El Madrid y los santos inocentes

Yerran a fondo esos canallas que se parapetan tras el farol de que el fútbol es un mero deporte o, en todo caso, si no, un espectáculo o todavía menos aún, si no, un simple juego muy parecido a ese que practicaban los niños, en la calle, con sus pelotas de trapo.


Nosotros decimos que NO, que el fútbol, como creo que dijo un día un entrenador inglés de cuyo nombre no quiero acordarme, para este rancio filósofo de las piernas fuertes, era lo más importante del mundo si es que, en éste, hay realmente cosas importantes.

Ésta, lo crean ustedes o no, es toda la filosofía que se esconde detrás de este falso juego, de este falso espectáculo, de este falso deporte porque no es, realmente, ninguna de las 3 cosas sino precisamente aquélla que inventaron los prodigiosos emperadores romanos, el trampantojo para tener entretenida a la gente para que no pensara nunca en la espantosa miseria de su propia condición.

Como todos los fascistas del mundo saben y practican, al pueblo sólo hay que darle “panem et circenses”, pan y juegos más o menos circenses, y, de vez en cuando, si se cansa de tanto juego, garrotazos.

Y eso lo sabe mejor que nadie el Tío Sam, el del garrote atómico, y todos, absolutamente todos sus delegados en los amplios confines del Imperio.

Pero el hombre, incluso el más inepto y miserable, ése que apenas si sabe hablar, que sólo sirve para labrar los campos de su amo, o formar parte de la más embrutecedora de las cadenas de montaje de una fábrica de patente estadounidense o alemana, que, por agarrarse a algo se ase desesperadamente a esa “milana bonita” que representa el club de fútbol en el que ha depositado toda la ilusión de su vida, de su triste, perdida y miserable existencia, que no puede descansar en otro asidero que en un grupo que no hace otra cosa que correr estúpidamente durante hora y media detrás de una miserable pelota de cuero, lo repetimos “su milana bonita”, como si todos ellos se llamaran Azarías y formaran parte de la egregia novela de Delibes.

De modo que todos somos Azarías o, por lo menos, casi todos, porque los hay también tan inteligentes que se ríen de los que no se sabe muy bien por qué tenemos esta estúpida pasión por un juego realmente tonto que, además, sirve para alienarnos de la mejor de las maneras posibles.

Y eso, como creo que ya lo hemos aludido, no lo ideó ese genio de la más canallesca de las propagandas, Goebbels, el superministro de Hitler, ni su más fieles epígonos españoles, Relaño y de la Morena, ni Inda, ni Pedreroll, ni Roncero, ni el gran Guasch, sino esos otros individuos mucho más maquiavelicos aún que forman parte destacada de todos los consejos de administración del mundo y que saben, porque lo han aprendido desde niños, que mientras el populacho, la masa, la puta plebe, se pelee embravecida con su vecino por adquirir la hegemonía futbolística, despreciará olímpicamente todos esos gilipollescos problemas que se refieren a su propia condición como persona, como ciudadano, como sujeto político de obligaciones pero también de derechos, lo que permitirá a las clases dominantes, mientras tanto, hacer lo necesario y suficiente para que parezca que todo está cambiando cuando, en realidad, todo no sólo no sigue igual sino que va decididamente a peor, o sea, que el jodido señorito, de los miles de millones de dólares o euros de sus prodigiosas empresas, construidas con el sudor, la sangre y las lágrimas de todos los azarías que por el mundo andamos, ciego del orgullo que le produce la obscena sumisión de tantos ignorantes pordioseros, comete no el pecado sino lo que es mucho peor el error de matar a “su milana bonita”, o sea a su maldito club de fútbol robándole el partido decisivo, aquel que lo hunde en el infierno de la 2ª división y, entonces, el pueblo, herido en lo que más le duele, se subleva como ahora sólo se puede rebelar, gritando hasta perder las fuerzas eso de “así, así, así gana el Madrid” y abrigando en lo más hondo de su corazón un odio mortal, absolutamente inextinguible hacia los colores del club de la capital de las Españas, cuyos privilegiados habitantes se preguntan asombrados:

-¿Pero por qué nos odia tanto todo el mundo, qué es lo que hemos hecho nosotros, si sólo hemos ganado, sí, claro injustamente, desde luego, como tiene que ser, en el último minuto y de penalti, un simple partido de fútbol?

Y como diría nuestro genial Ortega, moviendo apesadumbradamente su prodigiosa cabeza:

-No es eso, no es eso, les hemos matado a todos ellos “su milana bonita”.

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