La cólera de Dios

 Aguirre es mucha Aguirre. Decía su primo, Jaime Gil de Biedma, un poeta extraño, homosexual, que murió de sida, que la vida va en serio, si lo sabía él que, a lo peor, ya conocía que estaba enfermo con el más famoso de los virus modernos.
 Yo, que, en el fondo, soy el más ingenuo de los tipos que conozco, había comenzado a reafirmarme, una vez más, en mi vieja idea, casi tanto como yo, de la justicia inmanente.
 Inmanente, frente a transcendente, es aquello que es intrínseco, que va implícito en la propia naturaleza del ser.
 Lo decía yo por aquí, el otro día, alguien, no recuerdo quién, cada día recuerdo menos cosas, ha dicho que somos seres para la muerte. Y es esta propia muerte, de la que nadie se escapa, la que nos hace justicia, al fin, a todos. Inmanencia, coño, inmanencia, al fin, todos, en nuestra propia cama, o en la de un hospital, a solas con ella.
 La cólera de Dios era temida, muy temida por todos, con mucho motivo. Dicen de ella, como del Ser Superior madridista, que son esencialmente peligrosos, que no se paraban nunca en ninguna clase de barras y que si tenían que dar matarile, lo daban.
 No lo creo porque ambos son radicalmente católicos, ¿o no? Y un católico, ya se sabe, cumple a rajatabla con la ley de Dios, cuyo cuarto mandamiento es conocido por todo el mundo, pero el caso es que tanto el ex vicealcalde de Madrid, como el ex vicepresidente del mismo, dijeron, “sotto voce”, pero lo dijeron que temían por sus dos jodidas y puñeteras vidas.
 De modo que yo, al principio, pensé en la puñetera justicia inmanente hasta que he leído un artículo de Luis Solana, en Elplural digital, que afirma que esto de La cólera de Dios no era sino una artimaña de esa genial política que es la Aguirre que sabe ya que a Rajoy le quedan 4 telediarios y está tomando posiciones ante tal evento, porque ella quiere ser la merkel española y está convencida de que lo haría mucho mejor que ésta lo está haciendo.
 De modo que no he tenido más remedio que archivar mi estúpida teoría de la justicia inmanente y arrepentirme todo lo que pueda de mi insuperable inocencia.
 Si La cólera de Dios es La cólera de Dios, es decir, si Aguirre es Aguirre, no sólo es inasequible al desaliento, como buena falangista, sino que está dispuesta a morir matando porque está convencida de que ése es su puñetero destino.
O sea, que nos hallamos en el más ansioso compás de espera, porque, al fin, ha llegado el momento que tanto esperaba, el ocaso de su viejo enemigo, el sin par Rajoy, que, al fin, parece que ha encontrado la horma de su zapato en ese rescate ante el que se defiende con todas sus fuerzas, como lo que es un gato, o una gata, panzarriba

