Las superwomans (II)

“A Messi hay que pararlo por lo civil o por lo criminal”-Eduardo Inda, director de Marca, el diario de mayor tirada de España.

Si algo es un juez es una voluntad imperante.

Quiero decir algo mucho más que un ser libre porque puede imponer su voluntad a los demás.

La relación de un/una juez con la Ley es única: hace con ella lo que quiere puesto que tiene la facultad de interpretarla libremente.

Usted y yo, no. Usted lee el precepto no matarás y sabe ya que si lo contradice por lo menos irá a la cárcel; un juez, en cuanto juez, no.

Lo que estoy tratando de decir es que, respecto a la ley, todos tenemos que cumplirla menos ellos. 

Ellos la interpretan e interpretar es descifrar, desentrañar el sentido más profundo de las cosas y una cosa, por ejemplo, es la ley.

 O sea que los/las jueces son, como nosotros, unos aprendices de filósofos en el más corriente sentido de la palabra.

 Cuando son honrados, cuando son sinceros, tratan de saber lo que la jodida ley quiere decir. Porque a veces, ellos/ellas dicen que no ha matado en realidad el que lo ha hecho en defensa propia, por ejemplo, y dejan que el criminal se vaya libre. O el que comete un hurto famélico, por poner otro ejemplo, de una conducta prohibida por la ley penal sin pena.

 Pero, otras veces, estos dueños de la ley son extraordinariamente crueles.

 Tomemos el caso de Messi. Puedo afirmar sin temor a error que todos los que piensan mal de Messi son unos canallas.

 A lo peor resulta, luego, que Messi es efectivamente un defraudador y tengo que comerme todas estas palabras, pero para mí Messi será siempre un niño eterno que juega al balón con una puñetera pelota de trapo en su calle.

 Si ahora resulta que también es un tipo asqueroso que ha montado o consentido que le monten un plan para no pagarle a Hacienda los impuestos que debe de todo lo que gana, seguirá siendo un tipo que juega a la pelota incansable y maravillosamente a la puerta de su casa, que es lo mismo que hacía yo en mi infancia sólo que lo hacía muy mal porque no tenía su talento.

 Messi no ha inventado las leyes, ni siquiera una de ellas. Messi, desde que nació, no ha hecho otra cosa que jugar a la pelota incansable y maravillosamente, si los demás han otorgado a esa facultad que él ha tenido siempre la posibilidad de generar ingentes cantidades de dinero él no tiene la culpa. La culpa fue de aquel maldito tango, ya que él es argentino.

 Quiero decir que Messi no tiene la formación fiscal suficiente ni las ganas ni la tranquilidad para ir por ahí inventando la forma de defraudar al fisco mediante trampas más o menos fiscales como ésas mediante las cuales los que más ganan no pagan nunca a Hacienda como presumía Rodrigo Rato de sus amigos ante la interpelación de otro diputado socialista que le acusaba de propiciar una ley para que sus amigos, los de Rato, no pagaran a Hacienda, “mis amigos”, le dijo el ex  director del FMI, “no pagan, no han pagado, no pagarán nunca a Hacienda porque para eso estamos, hemos estado y estarán siempre los expertos fiscales”.     

 Y entonces va una juez o jueza de Gavá y le monta un cirio a Messi porque unos funcionarios de Hacienda, seguramente madridistas y que por tanto aborrecen a ese eterno niño que juega incansablemente con su pelota de trapo, le han pasado unos papeles de los que se deduce que el pequeño e incansable futbolista no le paga a Hacienda todo lo que debe, como todos esos otros deportistas que sí que le caen simpáticos a los funcionarios de Hacienda que mucho me temo que sean casi todos madridistas, pero una cosa es que Fernando Alonso defraude al fisco español como también lo hace su gran amigo, también madridista, Rafa Nadal, como también lo hicieron Arantxa Sanchez Vicario y otros tantos que no tuvieron la desgracia de jugar en ese equipo que se quiere ir de España porque dice que aquí le tratan muy mal sólo porque da la puñetera circunstancia de que es mejor que el Madrid, y otra cosa es que lo haga un maldito hijoputa culé.

