La angustia existencial

                     Sartre

 Cuando yo era joven, casi un niño, 28 años, o sea hace más o menos sesenta, daba 2 o 3 charlas a la semana en Alicante, en donde entonces se podían realizar, sindicatos y colegios, y en todas ellas tuve siempre gran afluencia de público, creo yo que fue porque ya entonces, sin saberlo, resultaba que yo escribía en verso y esto agradaba a la gente, sobre todo a la joven.

 Formulada esta broma, siempre mostré, y muestro, un total desprecio por el dogmatismo, creo que no hay verdades absolutas, ni siquiera ésta, que todo es relativo y que es el pensamiento que domina al mundo el que nos ha llevado hasta este desastre que yo considero total e irremediable.

 O sea que, en aquel entonces, años 50, 1950 y siguientes, yo participaba ya, sin saberlo, sin siquiera sospecharlo, de esa maravillosa tendencia que los filósofos italianos, Gianni Vattimo, Umberto Eco, etc. ha propugnado con tanto ímpetu que ha dado origen a una escuela informal de la filosofía que se denomina “pensamiento débil”, pero que yo considero que, hoy, es el más fuerte de todos los pensamientos.

 Porque estos autores, han sometido a revisión todo lo que los grandes padres de la filosofía han escrito y han conseguido demostrar que nada hay más falso que el pensamiento que se halle seguro de sí mismo, porque el hombre es esencialmente falible y, por lo tanto, incapaz de nada firme, absoluto, indiscutible.

 Así, yo, ahora, he llegado a la culminación de mi ascenso hasta las cumbres de la Nada. No sé si es que es posible el contagio de las enfermedades mentales o sentimentales, y yo he acabado por contagiarme de la de mi mujer, no lo sé, pero es el caso que he comenzado a no saber en qué día vivo, dónde estoy y qué es lo que hago, mis hijos, que están ahí, como testigos, me dicen, cada día, que he hecho cosas increíbles que yo no consigo recordar, cosas inimaginables en quien era yo hasta ahora y que, como no es factible imaginar una conjura contra mí de los que más me quieren, habrá que dar por ciertas.

 El caso es que he comenzado a vivir sin vivir en mí, pero qué grande que es la puñetera poesía, es decir que floto, sin asidero, en un mundo de total inseguridad en el que ya no encuentro nada en que apoyarme.

Y, sin embargo, qué curioso, no experimento esa angustia existencial que dio origen a ese formidable fenómeno filosófico que se denominó precisamente existencialismo y que se basaba esencialmente en la experiencia de la náusea ante la Nada.

 Lo que, seguramente, demuestra que, a veces, la filosofía se aleja definitivamente de la realidad humana porque el jodido hombre es algo más, ¿mucho más? que esa canallesca inteligencia pensante. Es por eso que, ahora, ha comenzado a hablarse, o escribirse, de la famosa inteligencia emocional, que yo no considero que es  sino eso tan grandioso que esconde el corazón humano, los sentimientos.

 O sea que la enfermedad de mi mujer está arramblando con todo lo que yo llevaba dentro: una estúpida seguridad intelectual, que creía firmemente en eso de que la verdad es realmente la adecuación de la inteligencia a la realidad, sin detenerse a pensar qué jodida cosa es la inteligencia y si la realidad real, la verdadera, la que subyace allá, en el fondo de todo, es siquiera aprehensible por nuestra puñetera inteligencia, si es que ésta existe verdaderamente, o sea, puro pensamiento débil, pero el más débil de todos los que existen.

 Y, ahora, estoy aquí, esperando a una de las enfermeras que atendía a mi mujer para pagarle los 16 días que ha trabajado para nosotros antes de que mi mujer comenzara a insultarla diciéndole que se acostaba conmigo, que hace ya más de 4 años que he perdido cualquier tipo de atisbo libidinoso. Pero la señora no ha podido soportar la situación y se ha ido y no es la primera ni será la última porque la demencia senil que sufre mi esposa tiene a ésta entre otras muchas de sus fatales características.

 De modo que aquí estoy, realizando una especie de casting diabólico, entrevistando a enfermeras que sean capaces de atender a mi mujer como absolutas samaritanas, que la traten con todo el cariño del mundo al propio tiempo que soportan sus terribles maledicencias.

 Y yo he comenzado a no saber quiénes son y cómo son cada una de ellas y empiezo a dudar de quién soy y cómo soy yo mismo, lo que me hunde en una especie de pozo insondable, donde la náusea de la que hablaban, y escribían, Sartre y Camus, ha comenzado a parecerme un juego de niños.

 

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