Jueces y jueces, pero también abogados/as del Estado y un registrador

 Ahora ya sabemos, los que queremos saber, por qué Wert está siendo tan duro con los becarios pobres: se trata de situar para siempre todo lo lejos que se pueda a los hijos de los pobres de los estudios univesitarios para que ninguno de ellos pueda ser nunca juez, abogado del Estado o registrador y acceder, así, luego, a los puestos de poder.

 Esta gente es tan descaradamente sinvergüenza que ha apartado de un violento manotazo el axioma de Lampedusa: es preciso que todo cambie para que todo siga igual, esta gente no quiere, porque piensa que ya no lo necesita, guardar las apariencias. 

 ¿Para qué, si ya nadie que no sea de los nuestros va a tener a partir de ahora acceso a ninguna clase de prensa, porque ésta es ya toda de nosotros?

 Ayer fue un día increíble. Por la mañana, muy temprano, fui a un registro de la propiedad y le pregunté a un amigo, que sustituye al registrador, si yo había pecado por exceso cuando dije aquello de que un registrador ganaba tres millones de pesetas mensuales y el me contestó: no, has pecado por defecto. 

 O sea que un registrador ganaba más de 3 millones de pesetas mencuales, o sea, más de 36 millones de pesetas anuales, o sea, que Margallo tenía toda la razón del mundo cuando afirmaba que Rajoy estaba perdiendo muchísimo dinero dedicándose a la política en lugar de seguir ejerciendo su honorable profesión de registrador de la propiedad.

 No sé si algún día tendré tiempo y ganas de glosar por qué la de registrador de la propiedad es la profesión jurídica mejor remunerada de todas las que existen en España. Creo que merece la pena.

 Por eso Wert no quiere que estudie Derecho y pueda ser, luego, registrador de la propiedad, el hijo de ninguno de esos zarrapastrosos pobres que, a lo peor, incluso es un jodido marxista. Y él va a hacer, está haciendo todo lo que está en sus manos para que ninguno de ellos tenga acceso a la jodida, puñetera universidad.

 Es su particular manera de ganar la guerra, impedir que exista siquiera el enemigo.

 Porque todos los universitarios que estudien Derecho no van a ser como esa terrible superwoman de la juez Alaya que pretende encarcelar a todos los miembros prominentes del partido socialista para que así no puedan concurrir a las próximas elecciones en Andalucía y el PP pueda, al fin, ganar las elecciones generales allí con la mayoría suficiente para que no palie su derrota pactando con ese diabólico partido que es IU, abarrotado en su totalidad por íncubos y súcubos.

 Mientras, el juez Ruz hace como que no oye las declaraciones de Bárcenas en las que éste no se cansa de decirle que el PP durante los últimos 20 años ha sido una máquina de cohechar a la que iban todas las grandes empresas inmobiliarias de España, con una increíble periodicidad, a hacer sus óbolos para que éste ganara las elecciones y ellos, los propietarios de las mismas, siguieran ganando todos los concursos en los que se adjudicaban todas las obras pùblicas y todos los servicios del Estado, una figura que el Código penal recoge como delito de cohecho o, por lo menos de tráfico de influencias.

 La caja B del PP era una máquina de recibir donativos no a fondo perdido sino a cambio de ajudicaciones de obras o servicios públicos de las distintas administraciones públicas regidas por el PP, desde la Administración central del Estado a la de las distintas comunidades autónomas.

 Es así como Bárcenas que no era en sí mismo ninguna clase de autoridad pública hacía llegar a los que sí lo eran las gratificaciones necesarias y suficientes para que éstos adjudicaran siempre en los concursos públicos las obras y servicios a las empresas donantes.

 ¿Cohecho, tráfico de influencias?

 Doctores tiene la Iglesia, quiero decir jueces, pero ¿qué se puede esperar de jueces, del último de los jueces, el presidente del Tribunal Constitucional que ejerce su cargo con el carnet del PP en la cartera y que pagaba hasta ayer mismo sus cuotas como militante del partido,que tire piedras contra el partido que lo ha colocado allí?

 Esto va contra la esencia de la naturaleza humana.

Pero hay algo en la declaración de Bárcenas ante el juez Ruz que acaba de publicar la prensa que a mí me ha estremecido hasta lo más hondo: cuenta este hombre que un día, después de repartir todo lo recaudado entre los prohombres del PP, a él, a Bárcenas, le sobraban unos 6.000 euros y le preguntó a su asesor áulico Javier Arenas qué hacía con ellas, y Arenas le contestó: cógelos, mételos en un sobre y mándaselos a Rajoy.

  

8 comentarios en “Jueces y jueces, pero también abogados/as del Estado y un registrador

  1. Excelente post al que me permito hacer algunas consideraciones:

    Yo creo que Mariano solo ha renunciado a la mitad de los beneficios del registro de Santa Pola y que esa mitad se la guarda y administra D.Luis, no se si en la cuenta SOLEADO o en la OBISPADO, supongo que tratándose de Mariano en la OBISPADO, en cuanto a la cúpula del Psoe en Andalucía y su sucesora Susanita, puesta a dedo en falsas primarias tienen una pinta de corruptos que no parece discutible, ¿o es que no se enteraban tampoco ni Chaves ni Griñan de que el dinero se escapaba por las cloacas sureñas? después de las 15 advertencias del Interventor.(no las querían mirar porque del clientelismo surge el poder.)
    30 años de socialismo descremado y Andalucía sigue en el subdesarrollo, no son ejemplo de nada bueno.
    IU puso como condición de colaboración en el gobierno que no hubiesen imputados y claro Griñan ha tenido que salir por piernas, que la derecha robe forma parte del paisaje, pero que lo haga también el supuesto centro izquierda del PPSOE es bastante bochornoso y a la corta venenoso para las clases populares que ya no saben en quien confiar y acaban votando a los chorizos profesionales o absteniéndose fruto del comprensible desencanto.
    Concluyendo, o sea que con estas puntualizaciones que creo que eran bastante previsibles por mi parte ya me quedo mas tranquilo, Un abrazo familia.

  2. (Mi pregunta es: ¿Son izquierda el consejero de Gas Natural y Robalcalva?)
    Posible respuesta: Si, al lado de Amanecer Dorado o del Partido Podrido.
    ¡¡Pues estamos apañados¡¡

    LA DIVISIÓN DE LA IZQUIERDA

    27 jul 2013
    Augusto Klappenbach
    Escritor y filósofo
    http://blogs.publico.es/dominiopublico/7276/la-division-de-la-izquierda/

    Creo que no existe un problema político más importante en este momento que la necesidad de formar un frente común para evitar un cambio de modelo social que no ha sido decidido democráticamente por los ciudadanos sino impuesto por poderes económicos que no representan a nadie más que a sus gestores. Pero una izquierda dividida no es capaz de ofrecer una alternativa seria a este atentado a la democracia. La división de la izquierda tiene una larga historia que se manifestó claramente en la guerra civil: mientras las derechas formaron un frente común, las izquierdas no olvidaron ni siquiera en esos momentos las luchas entre comunistas, anarquistas y socialistas. Y así nos fue. Y hoy, mientras el Partido Popular es capaz de aglutinar a liberales y conservadores, franquistas y democristianos, ateos y católicos, honestos y corruptos, la izquierda se divide en dos partidos nacionales, varios regionales y alguno en formación, frecuentemente enfrentados entre sí y a veces duramente. Por no hablar de la división de la izquierda en la Unión Europea. Quizás es el momento de preguntarnos por las razones de esta constante histórica.

