realidad acuciante del día a día. La realidad es el relato; el relato crea la realidad.

    Tanto en política como en publicidad, lo que vende e ilusiona no es la cruda realidad ni el objeto de consumo sino la narración interesada que de ella y ello se hace. Vivimos sumergidos plenamente dentro de una ficción global que se renueva cotidianamente, minuto a minuto, cada mirada es una secuencia nueva, cada impacto publicitario una erosión de nuestra conciencia crítica. Esa ficción es una historia sin fin que apela y exalta nuestras emociones primarias, nuestros sueños imposibles, constituyendo la base de una ideología difusa, intangible, una especie de segunda piel que dicta los gustos, las costumbres y los impulsos individuales y sociales.

    El poder dice que varios monstruos malvados amenazan nuestra seguridad: los fantasmales mercados y las avalanchas de inmigrantes a un paso del cálido hogar. Los dos relatos se superponen entre sí y se complementan a la perfección, creando un espacio político e ideológico que lubrica, conforma y fundamenta nuestro ideario más íntimo.

    Los relatos del poder establecido ganan votos y elecciones. Sirven también para vender automóviles, viajes exóticos y productos de cosmética. El pack es el mismo: capitalismo de buenos y callados ciudadanos y de consumidores pasivos atentos a la última moda y el fetiche más intrascendente. El mensaje resulta evidente: habitamos el mejor de los mundos posibles, no hay alternativa a la sociedad actual del neoliberalismo.

    Los jirones de realidad se van desvaneciendo paulatinamente en mitad de los relatos que emanan de la globalización comunicativa. Igual pasa con los gritos contestatarios: se apagan en medio de un océano de mensajes e imágenes omnicomprensivos y fatales. El relato capitalista puede con todo, la realidad es un enemigo muy pequeño y deslavazado para competir contra la fuerza ideológica de una historia oficial que copa los mass media y diluye lo real en acontecimientos biodegradables al instante.

    El régimen capitalista es una historia autorreferente que solo se vende a sí mismo. Más allá del producto particular, está el envoltorio o la trama ideológica que verdaderamente lo fabrica. En puridad, no se compran bienes y servicios que satisfagan necesidades vitales: se adquiere estatus, comparaciones con el semejante, vibraciones sentimentales instantáneas, autoestima evanescente, en suma, un relato breve y sucinto en el que sentirnos protagonistas por un momento, por una fugacidad eléctrica y onanista.

    Esa fugacidad de falso triunfador precisa de antagonistas a los que vencer e hincar la furia de la precariedad que soportamos. Los malos de la película son los sinsabores de la propia vida: el miedo a la marginalidad, el trabajo de calidad ínfima, la huida del compromiso público, el futuro inexistente, el yo colmado de vaciedades que se tocan en suspiros que se pagan al contado o mediante dinero de plástico.

    Los relatos, no obstante, hay que renovarlos todos los días y adaptarlos a las circunstancias concretas de cada época o coyuntura histórica. Los mensajes se gastan con el uso, llegan a aburrir cuando observamos que los otros también han alcanzado el nirvana del objeto deseado. Cuando la saturación aparece, el sistema puede hacer crack de forma súbita, hay que elaborar quimeras de nuevo cuño para crear tendencias originales que ofrezcan a la masa otros derroteros a seguir e imitar.

    Sin embargo, la sustancia de lo nuevo continúa siendo igual a la anterior, con dos ingredientes básicos imperecederos, ilusión y miedo. Toda ilusión emergente va acompañada siempre de miedos o herramientas de presión que hacen apetecible entregarse de lleno a los mensajes y señuelos de nueva estirpe. La ilusión adopta el rol de policía bueno mientras que el papel de policía malo se reserva para el miedo escénico.

    Comprar lo nuevo viene a significar huir del ambiente de miedo que nos rodea, el porvenir incierto, la crisis permanente, el despido en ciernes. Comprar es una victoria rápida contra la precariedad que nos acecha. Victoria efímera, por supuesto. Pero esa es la razón de ser del capitalismo: pequeños triunfos para continuar adquiriendo fetiches sin reparar en las profundas relaciones sociales, políticas e ideológicas que nos hacen ser como somos.

    No hay alternativa al capitalismo neoliberal sin historia potente que contrarreste los efectos de sus millones de relatos posmodernos que pueblan el escenario público imaginario. Quitarse el miedo resultaría primordial para entrever una remota posibilidad de fractura del sistema. Sin pánico colectivo, la realidad podría hacer frente a las ilusiones que pueblan la ideología dominante.

    Ese camino es arduo y complejo. Precisa de batallas culturales hondas y coherentes, globales y críticas, rebeldes y valientes. No solo con medidas económicas será posible ni factible que los sedimentos de la costumbre y la tradición puedan erradicarse de las mentes individuales y del teatro social. Lo señalamos al principio, vivimos de relatos ideológicos escritos por la clase hegemónica y el poder establecido. Salirse de la historia capitalista precisa romper radicalmente con el cuento que nos cuentan a diario. Tarea complicada, no obstante, evadirse del texto y el contexto y hallarse en el páramo infernal de la nada absoluta, esto es, de la libertad extrema y existencial de dialogar con el otro y crear así juntos espacios de encuentro para transformar la realidad dialécticamente. Sin miedos inducidos ni ilusiones vanas.

