Nada, mundo, hombre, justicia, muerte, vida ultraterrena, Dios.


 En un principio era la nada. ¿Es concebible la nada? Sí, la nada no es más que el vacío y éste sabemos que puede crearse artificialmente, luego, existe y, por lo tanto, puede existir.

 Que el mundo existe es una evidencia y, por lo tanto, no precisa demostración.

 Que el hombre existe, también es una evidencia, idem, idem.

 Justicia, ¿existe? A veces, pero debería de existir siempre. Pero ¿qué es la justicia? Yo no he encontrado una definición mejor que la del viejo jurisconsulto romano Ulpiano: “suum cuique tribuere”, dar a cada uno lo que es suyo. Absolutamente genial no sólo por breve sino también por exacta. Si cada uno de nosotros tuviera realmente lo que es suyo, el mundo y la vida serían perfectos, pero no hay nada más lejos de la realidad. Podría decirse que ocurre precisamente todo lo contrario: nadie tiene realmente lo que es suyo, lo que de verdad le pertenece. Los unos, los más, la inmensa mayoría, por defecto; los otros, la inmensa minoría, por un exceso a todas luces injustificado que daña evidentemente la más elemental justicia.

 ¿Y qué es lo que echa a perder de esta manera al mundo y a la vida?

Precisamente las normas que proclaman y ejecutan los que ahora mandan en este puñetero mundo: el famoso ánimo de lucro, la norma suprema del liberalismo: dejad que cada uno busque su propio provecho, su máximo enriquecimiento y todo funcionará como una seda.

 Y así estamos. El mundo no es sino el escenario de la peor de las guerras, de la del hombre contra el hombre, cuánta razón tenía el viejo Hobbes cuando nos dijo aquello de “homo, homini lupus”, el hombre es un lobo para el hombre.

 Coño, hay que ser el más jodido de todos los hipócritas para propugnar que la ley del liberalismo sea universal, porque el hombre es tan radicalmente canalla y tan egoísta que es capaz de arrojar al mar sus excedentes alimentarios para que no bajen de precio sabiendo que millones y millones de niños, vamos a hablar sólo de los niños,  mueren de hambre.

 Justicia, sí, pero no por casa, le oía yo decir a mi madre. Éste es el verdadero problema, y que me perdona Hamlet. La vida no es sino una lucha contra la justicia cuando debería de ser todo lo contrario, una lucha para conseguirla, para implantarla, para que reinara intangible sobre nuestras vidas, y, en cambio, vemos que es esta irrisión que absuelve a Camps y condena a Garzón. Pero ¿adónde vamos, coño?

 Yo ya lo sé, porque tengo 83 años muy duros a mis escuálidas espaldas: vamos hacia a la destrucción y hacia la muerte. Creo firmemente que el hombre sólo progresa hacia su propia destrucción, hacia su propio aniquilamiento, hacia un apocalipsis junto al cual las pesadillas de Coppola son de risa. Porque no va a ser en balde que hayamos creado ya las armas capaces de destruirlo todo, de barrer la superficie de la Tierra como un tsunami junto al cual estos temporales de ahora, son tempestades en un vaso de agua.

 Vamos hacia una muerte total, lo creo firmemente porque en el fondo de mi espíritu hay una tendencia incoercible a la justicia y creo que no es posible, vitalmente hablando, que tanta maldad, tanta canallería, tanta irresistible injusticia quede sin castigo, me niego rotundamente a aceptar siquiera la posibilidad de que todo esto, tan canallesco, que estamos haciendo va a quedar sin castigo, un castigo que a todos nos llega siempre por algún lado, o, por el mismo lado: la muerte.

 La muerte, la nada, otra vez, el vacío, la ausencia de contenido y de tiempo. No, no lo creo, me opongo firmemente con todas mis fuerzas a una idea así, ¿de qué coño nos habrá valido entonces ese concepto de justicia del viejo Ulpiano, cómo obtendrían lo suyo los jodidos malvados que ahora gobiernan el mundo?

 Creo precisamente en todo lo contrario, en algún lugar del universo, paciente y serena, inapelable, implacable, nos está esperando a todos la justicia, para darnos, al fin, lo que es nuestro, lo que nos pertenece, lo que nos merecemos.

 Amén.

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