Enésima carta a Adrián Massanet

 Frente al mundo, frente a la vida, frente al hombre hay, fundamentalmente, dos maneras de comportarse, una, meterse plenamente dentro de ellos, hacerse uno de ellos, hacerse ellos, vivir con ellos y morir con ellos, elegir definitivamente entre la promiscuidad o el elitismo, aunque yo, ahora, cuando escribo esto, dudo sobre si somos nosotros los que realmente elegimos o es la propia, la jodida, la terrible, la puñetera vida la que nos elige.
 Pero hoy nos toca hablar un poco de deporte y cine. Decía el jodido Stendhal que escribir no era más que pasar un espejo a lo largo de ese camino que es la vida, o algo más o menos así.
 Y yo creo que el artista lo que realmente trata siempre de hacer es escribir, contar,  narrar una historia más o menos humana.
  Y será tanto mejor en su oficio cuando lo realice con la mayor economía de medios. Creo yo.
 O sea que no se trata de epatar al burgués con los más sofisticados medios que se hayan inventado nunca sino de narrar la historia de la mejor manera para que llegue a los otros.
 Coño, aquí está, la jodida palabra, los otros. ¿Existen realmente los otros?
 Para mí, sí, existen tanto y de tal manera que he consagrado toda mi vida a ellos.
 La lengua madre, el puñetero latín, dice de ellos que son los “alteri” y que todo lo que se refiere a ellos es “alienum”, ajeno, coño, ajeno.
Así las cosas, cuando uno quiere decir que además de unos tipos determinados hay otros que no lo son tanto dice o escribe “et alteri” y cuando trata de expresar que algo se le escapa más o menos definitivamente dice que aquello le es ajeno. Surgen así los conceptos de alteridad y ajenidad que no son idénticos aunque lo parezcan. Alteridad es simplemente la constatación de que hay otras personas en el mundo además de nosotros, ajenidad es considerarlas no sólo distintas sino tal vez incluso enemigas.
 Bueno, pues todo este rollo es porque el jodido Adrián Massanet, ha venido el tío y me ha reprochado que sea aficionado al fútbol en lugar de al tenis.
 No me había yo planteado este aspecto de la personalidad de Adrián.
Sólo me había preocupado de sus tendencias artísticas, sobre todo cinematográficas, en ningún caso de las deportivas. Pero si lo hubiera hecho tampoco habría acertado porque yo hubiera apostado por el golf en lugar del tenis.
 Si algo es el puñetero Adrián es un elitista. Y un elitista es todo aquel que pertenece a una élite y una jodida élite es un circulo cerrado y exclusivo de personas que, por alguna circunstancia, están fuera del mundo corriente.
 O sea que el puñetero Adrián es todo lo contrario de lo que soy yo.
 Y, entonces, dirán ustedes ¿por qué parecen tan buenos amigos?
 Y yo podría responder con esa ley creo que de la Física que dice que polos del mismo signo se repelen y de signo contrario se atraen fuertemente.
 Para que ustedes se hagan una idea: Adrián tiene por lo menos un blog; yo, tengo dos; él no deja a nadie entrar en su blog a comentar para que no se lo manchen o estropeen, a mí me parecen pocos todos los que entran en los míos; Adrián es anarquista, dice, yo soy comunista.
 Entonces ¿de qué coño pueden hablar 2 tipos tan diferentes?
 ¿De cine? No, hace 10 o 12 años que a mí el cine ya no me interesa.
De Literatura, temo que no tengamos muchos gustos comunes. De Filosofía, un anarquista y un comunista es imposible que se pongan de acuerdo en qué es lo que se debe de hacer políticamente, puesto que uno querrá poner bombas para acabar con todo, menos con él, y el otro, será tan ingenuo e idealista que quiera hacer un mundo nuevo, en el que todos, absolutamente todos, incluso los genios sean iguales, porque la genialidad no es sino una cualidad humana más como la de darle mejor que nadie a una pelota de tenis.