  3. Un extracto de este enlace..
    http://www.diario-octubre.com/2014/02/18/terremoto-de-divisas-el-dinero-es-ficticio-en-el-capitalismo/
    Pero vayamos por fin al meollo de la cuestión y hagamos por tanto un análisis marxista y revolucionario de la cuestión para no quedarnos en el análisis superficial y reformista de que hay un capitalismo “productivo” y “real” y otro capitalismo “especulativo” y “salvaje”.

    Dejando a un lado el macabro mundo de las finanzas que tanto asusta y aterra a nuestros amigos de la izquierda “transformadora” (IU, PODEMOS,…) nos vamos a centrar en las mercancías puras y duras.

    Supongamos que no existe el dinero “ficticio”, los banqueros, los “especuladores”,… y que sólo hay mercancías, bienes materiales o espirituales, que se intercambian entre sí.

    No existe comercio “justo” en la economía de mercado

    Todas esas mercancías a su vez se pueden descomponer en una materia, en una sustancia común: el trabajo social, colectivo invertido en producirlas. Pues bien, en todo comercio, en toda transacción mercantil (pues estamos hablando de la economía de mercado inherente al capitalismo) existe una especulación y un robo de ese trabajo social.

    El capitalista o empresario dueño de los medios de producción vende las mercancías por el valor de ese trabajo, medido en tiempo de trabajo, en jornadas que cuesta producirlas. Pero al ejecutor de ese trabajo, al asalariado no le paga por ese trabajo, sino por lo que cuesta mantenerlo en pie durante un día, una semana o un mes. Es decir, lo que cuestan los bienes o las mercancías que necesita ese asalariado para alimentarse, formarse, mantener a su familia par aque se reproduzca el ejército de proletarios,… Así está calculado el salario o el precio de su fuerza de trabajo en función del coste de vida y siempre después de que este cambie. El salario no es por tanto el precio de su trabajo si no el precio de la fuerza de trabajo, del alquiler de la capacidad física y mental por las horas, días o meses que marca un contrato de partida.

    Es ahí donde reside el meollo del capitalismo y donde reside el robo y la estafa central de dicho sistema. El empresario paga la fuerza de trabajo del asalariado (el coste de mantenerlo) pero vende el trabajo que realiza echando éste más horas de las que necesita para reponer el coste de las mercancías que consume para mantenerse. Ese trabajo de más, ese “plus-trabajo”, es el que producía el valor de más que vende el empresario, la famosa “plusvalía” que tanto capitalistas como sus aliados de la aristocracia obrera (dirigentes sindicales, dirigentes de la izquierda,…) ocultan de manera fraglante en todos sus discursos públicos.

    Y así tenemos que esa burbuja hinchable por entero que es el capitalismo se basa en la acumulación desde hace varios siglos de esa parte del trabajo no remunerada a las clases trabajadoras. Por supuesto a eso se añade otros mecanismos que permiten mayores ganancias al capitalista como devaluar las monedas (con el mismo salario el trabajador podrá comprar menos bienes) o el simpre desarrollo de las fuerzas productivas que al aumentar la cantidad de mercancías que se producen en el mismo tiempo de trabajo permite así extraer más plusvalías por cada asalariado.

    Pongamos colofón a esta concatenación de causas efectos con unas inspiradoras palabras del genial Karl Marx que nos permitió a los obreros desenmascar el misterioso mérito de los hombres de éxito que pretenden ser nuestros “queridos” explotadores los capitalistas:“¿De dónde proviene ese hecho peregrino de que en el mercado nos encontramos con un grupo de compradores que poseen tierras, maquinaria, materias primas y medios de vida, cosas todas que, fuera de la tierra virgen, son otros tantos productos del trabajo, y, de otro lado, un grupo de vendedores que no tienen nada que vender más que su fuerza de trabajo, sus brazos laboriosos y sus cerebros?

    ¿Cómo se explica que uno de los grupos compre constantemente para obtener una ganancia y enriquecerse, mientras que el otro grupo vende constantemente para ganar el sustento de su vida? La investigación de este problema sería la investigación de aquello que los economistas denominan «acumulación previa u originaria», pero que debería llamarse, expropiación originaria. Y veríamos entonces que esta llamada acumulación originaria no es sino una serie de procesos históricos que acabaron destruyendo la unidad originaria que existía entre el hombre trabajador y sus medios de trabajo […].

    Una vez consumada la separación entre el trabajador y los medios de trabajo, este estado de cosas se mantendrá y se reproducirá en una escala cada vez más vasta, hasta que una nueva y radical revolución del modo de producción lo eche por tierra y restaure la unidad originaria bajo una forma histórica nueva.”10

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