Pero ¿de qué nos quejamos, si, al final, hemos conseguido todos vivir en una maravillosa sociedad abierta? (II)

      Milton Friedman, Ronald Reagan, Margaret Thatcher y Augusto Pinochet, los grandes iconos del neoliberaalismo

 Hayek no ha hecho sino llevar a sus últimas consecuencias las doctrinas de Adam Smith y de von Mises, a los que él reconoce como sus maestros.

 Y, como éstos, ha resultado incapaz de resolver las íntimas contradicciones que implica en sí mismo el liberalismo. Si el hombre es la medida de todas las cosas y en su discurrir por la vida actúa de tal forma que logra el bienestar general cuando sólo busca únicamente el suyo, si el ánimo de lucro es el sacrosanto motor de la vida en el universo, ¿por qué, cada 15, 20 o 30, años el dichoso liberalismo, y su inevitable consecuente, el capitalismo, sufren estas crisis salvajes que amenazan con acabar con la vida de la humanidad?

 ¿No será más bien que el liberalcapitalismo lleva implícito en su propia naturaleza esas crisis que no son sino el resultado esencial de su propia evolución, dicho de otro modo, no será que el liberalcapitalimo a lo que tiende realmente es a esas crisis, o sea, que las crisis no son sino el resultado lógico, natural, inevitable de un sistema que busca sólo la satisfacción de las necesidades de los individuos, como átomos aislados de la sociedad y que, para ello, se estructura como un sistema disolvente de las tendencias centrífugas que instintivamente los organismos sociales llevan en sí mismos, de ahí su rechazo frontal, acendrado y salvaje hacia cualquier forma de colectivismo como es el que representa el Estado?

 ¿No será más bien que la actuación eminentemente individualista del sujeto económico si se la deja a su libre albedrío acaba, como parece lo más natural, estructurando su entorno sociopolítico económico de tal modo que todo gira alrededor de ese interés individualista de manera que los resultados colatelares de tipo socializador, cuando se producen, no son sino excrescencias no deseadas del propio sujeto y como tales se tratan de evitar no sólo inconscientemente sino de un modo absolutamente premeditado al considerarlos no sólo innecesarios sino también contraproducentes, lo que se incorpora a la teoría procedimental como algo a suprimir tajantemente y entonces los líderes políticos expresan su rechazo en los términos más categóricos: El Estado, o cualquier otra forma de organismo socializante que intervenga de algún modo en la producción no sólo no es la solución sino precisamente el problema: Thatcher y Reagan, inducidos por el genio maléfico de Milton Friedman, el tío que no sólo fue el mentor de estos 2 sino también de ese criminal nato que respondía por Pinochet.

 Asi las cosas, parece claro que Hayek incurría al menos en una contradicción flagrante en sus propios términos: de una parte decía que lo racional, lo lógico, lo científico era dejar que la larga e infalible mano del mercado lo regulara todo, pero, luego, cuando las grandes e inevitables crisis se presentaban ¿qué hacía?: enzarzarse en una larguisima, casi interminable polémica con Keynes, que acababa ganando siempre éste, entre otras cosas porque las recetas que apuntaban eran la solución no sólo para Rooselvet y su New Deal sino para todos los dirigentes económicos que manejaron las crisis económicas consecuencia de la guerra mundial, como todas esas otras que jalonan el imperio del paradigma liberal, porque es éste, el que a pesar del enorme predicamento que hoy goza, es falso, puesto que falla más que una escopeta de feria y si sigue imperando no es por razones científicas sino sólo políticas, porque su imperio es lo que más conviene a las ideologías nazifascistas que, bajo diversas apariencias, son las que realmente mandan en el mundo.

 De modo que Hayek y su ideólogo estrictamente político, Popper, no tienen razón: el ánimo de lucro ciega totalmente al hombre privándole de la facultad de comprender que su interés no puede ser absolutamente inmoderado desde el punto de vista político, porque entonces acaba por pudrir cualquier institución sociopolítica que en él se base, porque no tendrá nunca en cuenta los aspectos socializadores que ha de incluir toda ideología política si quiere que los resultados de su propagación produzcan también efectos no sólo en el entorno del sujeto económico individual sino también en las colectividades en las que éste se agrupa y que son tan naturales desde el punto de vista del desarrollo natural de la economía como aquél, por lo que ignorarles decididamente conduce directamente al fracaso a todo paradigma que se fundamente en él.

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