    Un componente esencial del pensamiento de izquierdas consiste en la actitud crítica ante lo que existe. La izquierda nació así, como cuestionamiento al poder vigente, mientras que las derechas, en general, dedicaron su discurso a justificar el orden social, dirigiendo sus esfuerzos a defender el sistema establecido o a reformarlo para lograr su continuidad. Y esta vocación de crítica a la totalidad ha perdurado en la izquierda hasta nuestros días, hasta el punto de volverse contra sí misma. Max Weber es el autor de la clásica distinción entre la ética de las convicciones y la ética de la responsabilidad. Según él, la ética de las convicciones tiende a aplicar los principios morales de modo absoluto, despreocupándose de las consecuencias que provoque la conducta. La ética de la responsabilidad, por el contrario, tiene en cuenta los resultados de la acción y es capaz de adaptar los principios a los fines que se persiguen. Creo que el error de Max Weber consiste en atribuir la ética de las convicciones al ámbito privado, reservando la ética de la responsabilidad a la acción política. Toda decisión moral incluye tanto los principios como los resultados de la acción, a riesgo de convertirse respectivamente en fanatismo o en oportunismo, tanto en la política como en la vida privada. Pero es verdad que en los dos ámbitos existen tendencias que ponen el acento en uno u otro aspecto. Y la izquierda ha insistido históricamente en los principios ideológicos de su concepción del mundo, muchas veces a costa de obtener resultados intolerables que terminan contradiciendo los mismos principios que postulaba. Una actitud coherente con el predominio de la ética de las convicciones: los principios se pueden permitir el privilegio de ser absolutos y de ejercer una crítica implacable a las contingencias cotidianas, mientras que esas consecuencias están llenas de matices y decisiones complejas. Nada es más dócil que las ideas.

    Este fundamentalismo moral, junto con los inevitables personalismos y ambiciones personales, está en la raíz de la frecuente actitud sectaria de los partidos de izquierda, que con frecuencia exigen de los compañeros de viaje una identificación total con los principios y estrategias propias para considerarlos como tales. No se trata, por supuesto, de renunciar a los principios y caer en un oportunismo acomodaticio. Ni de olvidar las utopías, esenciales en el pensamiento de izquierdas. Ni de adherir a la siniestra doctrina del fin que justifica los medios. Sino de comprender que el objetivo de la acción política consiste en la transformación de la realidad y que la función de las ideas y principios consiste en hacerla posible. Utilizar los principios éticos para evitar el compromiso con las dificultades que entrañan las decisiones concretas necesarias para cambiar las cosas y refugiarse en el reino abstracto de las ideas implica hacerle un flaco favor a la ética.

    Por supuesto que la deseable unidad de la izquierda no puede incorporar a cualquier sector que reivindique su pertenencia a ella. Porque hay que recordar que izquierda y derecha son términos espaciales y relativos, que dependen del término de comparación que se utilice: el Partido Popular podría situarse a la izquierda del Amanecer Dorado de los griegos. No puede afirmarse que cualquiera que proclame su condición de izquierdas tenga derecho a participar en la necesaria unidad de acción que estos tiempos exigen. El caso de ETA ilustra suficientemente la necesidad de estas exclusiones. Tampoco se trata de conseguir esa unidad aceptando sin crítica las posturas de quien tiene más poder. Creo que la cuestión que más importa en estos momentos consiste en la posibilidad de acuerdos entre las corrientes socialdemócratas, que proponen una profunda reforma dentro del sistema capitalista y otras posturas que rechazan cualquier posibilidad de vigencia del capitalismo y defienden el paso a modelos socialistas desde convicciones democráticas y no violentas. En estas dos posturas se incluye la inmensa mayoría de lo que se entiende por izquierda sociológica en este país.

    Por ejemplo. Muchos de quienes pensamos que la socialdemocracia no es capaz de enfrentarse a crisis como la que estamos viviendo y que es necesario un cambio de paradigma creemos sin embargo que en este momento no puede descalificarse en bloque un partido como el PSOE al que han votado más de siete millones de ciudadanos, aunque sus dirigentes estén haciendo lo posible para seguir perdiendo apoyo popular. Esos votantes, en su gran mayoría, prefieren una sociedad que ofrezca sanidad, educación y servicios sociales gestionados por el Estado, que asegure los mismos derechos a todos los ciudadanos incluyendo el derecho a un nivel de vida digno, que se establezca una sociedad laica y libre de presiones de la Iglesia, que se limite el poder de los mercados financieros, que pague más impuestos quien más tiene, que los poderes públicos aseguren a todos el derecho a una jubilación suficiente, que permita a todos vivir libremente su sexualidad, que el acceso a la educación no sea un privilegio de las clases pudientes, que no se discrimine a nadie por su sexo, su nacionalidad o su color de piel, que se destinen recursos públicos a los países subdesarrollados. Y en estas y otras aspiraciones se reconoce el pensamiento de izquierdas, mucho más que en la proclamación de consignas y programas maximalistas.

    Cualquier avance que se consiga en estos y otros objetivos es un avance que la izquierda debe considerar como propio, aunque sus gestores no respeten la ortodoxia ideológica. Descalificar a priori cualquier logro parcial bajo la acusación de “reformista” suele ocultar el deseo de instalarse en la comodidad de los principios generales para no verse en la necesidad de tomar decisiones comprometidas, siempre discutibles y nunca puras. Si esta crisis nos ha enseñado algo es que lo poco que se ha logrado (evitar desahucios, mantener abiertos hospitales y ambulatorios, evitar el cierre de muchos servicios sociales) ha sido por la acción conjunta de ciudadanos que olvidaron las siglas de los partidos y concentraron sus esfuerzos en objetivos concretos. Y lo más notable de estas movilizaciones es su pluralidad: militantes de todos los partidos, incluyendo votantes de la derecha, gente que nunca había pensado en salir a la calle, jóvenes y viejos, jubilados y parados, profesionales y amas de casa. Se ha dicho que el 15M y las sucesivas mareas que recorrieron las calles adolecían de falta de propuestas políticamente estructuradas. Por supuesto, pero esa es precisamente la función de los partidos políticos: traducir lo que la gente demanda en propuestas políticamente viables. Lo que se aprendió durante esta crisis es que la gente es capaz de olvidar diferencias para conseguir resultados concretos y habrá que esperar para saber si los partidos son capaces de aprender esta lección. Y ya llegará el tiempo de discutir programas más ambiciosos; ahora no estamos en una crisis pasajera sino en una emergencia que puede terminar con nuestro modelo de sociedad y que exige juntar las fuerzas disponibles. Mientras tanto ¿sería imposible pensar en una coalición de partidos de izquierda que se presentaran conjuntamente a las próximas elecciones, de modo que el voto a cualquiera de ellos valga lo mismo y se evitaran así las discriminaciones de la actual ley electoral?

