Los hijos de Fraga

 Llevo siglos diciéndolo: la Constitución española es un tampantojo, o sea, un señuelo que se sacó del bolsillo una de las personas más perniciosas para este país que se llamó Manuel Fraga.
Ya sé, ya sé, ya sé que además de Fraga hubo en aquel conciliábulo incluso algún tipo del partido comunista pero¿quién sabe los compromisos que Carrillo tuvo que firmar para que le dejaran vivir casi en paz en aquella horrible España de 1.978?
 El otro día, en las sagradas Cortes españolas, se intentó que ese gran canalla que es Rajoy rindiera cuentas ante los españoles por haber mentido en sede parlamentaria a la ciudadanía, tal como se dedujo de la declaración de Cospedal, la secretaria general del PP ante el juez Ruz, uno, por cierto, de mi temas pendientes, en la que dijo que la continuidad de Bárcenas en el PP, después de su cese como senador, se pactó en el despacho de Rajoy, entre éste, Javier Arenas, Bárcenas y su mujer, siendo así que el impresentable del presidente de gobierno había afirmado en el Congreso que la relación del tesorero con el PP había concluido hacía ya no sé cuanto tiempo.
 Y el presidente del Congreso, que, legalmente,  no es un funcionario del PP sino de todos lo ciudadanos españoles, sea cual fuere su partido político, en lugar de admitir la solicitud que al respecto le había hecho el grupo parlamentario UPD, la desechó de plano, incumpliendo así la obligación principal de su presidencia del Congreso de que éste cumpla con la función de control del gobierno.
 Es por eso que el grupo parlamentario de Upd intentará por todos los medios que se produzca una reprobación de la cámara a su presidente por haber olvidado que él no se debe en modo alguno a la función de proteger al PP, en cuyas filas milita, sino a protegernos a todos nosotros de todas las posibles canalladas que Rajoy y sus congéneres cometan contra este pueblo de borregos que, en su día, les votó mayoritariamente para que apretaran aún más el dogal que ciñe nuestros cuellos.
 Es por eso por lo que yo rechazo con todas mis fuerzas una Constitución que impide controlar al gobierno cuando éste goza de la  mayoría absoluta de las cámaras, como Fraga sabía que iba a ocurrir siempre, dado el sistema electoral con el que iba a proteger a los partidos de derechas.

Los hijos de Fraga

 Llevo siglos diciéndolo: la Constitución española es un tampantojo, o sea, un señuelo que se sacó del bolsillo una de las personas más perniciosas para este país que se llamó Manuel Fraga.

Ya sé, ya sé, ya sé que además de Fraga hubo en aquel conciliábulo incluso algún tipo del partido comunista pero¿quién sabe los compromisos que Carrillo tuvo que firmar para que le dejaran vivir casi en paz en aquella horrible España de 1.978?

 El otro día, en las sagradas Cortes españolas, se intentó que ese gran canalla que es Rajoy rindiera cuentas ante los españoles por haber mentido en sede parlamentaria a la ciudadanía, tal como se dedujo de la declaración de Cospedal, la secretaria general del PP ante el juez Ruz, uno, por cierto, de mi temas pendientes, en la que dijo que la continuidad de Bárcenas en el PP, después de su cese como senador, se pactó en el despacho de Rajoy, entre éste, Javier Arenas, Bárcenas y su mujer, siendo así que el impresentable del presidente de gobierno había afirmado en el Congreso que la relación del tesorero con el PP había concluido hacía ya no sé cuanto tiempo.

 Y el presidente del Congreso, que, legalmente,  no es un funcionario del PP sino de todos lo ciudadanos españoles, sea cual fuere su partido político, en lugar de admitir la solicitud que al respecto le había hecho el grupo parlamentario UPD, la desechó de plano, incumpliendo así la obligación principal de su presidencia del Congreso de que éste cumpla con la función de control del gobierno.

 Es por eso que el grupo parlamentario de Upd intentará por todos los medios que se produzca una reprobación de la cámara a su presidente por haber olvidado que él no se debe en modo alguno a la función de proteger al PP, en cuyas filas milita, sino a protegernos a todos nosotros de todas las posibles canalladas que Rajoy y sus congéneres cometan contra este pueblo de borregos que, en su día, les votó mayoritariamente para que apretaran aún más el dogal que ciñe nuestros cuellos.