 Y la puñetera juez o jueza de Gavá dice que a ella todo esto plin que duerme en pikolín y que el que la hace la paga siempre que no sea del PP porque no sólo hay clases sino también leyes y distintas maneras de entenderlas y practicarlas como decíamos al principio y también ayer, porque ella seguramente es una superwoman que quiere cobrarle a Messi la cuenta de ser un jodido hombre, pequeño y feo, pero que juega al fútbol como los ángeles si es que estos jodidos seres no sólo existen sino que también juegan a la condenada pelota, tal como hacía yo tantos años ha que ya no me acuerdo.

 Jodida superwoman.

 

Las superwomans

 No me cansaré nunca de decir dos cosas: una, que soy el tipo más izquierdista que conozco, o de que tengo noticia, y dos, que soy también el más feminista.
 Toda la felicidad que el mundo, esta jodida vida, me ha proporcionado me ha llegado a través de las mujeres, así como también casi todo el amor; sólo 3 hombres me han aportado el cariño, el afecto que yo, como uno de los seres más desvalidos del mundo, necesito.
 Y todo esto viene a cuento porque todo lo que voy a decir a continuación soy perfectamente consciente de que huele a antifeminismo.
 Y es que la historia de la actuación social de la mujer es casi siempre la de un profundo resentimiento, absolutamente justificado, por supuesto.
 Hay varias leyes materiales que pueden aplicarse perfectamente a lo inmaterial: la de Lavoissier, en la naturaleza nada se crea ni se destruye,  sólo se transforma y la del principio de acción y reacción.
 Decía yo de pasada, el otro día, que la mujer siempre ha estado bajo la potestad de alguien: “in manu patris” o “in manu mariti”, bajo la potestad del padre o la del marido.
 Lógicamente, en virtud del principio de acción y reacción, dentro de su alma se ha generado un espíritu de independencia no sólo natural sino absolutamente necesario.
 Pero, socialmente, todos los sentimientos que se crean nunca desaparecen, luego, espontáneamente, sino que se transforman, así el lógico espíritu de independencia femenino se ha convertido en un fortísimo sentimiento reactivo antimasculino, que no es sino el natural y compensatorio al sentimiento de posesión y paralela sumisión que siente el jodido macho de la más jodida aún especie.
 E igualmente como se heredan, según las leyes de Mendel, las características que constituyen los distintos biotipos, asimismo se ha ido heredando, de generación en generación, ese sentimiento animadversivo de ir a por el hombre, generando una predisposición irreprimible de atacar al hombre que de alguna manera se les somete, en un intento reactivo de compensar aquellas terribles y antinaturales situaciones históricas.
 Y lo peor de esto es que la mayor parte de las veces este sentimiento feminista es absolutamente inconsciente.
 Las mujeres suelen admirar, y mucho, a los hombres que se lo merecen pero lo hacen a su manera, es decir, los admiran, sí, pero a pesar de ser hombres.
 “Mis” mujeres, todas las mujeres de mi vida, aunque tal vez debería denominar “mis señoras”, a las que, como ya he dicho, debo lo poco de felicidad que ha habido en mi vida, me han querido y bientratado a pesar de ser hombre. Sólo una de ellas era mi madre real pero todas se han comportado conmigo como si también lo fueran.
 Alguna me han querido y se han sacrificado por mi mucho más que mi auténtica madre.
 ¿Por qué? Porque yo he sido siempre un tipo evidentemente desvalido y eso ha propiciado la expresión de sus sentimientos maternales.
 He vivido ya toda mi existencia y a lo largo de ella sólo 3 jodidos hombres se han comportado conmigo tan generosamente, con esa anulación de su propia identidad e intereses, en virtud de su afecto hacia mi.
 Pero ese afecto y ese altruismo, tan reales de por sí, estaban lastrados por una suerte de conmiseración, lo sentían y lo practicaban a pesar de que yo con mi absoluto desvalimiento-siempre he mantenido intacta mi condición infantil-era un jodido miembro de la casta maldita, los varones.
 Y todo esto para decir cómo últimamente he presenciado como 3, por lo menos, superwomans, se han cebado judicialmente, con verdadero encarnizamiento, desde su estrado de jueces, con aquellos varones que han tenido la suprema desgracia de sentarse frente a ellas jurisdiccionalmente.