  3. VAMOS A CONTAR MENTIRAS
    Sobran los motivos para el rechazo y la indignación, pero lo cierto es que sobraban ya antes, y aún así once millones de españoles votaron al PP en las últimas elecciones. Hay que reconocer que, por escasas, zafias o inverosímiles que fueran las explicaciones sobre la trama que dieron los responsables del partido, los votantes se comportaron como si las creyeran.

    Trinidad Noguera (avance de eldiario.es)
    27/07/2013 – 20:05h
    Presuntamente, el PP lleva veinte años financiándose de forma ilegal. Presuntamente, buena parte de sus altos cargos, incluido el actual Presidente del Gobierno, se embolsó dinerito en sobresueldos. Presuntamente, tras pagar el impuesto popular –singular tasa que redistribuye hacia arriba- ciertas empresas obtuvieron dádivas, prebendas y mamandurrias, en un generoso toma y daca que fraguó amistades peligrosas, cimentó sustanciosos negocios y dio pie a que los españoles exclamáramos “el cielo está enladrillado” cada vez que alzábamos la vista. Siempre presuntamente.

    Dicen en el PP que estas presunciones son infundios y calumnias de gentes malpensadas, picapleitos resentidos y rojos antipatriotas empeñados en desestabilizar el sistema. Que todo es falso (salvo alguna cosa). Que no hubo caja B, o que era una caja de chuches. Que los sobres no existieron, eran legales o eran felicitaciones navideñas. Que hubo y no hubo contratos simulados y despidos en diferido. Que las donaciones fueron altruistas o fueron patrañas. Que ni a Aznar, ni a Rajoy, ni a Cospedal, ni a Cascos, ni a Arenas, ni a Mato, ni a Esperanza Aguirre –no se escabulla, ‘lideresa’- ni a la mismísima Virgen del Rocío les constaba nada de esto. Que nadie conocía a Correa y al Bigotes, y Bárcenas era un señor que casualmente pasó por Génova 13 y se quedó algún tiempo. Y que ante la duda, “tú más”.

    Los ‘populares’ han esgrimido un catálogo de justificaciones tan complejo y variopinto como la propia trama, que unas veces llamamos ‘caso Gürtel’ y otras ‘caso Bárcenas’ porque a saber si fue antes la gallina, el huevo o ambos al mismo tiempo (ganaríamos en economía discursiva y claridad mental si habláramos de ‘caso PP’, y santas pascuas). Estrellas rutilantes como Floriano, Alonso, González Pons y la Señora Presidenta de Castilla La Mancha nos han deleitado con sabrosas escaramuzas dialécticas, contradicciones creativas aunque flagrantes y desmentidos que más bien parecen mentidos, dejándonos algunas piezas memorables de monologuismo patrio. Si no creíbles, sus intervenciones son al menos de gran comicidad. Lástima que el asunto no sea para tomárselo a broma.

    Mientras tanto, Rajoy, ni mu; de perfil como un bajorrelieve egipcio. A los medios, con cuentagotas y en presencia de líderes extranjeros que le sirvan de pantalla. O literalmente detrás de una pantalla, haciendo gala de un surrealismo virtual sólo comparable con sus cuentas de Facebook y Twitter, que inducen a sospechar que el Presidente del Gobierno no vive en este país, quizás ni en este planeta. Ha hecho falta una amenaza de moción de censura y la presión de toda la oposición, de la calle y de la prensa, medios extranjeros incluidos, para que Rajoy consienta en acudir al Parlamento que le invistió –este detalle es importante- para dar explicaciones. Ya veremos si da las que esperamos o pretende una vez más surfear sobre algún presunto éxito para quedar por encima del bien y del mal, como si él no fuera de este mundo. Cuestión aparte es si España puede permitirse un Presidente empeñado en fingir que es extraterrestre.

    Pero no nos engañemos nosotros, que ya es bastante con que haya quien trate –presuntamente, claro- de engañarnos. Avisos de estas cosas no faltaron, sólo había que seguir las noticias e ir atando cabos. Desde el remoto caso Naseiro –archivado por irregularidades sumariales pero nunca aclarado- hasta la aparición de los papeles de Bárcenas en 2013 ha corrido mucha tinta, y gran parte de ella revela la continuidad en las prácticas y protagonistas principales. A partir del estallido de Gürtel en 2009, la prensa hablaba casi a diario de comisiones y contratos irregulares, de sobresueldos a cargos del PP, de Bárcenas, sus cuentas en Suiza y sus intentos de chantaje a Rajoy, de las cajas que se llevó de Génova, la minuta de sus abogados y el despacho, la secretaria y el acceso a las decisiones financieras del partido que conservó incluso tras dejar la tesorería.

    Nada de esto es nuevo; ahora, si acaso, se acumulan más pruebas y la opinión pública está por fin reparando en ellas. Sobran los motivos para el rechazo y la indignación, pero lo cierto es que sobraban ya antes, y aún así once millones de españoles votaron al PP en las últimas elecciones. Hay que reconocer que, por escasas, zafias o inverosímiles que fueran las explicaciones sobre la trama que dieron los responsables del partido, los votantes se comportaron como si las creyeran. El PP ya había testado con éxito esa estrategia en sucesivas elecciones municipales y autonómicas, lo cual debió ser un poderoso incentivo para seguir comportándose del mismo modo.

    Seguramente convencido de que la fantasía argumental era electoralmente rentable, el PP no dudó en presentarse a las generales con un programa electoral que no tenía intención de cumplir. También de esto estábamos avisados: en su debate televisivo con Rajoy, Rubalcaba enumeró las medidas que el PP tomaría una vez al frente del Gobierno, todas ellas en evidente contradicción con su programa (y ya quisieran para sí los economistas y las pitonisas televisivas tal porcentaje de vaticinios acertados). “Insidias”, respondió Rajoy; lo mismo que repiten ahora sus compañeros de partido sobre los papeles de Bárcenas. No sólo Rubalcaba avisó de la que se avecinaba, otros representantes de la oposición también lo hicieron. Pero los ciudadanos estaban a otra cosa, así que el programa electoral coló, o pareció que colaba, como parecieron colar las sucesivas versiones del caso Gürtel-Bárcenas-PP que nos fueron dando. Los ideólogos populares sabían que cuando la gente está angustiada por la crisis y el paro busca desesperadamente una solución, por improbable que sea, y todo lo demás pasa a segundo plano. En ese contexto, si hubieran encargado los argumentarios sobre corrupción a los guionistas de Expediente X hubiera dado casi lo mismo.