 Es por eso por lo que yo rechazo con todas mis fuerzas una Constitución que impide controlar al gobierno cuando éste goza de la  mayoría absoluta de las cámaras, como Fraga sabía que iba a ocurrir siempre, dado el sistema electoral con el que iba a proteger a los partidos de derechas.

 

La involución sistemática, la revolución conservadora, es preciso que todo cambie para que todo siga igual, el emperador Jones, panorama desde el puente, los justos, las manos sucias, cui prodest, decisión final: la confesión de parte.

  Lo he dicho mil veces: no creo en los científicos, que venden su alma al Diablo por un jodido plato de lentejas, no creo en los sacerdotes que drogan a los pueblos, ni a los juristas que dictan leyes que sólo tienden a su esclavitud, sería de locos hacerlo en los militares, meros asesinos vocacionales, o en los políticos, la estupidez más grande de toda la Historia.
 Sólo creo en los poetas, que buscan la verdad a través de sus corazones heridos.
 Hace ya no sé cuántos miles de años que Eugene O’Neill escribió El emperados Jones, con un Obama sangriento huyendo de la memoria de sus crímenes, al propio tiempo que Albert Camus El extranjero, La Peste, El estado de sitio y Los justos, mientras Arthur Miller creaba Las Brujas de Salem y nos mostraba la inmensa tortura del hombre moderno con La muerte de un viajante, contemplando el Panorama desde el puente, lo que llevó a Sartre a experimentar  La náusea.
 Pero, de vez en cuanto, los juristas, sin querer, aprietan la tecla adecuada y erigen como principio inderogable para averiguar la verdad el ¿”cui prodest”?, ¿a quién aprovecha?, que nada menos que Séneca utilizó en el primer acto de su Medea para establecer indubitablemente quiénes eran los autores de los crímenes: “cui prodest  scelus, is facit”, al que aprovecha el crimen es quien lo ha cometido.
 Y todo esto para decir que, para mi, quien ha gaseado a esas víctimas inocentes de Siria que no participan de ninguna manera en la lucha por el poder sino que sólo la sufren, es o son aquel o aquellos a quien ese crimen de lesa humanidad beneficia, o sea, a los Usa o a sus agentes en el conflicto.
 Porque ¿en qué cabeza cabe que el Asad, sabiendo que tiene en contra a la Onu, que puede en cualquier momento declarar una guerra santa contra él, que, en realidad, está deseando hacerlo para así favorecer los intereses de su fundador y sostenedor ecónomico, ofreciera a todos sus enemigos, que son la mayoría y los más poderosos, esta magnifica ofrenda en bandeja de oro?
 Es de locos. Los autores de la gasificación son los mercenarios que las potencias occidentales han enviado a allí para que realicen un trabajo que ellas no pueden llevar a cabo descaradamente porque esto significaría establecer ya para siempre quienes son los culpables del derramamiento de toda la sangre en el mundo.
 Y, ahora, invoco otro de los grandes principios jurídicos: hay que creer aquello que una de las partes en el litigio expone espontáneamente:
 Veamos lo que nos dice libremente ese elegantes “gentleman” que fue Allen Wels Dulles, el dilecto hermano del gran John Foster Dulles, el cerebro que dirigió la política del general Eisenhower cuando fue presidente de los Usa:
«Sembrando el caos en la Unión Soviética sustituiremos sus valores, sin que sea percibido, por otros falsos, y les obligaremos a creer en ellos. Encontraremos a nuestros aliados y correligionarios en la propia Rusia. Episodio tras episodio se va a representar por sus proporciones una grandiosa tragedia, la de la muerte del más irreductible pueblo en la tierra, la tragedia de la definitiva e irreversible extinción de su autoconciencia. De la literatura y el arte, por ejemplo, haremos desaparecer su carga social. Deshabituaremos a los artistas, les quitaremos las ganas de dedicarse al arte, a la investigación de los procesos que se desarrollan en el interior de la sociedad. Literatura, cine, teatro, deberán reflejar y enaltecer los más bajos sentimientos humanos. Apoyaremos y encumbraremos por todos los medios a los denominados artistas que comenzarán a sembrar e inculcar en la conciencia humana el culto del sexo, de la violencia, el sadismo, la traición. En una palabra: cualquier tipo de inmoralidad. En la dirección del Estado crearemos el caos y la confusión. De una manera imperceptible, pero activa y constante, propiciaremos el despotismo de los funcionarios, el soborno, la corrupción, la falta de principios. La honradez y la honestidad serán ridiculizadas [como] innecesarias y convertidas en un vestigio del pasado. El descaro, la insolencia, el engaño y la mentira, el alcoholismo [y] la drogadicción, el miedo irracional entre semejantes, la traición, el nacionalismo, la enemistad entre los pueblos y, ante todo, el odio al pueblo ruso; todo esto es lo que vamos a cultivar hábilmente hasta que reviente como el capullo de una flor.
Sólo unos pocos acertarán a sospechar e incluso comprender lo que realmente sucede. Pero a esa gente la situaremos en una posición de indefensión, ridiculizándolos, encontrando la manera de calumniarlos, desacreditarlos y señalarlos como desechos de la sociedad. Haremos parecer chabacanos los fundamentos de la moralidad, destruyéndolos. Nuestra principal apuesta será la juventud. La corromperemos, desmoralizaremos, pervertiremos (…)».
Allen Wels Dulles
Extracto del libro The Craft of Intelligence (El arte de la Inteligencia, 1963).
Dulles fue director de la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos (CIA) entre 1953 y 1961.