 A mí nunca se me ocurriría buscar una élite para meterme dentro de ella porque una vez allí no sabría absolutamente qué hacer, en cuanto al golf no he visto ni un solo partido ¿o se dice partida? en mi vida y no sólo porque me aburra sino porque me parece insoportablemente elitista.
 Y Adrián protestará : “que yo no he mencionado al golf para nada” y será verdad, pero sí que ha mencionado el tenis.
 Y durante los últimos 30 años de mi vida he pasado 20 jugando al tenis todos los días, hasta que las piernas me fallaron y lo dejé, desde entonces no he vuelto a ir a un club de tenis para nada porque es casi tan elitista, supongo, porque nunca fui a ninguno de ellos, como uno de golf. Aborrezco este último deporte porque el golfista es incapaz incluso de llevar él mismo su raqueta, quiero decir sus palos de golf, tiene para ello a un esclavo que creo que llaman “caddie”. La cólera de Dios creo que juega al golf.
 Siento una profunda vergüenza de haber jugado al tenis, un deporte que precisa de pistas especiales, de palas o raquetas espacialísimas,  que no puede jugarse de ninguna manera en plena calle, creo que no me hubiera atrevido nunca a jugar al golf, que no hubiera podido nunca pensar impunemente que con esas 40 o 50 mil pesetas, que cuestan los jodidos palos, una familia media podía vivir un mes.
 Pero yo soy un zarrapastroso proletario que no se atreve a gastarse más de 10 euros diarios en comer. Porque me acuerdo de aquella empingorotada dama que me criticó tan duramente que llevara a mi mujer a aquel hospital de Alicante al que sólo pueden ir los millonarios, siendo como parecía que yo era uno de esos asquerosos rojos, lo que me impulsó a escribir la aporía del comunista.
 No tolero a ese ídolo nacional que se llama Rafa Nadal, es más, lo detesto. Me parece tan hipócrita como el mismo Florentino Pérez. Rechazo hasta en lo más profundo de mi corazón su madridismo militante. Estoy seguro de que él también no sólo es elitista sino esencialmente unicista, como el propio Mourinho. Toda su familia es del Barça, incluso uno de sus tíos jugó en dicho equipo con carácter profesional. Pero él, Rafa, tenía que distinguirse esencialmente de todos los suyos y ¿qué otra distinción mayor había que la de hacerse madridista? Él tenía que ser único, como la propia España, y representar todos los atributos de la raza…..
 Bueno, ya está bien, tal vez haya ido demasiado lejos al defender el fútbol como un deporte proletario que yo comencé a jugar en plena calle con pelotas de trapo o de papel.
 Un deporte tan popular que Franco y sus secuaces no dudaron ni un momento en hacer suyo. Algo tendrá el agua cuando la bendicen, algo tendrá el fútbol cuando todo el mundo trata de apoderarse de él y es por eso que algunos marxistas parecemos contradecir aquella vieja teoría que se oponía ciegamente al viejo neronismo del “panem et circenses”, porque lo consideraban uno de los opios del pueblo, pero pan y circo siempre habrá y allí también tendremos que ir los viejos, los anticuados marxistas, a plantear la consiguiente batalla porque allí estarán siendo infectados, manipulados, alienados, tal vez los mejores de todos nosotros, los que buscamos algo inmaterial para entregarle lo poco que nos queda ya de altruista en el alma.