Las superwomans

 

 

 No me cansaré nunca de decir dos cosas: una, que soy el tipo más izquierdista que conozco, o de que tengo noticia, y dos, que soy también el más feminista.

 Toda la felicidad que el mundo, esta jodida vida, me ha proporcionado me ha llegado a través de las mujeres, así como también casi todo el amor; sólo 3 hombres me han aportado el cariño, el afecto que yo, como uno de los seres más desvalidos del mundo, necesito.

 Y todo esto viene a cuento porque todo lo que voy a decir a continuación soy perfectamente consciente de que huele a antifeminismo.

 Y es que la historia de la actuación social de la mujer es casi siempre la de un profundo resentimiento, absolutamente justificado, por supuesto.

 Hay varias leyes materiales que pueden aplicarse perfectamente a lo inmaterial: la de Lavoissier, en la naturaleza nada se crea ni se destruye,  sólo se transforma y la del principio de acción y reacción.

 Decía yo de pasada, el otro día, que la mujer siempre ha estado bajo la potestad de alguien: “in manu patris” o “in manu mariti”, bajo la potestad del padre o la del marido.

 Lógicamente, en virtud del principio de acción y reacción, dentro de su alma se ha generado un espíritu de independencia no sólo natural sino absolutamente necesario.

 Pero, socialmente, todos los sentimientos que se crean nunca desaparecen, luego, espontáneamente, sino que se transforman, así el lógico espíritu de independencia femenino se ha convertido en un fortísimo sentimiento reactivo antimasculino, que no es sino el natural y compensatorio al sentimiento de posesión y paralela sumisión que siente el jodido macho de la más jodida aún especie.

 E igualmente como se heredan, según las leyes de Mendel, las características que constituyen los distintos biotipos, asimismo se ha ido heredando, de generación en generación, ese sentimiento animadversivo de ir a por el hombre, generando una predisposición irreprimible de atacar al hombre que de alguna manera se les somete, en un intento reactivo de compensar aquellas terribles y antinaturales situaciones históricas.

 Y lo peor de esto es que la mayor parte de las veces este sentimiento feminista es absolutamente inconsciente.

 Las mujeres suelen admirar, y mucho, a los hombres que se lo merecen pero lo hacen a su manera, es decir, los admiran, sí, pero a pesar de ser hombres.

 “Mis” mujeres, todas las mujeres de mi vida, aunque tal vez debería denominar “mis señoras”, a las que, como ya he dicho, debo lo poco de felicidad que ha habido en mi vida, me han querido y bientratado a pesar de ser hombre. Sólo una de ellas era mi madre real pero todas se han comportado conmigo como si también lo fueran.

 Alguna me han querido y se han sacrificado por mi mucho más que mi auténtica madre.

 ¿Por qué? Porque yo he sido siempre un tipo evidentemente desvalido y eso ha propiciado la expresión de sus sentimientos maternales.

 He vivido ya toda mi existencia y a lo largo de ella sólo 3 jodidos hombres se han comportado conmigo tan generosamente, con esa anulación de su propia identidad e intereses, en virtud de su afecto hacia mi.

 Pero ese afecto y ese altruismo, tan reales de por sí, estaban lastrados por una suerte de conmiseración, lo sentían y lo practicaban a pesar de que yo con mi absoluto desvalimiento-siempre he mantenido intacta mi condición infantil-era un jodido miembro de la casta maldita, los varones.

 Y todo esto para decir cómo últimamente he presenciado como 3, por lo menos, superwomans, se han cebado judicialmente, con verdadero encarnizamiento, desde su estrado de jueces, con aquellos varones que han tenido la suprema desgracia de sentarse frente a ellas jurisdiccionalmente.