La involución sistemática, la revolución conservadora, es preciso que todo cambie para que todo siga igual, el emperador Jones, panorama desde el puente, los justos, las manos sucias, “cui prodest”, decisión final: la confesión de parte.

 

  Lo he dicho mil veces: no creo en los científicos, que venden su alma al Diablo por un jodido plato de lentejas, no creo en los sacerdotes que drogan a los pueblos, ni a los juristas que dictan leyes que sólo tienden a su esclavitud, sería de locos hacerlo en los militares, meros asesinos vocacionales, o en los políticos, la estupidez más grande de toda la Historia.

 Sólo creo en los poetas, que buscan la verdad a través de sus corazones heridos.

 Hace ya no sé cuántos miles de años que Eugene O’Neill escribió El emperados Jones, con un Obama sangriento huyendo de la memoria de sus crímenes, al propio tiempo que Albert Camus El extranjero, La Peste, El estado de sitio y Los justos, mientras Arthur Miller creaba Las Brujas de Salem y nos mostraba la inmensa tortura del hombre moderno con La muerte de un viajante, contemplando el Panorama desde el puente, lo que llevó a Sartre a experimentar  La náusea.

 Pero, de vez en cuanto, los juristas, sin querer, aprietan la tecla adecuada y erigen como principio inderogable para averiguar la verdad el ¿”cui prodest”?, ¿a quién aprovecha?, que nada menos que Séneca utilizó en el primer acto de su Medea para establecer indubitablemente quiénes eran los autores de los crímenes: “cui prodest  scelus, is facit”, al que aprovecha el crimen es quien lo ha cometido.

 Y todo esto para decir que, para mi, quien ha gaseado a esas víctimas inocentes de Siria que no participan de ninguna manera en la lucha por el poder sino que sólo la sufren, es o son aquel o aquellos a quien ese crimen de lesa humanidad beneficia, o sea, a los Usa o a sus agentes en el conflicto.

 Porque ¿en qué cabeza cabe que el Asad, sabiendo que tiene en contra a la Onu, que puede en cualquier momento declarar una guerra santa contra él, que, en realidad, está deseando hacerlo para así favorecer los intereses de su fundador y sostenedor ecónomico, ofreciera a todos sus enemigos, que son la mayoría y los más poderosos, esta magnifica ofrenda en bandeja de oro?

 Es de locos. Los autores de la gasificación son los mercenarios que las potencias occidentales han enviado a allí para que realicen un trabajo que ellas no pueden llevar a cabo descaradamente porque esto significaría establecer ya para siempre quienes son los culpables del derramamiento de toda la sangre en el mundo.

 Y, ahora, invoco otro de los grandes principios jurídicos: hay que creer aquello que una de las partes en el litigio expone espontáneamente:

 Veamos lo que nos dice libremente ese elegantes “gentleman” que fue Allen Wels Dulles, el dilecto hermano del gran John Foster Dulles, el cerebro que dirigió la política del general Eisenhower cuando fue presidente de los Usa:

