Proletarios de todos los países, uníos

En este escudo de la Unión Soviética, iba escrito dicho llamamiento en multitud de idiomas en esa larga cinta roja que forma su núcleo.

Yo ya lo sé y creo que todos ustedes también deberían saberlo. Se trata de otro momento fundacional de la ultraderecha, sí, efectivamente, el último fue el del príncipe de Lampedusa y aquel formidable mandamiento que ha llevado en volandas a su gente a la cima de la pirámide del mando: “es preciso que todo cambie para que todo siga igual”.
Y, efectivamente, la ultraderecha, como un sólo hombre, ellos sí que tienen una disciplina de hierro, ha conseguido todos sus objetivos militares, pero, ojo, atención, la guerra no ha terminado porque restan los objetivos civiles.

Efectivamente, ya a nadie, menos 4 o 5 sedicentes economistas que no lo son ni por el forro ni Cristo que los fundó, sino una pequeña partida de locos, se le ocurre siquiera poner en cuestión la gran idea madre, la palabra mágica que nos trajeron Hayek y Popper después de habernosla señalado con su dedo el sumo pontifice, Adam Smith, la mano invisible del mercado es la auténtica mano de Dios en la Tierra que todo lo soluciona providencialmente, de modo que “anatema sit” y quedan excomulgados, desde el punto de vista de la ciencia económica, todos esos hijos de puta que se oponen deliberadamente a la expresa voluntad divina.

Aquel terrible mandamiento, mucho más duro aún que aquellos otros diez clásicos juntos, nos ha traído directamente hasta a aquí, a lomos de la más feroz de todas las hipocresías: si el marxismo y sus concreciones históricas más o menos comunistas aterrorizaron de tal modo a los ultraderechistas que, por 1ª vez,  atisbaron una posibilidad de que el “statu quo” de lo que ellos llamaban y por desgracia siguen llamando “civilización” terminara con un estado de cosas imbuido de alguna pequeña dosis de justicia social, no pudieron soportar el temblor, de modo que pusieron todo su empeño, y todo su poder, que es precisamente todo el poder del mundo, en que aquella horrísona herejía no prosperara, y no lo hizo.

O sea que, efectivamente, claro que existe un materialismo histórico  pero da la casualidad que siempre se produce en sentido contrario, o sería mejor decir en el mismo sentido, en el que aquellos supremos hipócritas de la Thatcher y el Reagan decían que creían, que el Estado no era la solución sino precisamente el problema, cuando es precisamente el Estado el que los mantiene a ellos en pleno machito para que puedan arrimar todas las ascuas a sus inmensas sardinas, quiero decir “fortunas”.

De modo que la doctrina Lampedusa se impuso y una especie de “pax romana” se extendió por el mundo, en el que todos esos canallas empedernidos que lo gobiernan consintieron que los pobres de la Tierra, la famélica legión, accediera mansamente a las migajas que se desprendían, sin querer, claro, de su opulenta mesa y lo llamaron, sólo por darle un nombre, Estado del bienestar, en tanto en cuanto admitía las más minúsculas de las participaciones de los trabajadores en el reparto de la Gran Tarta en forma de unas cuantas gotas de protección jurisdiccional para que los canallescos empresarios no pudieran echar a la calle sin indemnización a quienes les diera la gana, un seguro sanitario para que, si enfermaban, fuera el condenado Estado el que cargara con los gastos, y un sistema pùblico de pensiones para que, cuando ya no pudieran siquiera con su alma, se retiraran con 4 cochinas perras.

Pero esto les pareció demasiado, no por nada, sino porque los jodidos pordioseros aquellos se llenaron de soberbia y montaron huelgas por todos sitios, pretendiendo regular las espantosas condiciones en las que algunos trabajaban mediante un engendro que llamaron “convenios colectivos”.

Esto era demasiado, había que llamar a aquellas hordas al orden.

Y, entonces, se les apareció, como enviada por el Cielo, la más grande de las oportunidades históricas: una crisis económica más de ésas que periódicamente sufre el capitalismo como consecuencia de su propia naturaleza, y decidieron convertirla en la madre de todas las batallas, “ahora o nunca” dijeron y comenzaron a chantajear a todos los gobiernos del mundo mundial, pero especialmente a aquellas de los mal llamados socialdemócratas para que ellos mismos, con sus propias manos, procedieran a demoler el que gilipollescamente habían llamado Estado del bienestar.

Y en esa época del neoliberalultracapitalismo estamos, esperando pacientemente, ellos, temiendo, aterrorizados, nosotros la extinción por siempre y para siempre de ese anacronismo histórico que supone la violación de la reglas más importantes del capitalismo rabioso: despido libre y ausencia absoluta de la llamada seguridad social, o sea la regresión total y para siempre a los tiempos medievales, en los que no sólo había siervos de la gleba sino que los Señores conservaban celosa y religiosamente el derecho de pernada, como hace tan poco tiempo nos demostrara ese adelantado a su tiempo que es Berlusconi.

Termino, como en su día comenzaron, los 2 hombres más importantes de la historia, todo esto es posible porque estos acojonados trabajadores que pueblan hasta la saciedad ya el mundo, no hacen caso a aquel llamamiento cuya realización supondría la liberación de todos los seres humanos que pisan la Tierra: “proletarios de todos los países, uníos”.

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