 

Hamlet, El Quijote, El proceso, Joseph K, Garzón, Elpidio José Silva, Neymar y Messi (I)

 Anarquismo, nihilismo, escepticismo, positivismo, objetivismo, realismo.
 Estamos, todos, inmersos en la más sangrienta de las batallas que, además, es absolutamente decisiva y no sólo no participamos en ella sino que ni siquiera la percibimos.
 Franz Kafka, junto con Shakespeare y Cervantes, que conocieron como nadie la puta naturaleza humana, dedicaron todas sus puñeteras vidas a intentar describírnosla pero su intento fue una especie de gratuito “divertimento” porque ellos, en su afán de artistas, se preocuparon, y mucho, de acentuar, de sobreponer lo artístico sobre lo real, olvidando, u obviando, la suprema advertencia de ese poeta menor, junto a ellos, que fue Jaime Gil de Biedma, el primo de la cólera de Dios, cuando, enfermo mortal de sida, nos dijo aquello de “ojo, que la vida va en serio”.
 Y tan en serio, coño. Junto a lo que le está ocurriendo a Elpidio José Silva y lo que le sucedió a Garzón, El proceso de Kafka, el Hamlet de Shakespeare y el Quijote de Cervantes no son más que eso, unos jodidos “divertimentos”, escritos por unos puñeteros “dilettantes”, que se aburrían mortalmente porque no tenían otra cosa mejor que hacer.
 Porque escribir unos folios sobre la angustia que experimentaba un tío que se sentía objeto de un proceso judicial, del que no sólo ignoraba su naturaleza sino también el motivo y el tribunal ante el que se tramitaba, es realmente un juego de niños si se compara con la realísima angustia de unos hombres que son, o fueron, objeto de un proceso real, concreto, mortal, que les están tramitando, o tramitaron ya, no unos seres absolutamente desconocidos, por un motivo más desconocido aún, sino sus propios compañeros de profesión, cuyas artes y procedimientos ellos conocen mejor que nadie porque los han practicado ellos también durante toda su jodida vida profesional, o sea, coño, que ellos saben, o sabían, que la cosa iba en serio, tan en serio que se estaban jugando su propia y puñetera vida.
 Junto a la angustia real de un tío que sabe que lo que está en juego es su jodida, su puñetera vida, el sueño, la pesadilla de un ingente poeta no es más que eso, poesía, un juego que si no es de niños, casi.
 De pronto, una mañana, Garzón se halló con que una serie de familiares de las víctimas de Fanco le llenaron las mesas de su juzgado de querellas contra ni más ni menos que el franquismo, siendo éste la base piramidal de la justicia que él mismo, Garzón, ejercía, practicaba.
 No, desgraciadamente, no era un mal sueño, lo que se dice una pesadilla, sino el hecho más concreto y real que pueda producirse, ser juez de instrucción en España y que una serie de personas absolutamente desamparadas que no encuentran los restos de sus padres, hijos o hermanos, se planten ante ti y te digan: “eh, juez, deja  ya de ocuparte de cosas menores y coge de una puñetera vez el que es sin duda el proceso más importante de España, en el que lo que se va a juzgar no es si fulanito le debe a menganito tantas pesetas, sino qué es y cómo es el sistema político que nos gobierna”.
 Decía yo ayer que Garzón y Elpidio están locos y me equivocaba radicalmente. Lo que ocurría, cuando ellos se decidieron a intentar cumplir con una obligación que justificaría para siempre sus propias vidas ante ellos mismos, es que estos dos hombres se encontraron en la más jodida de todas sus encrucijadas y no tuvieron más “güevos” que decirse “o me doy de baja como ser humano o cumplo con una obligación que yo asumí un día voluntariamente y por la que llevo cobrando y muy bien un montón de años”.
 La mayor parte de los asquerosos seres humanos que poblamos este inmundo charco hubiera dictado un auto en el que se dijera ese jodido “no ha lugar” y se hubiera ido al bar de la esquina a tomarse unas cañas.
 Pero estos 2 sujetos no son de esa condición. ¿Dignidad profesional, amor propio, soberbia? Sí, efectivamente, un poco, o un mucho, de todo ello, el caso es, o fue, que dictaron aquel jodido auto admitiendo a trámite la o las querellas.
 Y así comenzó su calvario. En España los molinos del franquismo no son tales sino auténticos gigantes que, además, son invencibles no sólo porque juegan siempre en su propio campo, sino porque además todos ellos son árbitros y jugadores al mismo tiempo, o sea que es absolutamente imposible ganar.
 Y ellos dos, los muy jodidos, lo sabían mejor que nadie porque ambos participaban, todos los canallescos días de su vida en la dichosa trama.
 Por eso su conducta, además de suicida, es heroica, no poética, porque no hay poesía donde anidan todos los bajos instintos del alma humana sino que constituye una de las cimas de la literatura dramática.
 Lo dos sabían, saben, que iban, que van a morir pero no podían, no pueden, hacer otra cosa. No se trata del destino de Tántalo, ni de Sísifo, sino el todavía más jodido aún de Prometeo, saber que están haciendo todo lo posible por liberar a los hombres de la peor de sus esclavitudes, la jurídica, y que todo su ingente y desesperado trabajo no sólo va a ser completamente inútil sino, además, contraproducente, porque cuando ellos concluyan su tarea, el ciudadano, el hombre, todavía estará más encadenado aún a su jodida roca.
 Y, sin embargo, lo tenían, lo tienen, que hacer y lo hicieron y lo hacen, sabiendo como sabían, como saben, que su destino es el más triste del mundo, no sólo la derrota en una batalla que nunca podrían ganar, sino que el oprobio y la deshonra, todo lo formal que se quiera, pero deshonra, al fin, les acompañarán para siempre, ya que, a partir de ahora, sus vidas serán las de unos fantasmas sobre cuya existencia real se dudará siempre.