    Afortunadamente, siempre hay una gota que desborda el vaso, y parece que esa gota está cayendo o está a punto de hacerlo. La misma crisis que desvió la atención de la corrupción en el pasado la está convirtiendo ahora en intolerable. Superado cierto nivel de hartazgo, la ciudadanía se resiste a mirar hacia otro lado (lo cual, además, permite mantener cierta esperanza en una futura regeneración democrática). No descartemos, sin embargo, que el PP todavía no se haya dado cuenta. Lo comprobaremos la próxima vez que, preguntados sobre Bárcenas, respondan “por el mar corren las libres, por el monte las sardinas”. Tralará.

  4. CRIATURAS DE PARTIDO

    Jorge Úrdanoz Ganuza | El País | 27/07/2013

    Como en la novela de Stevenson, los partidos políticos parecen haberse convertido en extrañas criaturas duales de esencia cambiante. De día son exquisitas formaciones democráticas, pero de noche se transforman en diabólicos organismos parasitarios dedicados a extraer de lo público beneficios estrictamente privados. ¿Qué son, estructuras representativas imprescindibles o gigantescos calamares chupa-rentas? ¿La luz o la sombra? ¿Jekyll o Hyde?

    Son sobre todo lo primero, por descontado, pero esa segunda naturaleza siempre ha estado ahí. Aunque hoy asistimos a un revival del lado oscuro de los partidos, la tesis de fondo —sean las “élites extractivas”, sea “la casta”— no es muy distinta a la Ley de hierro de las oligarquías que Michels formuló hace más de un siglo. El mundo ha cambiado mucho desde entonces, pero esa ley sigue vigente, muy vigente. Y la mejor forma de exponerla es la de siempre, unos buenos ejemplos. Criaturas de partido, en España, no faltan.

    Empecemos por Eduardo Madina. En septiembre de 2012, en EL PAÍS, una periodista le hace notar que con nuestro sistema electoral “no a todos los partidos les cuesta lo mismo un escaño, ni mucho menos”. La respuesta de Madina es sorprendente: “En las circunscripciones, sí”, alega.

    “Separados pero iguales”, la línea argumental de los teóricos del racismo a los que se enfrentó Martin Luther King. En cada grupo reina la igualdad, entre los grupos hay diferencias. Los negros —letrinas nauseabundas, chabolas miserables, educación vedada— iguales a los negros; los blancos —baños saneados, viviendas confortables, universidades públicas— iguales a los blancos. Para Madina es lo mismo: los madrileños —escaños a 130.000 votos— iguales a los madrileños; los turolenses —escaños a 35.000— iguales a los turolenses. Los votantes de IU —escaños a 400.000 votos— iguales a los votantes de IU; los del PSOE —escaños a 60.000— iguales a los del PSOE. Y aquí paz y después gloria.

    Pasemos a otra criatura, Dolores de Cospedal. Quiere reducir el tamaño del Parlamento de Castilla-La Mancha. Les redondeo las cifras. Ahora hay 50 escaños y cinco circunscripciones, por lo que en cada una se eligen 10 escaños. Una elemental regla de tres indica que con el 10% de los votos de una circunscripción ya logras un escaño, pero en realidad ese porcentaje es siempre algo menor, como un 8%. Cospedal pretende dejar el parlamento en 30 escaños, seis por circunscripción. Hagan la regla de tres: ahora el primer escaño exige un 15% de los votos.

    ¿Y? Es evidente: IU y UPyD, los partidos que más crecen, se van a quedar fuera. Las encuestas les dan, de momento, más de un 7%, pero menos del 15%. Cospedal ha tratado de justificar la canallada aduciendo que hay que recortar gasto. Pero ya dejó a los parlamentarios sin sueldo, luego ese difícilmente puede ser el motivo real de la propuesta.

    Observemos: uno, desde la socialdemocracia, pisotea el valor de la igualdad, santo y seña de su ideario; la otra, desde el liberalismo, retuerce la ley para impedir que sus conciudadanos accedan con libertad al ágora democrática. Y todo, claro, mientras las calles hierven de indignación.

    ¿Cómo se alcanza ese grado de autismo? Recordemos a Nietzsche: “Quien con monstruos lucha cuide de no convertirse a su vez en monstruo. Cuando miras largo tiempo a un abismo, también el abismo mira dentro de ti”. Todo empieza al ingresar en el partido. Afiliarte implica hacer voto de silencio. No puedes criticar a los tuyos: militar es callar.

    La conversión ha empezado, porque callar es aislarte. Si en público solo puedes defender las tesis oficiales, a tu alrededor se genera una burbuja que te incomunica. Mecanismos internos —justificarás aquello que defiendes— y externos —te codearás casi en exclusiva con los tuyos— harán que la voz del mundo exterior se quede fuera.

    El influjo es imperceptible, pero tenaz. La estructura te transforma. Lo hace por fuera —la corbata, el traje, el dominio de los gestos—, pero sobre todo por dentro: lo que no encaja se ignora, lo que el argumentario reza se defiende, lo demás no existe. Cuanto más arriba, más cambias. Al final del proceso eres una criatura en el sentido etimológico de la expresión: es el partido el que te ha creado. De ahí que en el grupo parlamentario nadie discrepe… ya no son los que miran, sino el abismo mirado.

    Esa transmutación es esencial e inevitable. De hecho, bien encauzada resulta imprescindible para articular la representación política, porque los partidos reducen la complejidad y la tornan manejable. Por eso el problema no es que los partidos estén llenos de criaturas de partido, sino más bien lo que los partidos y sus criaturas hacen hoy y ahora entre nosotros. Están fuera de sí: se han extendido donde no debían —la justicia, las cajas, la Administración, etcétera— y se han otorgado a sí mismos sus funciones, sus controles y sus prerrogativas.

    Y si para defender el terreno ganado han de sacrificar su propio ideario, lo harán sin inmutarse, como Madina y Cospedal demuestran. Porque en el preciso momento en el que un partido escapa de su espacio —el legislativo— se desnaturaliza. Se transforma. Donde antes había un representante público y democrático surge una criatura perfectamente privada y parasitaria, esto es: antipolítica. Por eso el 15-M y los indignados son en buena medida una reacción políticaante un mal previo. Un mal que, precisamente por su apoliticismo, iguala a las formaciones que lo padecen: ahí sí son iguales, en efecto. La antipolítica son los partidos cuando se exceden, no las plazas, ni las mareas, ni la gente cuando protesta.

    Hay dos grandes antídotos para que esas criaturas de criaturas que son los partidos vuelvan a su ser: los militantes y los electores. Los primeros les dan forma, los segundos tamaño. Dos derechos fundamentales que exigen la más elemental teoría de la democracia y que aquí en España… en fin. Ni los militantes tienen autoridad frente al aparato ni los electores entera libertad para acabar con el bipartidismo, blindado por el sistema electoral.