«Sembrando el caos en la Unión Soviética sustituiremos sus valores, sin que sea percibido, por otros falsos, y les obligaremos a creer en ellos. Encontraremos a nuestros aliados y correligionarios en la propia Rusia. Episodio tras episodio se va a representar por sus proporciones una grandiosa tragedia, la de la muerte del más irreductible pueblo en la tierra, la tragedia de la definitiva e irreversible extinción de su autoconciencia. De la literatura y el arte, por ejemplo, haremos desaparecer su carga social. Deshabituaremos a los artistas, les quitaremos las ganas de dedicarse al arte, a la investigación de los procesos que se desarrollan en el interior de la sociedad. Literatura, cine, teatro, deberán reflejar y enaltecer los más bajos sentimientos humanos. Apoyaremos y encumbraremos por todos los medios a los denominados artistas que comenzarán a sembrar e inculcar en la conciencia humana el culto del sexo, de la violencia, el sadismo, la traición. En una palabra: cualquier tipo de inmoralidad. En la dirección del Estado crearemos el caos y la confusión. De una manera imperceptible, pero activa y constante, propiciaremos el despotismo de los funcionarios, el soborno, la corrupción, la falta de principios. La honradez y la honestidad serán ridiculizadas [como] innecesarias y convertidas en un vestigio del pasado. El descaro, la insolencia, el engaño y la mentira, el alcoholismo [y] la drogadicción, el miedo irracional entre semejantes, la traición, el nacionalismo, la enemistad entre los pueblos y, ante todo, el odio al pueblo ruso; todo esto es lo que vamos a cultivar hábilmente hasta que reviente como el capullo de una flor.

Sólo unos pocos acertarán a sospechar e incluso comprender lo que realmente sucede. Pero a esa gente la situaremos en una posición de indefensión, ridiculizándolos, encontrando la manera de calumniarlos, desacreditarlos y señalarlos como desechos de la sociedad. Haremos parecer chabacanos los fundamentos de la moralidad, destruyéndolos. Nuestra principal apuesta será la juventud. La corromperemos, desmoralizaremos, pervertiremos (…)».

Allen Wels Dulles

Extracto del libro The Craft of Intelligence (El arte de la Inteligencia, 1963).

Dulles fue director de la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos (CIA) entre 1953 y 1961.

 

De como un fascismo de partido, ayudado por una prensa absolutamente fascista, se convierte en un fascismo de gobierno.

 ¿Qué fue lo esencial del fascismo? ¿Su ambición de poder ilimitado? ¿Su identificación del pueblo con el Estado? ¿El totalitarismo? ¿Su exacerbación del poder?
En un principio era el Fascio, y el Fascio se hizo carne y habitó entre nosotros.
El fascismo es el estado natural del hombre. 
Desde que nace, siente el impulso malsano de acumular todo el poder posible, el famoso instinto de dominación, que, poco a poco, se hace irresistible.
Si uno posee todo el poder económico, si a éste le une, el poder político, si no contento con eso, le añade el poder doctrinal, si identifica al pueblo que gobierna con un inmenso rebaño de borregos, si considera que todo está permitido, el robo, la estafa, el abuso de poder, establecer como el más sagrado de los dogmas que el partido, y no sólo cuando gobierna, es el titular de las esencias de la Patria y que ésta es la destinataria natural de todo el esfuerzo de la ciudadanía y esto se concibe como una religión tan dogmática que considera toda desviación como el peor de los sacrilegios, entonces, no sólo hemos llegado al fascismo sino que lo hemos superado ampliamente.
Porque el fascismo supone, por tanto, la inversión de todos los valores puesto que, frente al humanismo clásico, “homo sum et nihil humanum mihi alienum puto”, soy hombre y por lo tanto considero que nada humano me es ajeno,  impone la supeditación del individuo al poder totalitario de la plutocracia.
Lo que sucede es que desde Lampedusa, el fascismo, como la mafia que en realidad es, ha dulcificado sus formas para facilitar su penetración, su imposición y su discurso se ha hecho mucho más melifluo pero no más tolerante.
Ahora, los plutócratas exigen la radical desaparición de todas las garantías sociales, que los antiguos fascismos incluso asumieron, sin que se le caiga la cara de vergüenza porque la vergüenza política ha dejado de existir de tal manera que los más significativos “ideólogos” de este nuevo fascismo ya no tienen reparo siquiera en propugnar que los desheredados, los parias, los trabajadores que llegan al paro en una premeditada estrategia para abaratar el precio del trabajo, si pasan todo tipo de calamidades, “se jodan”, y esto no sólo lo gritan los miembros de ese falsario Parlamento que sólo trata de maquillar al régimen, sino los directores de los diarios que pretenden aborregar aún más a las masas.
 Y el poder que detenta ya esta clase tan canallescamente fascista es tal que su actual dirigente no se corta un pelo al afirmar que la igualdad, base de la ciudadanía del Estado, no sólo no existe sino que no debe existir tachándola incluso de una aspiración envidiosa, y que, en una sociedad bien estructurada, los únicos valores dignos de estimarse  son el nacimiento y el mérito.
 O sea que esta gentuza que nos gobierna por turnos inatacables, sostiene que el Estado, como en la vieja Roma, debe de organizarse por castas mediante una regulación absolutamente endogámica, de tal manera que los hijos de los dirigentes políticos hereden las poltronas de sus padres al propio tiempo que sucede lo mismos con las de los jueces, abogados del Estado, notarios, registradores, etc., del mismo modo que los menesterosos, aquellos que según Cristo heredarán la Tierra, se sucederán unos a otros automáticamente mediante la más sangrante ley de bronce del trabajo.
 Es un esquema sociopolítico mucho más aberrante aún que los que impusieron los viejos sátrapas fascistas Hitler, Mussolini y nuestro tan añorado Franco, puesto que éstos dulcificaron la extremada dureza de sus regímenes con medidas tan populistas como populares: las fiestas de exaltación del trabajo y de los trabajadores.
 Ahora, no, ahora, como antes dijimos, a los trabajadores se los anatematiza, de tal manera que cuando llegan al paro, impulsados por esa fuerza centrífuga y premeditada que busca, sobre todo, abaratar los salarios, se les grita sin ninguna clase de disimulo que “se jodan, coño, que se jodan”.