Hamlet, El Quijote, El proceso, Joseph K, Garzón, Elpidio José Silva, Neymar y Messi (I)

 Anarquismo, nihilismo, escepticismo, positivismo, objetivismo, realismo.

 Estamos, todos, inmersos en la más sangrienta de las batallas que, además, es absolutamente decisiva y no sólo no participamos en ella sino que ni siquiera la percibimos.

 Franz Kafka, junto con Shakespeare y Cervantes, que conocieron como nadie la puta naturaleza humana, dedicaron todas sus puñeteras vidas a intentar describírnosla pero su intento fue una especie de gratuito “divertimento” porque ellos, en su afán de artistas, se preocuparon, y mucho, de acentuar, de sobreponer lo artístico sobre lo real, olvidando, u obviando, la suprema advertencia de ese poeta menor, junto a ellos, que fue Jaime Gil de Biedma, el primo de la cólera de Dios, cuando, enfermo mortal de sida, nos dijo aquello de “ojo, que la vida va en serio”.

 Y tan en serio, coño. Junto a lo que le está ocurriendo a Elpidio José Silva y lo que le sucedió a Garzón, El proceso de Kafka, el Hamlet de Shakespeare y el Quijote de Cervantes no son más que eso, unos jodidos “divertimentos”, escritos por unos puñeteros “dilettantes”, que se aburrían mortalmente porque no tenían otra cosa mejor que hacer.

 Porque escribir unos folios sobre la angustia que experimentaba un tío que se sentía objeto de un proceso judicial, del que no sólo ignoraba su naturaleza sino también el motivo y el tribunal ante el que se tramitaba, es realmente un juego de niños si se compara con la realísima angustia de unos hombres que son, o fueron, objeto de un proceso real, concreto, mortal, que les están tramitando, o tramitaron ya, no unos seres absolutamente desconocidos, por un motivo más desconocido aún, sino sus propios compañeros de profesión, cuyas artes y procedimientos ellos conocen mejor que nadie porque los han practicado ellos también durante toda su jodida vida profesional, o sea, coño, que ellos saben, o sabían, que la cosa iba en serio, tan en serio que se estaban jugando su propia y puñetera vida.