    ¿Qué hacer? Dos iniciativas —el foro +Democracia y el Manifiesto de los cien— apuntan hacia el primer remedio y apuestan por democratizar los partidos. Yo he firmado las dos y desde aquí les animo a hacerlo, pero me temo que carecen de demasiado recorrido. Estamos hablando del reparto del poder, las firmas no van a hacer ni cosquillas. Esto solo se puede cambiar desde abajo, que es desde donde el 15-M, la abstención y la politización ciudadana están activando como nunca antes el segundo antídoto, el fundamental y el verdaderamente perentorio: los electores. Es la vía más eficaz, se llama “democracia” y el bipartidismo se la está ganando a pulso.

    Jorge Urdánoz Ganuza es profesor de Filosofía del Derecho y del máster de Derechos Humanos de la Universidad Oberta de Catalunya. Su ensayo Veinte destellos de ilustración electoral (y una página web desesperada) se publicará en breve

    http://elpais.com/elpais/2013/07/03/opinion/1372843354_092148.html

  5. PEDRO JETA EL MORALIZADOR SOBREVENIDO.

    DOMINGO, 28 DE JULIO DE 2013
    CARTA DEL DIRECTOR/ PEDRO J. RAMÍREZ: Necesitamos un 4 de agosto

    El relato de la Joint Venture del bribón Bárcenas, el gánster Pedro J. y el montaraz RubalcabaSuena un teléfono de madrugada. Ha habido un terrible accidente con múltiples víctimas mortales. El ministro debe desplazarse cientos de kilómetros para comparecer en el lugar del siniestro. ¿Para qué? Para demostrar que existe el Estado. Enseguida lo banal se mezcla con lo trágico, las fantasías del poder con la fuerza implacable del destino. Así comienza L’Exercice de l’Etat, la ya comentada película de Pierre Schöller que muestra toda la dureza de la política cuando en ella se cruza lo imprevisible.
    Las circunstancias han sido esta vez algo distintas –no era un autobús sino un tren, no ocurrió de noche sino con la última luz del día– y el número de muertos ha sido muchísimo mayor. Pero la inmediata presencia de Núñez Feijóo y la presurosa llegada de Ana Pastor junto a los vagones descoyuntados de la vía fueron elementos de civilización en medio de la catástrofe. Lo mismo ocurrió al día siguiente con las visitas del Rey y Rajoy. No servían para mitigar ni el dolor ni la conmoción de nadie, pero sí para transmitir el mensaje de que formamos parte de una sociedad constituida políticamente. Y de que las personas que nos representan están ahí, a las duras y a las maduras, dando la cara en medio de una inmensa desgracia igual que felicitando o abrazando a nuestros campeones en nombre de todos.
    Pocas horas antes habíamos visto el rostro descompuesto de Munar, juguete roto. La otrora princesa de Mallorca que pasaba a diario por la peluquería como si fuera parte del desayuno y se cubría de ropa, joyas y complementos –alegando, como Evita Perón, que así complacía a sus descamisados de la Part Forana–, ingresaba en prisión zarandeada por los vituperios y apaleada por la ignominia.
    Sí, es verdad que sus desafiantes palabras de aquel día en mi casa, a la hora del café, en la terraza sobre el mar –«No me vais a pillar y si me pilláis no importa porque aquí, en esta isla, eso de la corrupción no le interesa a nadie…»– parecían colgar aún de sus labios como un rictus macabro. Y que todavía no se ha descubierto dónde está lo mucho que ha robado. Pero en un momento así es imposible no sentir lástima por el ser humano víctima de su propia ambición y codicia. Ahora que gran parte de nuestras denuncias son ya hechos probados la única cárcel en la que en realidad yo deseo que se pudra es la cárcel de papel de las hemerotecas.
    Política digna, política indigna. ¿Cuál es el verdadero rostro de nuestra clase dirigente? ¿El de la abnegada, íntegra, juiciosa y leal ministra de Fomento o el de María Antònia la ladrona, cosida a puñaladas por la traición de sus propios sicarios en la trama de la impostura nacionalista que montaron para enriquecerse? El denominador común no está en ninguno de esos dos extremos pero todos los sondeos y apreciaciones indican que la vox populi bascula rotundamente hacia el polo negativo y que el descrédito de los políticos está tan extendido que ni siquiera deja margen de amparo a quienes como Ana Pastor han actuado siempre de forma intachable.
    Generalizando, ser político es hoy en España lo peor de lo peor. Lejos quedan ya los días de vino y rosas de la Transición cuando «the best and the brightest» dejaron por unos años sus cátedras, despachos y consultas para entregarse al servicio público. Los primeros «abrazafarolas», «lametraserillos» y «chupópteros» detectados por el intuitivo José María García se han multiplicado exponencialmente hasta convertirse, al cabo de 30 años de prácticas viciadas, en las «élites extractivas» del profesor César Molinas. Basta pasar por el tormento intelectual de escuchar 10 minutos seguidos a los intercambiables Óscar López y Carlos Floriano –o no digamos a sus patéticos clones autonómicos– para darse cuenta de que la lengua de trapo de la partitocracia que todo lo justifica es ya un apéndice fósil con sonido de badajo de campana tocando a muerto. Sus comparecencias postizas, su maniqueísmo de carril, su zafio atrincheramiento en la falacia se han convertido en el insufrible tolón, tolón del que todo hijo de vecino trata de salir huyendo.
    Y sin embargo los necesitamos. Porque sin políticos no hay política y sin política no hay democracia. La regeneración de nuestra vida pública pasa por la rehabilitación de nuestros políticos de uno en uno y como clase. ¿Pero cómo hacerlo? La combinación de la crisis económica con escándalos de la envergadura de los ERE, el caso Bárcenas o el caso Palau y demás andanzas del clan Pujol ha bloqueado la vía reformista. Rajoy ha incumplido la promesa electoral clave de despolitizar la justicia con nocturnidad, premeditación y alevosía. Ni el cambio de la obsoleta ley electoral ni la democracia interna están en la agenda de los dos grandes partidos. Y la Ley de Transparencia es una broma de mal gusto cuando resulta que se destruyen los libros de entrada de la sede de Génova y ni siquiera se obliga a los registros de la propiedad a revelar el valor escriturado de los bienes declarados por los diputados. Tomaduras de pelo así no llevan ya a ningún sitio.
    El único camino posible es la catarsis, la «purificación ritual de personas o cosas afectadas por alguna impureza» que dice el diccionario. Como hecho esencialmente teatral, toda catarsis tiene un momento de ignición que va seguido de una sacudida eléctrica y de sus correspondientes ondas expansivas. Puede ser de carácter violento como la pedrada en la ventana de un cristal emblemático que desencadena asaltos, saqueos y pillajes o completamente pacífico como la determinación de esa buena mujer de no levantarse del asiento del autobús reservado para blancos que da lugar al boicot durante meses del sistema de transporte público. Puede surgir de la base de la sociedad como en la Primavera Árabe o de la cúpula de una institución como en el caso de la revolucionaria renuncia de Benedicto XVI al papado dando paso al fenómeno Bergoglio.
    El mejor ejemplo de catarsis protagonizado por una clase dirigente tuvo lugar durante la noche del 4 de agosto de 1789 en el salón de los Pequeños Placeres del Palacio de Versalles, habilitado como sede de la Asamblea Constituyente. En plena avalancha de noticias sobre las protestas y levantamientos armados que siguieron en toda Francia a la toma de la Bastilla, el vizconde de Noailles, cuñado de La Fayette, subió a la tribuna para alegar que «la efervescencia de las provincias» no se detendría sin actuar sobre sus causas. Entonces, ante el estupor inicial de la gran mayoría de los diputados, propuso la abolición de los privilegios y derechos señoriales de la aristocracia y el alto clero.
    Inmediatamente le sucedió en el uso de la palabra el duque de Aiguillon que era el hombre más rico de Francia después del Rey. Su argumento fue que «el primer y más sagrado deber de la Asamblea Nacional» era «supeditar los intereses personales al interés general», sumándose así a la propuesta de su amigo y colega. Le Guen de Kerengal, adinerando comerciante bretón, clamó entonces: «¡Decidle al pueblo que reconocéis la injusticia de estos derechos adquiridos en tiempos de ignorancia y tinieblas! ¡No perdáis ni un momento más!».
    Entre gritos de asentimiento y en medio de lo que el Monitor describió al día siguiente como «una fiebre de generosidad» fruto de «la embriaguez de la palabra», condes y vizcondes, duques y barones, obispos y arzobispos comenzaron a renunciar unilateralmente a sus tasas, fueros, diezmos, jurisdicciones, pernadas, derechos sobre molinos y bosques y demás privilegios ancestrales. Enseguida fueron algunas provincias y regiones las que se sumaron a la riada, abdicando de sus regímenes fiscales especiales. Como ha escrito George Soria, «en seis horas de reloj se produjo el milagro y el edificio jurídico del viejo régimen fue destruido por la Asamblea Nacional». Sólo el haraquiri de las Cortes franquistas reprodujo en España algo remotamente parecido.
    Ayer tuve un sueño e imaginé que la comparecencia del jueves de Rajoy desencadenaba otra vez ese fenómeno. Que en lugar de prestarse a fomentar nuevos homenajes como el ofrecido a Cospedal –tal vez era para celebrar el ingreso de los 200.000 – en un edificio muy visitado por Bárcenas, que en lugar de seguir estimulando vilezas periodísticas de la peor impronta, que en lugar de continuar encastillado en un negacionismo contrario a toda evidencia y por ende inverosímil, el presidente del Gobierno reconocía la verdad. Es decir, admitía que en su partido se han recibido donaciones ilegales en dinero negro a lo largo de los años y que eso ha servido para engrosar los gastos electorales y en menor medida para resolver problemas personales puntuales, repartir gabelas y complementar algunos sueldos.
    Y soñé que a continuación pedía perdón y anunciaba que todos los dirigentes, afectados por activa o por pasiva, receptores de dinero o meros consentidores, habían decidido entregar a Cáritas el duplo de la cantidad equivalente actualizada; y que también anunciaba la convocatoria de un Congreso Extraordinario del PP en septiembre en el que tanto él como el resto de la dirección pondrían expresamente su cargo a disposición de las bases; y en el que además propondría reformas tales como una limitación drástica de los gastos del partido, la incompatibilidad absoluta de todo sueldo público con cualquier otra percepción, la desaparición del aforamiento de diputados y senadores, el final de las listas cerradas y bloqueadas, la elección de los principales cargos y candidatos mediante primarias con sólo 1.000 avales de requisito a nivel nacional y sólo 100 a nivel regional…
    Y soñé que, casi sin dejarle terminar de hablar, los líderes del PSOE y CiU reprobaban sus anteriores falacias, celebraban su sinceridad sobrevenida, reconocían que en sus propios partidos habían sucedido cosas muy parecidas, se sumaban a sus propuestas y aportaban otras similares. Y que a lo largo del viernes y sábado se producía un alud de comparecencias de presidentes y líderes autonómicos anunciando la eliminación de televisiones públicas, defensores del pueblo, consejos consultivos y demás órganos superfluos detectados por la «reforma Soraya». Y que al día siguiente por la mañana los senadores populares y socialistas anunciaban la renuncia a sus sueldos mientras no haya una reforma de la segunda cámara que le otorgue una utilidad real. Y que por la tarde comparecían los líderes de la Federación Española de Municipios para comprometerse a promover la fusión de todos los ayuntamientos con menos de 1.000 habitantes para ahorrar gastos al ciudadano.
    Una vez que esta semana han terminado de descarrilar las últimas fantasías asociadas a la marca España en una curva que nunca debió estar en el trazado de una línea como esa, ¿hay alguna posibilidad de que este nuevo sueño regenerador se haga realidad? ¿Podemos esperar que, por mínimo que sea el riesgo de que incurran en la «embriaguez de la palabra», entre nuestros políticos brote al menos la «fiebre de la generosidad», o terminará sucediendo todo cuando menos lo esperemos de forma mucho más traumática e incontrolable? ¿Cabe aún un 4 de agosto en España? El domingo lo sabremos.

