Una tan larga victoria

 

 Hace ya 84 años, llevo bien la cuenta porque éste es el año en el que nací, que Wall Street, el Sancta Sanctorum del capitalismo mundial, hizo crack, de una manera tan estrepitosa que todavía se recuerdan aquellas estremecedoras imágenes de la gente saltando al vacío desde los rascacielos usanianos.

 Y fueron estas tan espantosas imágenes las que obligaron a un tío que se llamó Franklin Delano Rooselvet, cuando conquistó la presidencia de aquella república, a adoptar unas medidas tan señaladas que se llamaron el New Deal, el nuevo trato, ¿nuevo tratamiento o nuevo pacto?, mediante la adopción de medidas decididamente intervencionistas del Estado federal.

 Entonces, como ahora, el liberarlismo-pero ¿cómo coño se permite que este viejo cáncer invada una y otra vez todas las partes del cuerpo social hasta pudrirlo completamente?-había conseguido dos cosas extraordinariamente significativas: 

 1) que la economía estadounidense sufriera diversos desequilibrios, principalmente en el reparto de la riqueza y los recursos: treinta y seis familias ricas poseían unos ingresos equivalentes a los del 42% de la población;

 

2) de 27,5 millones de familias, 21,5 no poseían ninguna clase de ahorros.

 ¿Les recuerda algo a ustedes esta canallesca situación?

 A ésta se llega, querida amiga mía Lucía/Lisístrata, mediante el ejercicio de una atroz libertad que permite al rico decirle a tipo que va a entrar a trabajar en una de sus fábricas: “éste es tu misérrimo salario, si quieres, lo tomas, y, si no, lo dejas”.

 Y el asalariado lo toma porque, si no, sus hijos no sólo no tendrán nada para comer ese asqueroso día sino que tampoco tendrán ese galpón que el generoso de su jefe habrá habilitado para que todos sus empleados vivan allí, hacinados y revueltos como las propias bestias, Las uvas de la ira, novela de John Steinbeck, luego llevada al cine por John Ford, con una magistral Henry Fonda, en el papel estelar.

Y algunos liberales a ultranza me dirán “oiga, que v. no dice nada de que aquel pueblo tan duramente golpeado entonces,  ahora es el mejor situado en el escalafón del bienestar social de todo este jodido mundo”

 Y claro que no lo digo porque no es verdad y yo nunca he dicho una sola mentira en mi puñetera vida.

 El Estado norteamericano ha conseguido reducir aquellos escandalosos porcentajes entre riqueza y miseria que enumerábamos antes pero lo ha hecho mediante dos procedimientos absolutamente criminales:

 1) aumentando exponencialmente el número de familias multimillonarias y

 2) aumentando también de la misma manera el número de familias necesitadas para que aquéllas tangan siempre mano de obra barata.

 Y todo ello mediante el más canallesco de los hechos históricos de la humanidad: hacer que el resto del mundo sufrague el relativo bienestar de su pueblo, al hacer que todos los ciudadanos del mundo paguemos una gran parte de su deuda pública a fondo perdido.

 De manera que hoy, ahora, son los griegos los que, en una cantidad que sobrecoge, han engrosado la lista de los suicidas: 4.000.

 En España nunca jamás sabremos el número siquiera aproximado de nuestros suicidas porque aquí la libertad de expresión-¿te suena esto a algo?, mi querida Lucía-sólo existe a favor de los todopoderosos multimillonarios que hacen que sus medios publiquen no sólo lo que los beneficia a ellos sino también lo que perjudique a todos los que luchamos bravamente porque lo que está sucediendo se sepa.

 Y es que la libertad sólo sirve para eso: para que el pueblo sólo tenga acceso a aquello cuyo conocimiento le perjudica porque no sólo ciega su pensamiento sino que también anula su voluntad, no por nada sino por la vigencia de aquel maravilloso aserto filosófico “nihil volitur qui precognitur”, no se puede querer sin conocer, de manera que sólo nos dejarán que sepamos todo aquello que sirve para esclavizarnos aún más, los polvos que echa a la semana una buena señora o los goles que meten los domingos los jodidos héroes de ese puto día.

 Si esta es la jodida libertad de estos señores, que se la metan por el culo, si es que les cabe.

 

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