 Junto a la angustia real de un tío que sabe que lo que está en juego es su jodida, su puñetera vida, el sueño, la pesadilla de un ingente poeta no es más que eso, poesía, un juego que si no es de niños, casi.

 De pronto, una mañana, Garzón se halló con que una serie de familiares de las víctimas de Fanco le llenaron las mesas de su juzgado de querellas contra ni más ni menos que el franquismo, siendo éste la base piramidal de la justicia que él mismo, Garzón, ejercía, practicaba.

 No, desgraciadamente, no era un mal sueño, lo que se dice una pesadilla, sino el hecho más concreto y real que pueda producirse, ser juez de instrucción en España y que una serie de personas absolutamente desamparadas que no encuentran los restos de sus padres, hijos o hermanos, se planten ante ti y te digan: “eh, juez, deja  ya de ocuparte de cosas menores y coge de una puñetera vez el que es sin duda el proceso más importante de España, en el que lo que se va a juzgar no es si fulanito le debe a menganito tantas pesetas, sino qué es y cómo es el sistema político que nos gobierna”.

 Decía yo ayer que Garzón y Elpidio están locos y me equivocaba radicalmente. Lo que ocurría, cuando ellos se decidieron a intentar cumplir con una obligación que justificaría para siempre sus propias vidas ante ellos mismos, es que estos dos hombres se encontraron en la más jodida de todas sus encrucijadas y no tuvieron más “güevos” que decirse “o me doy de baja como ser humano o cumplo con una obligación que yo asumí un día voluntariamente y por la que llevo cobrando y muy bien un montón de años”.

 La mayor parte de los asquerosos seres humanos que poblamos este inmundo charco hubiera dictado un auto en el que se dijera ese jodido “no ha lugar” y se hubiera ido al bar de la esquina a tomarse unas cañas.

 Pero estos 2 sujetos no son de esa condición. ¿Dignidad profesional, amor propio, soberbia? Sí, efectivamente, un poco, o un mucho, de todo ello, el caso es, o fue, que dictaron aquel jodido auto admitiendo a trámite la o las querellas.

 Y así comenzó su calvario. En España los molinos del franquismo no son tales sino auténticos gigantes que, además, son invencibles no sólo porque juegan siempre en su propio campo, sino porque además todos ellos son árbitros y jugadores al mismo tiempo, o sea que es absolutamente imposible ganar.

 Y ellos dos, los muy jodidos, lo sabían mejor que nadie porque ambos participaban, todos los canallescos días de su vida en la dichosa trama.

 Por eso su conducta, además de suicida, es heroica, no poética, porque no hay poesía donde anidan todos los bajos instintos del alma humana sino que constituye una de las cimas de la literatura dramática.

 Lo dos sabían, saben, que iban, que van a morir pero no podían, no pueden, hacer otra cosa. No se trata del destino de Tántalo, ni de Sísifo, sino el todavía más jodido aún de Prometeo, saber que están haciendo todo lo posible por liberar a los hombres de la peor de sus esclavitudes, la jurídica, y que todo su ingente y desesperado trabajo no sólo va a ser completamente inútil sino, además, contraproducente, porque cuando ellos concluyan su tarea, el ciudadano, el hombre, todavía estará más encadenado aún a su jodida roca.

 Y, sin embargo, lo tenían, lo tienen, que hacer y lo hicieron y lo hacen, sabiendo como sabían, como saben, que su destino es el más triste del mundo, no sólo la derrota en una batalla que nunca podrían ganar, sino que el oprobio y la deshonra, todo lo formal que se quiera, pero deshonra, al fin, les acompañarán para siempre, ya que, a partir de ahora, sus vidas serán las de unos fantasmas sobre cuya existencia real se dudará siempre.

 

Canción triste en el Palacio de Justicia o ¿por quién doblan las campanas?