  6. CATALANES Y VASCOS
    Enric Juliana | 20/07/13

    Convergència i Unió y el Partido Nacionalista Vasco no están en el asedio de Génova. No les interesa, porque saben que la única alternativa a Mariano Rajoy es una derecha en guirigay, o el regreso a un aznarismo neurótico. Rajoy no muere con el caso Bárcenas, pero el Partido Popular va a quedar tocado. Lo que está pasando es muy grave y devora estos días los efectos subjetivos de una cierta mejora de las expectativas económicas. El estado de ánimo de los pueblos es muy importante y España se está aproximando a un fangoso pantano.

    CiU va en barca de la manera que mejor sabe. Costea. Mira de de evitar las rocas y los bancos de arena. Habla de grandes viajes y costea. En Catalunya, esa navegación siempre ha gustado al público maduro que canta habaneras en Calella de Palafrugell, pero la cartografía de moda -promocionada por Artur Mas- marca el rumbo de Ítaca, isla intervenida por el Fondo Monetario Internacional, a 405 millas náuticas de las costas de Egipto.

    CiU costea y el PNV no se ha subido a la contabilidad oculta de la derecha española empuñando el hacha del aizkolari. Ese deporte ya lo practican otros. Los nacionalistas catalanes y vascos de primera generación no están en el asedio de Génova.

    CiU ya tiene suficientes problemas en casa. La Generalitat de Catalunya, en virtual suspensión de pagos y sin acceso al crédito; un crítico fondo social mucho más difícil de gobernar después del retroceso en las elecciones del 25 de noviembre del año pasado (12 diputados menos); fuerte polarización del debate público, con una mayor fragmentación del mapa electoral (lo veremos en las próximas elecciones locales). Y por último, aunque no lo último, el caso Palau de la Música. El juez instructor acaba de concluir que la coalición gobernante en Catalunya pudo haber recibido 5 millones de euros del doble fondo que administraba Félix Millet bajo la sala noble en la que un día Jordi Pujol organizó una valiente protesta contra el general Franco. El fenomenal desgaste que el sistema de partidos está teniendo en España adquiere en Catalunya una tonalidad muy fuerte. En Catalunya, los grandes conflictos de fondo siempre han estallado antes. El eslabón débil de la grave crisis española es Catalunya,

    Euskadi es hoy un lugar tranquilo y el PNV está demostrando ser el partido con un mejor control de sus interioridades. Antiguo, férreo y bien organizado, sabe lavar la ropa sucia en casa. La prioridad del nacionalismo vasco es la gestión de la crisis y el blindaje del actual método de cálculo del cupo, cuestionado por primera vez en muchos años. El cupo vasco debería ser más solidario. Esta es la conclusión provisional de un debate espoleado principalmente por los socialistas catalanes y andaluces, bajo la bandera del federalismo.

