Garzón, sí, otra vez, pero, en este caso, se trata de una discusión filosófica

 Como uno, aunque quiera, no puede dejar de pensar, acabo de darme cuenta que el debate entre Joan Marti, el abogado de Gandía y yo, no es sino el viejo pleito entre relativistas, yo, y fundamentalistas, él, yo no creo en nada que no sea la vida misma, o sea, la naturaleza y él cree en las construcciones humanas, en este caso nuestro, en el Derecho positivo, o sea, la Ley, si la ley dice algo, este algo es verdad no por otra cosa sino porque lo dice la ley.

 Así como hay un fundamentalismo religioso, Dios existe porque lo dicen el Papa, o los concilios, o el Ayatolá Jameini, o los equivalentes a los concilios de Irán,  la ley es la ley y tiene un valor universal porque la dicta el Congreso, y todos los seres civilizados de este mundo tenemos que aceptarlo así porque, si no, todo se va al carajo. Y dicho así no cabe la menor duda de que todo es perfecto y funciona como un puñetero reloj. ¿No?

 En cambio, para mí, no hay más verdad que la que se deduce de la naturaleza de las cosas, o sea  iusnaturalismo frente a iuspositivismo. Para mí, Garzón no es más que un pobre ser humano más atrapado en su circunstancia humana, juez que actúa en España, y, para él, Garzón es una especie de ángel caído al que hay que condenar porque lo dice la ley.

 Oye, ¿y a mí que este debate de ahora me gusta mucho más, aunque sea el mismo, que todo ese lío de leyes y de artículos?

 Y es que así como la religión no es más que un lío de sacerdotes y de mandamientos, el Derecho no es más que otro lío de jueces, abogados, fiscales y de leyes.

 Por eso yo creo que soy un abogado especial,muy especial, porque no creo en las leyes, ni en los jueces, ni en los fiscales, ni, por supuesto, en nosotros, los abogados, que no somo sino la encarnación moderna de aquellos jodidos sofistas griegos que vivían, los puñeteros, de demostrar un día una verdad, y, al día siguiente, la contraria.

 Pero la verdad es la verdad, la diga Agamenón o su porquero, por supuesto que, en este caso, el porquero soy yo, simplemente, porque soy el que está frente a la autoridad de los jueces, pequeños, o grandes, quién lo sabe, agamenones.

 Y ya me parece estar oyendo a millones de millones de contradictores que me gritan: “Oiga, pero si la verdad absoluta no existe” y yo les respondo sin gritar, “claro que no y eso es precisamente lo que yo digo, por eso digo también que soy un relativista”.

 No le demos más vueltas, señores, Garzón ya no es más Garzón sino simplemente la víctima propiciatoria, el sacrificio que todos hemos ofrecido a los dioses y que éstos, gracias a Dios, han aceptado, al fin, de modo que el ciclo ritual ha acabado y él, qué paradoja, se encamina, resignado, a su destino en la Corte Penal Internacional, mientras los sacerdotes del ritual español, descansan, al fin, profundamente, reclinados en los magníficos sitiales de nuestro Tribunal Supremo porque ellos, pese a quien pese, incluso a ellos mismos, han cumplido con su misión, castigar al impío Prometeo que se había atrevido a arrebatar el fuego sagrado del Derecho a los dioses, para intentar aproximarlo a los hombres, haciéndose, pues, reo de la más alta de las traiciones a su propio destino que, está claro ya, no es sino el de ser, por siempre y para siempre, juez.

 De modo que, lo reconozco, el juez Varela tenía toda la razón del mundo cuando decía aquello de que “Dios había venido 2 veces al mundo, una, en Judea, Cristo, y, otra, en Jaén, Garzón”, y los 2 han sido virulentamente crucificados.

 Pero qué le vamos a hacer, si así es la vida. Ya lo decía el que, para mí, es el más divino de todos los hombres, el jodido, el puñetero, el canallesco Marx : todo no es más que jodida economía y es por ésta por la que se mueve el mundo a través del no menos jodido materialismo dialéctico, de manera que Garzón se halla, al fin, donde tenía que estar, en un sitio donde no pueda hacer mucho daño porque el jodido tipo se había creído de verdad eso de que los hombres pueden ser realmente dioses, o sea, jueces, dueños de la vida y de la fortuna de los pobres hombres.


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