    El juez Elpidio José Silva
 Hace ya la friolera de 3 años que escribí mi post “Réquiem por el juez Garzón”, hoy, sería demasiado fácil escribir otro titulado “Réquiem por el juez Elpidio José Silva”, del que ya escribía yo el otro día que la suya era la crónica de una muerte anunciada, pero, por seguir utilizando estas frases hechas, que son, por otra parte, tan expresivas, voy a utilizar ahora no una sino dos de éllas: “canción triste en el Palacio de Justicia” y “¿por quién doblan las campanas?” Y ya, de antemano, les anuncio que doblan por todos nosotros.
 Yo no sé lo que han sentido todos ustedes cuando han leído todos esos párrafos que el juez Silva ha escrito y que constituyen el más terrible de los alegatos que nunca jamás se haya escrito en el mundo por un juez.
 Y claro está que no tenía más remedio que escribirse en España, porque, se lo aseguro, no hay otro país en el mundo civilizado, en el que la justicia sufra tanto escarnio como aquí.
 Pero hay algo que voy a anticiparles a ustedes, leo una a una todas sus palabras y les juro por mi vida que no las creo, porque me parece imposible que un hombre en esa posición se haya atrevido a escribirlas porque ahora, sí, ahora sí que es inevitable ya su sacrificio en ese ara del altar vacío desde que en él se oficiara el de Garzón.
 Lo que, aquí, en España, ellos han dado en llamar justicia, ya no tiene otro remedio que ejecutarle porque, si no, esto significaría que tiene razón y, al día siguiente, habría que cerrar todos esos teatros en los que se escenifica el peor de los simulacros.
 Porque son simulacros todos esos solemnes actos en los que se dice que se imparte justicia. Nunca se hace así incluso en aquellos procesos en los que la justicia formal coincide plenamente con la real porque esto sucede entonces por pura coincidencia porque el espectáculo está montado con otras finalidades muy distintas.
 La justicia oficial no tiene por objeto ni mucho menos hacer que se satisfaga esa natural aspiración del cuerpo social a que el orden natural de las cosas coincida con la realidad. 
 Ni una sola vez sucede así de modo que cuando las leyes cumplen con su natural función de que el orden sociopolítico coincida con la realidad que aquéllas pretenden tutelar se hace incluso con cierta irrisoria destemplanza.
 Y, así, hemos visto que cuando ha sido necesario que el Tribunal Supremo cambie su doctrina jurisprudencial para que el mayor banquero del Reino no sufra una justicia que estaba ya cantada por el pueblo, el más alto de nuestros tribunales no tuvo empacho alguno en cambiarla.
 Y así “ad infinitum”.
 Por eso, a los que sabemos de qué va esta cosa, nos causa tanta extrañeza que miembros tan consagrados ya de la trama, que ocupan un puesto relevante en la administración de justicia del país, cometan esta locura increíble de enfrentarse abiertamente contra ese mismo inatacable sistema del que forman parte indisoluble.
 Ni Garzón ni Silva han podido pensar siquiera en que les iban dejar actuar impunemente así.
 ¿Se han vuelto locos, entonces? 
 Yo creo que sí.
 Y es que la locura está muy cerca de todos estos hombres que se han acostumbrado a que lo que ellos dicen sea un auto de fe sacramental, algo mucho más que un dogma puesto que goza de la fuerza coactiva de todo el poder del Estado.
 Nadie puede acercarse tanto al fuego íntimo del Poder sin quemarse en el intento.
 Y, una vez locos, lo más probable es que pierdan el sentido de las proporciones y crean realmente que ellos son en sí mismos el más fuerte de todos los poderes del Estado y entonces, como esas polillas suicidas, se acercan demasiado al poder y arden en un instante con un fulgor destelleante.
Por ahora, sólo son dos casos, Garzón y Silva, pero es extraño que este drama tan grotesco como significativo no suceda con más frecuencia, porque el poder consume al que lo ejerce como la más activa de las llamas.

Canción triste en el Palacio de Justicia o ¿por quién doblan las campanas?