    A la gran mayoría de los vascos esa discusión les irrita y ofrece al PNV la posibilidad de erigirse en el Gran Defensor del Cupo, robando votos al propio PP. Iñigo Urkullu, Andoni Ortuzar, Josu Erkoreka, y Joseba Aurrekoetxea, actual núcleo dirigente vasco, lleva meses enfocando una negociación tranquila y discreta con el Gobierno de Madrid. Tienen suerte. El asedio de Génova les viene como anillo al dedo.

    CiU y PNV no tienen ningún motivo para ayudar a los adversarios de Rajoy en el interior de la derecha en llamas.

  7. ¿ES USTED DE UPYD?
    Basar la legitimidad de un programa electoral en el simple hecho de no ser PPSOE es radicalmente absurdo, especialmente, si hablamos de un programa ambiguo orientado a la desesperada captación de votos

    María Eugenia R. Palop
    28/07/2013 – 19:37h
    (en eldiario.es)

    Aunque estoy convencida de que hay millones de españoles que saben con certeza que no son de UPyD, no me sorprendería que, como ha dicho Rosa Díez, hubiera otros tantos millones que no supieran que lo son o si lo son o no lo son. Lo realmente sorprendente sería que lo supieran, porque, desde luego, entender algo de lo que UPyD propone (o no) entraña grandes dificultades. Imagino que sus electores y militantes deben estar acostumbrados a internarse en tortuosas investigaciones a fin de extraer alguna conclusión sobre la posición política propia que les deje dormir tranquilos. Ser o no ser.

    Yo misma, quizá en algún momento en que he sido, inconscientemente, de UPyD, me he dedicado a dilucidar algunas de sus propuestas. Por ejemplo, en uno de sus últimos juegos de prestidigitación, UPyD decidió rechazar el Pacto anti-ley Wert por tratarse de una declaración de intenciones que no podía realizarse en el presente (¿), y porque el acuerdo en el desacuerdo no era un acuerdo que pudiera superar sus desacuerdos con los nacionalistas (periféricos, se entiende, porque ya se sabe que hay un nacionalismo malo y otro bueno, y el periférico es de los malos). Yo deduje entonces que su desacuerdo con los nacionalistas era mucho mayor que su desacuerdo con la contrarreforma educativa del PP, pero nunca he podido confirmarlo. También creí vislumbrar esta cercanía con el PP cuando UPyD afirmó que el copago sanitario no le parecía una mala idea. Lo sé. Que no sea una mala idea, no significa que sea buena. Sin duda, estos enigmas forman parte de ese deporte de riesgo en el que consiste ser de UPyD sin saberlo. Y, acaso, ¿no fueron los magentas los que, junto con CIU y el PP, evitaron que se revisaran los beneficios fiscales de los que disfruta la Iglesia? Nunca me quedó claro porqué. Yo estaba convencida de que, como dice Rosa Díez, las viejas instituciones están en crisis y han de ser superadas, pero la Iglesia no debe ser tan vieja.

    Y lo peor de todo es que a esto ya debería estar acostumbrada porque han sido muchas las ocasiones en las que Rosa Díez ha declarado que su partido no era de derechas, ni de izquierdas, e, incluso, ha llegado a añadir que tampoco era socialdemócrata, aunque ella sí que lo era. Por lo visto, la pareja de baile no es lo que importa, sino la música que se baila, que, en este caso, es la de la política y la regeneración democrática (¿). Esto no he llegado a entenderlo en ningún momento, ni siquiera por aproximación.

    Lamentablemente, me pasó lo mismo hace unos meses cuando intenté buscar una respuesta clara entre los diputados de UPyD a la cuestión del aborto, la violencia de género, o la “fiesta” de los toros. Bien es verdad que Toni Cantó no ayuda, si de claridad se trata, pero hay que reconocer que introduce elementos de performance que refuerzan y adornan el (no)discurso pretendidamente postmoderno del ignoto universo de UPyD. Ahí está su granito de arena, y no es poco.

    Y, bueno, reconozco que me dejó estupefacta otra de las líneas abiertas (abrir se les da bastante mejor que cerrar, eso sí) por el partido “magenta”. UPyD propuso penalizar el negacionismo de los delitos de ETA y de los del franquismo pero se abstuvo en todas las votaciones en las que se planteó la investigación de estos últimos. Y eso que lo tenía bien fácil porque es algo que ha exigido Amnistía Internacional, la Asociación Española para el Derecho Internacional o la Plataforma por la Comisión de la Verdad, integrada por más de cincuenta asociaciones, además de un buen número de partidos políticos en diferentes sedes. Yo, ingenua, siempre pensé que era difícil o, cuando menos, ilegítimo, penalizar la negación de lo que no se conocía, pero seguramente he pecado de exceso de racionalismo. ¿Por qué sería que UPyD se negó a apoyar que nuestro significado 18 de julio figurase como día de condena al franquismo? Soy un mar de dudas.

    En fin, ya es sabido que hay discursos construidos para no ser entendidos, discursos fragmentados en los que se renuncia de forma “total” a una visión “total”. El de UPyD debe ser uno de esos. El problema es que así como en arte o, incluso, en filosofía, estos discursos han sido deconstructivos y críticos, en política suelen orientarse a generar adhesiones impulsivas de corte populista. ¿Lo sabrán (consciente o inconscientemente) los de UPyD?

    Como bien sabe Rosa Díez, y no cesa de repetir, en un momento como éste, en el que la descomposición del bipartidismo es evidente, ser minoría parlamentaria puede ofrecer una ventaja estratégica indudable, pero quizá olvida que formar parte de una minoría o de una mayoría no dice nada de la legitimidad de una propuesta. La legitimidad no es cosa de números, sino de argumentos, y para ser legítimos, los argumentos, además de ser comprensibles y razonables, tienen que ser buenos. Basar la legitimidad de un programa en el simple hecho de no ser PPSOE es radicalmente absurdo, especialmente, si hablamos de un programa ambiguo orientado a la desesperada captación de votos. Siempre es bienvenido que se nos señalen los errores cometidos por los partidos históricos, pero esto no exime a nadie de la necesidad de demostrar que su programa es mejor.