El desprecio

               Walter Benjamín
Es realmente  incalculable la cantidad insuperable de desprecio que gente como Rajoy, Cospedad o La cólera de Dios deben de sentir por este pueblo que les tolera todas las ingentes canalladas que están cometiendo.
Ellos mismos han tardado mucho tiempo en aceptarlo, han tenido que comprobar una y otra vez como este pueblo de asquerosos esclavos acababa lamiéndoles el culo cuando más lo explotaban, incluso cuando a la explotación unían los peores insultos a su inteligencia y a su dignidad personal: Pero ¿qué clase de gentuza es ésta que acepta sin rechistar todo esto que les estoy haciendo? ¿Cómo es posible que sus propias entrañas no se rebelen contra ellos mismos incapaces de tolerar la insoportable humillación a que los sometemos? Pero ¿qué clase de gente son, hasta donde llega su propia impudicia que supera con mucho a los cerdos, en cuanto a su infecto comportamiento, y a las hienas, en lo que se refiere a su propia estimación?
 Es precisamente por esto por lo que no sienten, no pueden sentir ninguna clase de piedad por toda esta gentuza que tanto les tolera, “son tan despreciables”, piensan, “que lo merecen todo, incluso esta montaña de desprecio que vertemos sobre ellos”. “Que se jodan” decía la hija de Fabra.
 La cobardía, el temor cuando no se tiene nada que perder, cuando la vida es una insoportable tortura, es una ignominia personal tan absoluta que no merece ninguna clase de consideración ni siquiera por parte de aquellos que son culpables de ella, cuando menos de los que son sus involuntarias víctimas.
 Hay, en nuestro país, casi 6 millones de personas que son víctimas de la peor de las persecuciones y otros casi 20 millones más que lindan ya con la insoportable condena de la peor de las miserias y hasta ahora yo, que durante mucho tiempo sufrí estos males, sentía una inmensa compasión, en el más estricto sentido de la palabra, por todos ellos.
 Hoy, comienzo a replantearme la cuestión. Dicen, no sé si sólo en mi jodido pueblo: “el perdío, al río”.
 Si yo me estoy muriendo de hambre, si no tengo realmente nada que perder, ¿qué coño es lo que temo? 
 Si yo, cumpliendo a rajatabla, el mandato implícito de Albert Camus, lo que debería de hacer de una puñetera vez es suicidarme, si yo llevara a cabo plantearme sinceramente la terrible  disyuntiva shakespeareana, hace ya mucho tiempo que no debería de estar aquí, que habría hecho lo que hacen cotidianamente algunos cientos ¿o son miles? de hombres y mujeres realmente conscientes de su propia verdadera condición.
 No es un farol retrospectivo, pero durante mucho tiempo pensé seriamente en llevar a cabo un atentado contra aquel gran tirano que nos amargó a casi todos la vida durante tantos años.
 Pero al fin se impuso el puro, el canallesco miedo a mi deseo de hacer una justicia que nadie se atrevió a cometer.
 Hoy, ya no hay un sólo tirano que justifique un atentado personal. Habría que utilizar una bomba atómica, pero me alegro de que no esté a mi alcance un instrumento capaz de ejecutar esa justicia que reclama inexorablemente un mundo así, porque no estoy seguro de lo que haría.
 De modo que me siento condenado a seguir viviendo esta existencia miserable en todos los sentidos y no sólo porque mis posibilidades de hacerlo dignamente mengüen de manera muy considerable cada día.
 Es la jodida trampa familiar la que me tiene bien cogido por mis testículos.
 El sufrimiento que supone la sola idea de que mi mujer y alguno de mis hijos se verían totalmente desamparados ante una vida que sería, sin mis pensiones, absolutamente insoportable, me tiene amarrado vitaliciamente a aquí y no me permite una salida aceptable como aquella que pergeñé hace ya casi 60 años cuando mi tragedia El suicida, quedó finalista, o sea, segunda, en el premio Arniches de teatro del Ayuntamiento de Alicante.
 Sí, yo estoy absolutamente convencido, como Stefan Zweig, Arthur Koetsler, Walter Benjamín, Mariano José de Larra y Angel Ganivet, de que la única salida digna que tiene el eterno dilema hamletiano es irse de aquí dando el más drástico de todos los portazos.

Los árbitros le vuelven a abrir la veda al Real Madrid.

