Malditos Bastardos, "Dios, qué buen vasallo si obiera buen señor". El hombre que pudo ser un Cid.


“Dios, qué buen vasallo si obiese buen señor”.

Lo que más pena me da es contemplar cómo se ha echado a perder un magnífico proyecto de hombre y todavía me amarga más no llegar a comprender cómo ha pasado.

Porque yo lancé las campanas al vuelo en este blog, expresamente, 3 veces: cuando me visitaron por 1ª vez Meskalis y Malditos Bastardos y cuando lo hizo Iñaki Zumake.

Por contra, lo que más me alegra en el mundo es hallar gente que merezca la pena, que me haga desandar todos mis pasos en este terrible camino de la decepción porque, lo he dicho ya mil veces, soy hombre y pienso que nada humano me es ajeno.

O sea que no me puede ser ajeno contemplar cómo Meskalis, una de las cabezas mejor amuebladas que he conocido en 82 años, venda sus derechos de primogenitura por un maldito plato de lentejas: una tribuna en la que, de vez, en cuando colgar sus magníficos razonamientos, su exquisitas prospecciones, si ha leído al Lope de “Mis soledades”, no se ha sentido influido por nada de lo que allí nos dice el Fénix de los Ingenios, el Monstruo de la naturaleza, según Cervantes: “a mis soledades voy, de mis soledades vengo, porque, para andar conmigo, me bastan mis pensamientos”.

No sé qué le ocurre a este maldito animal pensante que no puede vivir sin el aplauso ajeno. Con lo fácil que es vivir solo con uno mismo, alejarte del ruido y de la furia que todos hacen a tu alrededor y dedicarte a pelear por ser tú mismo. Lo curioso es que Meskalis desapareció un tiempo de aquel chat, pero no ha podido resistir el síndrome de abstinencia y ha vuelto. Pero Meskalis no es un caso perdido porque ha conseguido conservar cierta independencia frente al halago ajeno. Todavía tiene esperanza de salvación.

El que resulta ya un caso totalmente perdido es Malditos Bastardos, “con quien tanto quería”. Nunca he querido a una persona ajena a mi familia tanto. Creo que más que a alguno de mis hijos y me atrevo a escribirlo aquí porque estas notas no las lee nunca nadie de mi familia, si yo no se lo pido.

MB era un tipo realmente encantador. Tenía la desarmante audacia de los jóvenes talentos, veía las cosas con una claridad total, había leído desordenadamente a casi todo el mundo y quería ser rabiosamente de la más ultra de todas las izquierdas, pero, sobre todo, quería ser ese rebelde que todos llevamos en lo más profundo de nuestras entrañas.

Y casi lo había conseguido cuando algo absolutamente demoníaco se interpuso en su camino. Sólo los grandes hombres poseedores de las mejores  almas son capaces de hacernos llorar con esa mezcla de pena y alegría tan venturosa. Era tan generoso como alegre, luchaba sobre todo por las causas perdidas y defendía a muerte la verdad y la justicia, consciente como era de que ésta es precisamente la actividad más peligrosa en un mundo como éste en el que malvivimos.

Ya lo he apuntado antes, no sé realmente qué le ha pasado. De pronto, un mal viento parece que comenzó a soplarle de cola y se volvió una mala persona que no respetaba lo que es la esencia de la vida, la fraternidad con los demás seres humanos. Es como si Saco lo hubiera poseído anímicamente. No hay vicio, no hay defecto en el que no caiga y, además, lo hace como si se elevara por encima de su propia condición, cuando lo que realmente hace es hundirse en el barro de la peor de las abyecciones: el absoluto desprecio por el ser humano, lo que demuestra con una continua e implacable utilización sistemática del insulto, algo que, por cierto, Saco ha impuesto como una “conditio sine qua non” para poder sobrevivir en su chat, de tal modo que allí casi todos se han convertido en maestros de este difícil arte.

Hoy ha colgado en este blog, un par de comentarios que, de nuevo, me han llegado al alma a pesar de su intención de herirme, algo que parece que no puede hacer, quizá porque, en el fondo, todavía me aprecia como cuando se proclamaba mi escudero.

Tal vez, yo haya fallado tanto como sus nuevos amigos, y no haya sabido hacer lo necesario y conveniente para sacarle de tan malos caminos, por eso he escrito al principio la frase del Mío Cid: “Dios qué buen vasallo si obiera buen señor”.

A lo peor yo he tenido la culpa de todo.

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