De como un fascismo de partido, ayudado por una prensa absolutamente fascista, se convierte en un fascismo de gobierno.

 ¿Qué fue lo esencial del fascismo? ¿Su ambición de poder ilimitado? ¿Su identificación del pueblo con el Estado? ¿El totalitarismo? ¿Su exacerbación del poder?

En un principio era el Fascio, y el Fascio se hizo carne y habitó entre nosotros.

El fascismo es el estado natural del hombre. 

Desde que nace, siente el impulso malsano de acumular todo el poder posible, el famoso instinto de dominación, que, poco a poco, se hace irresistible.

Si uno posee todo el poder económico, si a éste le une, el poder político, si no contento con eso, le añade el poder doctrinal, si identifica al pueblo que gobierna con un inmenso rebaño de borregos, si considera que todo está permitido, el robo, la estafa, el abuso de poder, establecer como el más sagrado de los dogmas que el partido, y no sólo cuando gobierna, es el titular de las esencias de la Patria y que ésta es la destinataria natural de todo el esfuerzo de la ciudadanía y esto se concibe como una religión tan dogmática que considera toda desviación como el peor de los sacrilegios, entonces, no sólo hemos llegado al fascismo sino que lo hemos superado ampliamente.

Porque el fascismo supone, por tanto, la inversión de todos los valores puesto que, frente al humanismo clásico, “homo sum et nihil humanum mihi alienum puto”, soy hombre y por lo tanto considero que nada humano me es ajeno,  impone la supeditación del individuo al poder totalitario de la plutocracia.

Lo que sucede es que desde Lampedusa, el fascismo, como la mafia que en realidad es, ha dulcificado sus formas para facilitar su penetración, su imposición y su discurso se ha hecho mucho más melifluo pero no más tolerante.

Ahora, los plutócratas exigen la radical desaparición de todas las garantías sociales, que los antiguos fascismos incluso asumieron, sin que se le caiga la cara de vergüenza porque la vergüenza política ha dejado de existir de tal manera que los más significativos “ideólogos” de este nuevo fascismo ya no tienen reparo siquiera en propugnar que los desheredados, los parias, los trabajadores que llegan al paro en una premeditada estrategia para abaratar el precio del trabajo, si pasan todo tipo de calamidades, “se jodan”, y esto no sólo lo gritan los miembros de ese falsario Parlamento que sólo trata de maquillar al régimen, sino los directores de los diarios que pretenden aborregar aún más a las masas.

 Y el poder que detenta ya esta clase tan canallescamente fascista es tal que su actual dirigente no se corta un pelo al afirmar que la igualdad, base de la ciudadanía del Estado, no sólo no existe sino que no debe existir tachándola incluso de una aspiración envidiosa, y que, en una sociedad bien estructurada, los únicos valores dignos de estimarse  son el nacimiento y el mérito.