Lo que caracteriza al hombre es su esencial deslealtad intelectual, lo que hace de él un perfecto miserable, porque miserable es el que comete continuamente actos indicadores de su profunda indigencia moral.
 Y este comienzo sería más digno de una crónica política propiamente dicha pero lo es de una narración ¿deportiva?
 Llevo siglos escribiendo que los nerones actuales son mucho más peligrosos que aquel tipejo histórico que le pegó fuego a Roma para inspirarse y escribir un poema..
 Y la doctrina Nerón dice que al pueblo hay que darle “pamen et circenses”, o sea, el famosísimo “pan y circo”, pan y juegos circenses, con muchos gladiadores y muchos leones.
 La gentuza que hoy escribe en los diarios deportivos no son sino los peores esbirros del poder político porque están cumpliendo al pie de la letra aquel mandato explícito que el gran canalla le dio a uno de sus ministros: “Y, Fulanito, un último consejo, haga v. como yo, no se meta nunca en política”.
 La negación de la política como tal es el primer síntoma que da el canalla perfecto. Volvemos al canalla típico, Lampedusa, y su “es preciso que todo cambie para que todo siga igual”, es la máxima expresión del más canallesco de los conservadurismos.
 Nuestra jodida y ajetreada vida no es sino una puñetera lucha por el poder: desde el poder de poder comer  un poco todos los días, el poder a que aspira ése que “llamamos hombre de la calle”, al poder omnímodo de un canallesco Obama que ordena asesinar de mala manera a otro ser humano a pesar de que los suecos le habían dado el premio Nobel de la paz, si será cínica la puñetera Academia, no en vano uno de los hombres más honrados que ha dado nuestro especie les dijo que se metieran su premio en los cojones.
 Ya sé, ya sé que todos no podemos ser como Sartre, pero al menos deberíamos intentarlo. Y no hacer como esa gentuza que en masa escribe hoy en los diarios, bajo la égida que marcan hombres como el citado Franco, el Rey, Aznar y Rajoy.
 Decía el genial Rilke que todo ángel es horroroso y yo me apresuro a afirmar que todo madridista es un fascista, aunque él no lo sepa o no quiera saberlo. Porque un fascista es el que detenta injustamente el poder para abusar de él todo lo que pueda. 
 El poder en el fútbol radica, como es lógico, en el absoluto dominio de todas sus estructuras. ¿Qué son las estructuras? Dice ese jodido y pequeño canalla que es Artur Mas que el va a crear poco a poco en Catalunya estructuras de Estado.
 Franco creaba estructuras políticas incluso sin querer. Cuando descubrió que aquel equipo que vestía de blanco era lo único que algunos admiraban fuera de España, decidió convertirlo en el eje de toda su política, de aquella política que él aconsejaba tan ladinamente no hacer. Porque no disponía de ninguna otra cosa que pudiera exhibir con cierto orgullo fuera de las fronteras sobre las que extendía tu terrible poder.
 Y ordenó que todo el país girara propagandísticamente, publicitariamente, alrededor de lo único que le parecía exportable de su execrable régimen, lo que le otorgaba a aquel equipo de fútbol auténtica licencia para matar. Y mató.
 Y, como España es, para nuestra desgracia, el país más atávico del mundo, aquel equipo de matones continúa matando. Ayer, en Sevilla, dos argentinos, convenientemente nacionalizados, Higuaín y Di María, cuando les convino, agredieron salvaje y alevosamente a dos contrarios a escasos metros del “juez” de la contienda el más madridista, que ya es decir, de todos los árbitros, como el que lava, porque lo 1º que les enseñan a todos los jugadores que llegan al Real Madrid es cuáles son sus poderes, entre los que se encuentran la facultad de agredir impunemente a cualquier contrario, lo que les atribuya una superioridad anímica considerable.
 El caso fue tan escandaloso que alguno de los diarios madridistas, no tiene más remedio que resaltarlo: “Higuaín debió ser expulsado”, dice Andújar Oliver en el inicuo Marca, pero otros, como El País llegan incluso a ignorarlo totalmente.
 O sea que ya estamos en donde estábamos la Liga pasada: total complacencia de los árbitros hacia el Madrid que puede hacer absolutamente todo lo que quiere.