    El juez Elpidio José Silva

http://www.eldiario.es/politica/Blesa-denuncia-victima-judicial-CGPJ_0_144186114.html

 Hace ya la friolera de 3 años que escribí mi post “Réquiem por el juez Garzón”, hoy, sería demasiado fácil escribir otro titulado “Réquiem por el juez Elpidio José Silva”, del que ya escribía yo el otro día que la suya era la crónica de una muerte anunciada, pero, por seguir utilizando estas frases hechas, que son, por otra parte, tan expresivas, voy a utilizar ahora no una sino dos de éllas: “canción triste en el Palacio de Justicia” y “¿por quién doblan las campanas?” Y ya, de antemano, les anuncio que doblan por todos nosotros.

 Yo no sé lo que han sentido todos ustedes cuando han leído todos esos párrafos que el juez Silva ha escrito y que constituyen el más terrible de los alegatos que nunca jamás se haya escrito en el mundo por un juez.

 Y claro está que no tenía más remedio que escribirse en España, porque, se lo aseguro, no hay otro país en el mundo civilizado, en el que la justicia sufra tanto escarnio como aquí.

 Pero hay algo que voy a anticiparles a ustedes, leo una a una todas sus palabras y les juro por mi vida que no las creo, porque me parece imposible que un hombre en esa posición se haya atrevido a escribirlas porque ahora, sí, ahora sí que es inevitable ya su sacrificio en ese ara del altar vacío desde que en él se oficiara el de Garzón.

 Lo que, aquí, en España, ellos han dado en llamar justicia, ya no tiene otro remedio que ejecutarle porque, si no, esto significaría que tiene razón y, al día siguiente, habría que cerrar todos esos teatros en los que se escenifica el peor de los simulacros.

 Porque son simulacros todos esos solemnes actos en los que se dice que se imparte justicia. Nunca se hace así incluso en aquellos procesos en los que la justicia formal coincide plenamente con la real porque esto sucede entonces por pura coincidencia porque el espectáculo está montado con otras finalidades muy distintas.

 La justicia oficial no tiene por objeto ni mucho menos hacer que se satisfaga esa natural aspiración del cuerpo social a que el orden natural de las cosas coincida con la realidad. 

 Ni una sola vez sucede así de modo que cuando las leyes cumplen con su natural función de que el orden sociopolítico coincida con la realidad que aquéllas pretenden tutelar se hace incluso con cierta irrisoria destemplanza.

 Y, así, hemos visto que cuando ha sido necesario que el Tribunal Supremo cambie su doctrina jurisprudencial para que el mayor banquero del Reino no sufra una justicia que estaba ya cantada por el pueblo, el más alto de nuestros tribunales no tuvo empacho alguno en cambiarla.

 Y así “ad infinitum”.

 Por eso, a los que sabemos de qué va esta cosa, nos causa tanta extrañeza que miembros tan consagrados ya de la trama, que ocupan un puesto relevante en la administración de justicia del país, cometan esta locura increíble de enfrentarse abiertamente contra ese mismo inatacable sistema del que forman parte indisoluble.

 Ni Garzón ni Silva han podido pensar siquiera en que les iban dejar actuar impunemente así.

 ¿Se han vuelto locos, entonces? 

 Yo creo que sí.

 Y es que la locura está muy cerca de todos estos hombres que se han acostumbrado a que lo que ellos dicen sea un auto de fe sacramental, algo mucho más que un dogma puesto que goza de la fuerza coactiva de todo el poder del Estado.

 Nadie puede acercarse tanto al fuego íntimo del Poder sin quemarse en el intento.

 Y, una vez locos, lo más probable es que pierdan el sentido de las proporciones y crean realmente que ellos son en sí mismos el más fuerte de todos los poderes del Estado y entonces, como esas polillas suicidas, se acercan demasiado al poder y arden en un instante con un fulgor destelleante.

Por ahora, sólo son dos casos, Garzón y Silva, pero es extraño que este drama tan grotesco como significativo no suceda con más frecuencia, porque el poder consume al que lo ejerce como la más activa de las llamas.