La revolución frustrada

 Son las 4 de la madrugada y me he levantado como un poseso, temprano madrugó la madrugada, porque, de pronto, me he dado cuenta que esa famosa revolución que toda la gente decente de este jodido pueblo pedíamos ha comenzado.
 Y la han iniciado, como otras tantas veces, los mineros. Esa minúscula, escuálida tropa que avanza inerme hacia Madrid pidiendo justicia, su justicia pisoteada una vez más.

 Pero si nos fijamos bien, todo está sucediendo al revés.

 En 1936, era un general, ni más ni menos que un Caudillo, el que se alzaba en armas contra el pueblo, ayudado por ese jodido poder económico que ahora reina plenamente en 
la península.

 Ahora, 2012, es una parte infinitesimal del pueblo la que se alza contra ese mismo poder económico y avanza a pecho descubierto hacia la capital del Estado y es precisamente un canario, un tipo nacido en Canarias, el que ha prendido la mecha de esta pacífica insurrección.

 Si éste fuera un pueblo decente y honrado, valiente y leal, que no lo es, porque lo han degradado con su prensa general del Movimiento,  esos canallescos aprendices de Goebbels que fueron Fraga y Solís et alteri, como en esa foto fija tan hermosa de la película de Bertolucci, en su camino hacia Madrid, a esa escuálida columna de hombres de hierro con los pulmones llenos ya de sílice, se le iría uniendo pueblo a pueblo, metro a metro, un españolito más, de esos que no hayan visto ganar a la Roja la jodida copa de Europa, el opio, el famoso opio del pueblo, joder.

 Y la escuálida columna iría creciendo, a pesar de las bajas que van a comenzar a producirse porque el poder capitalista no va a quedarse quieto viendo como avanza hacia donde ellos tienen todas las instituciones representativas de su invencible fuerza, esa legión menesterosa de los parias de la Tierra, de la famélica legión, y las más violentas de las represalias comenzarán a producirse sobre esta hermosa gente que no es sino la quintaesencia del pueblo.

 Comenzarán, seguramente, con las consabidas pelotas de goma y con las defensas, tras los cascos y los escudos, imagen que a mí me recuerda aquella otra tan impresionante de los jenízaros de los zares acribillando a balazos al pueblo en aquellas escalinatas del film de El acorazado Potenkin.

 Pero en aquellos hermosos y heroicos tiempos no había televisión. Belén Esteban no era la máxima heroína popular y el fútbol todavía no se había inventado por lo que ningún Cristiano Ronaldo correteaba henchido de propio orgullo no sólo por su maestría sino también por su guapura y su riqueza por las verdes praderas del Edén que son estos canallescos estadios de fútbol, en donde se adiestra a las masas incultas para que sean lo más sumisas posible.

 Y yo me pregunto: ¿es posible imaginar siquiera que el pueblo vaya engrosando lenta pero inexorablemente esa escuálida columna que representa el incipiente intento de libertad?

 En otras circunstancias históricas, sí, pero ahora hay mucho cabrón mirándose el ombligo, mucho oligarca finisecular, mucho aprendiz de cacique y de señorito, un montón de tuertos y de ciegos, muchos alienados que se niegan a admitir lo que realmente está sucediendo en este país.

 Ojalá me equivoque y todo esto no sea sino la aurora de una revolución como aquellas que nos mostraran Bertolucci y Eisenstein, en Novecento y El acorazado Potemkin.

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