Rajoy se sale con la suya


 En la sección ENTREVISTAS DIGITALES de El País, del 14 de septiembre de 2012, Gustavo García Herrero, Director del albergue municipal y la casa de amparo de Zaragoza, contesta así a esta decisiva pregunta:¿Por qué hay tanta desigualdad en España?
“Según el Coeficiente GINI que mide las desigualdades, España alcanza un 31,7 en 2007 frente al promedio del 29,2 de la UE-15. Y según  los más recientes datos de EUROSTAT, España es el tercer país europeo con mayor desigualdad entre la Europa de los 27. Lo grave es que tanto en tiempos de bonanza como en estos años de crisis, las desigualdades siguen aumentando según todos los indicadores. ¿Porqué? Sin duda alguna, por la fiscalidad tan regresiva que tenemos en España; en nuestro pais, el 44% de los ingresos del Estado provienen del IRPF y de ellos el 83% procede de rentas del trabajo. Y un 32%, hasta ahora, del IVA. En definitiva, ser rico en España sale muy rentable. Si tuviéramos la misma fiscalidad que en  Suecia, tendríamos 200.000 millones de euros más al año. Se acaban los problemas de la deuda y los recortes”.
Empiezo a creer que algunos de los que me leen pueden llegar a pensar que yo le tengo manía a Rajoy y no es así, a mi, este tipo, al principio, me caía bien por ese aire entre cínico y despistado que él ha cultivado muy eficazmente, pero ahora es de tal inconmensurable magnitud la tragedia que está provocando, muy conscientemente, en las clases trabajadoras de España, que lo que me inspira es el mayor de los rechazos posibles y un odio mortal en el sentido literal de la palabra.
Ya son 2 los tipos que han logrado inspirarme un odio capaz de desearles la muerte, el 1º fue Franco y, ahora, este individuo.
Gironella, que era de natural optimista, escribió su famosa novela Un millón de muertos, en un evidente momento de ceguera casi total.  Los muertos en el haber de aquel siniestro personaje superan, con mucho, el millón, yo creo que todavía están muriendo, estamos muriendo, muchos de los agredidos tan salvajemente por aquel cuidadoso asesino .
Franco mató, como dice un falso marxista que anda por ahí, porque su oficio era matar. Una especie de verdugo múltiple y muy cualificado. Horroroso y repugnante pero encuadrado dentro de la lógica de una profesión execrable admitida en todas las naciones de este asqueroso mundo.
Pero lo de Rajoy es inconcebible y absolutamente inadmisible.
Rajoy es un muy bien colocado registrador de la propiedad. Un registrador de la propiedad, de su antigüedad,  gana más de 3 millones de pesetas mensuales.
¿Hay quién dé más?
¿Qué necesidad tenía entonces de entrar a sangre y fuego, con toda  ferocidad, en esa cruelísima batalla que se ha desatado contra las inmensas legiones de menesterosos que buscan desesperadamente un lugar para sobrevivir por todos los desolados caminos del mundo?
Es ese instinto, que no me atrevo a calificar, el que anima a todos estos supermultimillonarios-ayer publicaban todos los diarios nacionales las ingentes fortunas de la mayoría de los que nos gobiernan-que no podrían ya malgastar sus tesoros por mucho que se lo propusieran.
 Es el afán de hacer daño por hacerlo. Cospedal y su marido obtienen por sus indeseables servicios una cantidad de euros tal que supera los 50 millones anuales de las antiguas pesetas, mientras ella decreta que los inmigrantes paguen una tan enorme cantidad por operarse que yo no me atrevo a citarla aquí porque me asusta realmente su cuantía, amén de casi 600 puñeteros euros por cada noche pasada en el hospital.
 ¿Cómo podemos denominar un acto en el que, con premeditación y alevosía, se le exige a un hombre, que no tiene ni para comer porque no trabaja, una cantidad exorbitante para su asistencia médica, lo que significará, en muchos casos, su condena a muerte?
 A lo peor, por este post, el Fiscal General del Estado, el inefable Torres Dulce, amigo y compañero del ínclito Gallardón, ordena que me imputen.
 Ayer un díario, conceptuado como de extrema izquierda, se negaba a publicarme un comentario hasta que no fue expulgado convenientemente, hoy no sabemos lo que podrá pasar, en esta bendita tierra en la que brilla como en ninguna otra la sacrosanta libertad de expresión.

La censura de Público

 Acabo de llevarme la sorpresa de mi vida.
Ya había recolectado 4 o 5 rechazos a mis posts en medios tales como El Confidencial, El País, etc., pero no podía siquiera imaginarme que iban también a rechazármelos en Público.
Es posible que la edad y el proceso degenerativo tipo alzheimer hayan debilitado mis neuronas hasta tal límite que ya sea incapaz de comprender dónde está lo imperdonable del siguiente post:
“A veces, muy pocas, uno se lleva pequeñas alegrías intelectuales como ésta de haber denunciado a Rajoy como un auténtico supermultimillonario, lo que nos coloca a todos, o, por lo menos, a todos los que lo votaron en la misma situación que aquellos  imbéciles que no se les ocurrió otra cosa que poner al zorro a guardar a las gallinas.
He venido escribiendo una serie de posts denunciando la obscena e indebida riqueza del tío que ahora tiene la llave de todas nuestras calenturas y que no hará nunca nada, absolutamente nada, que perjudique a los ricos lo que no es sino lo mismo que favorecer a los pobres, o sea, que es el  zorro el que está guardando los intereses de todos los demás que sólo somos unos gallinas:

