La hermosa libertad contra la puñetera igualdad (IV)


Acabaré siendo presa irredimible del insomnio porque es en la solead de mi dormitorio, con la mente limpia del ajetreo diario, cuando me acuden a la cabeza una serie de reflexiones que acaban por echarme fuera de la cama.

Felipe González, en adelante FG, es un tío inteligente, demasiado inteligente, o sea, listo, seguramente conoció a tiempo y la estudió a fondo la frase lampedusiana que condensa la esencia de la derecha: es preciso que todo cambie para que todo siga igual. Porque él, FG, era un hombre de derechas, nunca fue de izquierdas tal vez porque no podía serlo ya que era hijo de una familia burguesa de la Sevilla industrial y, según Ortega: “yo soy yo y mis circunstancias”, o Marx, “todo no es sino una superestructura económica”.

Tan de derechas era, y es, que se adscribió decididamente a dos axiomas de la extrema derecha: “gato negro, gato blanco”, (de izquierdas o de derechas) “es igual, lo importante es que cace ratones”, lo importante es que produzca y “yo prefiero morir de una puñalada en el metro de Nueva York que de hambre en Moscú”, creo que el  ideario  ultraliberal capitalista neocons de estas frases supera a la del binomio Reagan-Thatcher: “el Estado no es la solución sino precisamente el problema”.

Así las cosas, FG no tenía más remedio que abjurar del marxismo que, para él, sólo fue una tapadera para sus ambiciones políticas que hoy sabemos ilegítimas por mor de insinceras, de modo que al faltar esencialmente a la verdad no podía ser de izquierdas.

Pero hay otra frase más que se le atribuye que lo expulsa definitivamente de cualquier albergue progresista: la de que el marxismo sólo pretende  repartir equitativamente la miseria porque esto no sólo es ferozmente injusto sino que  es una flagrante mentira. 

Intentar cargarse, de cualquier manera, la igualdad es una feroz injusticia perfectamente admisible en los tipos que, como Rajoy, se confiesan de derechas de toda la vida (ver sus 2 artículos sobre el tema en El Faro de Vigo) porque la injusticia es uno de los signos distintivos de la más nociva de las ultraderechas, ya que por encima de cualquier intento de justificación de una situación aberrante como la que hoy impera en todo el mundo, hay que admitir, a fuer de honrados, que la justicia distributiva debe de situarse por encima de la simplemente conmutativa porque en el cambio siempre pierde realmente alguien o, si se quiere, siempre se enriquecen los dos a expensas de otros u otros.

La igualdad de todos los hombres sobre la Tierra es tan inatacable que no existe una sola declaración de derechos, una sola Constitución que no la recoja en su articulado.

Lo que sucede es que en estas declaraciones, en estas constituciones, se encierra sesgadamente una profunda hipocresía porque nunca se pone en oposición la igualdad con su natural antagonista, la libertad.

La libertad es uno de los elementos antagónicos esenciales de la igualdad porque, en una sociedad estructurada sobre el principio de una libertad omnímoda, la igualdad tiende por naturaleza a desparecer, porque para que la igualdad se mantenga incólume es precisa la intervención del Estado, ya que, si no, ese afán de dominio ínsito en el maléfico espíritu del hombre acabará, más pronto que tarde, con ella y la reducirá a un principio sólo deseado pero en modo alguno existente.

Pero FG no sólo era injusto sino también mentiroso. No es cierto que el marxismo-leninismo conduzca inevitablemente a la miseria de todos los regímenes en los que se implanta.

De China se han dicho, se dicen y se dirán muchas cosas, la mayor parte de ellas contradictorias, y el principio de contradicción es inexorable: si afirmamos que en China no hay libertad absoluta, o, si lo prefieren, no hay libertad en absoluto, y resulta que, luego, China es hoy por hoy el país más prospero del mundo, está claro que la libertad no es como pretenden los ultracapitalistas ultraliberales neocons, la mayor de las fuentes de riqueza posibles, ¿o no?

¿O es que la lógica no sirve cuando se habla del Celeste imperio?

Luego FG no tiene, no tenía razón cuando decía aquello tan bonito de que el marxismoleninismo sólo sirve para repartir la miseria porque, hoy, China es el país màs próspero del mundo.

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