 O sea que esta gentuza que nos gobierna por turnos inatacables, sostiene que el Estado, como en la vieja Roma, debe de organizarse por castas mediante una regulación absolutamente endogámica, de tal manera que los hijos de los dirigentes políticos hereden las poltronas de sus padres al propio tiempo que sucede lo mismos con las de los jueces, abogados del Estado, notarios, registradores, etc., del mismo modo que los menesterosos, aquellos que según Cristo heredarán la Tierra, se sucederán unos a otros automáticamente mediante la más sangrante ley de bronce del trabajo.

 Es un esquema sociopolítico mucho más aberrante aún que los que impusieron los viejos sátrapas fascistas Hitler, Mussolini y nuestro tan añorado Franco, puesto que éstos dulcificaron la extremada dureza de sus regímenes con medidas tan populistas como populares: las fiestas de exaltación del trabajo y de los trabajadores.

 Ahora, no, ahora, como antes dijimos, a los trabajadores se los anatematiza, de tal manera que cuando llegan al paro, impulsados por esa fuerza centrífuga y premeditada que busca, sobre todo, abaratar los salarios, se les grita sin ninguna clase de disimulo que “se jodan, coño, que se jodan”.

 

MP2

 En las declaraciones de ayer de Martínez Pujalte, MP, había una pregunta latente y otra expresa.
 Ayer mismo, tratamos de contestar a la pregunta latente, ¿dónde coño, Bárcenas, has puesto todo mi dinero?, hoy, vamos a intentar responder a la pregunta expresa ¿de donde coño has sacado tanto dinero, mi querido Luis?
 Y ésta sí que es una pregunta interesante, la más interesante que puede hacerse, porque 50 millones de euros, por ahora, que se sepa, son muchos millones y no salen de cualquier parte.
 El, Bárcenas, ha dicho que tan colosal fortuna la ha obtenido jugando  en la Bolsa.
 ¿Plausible? En absoluto, porque en la Bolsa, todo este tiempo, nadie, absolutamente nadie ha ganado porque todos los valores sin excepción se han hundido, luego nadie ha podido ganar.
 Pero es que, además, hay una manera fácil de probarlo, mostrar las copias de las órdenes a sus Bancos para comprar y vender los valores.
 O sea, que no, que no van por ahí los tiros.
 Es la tercera vez, que recuerde, que le hago, al amigo Luis, la cuenta.
 Sólo hay dos posibilidades: o Bárcenas se lo llevaba crudo, como ahora se dice, o sea, se llevaba limpiamente todo lo que entraba en Caja, o sea, como decíamos ayer, las cuentas del inefable Cantinflas, “de diez me lleno una, pero como se va a notar, me llevo, las diez” y de ahí las indignadas protestas de M. Pujalte, o el tesorero infiel le aplicaba a su empresa una comisión por las ganancias que generaba, tal como yo hacía cuando trabajaba en Telefónica, aquí, la comisión era del 15% de toda la publicidad en la Guías telefónicas que yo contrataba.
 Si aceptamos como buena esta última hipótesis, El Cabrón, tal como sus propios compañeros le llamaban, si amasó una fortuna que, por ahora, asciende a 50 millones de euros, que se sepa, fue porque:
si a 100 le corresponden 15
es porque a x le corresponde 50.000.000 euros, 
de donde x es igual a 50.000.000. multiplicados por 100, 5.000.000.000 euros que dividido por 15=3.333 millones de euros, salvo error u omisión.
Yo no sé, nunca fuera de él lo sabre nadie, los millones de euros que atesora el PP, lo que sí que sé es la ira furibunda que todo el PP siente por este Cabrón, según ellos, que los está poniendo en tal evidencia que ti estos tipos tuvieran sólo un átomo de vergüenza se habrían ido todos, cogidos de la mano, a un sitio en el que nadie supiera nada de sus andanzas.
 Pero no se irán porque vergüenza no es que no la tienen sino que ni siquiera saben qué es.
 Lo que sí que harán es lo que ya están haciendo: preguntar desaforadamente a todo el mundo qué hay de lo suyo tal como está haciendo en tal Pujalte, porque lo suyo es el resultado de la mayor rapiña que partido alguno haya hecho en ningún sitio a través de la historia.
 Y ahora tratarán, cada uno de ellos en su parcela, de recobrar lo que el tal Bárcenas les debe y como no se sabe, todavía,  donde está el resto ni como van a poder ellos echarle mano, se afanarán todavía más, si es que es posible, en rapiñar todo lo que puedan a fin de compensar este desfalco que el hombre de su mayor confianza ha realizado, como hubiera hecho cualquier otro de ellos, en el mismo caso.