El sistema

                                                       El primer Rockefeller
 Pero ¿dónde está el tío que maneja el jodido sistema?
 Releyendo mi post anterior parece que deduzco que el sistema nos venía impuesto por la propia naturaleza de las cosas. Porque el lenguaje es tan innato como el ladrido de los perros.
 Y creo que estoy en condiciones de afirmar que el lenguaje es el sistema. ¿O es al revés?
 Éste es el tema que más me preocupa de todos los que he tratado en mi vida.
 La 1ª vez que me ocupé de él en serio fue en Mérida, donde mi adorada hija Cristy trabajaba en la Comunidad de Extremadura, antes de aprobar las oposiciones a la Universidad.
 Fue una revelación tal que casi me caigo de la cama.
 Por 1ª vez me di cuenta de que todo, absolutamente todo, lo que decimos está marcado con el jodido tinte de la mentira.
 Es mentira que yo sea el tío éste que ahora está escribiendo todo esto. Mi verdadero yo se ríe de este estúpido idiota. Si yo pudiera de verdad ser lo que quiero probablemente sería ese jodido actor de moda que las lleva locas y que ahora no recuerdo como se llama o, todavía mejor, ese maravilloso poeta que fue Miguel Hernández, porque probablemente Rilke era técnicamente mejor pero mucho menos humano, porque tener siempre a nuestra disposición una de esas espléndidas mujeres que parecen irreales tiene que ser divino, pero escribir desde lo más profundo de mi corazón “me llamo barro aunque miguel me llame, barro es mi corazón y mi destino que mancha con su lengua cuanto lame”, yo creo que es mucho mejor aún.
 Aunque dudo mucho que lo prefiera absolutamente a haber escrito “¿quién, si yo gritara, me escucharía entre las jerarquías de los ángeles? Todo ángel es horroroso.” porque, precisamente, aquí, en estas jodidas 16 palabras, está compendiado todo este poderoso discurso que entre todos estamos tratando de dilucidad: nuestros gritos, nuestros desesperados gritos son desoídos por esa inmensa, inacabable multitud que es la humanidad, porque esta canallesca muchedumbre no es más que un maldito sistema que nos comprende, nos abraza y nos ahoga como una poderosa boa constrictor.
 Y la culpa ¿la tiene aquel jodido neardental o cromagnon que se inventó las primeras palabras para dominar por completo a su pareja o a su hermano que probablemente se llamaba Abel y que no le hizo caso cuando él le propuso algo imposible?
 Ahora, algunos se empeñan en que Caín se llama Rockefeller o Botín o alguien que está sobre los 2 y que no quiere siquiera que sepamos su nombre. Hace bien. Porque así se ahorra todos esos millones de maldiciones. Pero él sabe muy bien que las merece.
 Pero el problema, mi problema, al menos, es: y este tío ¿a qué coño juega?
 ¿A tener más dinero, para qué, si sólo puede comer una vez cuando le toca, si sólo puede dormir en el mejor de los lechos del mundo, si sólo puede enviar a sus armadas, a sus ejércitos, a sus flotas de aviones teledirigidos, a machacar a un pueblo, cuyo sistema de vida no es el que él propone?
 Joder, me parece que no soy capaz de penetrar en el cerebro de un tipo semejante, aunque recurra a la poderosa ayuda de Foucault y sus estudios sobre el poder.
 A no ser que el poder por el mismo poder sea como el sexo, algo inexplicable que parece basarse en una especie de instinto mortal, mediante el cual el hombre puede llegar a considerarse a sí mismo divino.
 Si es así, resulta todo tan inexplicable como esa taberna que un día nos mostrara Sastre, en la que cada uno trata de ser el peor de todos, de acuerdo con esta canallesca condición humana.