    Lo cierto es que estos partidos “atrapalotodo”, ‘desideologizados’ y pragmáticos han existido siempre, y no tienen nada de novedosos. De hecho, es esta forma de hacer política la que resulta caduca por completo, y es esta misma la que ha contribuido, además, a ese deterioro de las instituciones al que tantas veces alude UPyD. La tesis del “fin de las ideologías”, vulgarizada en su momento por ese gran “humanista” llamado Fukujama, no sólo no fue nunca empíricamente contrastada, un auténtico error histórico, sino que pretendió ser la simple sustitución de una ideología por otra, abiertamente más retrógrada y conservadora. Conviene tenerlo en cuenta

  8. ¿QUÉ VA A PASAR ENTONCES?
    La rabia, la desesperación y la impotencia crecen en la ciudadanía porque el nivel de delincuencia (recogida o no en el Código Penal) de nuestros gobernantes alcanza cotas casi inconcebibles y la desvergüenza de su proceder aumenta cada día con nuevas pruebas.

    Ruth Toledano
    28/07/2013 – 20:18h
    (el diario.es)
    Es la pregunta que se hace un lector, socio de eldiario.es, en uno de los comentarios al artículo publicado por Ignacio Escolar con el título “El delito no es el único límite”, en el que, tras hacer una exhaustiva relación de hechos que, según el Código Penal, no constituyen delito (mentir a los ciudadanos, esconderse, manipular ruedas de prensa, ocultar salarios, militar en el PP al tiempo que se resuelven recursos presentados por este partido ante el Tribunal Constitucional, etcétera, etcétera, etcétera), concluye: “Pretender que el único límite para la política democrática es que no te caiga una condena judicial tampoco es delito: es solo la última falacia argumental con la que el PP intenta vestir de normalidad unos hechos completamente inaceptables, inexplicados y que inhabilitan al presidente para gobernar”.

    Hemos llegado, efectivamente, a una situación política en la que a los gobernantes les basta con no ser delincuentes desde un punto de vista judicial. Lo que importa no es la responsabilidad en el trabajo, la protección y el desarrollo de la cosa pública, el esfuerzo en favor del bien común, la creación del procomún, la honorabilidad, la dignidad, la transparencia, la confianza. Lo que importa a los gobernantes es eso que vulgarmente se conoce como irse de rositas. Si se libran de una imputación, todo bien; si se libran de una condena, miel sobre hojuelas.

    Los ciudadanos asistimos a esa dinámica con indignación, con rabia, con desesperación, con impotencia. La indignación se organizó hace dos años en un movimiento espontáneo, el 15-M, que sirvió para demostrar que se puede actuar con la fuerza de la unión, para recuperar el espacio público, para despertar conciencias, para estimular activismos y para tejer un tejido social de intervención política que ha conseguido logros como los de la PAH (Plataforma de Afectados por la Hipoteca), logros que no lo son solo en un valioso sentido de visibilidad sino, precisamente, a nivel judicial, dado que en marzo de 2013 el Tribunal de Justicia de la Unión Europea declaró ilegal la ley española de los desahucios. Pero la rabia, la desesperación y la impotencia crecen en la ciudadanía porque el nivel de delincuencia (recogida o no en el Código Penal) de nuestros gobernantes alcanza cotas casi inconcebibles y la desvergüenza de su proceder aumenta cada día con nuevas pruebas.

    “¿Qué va a pasar entonces?”, se pregunta el lector, ante este “reality judicial” y ahora que todas “las máscaras han caído”. Es la pregunta que nos hacemos todos. En su opinión, la movilización en la calle es ejemplar pero insuficiente para cambiar el sistema y nos recuerda que fueron los españoles quienes entregaron el poder al PP con una mayoría absoluta que le está permitiendo sus desmanes. “¿No les dice nada el hecho de que con seis millones de parados y una corrupción nauseabunda no haya sucedido nada?”, se pregunta también. Porque lo cierto es que el nivel cuantitativo de la protesta en las calles no está al nivel cualitativo de la situación. La gente está cabreada y hasta desesperada pero no sale en masa a la calle. Si en lugar de dos mil fuéramos dos millones, una y otra vez dos millones de personas en la calle, un día y otro dos millones de personas en la calle, se ejercería una presión que el Gobierno no podría soportar. Siendo dos mil, aguantan un rato, lanzan a los antidisturbios y de vuelta al plató del reality judicial.

    El porqué de que con seis millones de parados y una corrupción nauseabunda aún “no haya sucedido nada” tiene que ver con esa falta de cultura política que entrega la mayoría absoluta a un partido formado por hijos y nietos de franquistas, ligados al secular intervencionismo de la iglesia católica; tiene que ver con una falta de sentido de comunidad heredera, también, de décadas de dictadura; tiene que ver con la falta de educación cívica, el profundo individualismo y la pereza intelectual de un país sin Ilustración. El porqué, nos guste o no, es la pervivencia de las dos Españas. Dicho lo cual, volvemos a la pregunta inicial: “¿Qué va a pasar entonces?”.

    Según nuestro lector, “es imprescindible iniciar una reflexión política que nos sirva para definir un nuevo horizonte (…) Sin una perspectiva electoral, cualquier energía que desarrollemos está condenada a la inutilidad: tendremos la tranquilidad moral de saber que son unos sinvergüenzas, pero eso no cambiará las cosas o las cambiará muy poco. Es imprescindible cambiar las leyes, y eso sólo se consigue en el Parlamento. ¿Se le ocurre a alguien otro camino?”. Es posible que no haya un camino más razonable, pero para transitar ese camino hacen falta alternativas electorales. ¿Cuáles tenemos? El PSOE está en un proceso de desintegración que tiene más que ver con la falta de un ideario político firme que con sus procesos de elecciones primarias, que actúan de tapón para la militancia. IU ha conseguido mejorar sus resultados electorales y sus expectativas, aunque de forma tan insuficiente que ni siquiera se plantea la gobernabilidad, y eso acaba por afectar a su dinámica política. De UPyD mejor ni hablamos, a pesar de que este país es capaz de pasar por alto vergüenzas públicas como la del actor Toni Cantó, por quedarnos solo con la anécdota. Partidos como Equo y PACMA solo pueden aspirar hoy por hoy (y ya sería bastante) a tener presencia parlamentaria.

    De tal panorama se deduce que lo máximo que podemos ambicionar, desde el punto de vista del camino parlamentario al que se refería el lector, es romper con la mayoría absoluta del PP. No sería poco, desde luego. Pero, ¿sería suficiente? ¿Bastaría para renovar en profundidad la vida política de este país, para recuperar los derechos sociales arrebatados, para limpiar el Poder Judicial, para limitar el poder de obispos y banqueros? ¿Bastaría para revisar la Constitución y reconsiderar el modelo de Estado? ¿Bastaría, de lo contrario, para superar la crisis sistémica, para erradicar una corrupción que es estructural? Esa es la reflexión política imprescindible, la que apela a una reforma orgánica, a una transformación moral, a una revolución ética; y ese, el único horizonte que no sería más de lo mismo aunque fuera un poco mejor. Porque, si no, solo sigue cabiendo la misma pregunta: ¿qué va a pasar entonces?

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